El coronavirus frente al mal llamado problema del mal

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Carlos Escudé*

 

Introducción

En este abril de 2020 el Señor nos envió una plaga sin precedentes que afecta al planeta entero y que en pocas semanas ha cambiado los estilos de vida de ricos y pobres. Con escasas excepciones, el desplazamiento de los ciudadanos está prohibido. Para evitar el contagio, el contacto humano se limita a los miembros de un hogar y a los vendedores que proveen productos esenciales. Las fantasmales calles están semi desiertas. Toda la economía dedicada al consumo está hecha añicos: comercio, industria, transporte de larga y mediana distancia; todo está bloqueado excepto la alimentación, la medicina y la generación de energía.

Comerciante que no factura no cobra y eventualmente no come. Para los dependientes de negocios pequeños es todavía peor. ¿De qué vive hoy el camarero del café de la esquina? Para evitar que los sistemas de salud pública colapsen por la contaminación masiva, paramos al mundo y condenamos a millones a la pobreza extrema.

El diario de Buenos Aires La Nación titula su primera plana anunciando: “abren negociación para evitar una ola de despidos y recortes salariales masivos”. Y en lo que parece realismo mágico, al día siguiente el mismo titular informa que “el Gobierno prohibió por decreto los despidos”, esos que indefectiblemente llegarán cuando las empresas colapsen.

¿Se justifica pagar estos costos sociales, que sacrificarán vidas, para evitar que el coronavirus se lleve otras vidas? Es una aritmética macabra: sumar o restar las vidas truncadas por la miseria, de las cobradas por el virus.

Si los hospitales, las salas de terapia intensiva y los respiradores artificiales pueden agotarse, claro está, es porque en este mundo de deslumbrantes riquezas ninguna sociedad le ha dado prioridad a la salud pública. Dada la creciente concentración del ingreso, la lógica del mercado incita a invertir más en cruceros de lujo que en la salud de los pobres.

Por ahora, a Dios gracias, no hay cruceros. Pero si la humanidad supera la crisis, regresará a lo mismo. Será una catástrofe moral y una oportunidad perdida de dimensiones bíblicas. Mejor es permanecer meses y años en la incertidumbre sobre la preservación de la especie. Que mueran más y más. Que la gente se estremezca de miedo como los hombrecitos del Bosco. Quizás así nazca un hombre nuevo.

Mientras dura la crisis, algunas pequeñeces humanas como el boato y el alarde de opulencia pierden todo su egoísta valor. ¿Frente a quién nos pavonearemos si estamos escondidos en nuestras casas, o deambulamos solitarios para comprar víveres en un almacén vecino? Da lo mismo poseer un yate que no tenerlo. Se nos brinda la oportunidad de adquirir sabiduría.

La pandemia nos mejora moralmente. La sección deportiva del periódico anuncia: “Cruje el fútbol: si el aislamiento global va más allá de mitad de año, hasta los clubes poderosos le temen a la quiebra”. ¿Sugiere entonces que los “clubes” volverán a ser clubes?, ¿Boca volverá a ser de la Boca, sin patrocinadores y sin participación en un desnaturalizado mercado de jugadores? ¡Pero qué fiesta!

Es una maravilla que toda la humanidad comparta la misma aflicción. Así, la peste se convierte en una nueva Revelación. Aporta una espiritualidad potencial sin precedentes. Es como si Dios Padre nos hablara desde el Monte Sinaí.

Gracias al coronavirus, ha comenzado una nueva era. Es la primera vez en la historia mundial que el interés común de toda la especie se presenta tangible e incontrovertible. Si se profundiza, destruirá el poder de persuasión de las filosofías del egoísmo. Y se lo deberemos al Ángel Exterminador. Si no aprendemos, nos mereceremos la extinción.

El problema del mal

Hay temas recurrentes. Se repiten en todas las épocas y latitudes. Uno de ellos es la cuestión del bien y del mal, que en ocasión de la actual emergencia del coronavirus se hace más presente que nunca. Sin ir más lejos, en enero de 2020, semanas antes del desencadenamiento de la pandemia, un católico liberal ilustrado me condujo a la espinosa cuestión de si la creación es teocéntrica o antropocéntrica, ¿El cosmos fue creado para beneficio de Dios o para beneficio del hombre? Y la religión verdadera, ¿ha de ser teocéntrica o antropocéntrica?

Mi contertulio de entonces es un hombre erudito de enorme trayectoria, creador de universidades, pero el tema que puso sobre la mesa es el mismo que hace algunos años me planteó un universitario veinteañero. La cuestión es universal y trans-histórica. ¿Por qué, si existe un Dios que es “fuente de toda razón y justicia”, puede un virus que es parte de su creación infligir tanto sufrimiento y devastación? En principio el coronavirus no parece el producto directo del mal uso de la libertad humana. No es como una guerra. ¿Es Dios el creador del mal?

Para los creyentes, el “problema del mal” se manifiesta en una infinidad de situaciones, desde la elocuente pandemia actual hasta los caprichosos mandatos que el Dios judeocristiano impone a su pueblo en la Biblia canónica de ambas religiones. Por ejemplo, la obligación de circuncidarnos, un mandato que, aunque desoído por los católicos, está presente en el Pentateuco de cristianos y judíos. Siendo yo un converso al judaísmo, el tema me toca de una manera especial. Consciente de ello, en 2009 el joven hijo de una amiga católica me preguntó sobre mi experiencia con mi Brit Milá.

Le conté que mi trámite había sido accidentado, porque al higienizarme esa noche retiré una gasa que se había adherido a mi piel, y al hacerlo voló un punto, de modo que al despertarme la mañana siguiente me encontré con una gran mancha de sangre en la sábana. Mi interlocutor se estremeció frente al relato de cómo regresé a la clínica chorreando gotas de sangre de buen tamaño, y de paso estropeando el tapizado del asiento del taxi que galantemente me había conducido.

Muy orgulloso, le dije que mi pacto de sangre con Adonai tenía que ser así, dramático, pero él no se dejó impresionar por mi actitud positiva y me dijo que no comprendía cómo podía Dios exigirnos tamaña violencia contra nuestro propio cuerpo. Yo le dije:“Mira, José. Tu inquietud es típica del occidental contemporáneo y responde a una concepción antropocéntrica del orden moral. A ti te parece que una circuncisión a los sesenta años representa un trauma anatómico innecesario, y afirmas que Dios no puede pedirnos semejante cosa. Tú supones que el Señor, si existe, está a nuestro servicio. Tu concepto de Dios proviene de la filosofía. Pero el Dios judeocristiano que la tradición supone autor del Pentateuco manifiesta otras ideas en su revelación. No solamente nos exige la circuncisión y el cumplimiento de una difícil normativa, que incluye incomprensibles leyes alimentarias, sino que a menudo exhortó a la violencia a su pueblo elegido”.

“Por otra parte, la creación material, el cosmos, es otra cara de la revelación, todo un complemento de la palabra de Dios. Si la examinamos comprobaremos que, desde la sensibilidad humana, el orden natural creado por Yahvé es cruel en medida suma. En él, el pez grande se come al chico. La cadena alimenticia, sin la cual no podría existir la vida tal como la creara Dios, es atrozmente violenta. El gusano se desgañita cuando es comido por el gorrión y el gorrión agoniza al ser devorado por el aguilucho”.

“Por esto, me parece claro que a Dios las vidas individuales no le importan demasiado. En el mejor de los casos le importa la vida que Él creó, pero los individuos se sacrifican según el orden natural de las cosas. No tiene sentido decir ‘Dios es bueno’ a no ser que comprendamos que con esto queremos decir que es teocéntricamente bueno, y que la comprensión de esa bondad está más allá de toda posibilidad humana”.

“Los designios divinos que motivaron ésta y no otra creación más amable son incognoscibles. Nada sabemos acerca de esos propósitos excepto en tanto podemos descartar algunas hipótesis a la mejor usanza de Karl Popper. Nos aproximamos a la realidad esquiva descubriendo que es lo que NO es verdadero. Un rápido examen de la creación nos permite descartar la hipótesis de que el designio divino haya sido el de servir a los hombres y mujeres individuales en el aquí y ahora. En otras palabras, el orden que emerge de la creación no es antropocéntrico. Y lo más colosal es que una lectura ingenua de la Torá que no esté contaminada por premisas extrabíblicas apunta en la misma dirección”.

Por cierto, si nuestro concepto de lo bueno y lo malo está centrado en el hombre y en la sensibilidad humana por las vidas individuales, Dios no es “fuente de toda razón y justicia” sino todo lo contrario. Nada hay más lejano de las muy humanas sociedades protectoras de animales o de la sensibilidad occidental actual respecto de los derechos humanos, que la creación natural que observamos en el cosmos y su correlato halájico en la Torá.

Sólo puede decirse que Dios es fuente de toda razón y justicia si partimos de un concepto teocéntrico de lo que está bien y lo que está mal, que es incomprensible para los hombres. Lo justo y razonable no es lo que a nosotros nos parece tal, sino lo que Dios define como tal. Dios creó al hombre para su mayor gloria, y el hombre existe para servir a Dios, no Dios para servir al hombre.

Quien se pregunta cómo puede ser que Dios permita estas y aquellas iniquidades, o tales y cuales tragedias, confunde la religión, que es un religarse con Dios y un relegarse ante Él, con una anestesia frente a los problemas existenciales propios de la condición humana, que para los creyentes es creación divina. Semejante búsqueda, que está basada en la premisa extrabíblica de que nada hay más importante que evitar el sufrimiento humano, probablemente desemboque en la negación de Dios, o sea el ateísmo.

El coronavirus, que aniquilará cientos de miles de personas en todo el orbe y producirá miserias humanas y económicas sin fin, desmiente brutalmente el concepto de una creación antropocéntrica y de un Dios dedicado a amarnos y servirnos.

Las enseñanzas de Yeshayahu Leibowitz

Estas reflexiones nos ubican de lleno en las enseñanzas de mi maestro Yeshayahu Leibowitz, que postulaba que el judaísmo es una religión cuya observancia está centrada en preceptos que deben cumplirse sólo porque tal es la voluntad de Adonai expresada en la Torá.

En efecto, Leibowitz enseñó que hay dos tipos de religiosidad, una fundada principalmente en valores y creencias, que se traducen en exigencias para la acción, y otra en imperativos para la acción, cuya observancia trae consigo valores e intenciones. La primera emerge del hombre y sus valores, e intenta satisfacer necesidades humanas de orden espiritual. Está hecha a la medida del hombre y en ella Adonai sirve al hombre, redimiéndolo. En cambio, el segundo tipo de religiosidad parte de Dios, cuyos preceptos imponen obligaciones y hacen del hombre un instrumento para la realización de un fin divino que lo trasciende y que el hombre ni siquiera puede comprender (Leibowitz, 1992: 13-14).

Aunque ambos fenómenos pueden encontrarse en todas las religiones, éstas difieren en la medida en que predomine uno u otro. El judaísmo es principalmente una religión teocéntrica articulada por una práctica en la que el hombre se sacrifica por Dios, cumpliendo preceptos incomprensibles. Por el contrario, el cristianismo es principalmente una religión antropocéntrica que supone que Dios se sacrifica por el hombre: Dios padre dispone que su único hijo se encarne en la tierra de Israel para que sea crucificado tras atroces padecimientos, posibilitando así la redención humana a través de la fe en su sacrificio (Leibowitz 1992: 13-14).

Es verdad que, así como en el cristianismo hay mandamientos teocéntricos, en el judaísmo también está presente la promesa de redención, asociada a una eventual era mesiánica. Este es un rasgo antropocéntrico, porque la salvación es en beneficio del hombre. Pero en el aquí-y-ahora, lo central en el judaísmo es el cumplimiento de normas tan incomprensibles como las leyes del kashrut y shejitá, o la misma circuncisión obligatoria. No la fe en una teología compleja como la canonizada por el catolicismo, sino la Ley Mosaica y sus 613 Mitzvot, son los hechos centrales de la vida judía.

Esto que parece tan simple tiene consecuencias teológicas monumentales que comienzan a perfilarse cuando recordamos uno de los más estremecedores sacrificios exigidos por Dios en todos los tiempos: la akeidá de Abraham en Monte Moriá. Allí Dios exige al patriarca que demuestre su obediencia, aceptando el mandato de matar a su hijo sólo porque él se lo ordena. La situación es simétricamente inversa a la del mito neotestamentario, donde Dios opta por que su propio hijo muera vilmente en una cruz romana.

Por cierto, en uno de los pasajes más significativos y conocidos del Libro de Génesis, Adonai exige que Abraham subordine todos los valores humanos para ajustarse a un mandato divino inescrutable. Y éste acata. El patriarca demuestra que está dispuesto a matar a su hijo sin que medie ninguna razón excepto que Dios se lo pide.

Es sólo cuando Abraham demuestra estar a la altura de esta prueba de obediencia, que Adonai le instruye que no lleve a cabo la matanza. De no haber mediado esa contraorden, para una moral teocéntrica el homicidio de Isaac no hubiera sido asesinato, porque fue ordenado por Dios. Por el contrario, habría sido virtuoso. En cambio, para una moral antropocéntrica el cumplimiento de esa exigencia divina hubiera sido el más atroz de los crímenes.

En verdad, Adonai se permite todo tipo de comportamiento vejatorio de su creatura humana. El Diluvio, la akeidá, la destrucción de Sodoma, y el actual embate asesino del coronavirus son apenas unos ejemplos. Este carácter cruel de la creación es religiosamente explicable sólo si nos apoyamos en una concepción teocéntrica, reconociendo el error de la diferenciación filosófica tradicional entre los dos significados de la dicotomía bien-mal.

Siguiendo a Maimónides, uno de estos significados tiene que ver con qué acciones son buenas o malas, mientras que el otro se relaciona con el sufrimiento y bienestar, violencia y paz, y vida y muerte humanas (Maimónides, Libro 3, Capítulo 2). Visto desde una concepción teocéntrica, el segundo conjunto nada tiene que ver con el bien y el mal. Éstos se definen exclusivamente en torno del cumplimiento o transgresión de Mitzvot (preceptos). Que dicho cumplimiento genere sufrimiento o violencia resulta indiferente a su carácter moral. Casi algebraicamente, con este razonamiento los términos de la ecuación bien-mal quedan despejados.

En verdad, obsérvese que la matanza de hijos por orden divina, sin mediar justificaciones comprensibles para los hombres, está presente no sólo en la Torá (Pentateuco) compartida por judíos y cristianos, sino también en otro documento judío: el Nuevo Testamento de los seguidores de Jesús. El segundo caso es aún más radical, porque ya no es Dios quien ordena a un hombre a matar un hijo, sino el mismísimo Todopoderoso quien conduce a la muerte a su propio hijo, que se supone a la vez hombre y Dios.

Al leer los apuntes para este artículo, bien me dijo un colega que la concepción cristiana del Dios revelado resulta en este punto más dura que la judía. En el Pentateuco judeocristiano, Adonai exige que su creatura predilecta mate a su hijo, pero luego da marcha atrás e impide el homicidio. En cambio, en el Nuevo Testamento cristiano, Dios da un nuevo y decisivo paso en la misma dirección filicida, convirtiéndose en el responsable de la muerte de su propio hijo, quien en el momento más atroz de su suplicio le reprocha humanamente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

¿Para qué acude Dios a estos extremos?, ¿para redimirnos?, ¿mo disponía el Omnipotente de otro método para salvar a la humanidad? Parece evidente que sí. ¿No será acaso que, con el registro de estos episodios en sendas Escrituras, el Señor quiso enviarnos un mensaje críptico acerca de la primacía de una moral teocéntrica sobre cualquier concepción antropocéntrica del Bien y del Mal?

Y de ser así, ¿no resulta ésta la óptica desde donde debemos interpretar teológicamente el sufrimiento humano infligido por la pandemia Covid-19?

En lo expuesto está la clave de un secreto trascendente que pocos han descifrado. Entre estos “susurradores instruidos” estuvo Leibowitz, quien comprendió las consecuencias abismales del acertijo. Una lectura de oídos abiertos, tanto de la Torá como del Nuevo Testamento cristiano, revela que existe una contradicción esencial entre religión y moral humana. A Dios se le debe servir simplemente para cumplir sus mandatos. A partir de la akeidá, ni el patriarca ni nosotros podemos ubicar la humanidad en el centro de las cosas. Dios deja de ser concebido como un “funcionario” que provee nuestras necesidades. ¡Ni siquiera es una brújula moral!

Así, la fe “deja de estar definida por concepciones morales humanas”. Si va a estar dispuesto a sacrificar a su hijo sólo porque Dios se lo exige, el creyente en cuanto tal no puede ser un actor moral.[1] Más aún, desde la perspectiva del judaísmo “el hombre como tal no tiene valor intrínseco. Es una ‘imagen de Dios’”, y sólo por eso posee una significación especial (Leibowitz, 1992: 90). Por cierto, como escribiera el maestro letón, judaísmo y humanismo son términos contradictorios:[2]

La fe de Abrahán toma forma en el sacrificio. En la conciencia religiosa e histórica del pueblo judío, el sacrificio ha sido el máximo símbolo de la fe […] aún cuando requirió la renuncia de todos los valores humanos. […] ¿Y qué es el sacrificio? Aquí Dios aparece frente al hombre no como quien actúa para el interés del individuo, sino como divinidad que lo exige todo. […] La prueba a que se vio enfrentado Abrahán no sólo implicó la renuncia a emociones humanas naturales, sino también a valores humanos colectivos; no sólo a su relación paternal con el hijo de su vejez, sino también a las promesas del pacto relacionadas con Isaac (y su descendencia) (Leibowitz, 2000: 13-14).

Digno es de señalar que estas afirmaciones contundentes de Leibowitz son completamente contrarias a la postura del hereje Baruj Spinoza, cuya excomunión se fundamentó en su rechazo doctrinario de la Ley Mosaica, a la que consideraba una forma intolerable de esclavitud (Tractatus Theologico-Politicus).[3] No obstante, la postura de Leibowitz converge con la de Joseph R. Soloveitchik, que reconocía que el pathos supremo del judaísmo está encarnado en la sumisión ejemplificada por la akeidá de Abraham (Soloveitchik, 1979: 84-106; Hartman, 2001: 180-2; Hartman, 1985: 62-62; Soloveitchik, 1982: 30-39). Y también coincide con una parte del complejo legado de Martin Buber, quien apenas susurra lo que Leibowitz exclama:

En contraste con la concepción iránica y sus múltiples ramificaciones, la concepción judaica es que los acontecimientos mundanos no se dan entre dos principios como luz y tinieblas, o bien y mal, sino entre Dios y el hombre, ese ser mortal y frágil que es capaz, sin embargo, de enfrentar al Señor y resistir su palabra. El así llamado “mal” resulta entonces elemental y plenamente incluido en el poder de Dios, que “forma la luz y crea las tinieblas” (Buber, 2006: 15).

En otras palabras, y avanzando un poco más en la decodificación del enigma, el hombre nada sabe sobre el bien y el mal a menos que éstos se definan exclusivamente en términos de lo que Adonai ordena y prohíbe.

Entre Atenas y Jerusalén

No obstante, hay quienes creen poder diferenciar el bien del mal sin recurrir a la palabra de Dios, a través de razonamientos basados en lo que es bueno o malo para el hombre. Este género de pensamiento nació en la Grecia clásica y fue fuente de inspiración de la Ilustración y de todo lo más característico del pensamiento occidental. El concepto de derecho natural, que es esencial a esta concepción, nace en Platón y se proyecta hasta nuestros días tanto a través del liberalismo más libertario como de doctrinas católicas conservadoras.

Es por eso que ilustres pensadores judíos del siglo XX como Leo Strauss y Emmanuel Levinas se han referido, metafóricamente, a la contraposición entre Atenas y Jerusalén, reconociendo por otra parte que el pensamiento judío de nuestros tiempos, y el suyo en particular, está inevitablemente mestizado con la influencia helénica. En sus Cuatro lecciones talmúdicas, por ejemplo, Levinas proclama con entusiasmo que el sionismo “hace posible en todas partes al judío occidental: judío y griego” (Levinas, 1996: 22).

Obviamente, el antropocentrismo de estos filósofos judíos plasma una involuntaria convergencia entre judaísmo y cristianismo. Por cierto, tal judaísmo sigue siendo culturalmente judío porque sus adornos son judíos, pero no es religiosamente judío porque dichos adornos están subordinados a una matriz axiológica extra-bíblica y extra-talmúdica. “La experiencia religiosa no puede no ser, antes que religiosa, moral”, nos dice Levinas (1996: 31). Explícitamente confiesa que antes que la experiencia religiosa está la experiencia moral.

Y esa experiencia moral, ¿qué es? Ni más ni menos que una concepción que ubica a la humanidad como la razón de ser de todo el orden humanamente relevante. Esto supone que el hombre reemplaza a Dios en el centro… ¡casi como un ídolo de metal precioso!

Por eso, en el espíritu de Leibowitz pero parafraseando a Lenin, postulo aquí que la religión antropocéntrica (como también el humanismo en su conjunto) es el último estadio de la idolatría. Se diferencia de estadios menos avanzados porque reemplaza al ídolo de materia inanimada por uno de carne, hueso y alma humana. Y se diferencia de la verdadera religión porque reemplaza a Dios por el hombre.

Cuando se avanza por ese camino, forzando interpretaciones antropocéntricas del Tanaj y del Talmud, eventualmente se choca con la dura realidad de que el cosmos, que desde la religión se presume creado por Dios, no es antropocéntrico, Covid-19 por testigo.

Y entonces se descarta a Dios, porque una religión antropocéntrica, contaminada de humanismo, no permite creer en un ser supremo capaz de someter a los seres humanos a dolores inenarrables por motivos incognoscibles que a nuestras mentes limitadas parecen caprichosos.

Por fortuna, el judaísmo halájico al que no sin razón Soloveitchik llamó “judaísmo auténtico” no parece dispuesto por ahora a consensuar este desenlace que, si nos atenemos a los rigores de la lógica formal, conduce al ateísmo sin remedio.

Conclusiones

Si Dios existe y es el creador, el altísimo es también creador del coronavirus, que ha venido a enseñarnos muchas cosas. Nos enseña que la creación no es antropocéntrica. Nos enseña que Dios no trabaja para nosotros. Nos enseña que el próximo virus puede afectar tanto a niños como a ancianos y que la extinción de la especie puede estar cerca. Nos enseña que los ricos y pobres somos más iguales de lo que creíamos. En verdad, tenemos suerte de que nos haya tocado vivir este episodio de la historia mundial. Ahora sabemos que en el próximo diluvio puede no haber Arca de Noé.

Todo encaja. La noticia de que cuatro pasajeros ya murieron en un crucero que partió de Buenos Aires y que no tenía dónde recalar, recuerda al Infierno de El jardín de las delicias. También a Wagner y su holandés errante. De repente, estos navíos surcan las aguas sin destino. Así terminan las vidas de quienes parecían destinados al lujo permanente.

El coronavirus nos ha democratizado. En el orden socialista que asoma, es de clase alta quien puede pagarse un delivery, y es de clase baja quien acude al robo para comer. ¿Para qué sirve el dinero si no puedo viajar, ni comprar caviar, ni lucir refinadas prendas en la platea del Palacio Garnier? Ya no hay sastrerías. Nadie puede comprarse un traje. Mi peluquera está sin facturar. ¿Por cuánto tiempo más?, ¿cuándo comenzarán los saqueos?, ¿y la rebelión fiscal?, ¿cuánto tiempo pasará antes de que el campo argentino, que produce alimentos para cuatrocientos millones de personas, se niegue a pagar los tributos necesarios para oblar los haberes de siete millones de jubilados y pensionados?, ¿y entonces?, ¿represión y confiscación de los bienes del campo, inaugurando la dictadura del presidente Fernández?, ¿o soborno de las fuerzas armadas y de seguridad, para derrocar a Fernández e instaurar una dictadura del campo?

Y aunque estas posibilidades distópicas no se concreten, y después de la peste el mundo regrese a su organización anterior, sin redimirse ni condenarse, ¿el contacto social no habrá cambiado para siempre?, ¿la gente seguirá acudiendo masivamente a los estadios?, ¿los abrazos serán tan efusivos como antes?, ¿el apretón de manos seguirá vigente?, ¿los brasileños se seguirán saludando con tres besitos y los franceses con dos?

Siempre lo debimos saber, pero no lo registramos. La muerte siempre democratizó. Ahora se globaliza y el mensaje es más claro. Pero ya en 1497 nuestro trovador, Juan del Encina, se rasgaba de vestiduras ante la injusticia de que la Muerte se hubiera llevado a señor tan excelso como el Príncipe Don Juan, hijo de los Reyes Católicos:

¡Oh, muerte cruel, dolor miserable

no tienes vergüença ni tienes temor

¿Por qué nos veniste llevar tal señor

tan presto tan moço de fama loable?

¡Oh, caso terrible, fortuna mudable,

que nunca sosiegas con pasos dudosos,

muy más envidiosa con los poderosos,

en tal desventura no sé cómo hable!

Nuestra peste es el diluvio universal redivivo, capítulo 7 del Libro de Génesis, Biblia judeocristiana. Hoy su igualitaria sombra se pasea por Buenos Aires. Sea bienvenida.

 

Referencias

Buber, M. (2006), Imágenes sobre el bien y el mal, Buenos Aires, Lilmod.

Hartman, D. (1985), A Living Covenant: The Innovative Spirit in Traditional Judaism, Woodstock, Vt., Jewish Lights Publishing.

Hartman, D. (2001), Love and Terror in the God Encounter, vol. I, Woodstock, Vt., Jewish Lights Publishing.

Leibowitz, Y. (1992), Judaism, Human Values and the Jewish State, Cambridge, Harvard University Press.

Leibowitz, Y. (2000), La crisis como esencia de la experiencia religiosa, México, Taurus.

Levinas, E. (1996), Cuatro lecciones talmúdicas, Barcelona, Riopiedras.

Maimónides (1190), Guía de perplejos, Ediciones varias.

Soloveitchik, J. R. (1979), “Ra’ayonot al ha Tefillah”, Hadarom, núm. 47.

Soloveitchik, J. R. (1983), Halakhic Man, Philadelphia, The Jewish Publication Society.

Spinoza, B. (1670), Tractatus Theologico-Politicus, Ediciones varias.

* Director del Centro de Estudios de Religión, Estado y Sociedad (CERES) del Seminario Rabínico Latinoamericano “Marshall T. Meyer. Profesor e investigador del Centro de Estudios Avanzados (CEA) de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.

[1] Esto no quiere decir que un ciudadano que por añadidura es creyente no pueda ser un actor moral, en cuanto ciudadano. Tal fue, reconocidamente, el caso de Leibowitz. Pero la fe nada tiene que ver con la moral humana, y ésta nada tiene que ver con el cumplimiento de Mitzvot.

[2] El vocablo “humanismo” se presta a varias interpretaciones. En este texto definiremos “humanismo” en su sentido más amplio. Toda concepción principalmente antropocéntrica será considerada “humanista”, aunque tenga poco que ver con las organizaciones que históricamente han portado este nombre, tanto representativas del “humanismo secular” como del llamado “humanismo religioso”.

[3] Spinoza sostuvo que la Ley Mosaica carece de sentido fuera de la entidad política que la generó, y que en su propio tiempo su objetivo era más el de diferenciarse de los cristianos que el de complacer a Dios.

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