Cuento de la Semana: Guion documental

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Guion documental

Por Javier Caravantes*

 

La camioneta pasa frente a su antigua primaria, la trepidación provocada por un tope lo despierta. Reconoce el lugar: la mirada de Andrés busca las desgastadas líneas peatonales de esa esquina, el semáforo todavía en amarillo. Piensa en su hermano, Pablo, en su nuca. Desde el día en que su madre se negó a levantarse de la cama tuvo que cuidarlo. Su hermano caminaba sin fijarse, varias veces se golpeó la cabeza contra los medidores de luz con tanta fuerza que las manchas de sangre tardaron varios días en ser lavadas por la lluvia, a los postes se iba a estrellar sin recordar nunca su ubicación, tropezaba cada dos o tres cuadras. Lo más importante era cuidar que no cruzara la calle sin darse cuenta de los coches, Andrés corría adelantándose, si no venían lo esperaba para atravesar la esquina junto a él, si pasaban, se paraba enfrente de donde llegaría Pablo. Lo esperaba con los brazos extendidos, apoyaba los talones al suelo para que cuando cruzara enredado en sus pensamientos, sin verlo, tuviera la suficiente fuerza para detenerlo. A veces caía pero no lo atropellaban.

         Una vez sí.

         Algunos de sus compañeros vieron el accidente. Le contaron a Andrés que Pablo ni cruzó por las líneas peatonales, ni se fijó en el amarillo del semáforo, avanzó como si el trazado de las calles no existiera.

         Pablo quedó enyesado durante algunos meses. Comenzó a no dormir, a despertar nombrando sombras que escapaban de las paredes. Su padre le compró tés. Su madre empezó a desesperarse, a darle pastillas, a ignorarlos, a encerrarse en la habitación, a no abrir por más que sus hijos estrellaran manos y gritos contra la puerta.

Andrés gira la manija hasta que la ventana se cierra, vuelve la mirada hacia el chofer de la mudanza y le dice:

         —En la esquina dé vuelta a la izquierda.

         El tipo asiente, con un movimiento rápido de su mano derecha abre la guantera, saca la única botella de agua que hay, la abre y se bebe la mitad, el resto se lo ofrece a Andrés que le da un trago corto temiendo que aumenten las ganas de orinar. El chofer enciende la radio, sintoniza dos estaciones pero la vuelve a apagar, avanza algunas cuadras en silencio hasta que le pregunta:

—¿A qué te dedicas?

—Era estudiante.

El chofer arquea la espalda y echa los hombros atrás, luego relaja el cuerpo, apenas sostiene el volante, suelta otra pregunta:

—¿De qué carrera?

—Más bien me gané una beca y tenía que hacer un documental.

El tipo sonríe burlón:

—Eres cineasta.

—No.

—¿Periodista?, ¿aquí doy vuelta?

—Menos… Es en el edifico de la esquina —le señala Andrés mientras distingue la ventana que corresponde a su antigua recámara y logra imaginarse a su hermano, de niño, esperando que la luz del sol saliera a combatir sombras.

La llave funciona, “mamá”, grita pero nadie responde. Los cargadores acomodan algunos muebles, maletas, en su antigua recámara, Andrés les da una propina, los despide y atraviesa el pasillo. Llega a la habitación de su madre. La cama recién tendida, el olor a detergente, lo sorprenden; es la primera vez en diez años que la ve limpia y sin ella. En el baño, sobre la tapa del depósito de agua, siguen ordenadas las cajas y botes de pastillas con las que ella logra largas horas de sueño. Andrés orina, luego va sentarse en el sillón más grande de la sala. No tiene hambre ni sed, tampoco sueño. Ensaya cómo le explicará lo que le ha sucedido, narrarle que no puede terminar una historia. Lo hace dramáticamente, como si a su madre en verdad le interesara.

Se vuelve a levantar, recorre con ansias el departamento buscando una libreta con suficientes hojas disponibles. Sobre la mesa del comedor comienza a buscar una imagen que le sirva de arranque.

Era la fachada de una librería de viejo, eran las diez de la mañana. Andrés esperaba que los empleados terminaran de limpiar los pasillos y estantes. La visitaba casi a diario: se convirtió en el mejor pretexto para intentar olvidar el documental inconcluso, la obligación.

         El primer libro que iba a revisar era una antología de teatro contemporáneo. Se escuchó la voz de una mujer:

         —Es un libro pésimo, fue diseñado por un escritor sin criterio —ella se lo quitó de las manos, lo devolvió a su lugar y buscó entre los estantes. Escogió uno delgado:

         —Si quieres leer buen teatro toma este —su brazo se desplegó hasta que el ejemplar quedó frente a los ojos de Andrés, vio la etiqueta, costaba treinta pesos. Luego su mirada fue al tatuaje de la muñeca. Una enredadera con flores amarillas y moradas.

         —¿Te gusta el teatro? —preguntó Montserrat.

         Andrés asintió.

         —A mí también, es lo que más. Disculpa, necesito hablar con alguien que me entienda, ¿a qué te dedicas?

         —Intento hacer un documental.

         —¿De?

         —No sé.

         —¿Cómo?

         —Es sobre mi hermano, me gané una beca pero no he podido avanzar. Creo ya lo abandoné… Me gustaría buscar otra historia. No sé

         —Debes ser persistente, pon atención — Montserrat dio unos pasos hasta ponerse frente a Andrés y comenzó un monólogo describiendo un concepto llamado Huella del dolor.

         No paró de hablar, sus palabras le parecieron entretenidas, tuvieron sentido; era histriónica, ocupó ademanes, moduló cuidadosamente el tono de su voz. Estudió actuación pero eso ya le aburría, estaba intentado escribir su primera obra de teatro…

Montserrat y Andrés salieron del local cuando los empleados hacían el corte de caja. Se despidieron antes de llegar a la estación del metro. Él la vio alejarse, lamentó no pedirle sus datos, pensó en gritarle, alcanzarla. Montserrat entró rápido a un vagón y partió.

         Unos días después al encender su computadora y revisar sus cuentas, Andrés encontró una solicitud de amistad de Montserrat. El fin de semana se vieron. Ella le habló de una escuela de escritores dirigida por un narrador con una obra distinta a las corrientes históricas de la producción nacional, un escritor “vanguardista”, dijo un poco burlona. Le explicó que asistía a la clase de una dramaturga con un singular método para desarrollar conflictos. A ella las dudas la tuvieron paralizada hasta que la dramaturga de nuevo la hizo escribir pero sólo enfocándose en la “Huella del dolor” de los personajes, nada más.

         —Acompáñame al taller, seguro te sirve —le ofreció Montserrat y preguntó:

—¿De qué trata el documental?

         —Quería reconstruir la relación con mi hermano, de cuando éramos niños, luego pensaba en buscarlo, todo irlo registrando. Hui de la universidad, de la casa de mi madre, todo iba bien hasta que por ahí del tercer mes me di cuenta que no iba a poder. Mi tutor me permitió cambiar de argumento pero no encuentro nada.

“Escuchar al personaje”, les pedía Virginia Ávila, explicaba poco, el trabajo importante lo realizaban sus alumnos a partir del análisis de los ejercicios que les dejaba, todos relacionados con buscar el conflicto principal de los personajes.

         A la primera sesión asistieron más de treinta personas. Andrés no se atrevía a entrar, estaba a punto de marcharse cuando la vio llegar: Virginia caminaba erguida, como en puntas, con una seguridad que lo hizo seguirla.

         La maestra se despojó de unas gafas oscuras y su rostro adquirió un gesto atento, esperando que los asistentes al taller preguntaran, parecía ansiosa por contestar. Para Andrés, sentado en el lugar más alejado del pizarrón, fue difícil comprender el razonamiento de la dramaturga, basado completamente en su intuición y de juicios categóricos.

         El primer ejercicio que les dejó fue desarrollar un monólogo que evidenciara la “Huella de dolor” de un personaje. Andrés volvió escribir sobre su hermano, logró dos cuartillas pero esta vez no se atrevió llevar el texto a clase. Improvisó un monólogo sobre un joven que no encuentra trabajo. A sus compañeros les pareció “bien”, ninguno fue capaz de ir más allá de esa opinión, eso enojó a Virginia que comenzó a dibujar muñequitos, apuntaba al centro del pizarrón, pidiendo que exploraran la Huella de dolor. Debían rastrear un hecho en la historia de los personajes que configuró su manera de actuar en el mundo, eso tenía que ser evidente en el monólogo. Necesitaban mucha pericia con las palabras y cuestionar constantemente las motivaciones de los personajes. El juicio final que Virginia le dio a Andrés fue apabullante, era el monólogo más falso que había escuchado en cualquier taller, la voz era impostada, además no había conflicto, era incapaz de identificar sus dilemas, un personaje que no valía la pena. Aseguró que debía explorar conflictos más cercanos a él.

         Resultó contraproducente, durante los siguientes meses Andrés no pudo hacer lo que le pidió Virginia, ni tampoco logró articular otra historia. De inmediato cuestionaba las motivaciones de los personajes y luego de muchas o pocas preguntas terminaba emitiendo el mismo juicio: superficial, como la misma Virginia había evaluado a casi todos los ejercicios que se presentaron en el taller.

         Andrés siguió asistiendo a las clases pero no volvió a leer ningún escrito, a muchos de sus compañeros les pasó igual, la dramaturga pedía desarrollar historias que fueran expulsadas desde la emergencia, casi nadie del grupo logró esa sintonía con los personajes.

         De a poco la mayoría de los alumnos dejaron de ir. Montserrat no logró pasar del cuarto ejercicio, Virginia le cuestionaba la presencia de tantos personajes en su obra.

         Sobrevivieron siete alumnos, sólo dos presentaban trabajos. Andrés se gastó las últimas horas de las sesiones mirando a una chica que no hablaba con nadie, ni mostraba sus textos. Antes de que terminara la clase ella se levantó de su asiento y comenzó a leer el monólogo de un hombre homosexual a punto de suicidarse, enfermo de Sida, con un par de hijos. Al leer parecía que alguien más hablaba a través de ella, los habituales ruidos de la escuela callaron o Andrés los dejó de oír, los vellos de sus antebrazos respondieron a quién sabe qué fuerzas, se erizaron. Su nombre era Luisa y se fue apenas la maestra se despidió. Andrés se levantó rápido del asiento, logró alcanzarla en el estacionamiento y la invitó a salir, Luisa le respondió:

         —El viernes me queda bien, llámame el jueves.

Un cristal, detrás hay una bestia que no deja de mirarlos, su cara tiene expresión de coraje, su cuerpo rígido, amenazante. Andrés hubiera preferido que se tomaran un café o una cerveza pero Luisa insistió en ir al zoológico, frente a la jaula de los orangutanes le dijo:

         —Me gustas y eso me da coraje, tengo broncas con la pérdida.

         El orangután dio vuelta, caminó al fondo de su prisión dejándolos solos. Andrés no supo qué decir, ni qué hacer. Luisa lo miró fijamente, pudo soportar su gesto serio algunos segundos antes de que se transformara en una carcajada. Cuando él decía algo ella lo escuchaba sin parpadear, como si oyera con los ojos, y mientras lo hacía su mirada se deslizaba en el aire dibujando figuras construidas por palabras. La siguiente cita fue un viernes, cenaron, Luisa le contó:

—Estudié dos licenciaturas al mismo tiempo, psicología y diseño gráfico. Comenzó todo con la poesía, no, con Espejo humeante de Juan Bañuelos, me fascinó. Mi papá me prometió comprarme más libros pero se suicidó unos días después —en ese momento Andrés se dio cuenta que el personaje que elaboró en el taller de Virginia estaba basado en su padre —entonces comencé a guardar el dinero que me daba mi madre, cuando reunía el suficiente escapaba de mi casa, compraba más poesía.

         Durante cinco tardes no se dijeron nada, ella le abría la puerta de su casa, subían a su habitación, se besaban, hacían el amor, y luego se quedaban tendidos uno junto al otro, sin hablar.

         Luisa se sentía más cómoda en el silencio, rehuía de las conversaciones y si tenía que participar no daba opiniones, soltaba preguntas que solían cambiar de manera drástica el sentido de la plática. Era como si el tiempo que permanecía callada lo ocupara preparando flechas certeras que apuntaban a los razonamientos efectistas. Le gustaba planear lo que decía, así hablara del trabajo de las fundaciones de ayuda para animales abandonados, de la posibilidad de proyectar piezas audiovisuales en municipios marginados o de elegir la cena. Se esforzaba por estar consciente de la realidad, ser crítica a pesar de que su familia la cuidara para que no sufriera. Era realista, rigurosa, ni las cosquillas en su abdomen lograban que declinara un argumento. Con ayuda de su madre había instalado un consultorio en donde atendía a niños. Se abrazaba a la disciplina, a la velocidad con la que devoraba los libros, a la firmeza con la que se dedicaba a escribir tres horas diarias.

Si Andrés no estaba con Luisa se la pasaba encerrado en su estudio, invirtiendo semanas en el desarrollo de algunas cuartillas, luego regresaba a revisarlas, cuestionaba las historias oración por oración hasta asegurarse de destruirlas, se convencía de no seguir. Apenas lo que cimbrara alguna concepción construida por él acerca del mundo valían la pena, y aunque había intentado escribir sobre su hermano no podía, apenas avanzaba una sensación física de malestar lo invadía alejándolo del lápiz. En las asesorías su tutor se conformó con ejercicios. Siguió las recomendaciones de Virginia Ávila: en lugar de analizar el entorno se convirtió en un tipo ensimismado, que cada experiencia vital la relacionaba con la concepción de otro documental. En cualquier indicio veía una huella de dolor que luego de varios días de cuestionamientos descartaba. Tuvo la sensación de estar atrapado en el peor laberinto, girando y girando alrededor suyo.

Al principio estar con Luisa le ofreció un escape, iban al cine, se quedaban en su casa a ver televisión. Casi cualquier cosa que le impidiera sentarse a planear otro documental. Era su salvavidas, la abrazaba con la resignación de un nadador cansado, que por más entereza ponga en sus movimientos no llegará a ningún lado. Había ganado una beca para concentrarse sólo en la creación de un documental y no podía. No iba a poder. Se atormentaba imaginando su regreso a estudiar Comunicación en su antigua facultad, en su antigua ciudad, encerrado en la recámara de un departamento que apestaba a humedad.

La misma humedad que ahora le molesta tanto, le irrita las fosas nasales tanto, que no lo deja seguir dibujando. Detiene el lápiz, lo deja sobre la mesa y cuenta las páginas. Treinta y cinco cuartillas abarcan el estupor. Andrés se levanta de la silla, camina a la sala, recorre las cortinas. Amanece. En la punta del volcán brilla nieve, no hay fumarola. Mira el sol, siente el calor de sus rayos que lo reconfortan y abrigan.

         Tiene sueño, quisiera irse a acostar a la cama de su recámara. Escucha la puerta que se abre. Su madre entra:

         —Debiste avisarme —le dice apenas cruzan miradas.

         —¿Me puedo quedar? —pregunta Andrés.

Javier Caravantes. Atlixco (1985). Estudió Comunicación en la BUAP y Creación Literaria en la SOGEM del D.F. Trabajó como corrector y dictaminar para distintas editoriales. Es editor de la versión web de la revista “Crítica” y del suplemento literario “El Cubo de Rubik” para Lado B. Obtuvo la beca de Estímulos a la Creación y al Desarrollo de Puebla en 2010 y 2013. Colabora para diversas publicaciones, impresas y digitales. Despertar con alacranes (Fondo Editorial Tierra Adentro-Conaculta, 2012), es su primer libro.

Despertar con alacranes

Me gusta la vida, me gusta el amor. Soy aventurero re-vacilador,

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