¿Qué tanto sabes sobre la moda de Puebla en el siglo XIX?

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Las numerosas actividades relacionadas con este apartado nos impiden referirnos a todas. Por esta razón y ante la falta de continuidad de los datos de algunas de ellas, las dejaremos de lado. En ciertos casos, las actividades de este capítulo se derivaron de las antes vistas: por ejemplo la madera, que transformada en muebles hizo habitables y cómodos diversos espacios. Igual puede decirse de la talavera, que abordaremos ahora en su vertiente doméstica-decorativa. Qué mejor manera de mostrar la polivalencia de muchas industrias, tiendas y productos a los cuales nos referiremos, que la siguiente reflexión sobre un artículo barato y de enorme consumo: El petate de palma tejido a mano es uno de los productos más interesantes y de mayor volumen de producción y venta. Tiene para el pueblo mexicano múltiples usos a lo largo de toda su vida: es su primera cuna y cama, pues en él nace; es material de construcción, ya que lo mismo es puerta, que techo, que ventana; es empaque de usos múltiples y hasta lienzo mortuorio.

El verbo “petatear”, de uso tan frecuente en el lenguaje coloquial mexicano, se refiere a que al muerto lo envolvían, y seguramente aún lo hacen, en un petate.

Más que a los espacios públicos, en este capítulo nos centraremos las casas u hogares de antaño. Viejas pinturas en develan lo obvio: la modestia de las casas de la gente del pueblo y la opulencia de las de la élite. En escenas de mujeres hincadas frente a un metate o haciendo tortillas en las de fiestas de barrio o pueblo, en las alacenas que adornaban los comedores de los ricos y en algunos de sus retratos al óleo, se observan las vestimentas y a veces muebles y utensilios. Sobre esta base y las noticias de hemerografía, de antiguas fotos y los inventarios del menaje dejado por un trío de pudientes individuos y un plomero de pocos recursos, se puede inferir el mobiliario y adorno de esos espacios y, en general, el atuendo de sus moradores.

En las casas más humildes y sobre todo en la primera mitad del siglo XIX, privaba desde luego el petate. No faltarían otros productos de jarcia como el colote (cesto cilíndrico con tapa, de varas entretejidas con palma), bolsas de pita, cuerdas de ixtle, aventador de palma y escoba y cepillos de raíz de zacatón.

Por cierto que esta raíz fue ventajosamente exportada por comerciantes españoles (como Juan de la Fuente y Enrique Llaca —patrón, este último, de la Compañía Zacatonera Mexicana), por uno que otro francés (Carlos Baur), y por descendientes de extranjeros (Guillermo Acho y Octaviano Couttolenc, franceses de segunda generación). En una morada pobre había algunos otros artículos indispensables: el comal de barro, el molcajete y el metate, utensilios de madera y de lata para cocinar, jarra, vasos y otros objetos de vidrio corriente, mesa, sillas y acaso un catre o una cama. Ya que los espacios domésticos en donde hay precariedad las cosas y los hábitos permanecen, el lector podrá imaginar otros artículos importantes (no sería excepcional, por ejemplo, una imagen del santo de devoción de la familia).

De nuestra cuenta pensamos que no carecerían de velas para alumbrar la morada en las primeras horas de la noche, ni de fósforos o cerillos.

En materia de vestimenta entraban las telas de manta o de lana coriente (paño) para cubrir lo que dictaba la necesidad y la costumbre, más las fajillas, jorongos, cobijas y las mismas mantas para enaguas, o el cordoncillo para pantalones (comenzado a usarse a finales del XIX) y los percales para las amplias y largas enaguas o faldas de las mujeres. La vestimenta podía incluir artículos de cuero: correas, huaraches o zapatos, bolsas y —no necesariamente— sillas de montar, chalecos y fustes. El rebozo para cubrir a las mujeres pobres; el sombrero de palma y tal vez algún alado sombrero charro, podrán haber sido complementos de la vestimenta de las “clases bajas”.

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En cambio entre la gente adinerada abundaban los muebles de madera tallada y hasta de marquetería y taraceada (incrustradas con marfil, concha nácar y maderas de diversas clases). Ajuares, mesas, consolas, camas (aunque también se estilaban las camas y cunas de latón), tocadores, escritorios y bargueños, arcones, repisas y en algunos casos libreros, formaban el mobiliario básico de estos hogares. La necesidad de muebles de madera conllevó la existencia de 117 carpinterías a mediados de siglo; entre ellos se observa el ejercicio del mismo oficio, de manera independiente, por miembros de una sola familia: por ejemplo tres de apellido Pastrana, y dos de apellido Valderrama, Marín, Munguía y Medina. Ya había una Carpintería Francesa con dos distintos establecimientos; otra carpintería de un extranjero era la de Casiano Lemus. Las demás deben haber sido de mexicanos, dada la falta de ese señalamiento. Seis serían grandes, por tener seis trabajadores cada una; otras seis tenían cinco, pero una de ellas era de un patrón (Mariano Munive) que a su vez tenía otra carpintería con cuatro oficiales. Entre este número y la unidad tenían las 101 restantes, sumando entre todas 247 oficiales, aunque una docena no declaró a cuántos empleaba. La importancia de este ramo fue menor al paso del tiempo, por los muebles que llegaban de otros lugares del país y especialmente del extranjero, de modo que en 1906 las carpinterías llegaban a 52, con 110 oficiales; para 1913 eran 40, pero empleaban 158 trabajadores. Al describir qué productos elaboraron, no faltó el genérico “muebles”.

Sí representó más competencia un almacén de Leopoldo Barroso llamado el Cajón de Las Filipinas en los años de 1860 y El Puerto de Veracruz en la siguiente década. A inicios del siglo xx éste fue renovado por el español Celedonio Álvarez, quien lo explotó entre 1911 y 1921 en combinación con la firma Viuda de Francisco M. Conde, propietaria de fábricas textiles, haciendas, panaderías y molinos de trigo. Cada uno puso $ 40 000 de capital, casi todo en mercancías: las que ya tenía Celedonio en la tienda y las telas de las fábricas La Constancia y San Martín que pondría la viuda. Pese al ventarrón revolucionario el establecimiento tocó la última década del siglo xx, resultando un importante y moderno negocio en la ciudad.

Hubo numerosos establecimientos más modestos, como los que operaban en vísperas de la Revolución: de Benigno Posadas, Aurelio Gallo, Manuel García y José Morales Catani entre otros. Aunque no hallamos ninguno de sirio-libanés, quizás ya lo hubiera; y si no fue así sumaron dos decenas en 1920, conocidos en general con el viejo nombre de “cajones de ropa”, al margen de su denominación particular.

En cuanto a las camiserías, que solían vender no sólo este artículo sino complementos como cuellos, puños, chalecos, corbatas, y a veces mancuernas, fistoles, lociones, paraguas, bastones y estuches de afeitar, debemos decir que los barcelonnettes tuvieron algunas: la más reputada fue El Fénix, de Eduardo Chaix,

situada en un local de la Casa de los Muñecos que nunca dejó, por mucho que lo requiriera el almacén de La Ciudad de México. Esta camisería expendía sobre todo artículos extranjeros; abrió hacia 1879 y permaneció hasta por mitad de los 1920’s. Emilio Garcin también poseyó una camisería y paragüería en el penúltimo decenio del siglo, inicialmente en sociedad con Juan Bautista André y Esteban Caire; después quedó al parecer solo en el negocio, hasta que al inicio de la siguiente década se mudó a Atlixco, donde cambió de vida pues se hizo hacendado. Antes que todos éstos estableció la suya un pirinense llamado Luis Toussaint —por los Inicios de los 1870’s—, la cual siguió abierta hasta finales del siglo por cuenta de su hijo Carlos.

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De comerciantes no franceses citemos la camisería más antigua, establecida desde 1845 y aún abierta en 1906, cuando pertenecía a Benjamín Lara (El Nuevo Mundo). En la década de 1880 se hallaba también la Camisería Elegante, de Joaquín Cardoso, que hacía tales prendas sobre medida lo mismo que confecciones para señoras y niños, contando asimismo con paraguas y perfumes. En la primera década del nuevo siglo hallamos a La Andaluza, negocio de camisas y ropa interior para caballero propiedad de Juan Traslosheros Soto, conocido corredor de obras de arte y especialmente de pinturas, las cuales exhibía y vendía en su misma tienda. Otra instalada en 1904 fue La Madrileña, de la empresa Alonso y Álvarez, que no vivió para ver los primeros conflictos revolucionarios. Poco antes de la caída de Porfirio Díaz ya se hallaba un sirio-libanés en el giro de camisería, complementado con artículos de mercería y sedería (Alejandro Aff). No sabemos si las sederías vendían telas de esa fibra y/o hilos; creemos que las cuatro existentes al mediar el siglo comerciaban telas, mientras que las del nuevo siglo expendían sólo hilos de esa fibra, como Affy otro paisano que en 1910 tenía dos sederías-mercerías (Abraham Cheban). Mucho antes, por los 1870’s, existió una sedería propiedad de un alemán, Estanislao Hirschmann, hermano de Enrique Teodoro, relojero que fundó la ferretería La Ciudad de Londres —según dijimos— y luego tuvo una tienda (Las Novedades) que tal vez se tratase de esta misma negociación y que era, si estamos en lo correcto, de ambos hermanos. También en ese decenio se inauguró El Hilo de Oro, gran sedería” con buen surtido de artículos de pasamanería, aún existente en los 1890’s.

Ya que hablamos de la camisería de Luis Toussaint y de efectos para caballero, cabe hacer notar la existencia de negocios que preferentemente atendían a éstos para el corte de cabello y bigote, así como el rasurado y/o modelado de barba.

A mediados de siglo había cuatro peluquerías, dos de ellas de franceses: una de Pedro y de José Lázaro Broca, y la otra de los hermanos Adolfo y Luis Toussaint; ésta denominada El Canastillo de Flores (nombre tomado del de una tienda parisina), situada en la primera de Mercaderes. Fue la peluquería más célebre y longeva de la urbe, puesto que funcionó de la década de 1840 hasta finales del siglo, constituyéndose espontáneamente en “el centro de reunión de lo más granado de los caballeros de Puebla”, lo que siguió cumpliendo cuando pasó en herencia a Carlos Toussaint. No fue así con la Peluquería Francesa del barcelonnette Fernando Imbert, no obstante tratarse también de un negocio céntrico, bien montado y elegante, que recibía clientes de ambos sexos. Se estableció por los años de 1860 y seguía funcionando en 1874, probablemente a cargo de Emilio, hermano del fundador, aunque la propietaria era la viuda de éste, Juana Boucier. Respecto a la ropa de caballero no pueden dejarse de lado las sastrerías, que a pesar de la presencia de los almacenes de ropa y novedades siguieron disfrutando de la preferencia de muchos hombres de medianos y altos ingresos.

La existencia de estos negocios requirió la contratación de operarios mexicanos que aprendieron a hacer sombreros finos. Creemos que fue así como básicamente se suscitó la competencia, aunque ésta combinada con la venta de sombreros de paja pero de cierto refinamiento. Así para el antepenúltimo decenio del XIX ya estaba en el portal Hidalgo La Sombrerería Mexicana de Margarito Carcaño. Este empresario descendía de sombrereros: de José o de Vicente Carcaño, quienes tenían talleres de esos artículos a mitad de siglo (el último, además, una de las tiendas de la Aduana Vieja). En esa década también estaba la sombrerería de Ignacio Torres (La Moda Elegante); en la siguiente las de Antonio del A. González y de Emilio Mena y Hermano, y en la última la de Carlos Hernández. Todas tenían sus propias fábricas y ofrecían sombreros adornados con “buen gusto”: de paja y de fantasía para señoras, señoritas, niños y niñas; de fieltro para caballero, y de charro con más o con menos adornos. Dos vendían lujosos sombreros de seda: la de Hernández decía tener la “última moda” por importar sombreros “directamente de Europa”; la de Torres cubría pedidos de otras partes de la República mediante la conocida compañía transportista Express Wells Fargo. En 1894 había por lo menos seis tiendas de sombreros finos y entrefinos, céntricamente situadas. En 1906 las fábricas de sombreros de lana eran I l, casi todas con sus respectivas tiendas; pero en 1913 aquéllas sólo sumaban seis, aunque tenían 71 operarios y sus productos valían 32 000 pesos, consistiendo en pastas para sombreros, sombreros de lana y de pelo de conejo”. Había entonces solamente dos fábricas de bajo alpinos: la Gran Sombrerería Francesa y Al Sombrero Francés, ésta modestamente montada hacia 1900 por Enrique Proal, a quien se unió después su hermano Agustín, con céntrica tienda. La primera seguía siendo la más destacada, pues produjo más del 50% de la producción total con el 58% de la mano de obra. Continuaba la de González pero manejada por sus sucesores, y había otras más recientes como las de Rafael Moreno y Darío Narváez, con sus respectivos expendios.

(Texto tomado del libro: “Las actividades económicas, negocios y negociantes en la Ciudad de Puebla, 1810-1913” de Leticia Gamboa Ojeda, editado por Ediciones de Educación y Cultura.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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