Del dato al conocimiento, pasando por la información y de regreso.

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Llevamos algunos años escuchando hablar que el siglo XXI estará enmarcado por la denominada sociedad de la información, que la base económica de la sociedad estará sustentada por el intercambio de bienes informacionales, que si las bibliotecas administran tanta información deberían ser consideradas como los nuevos bancos, y así sucesivamente.

Estoy de acuerdo con todas estas ideas porque todos somos testigos y actores de esta sociedad. Hemos visto con la ayuda de la historia cómo la generación de la riqueza tuvo en algún momento su origen en la administración de la producción agrícola y cómo la producción en serie vino a demarcar la economía en la era industrial. También hemos visto cómo la combinación de tecnología e información (TICs) ha sido un factor esencial en la nueva generación de la riqueza, provocando un vuelco en la manera en que la gente se comunica y hace negocios.

Hoy coexistimos entre esquemas de generación de riqueza y en palabras de la Organización Internacional del Trabajo nos enteramos que más del 80% de la población laboralmente activa se dedica a temas relacionados al manejo de la información. Este número suena retador y para comprobarlo lo único que necesitamos es preguntarnos a qué nos dedicamos.

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Si hablamos entonces de una línea casi recta en la evolución de las sociedades, estaríamos frente a la idea que el siguiente paso nos llevaría a la sociedad del conocimiento, aquella donde sus integrantes serían capaces de “digerir” toneladas de información para generar nuevo conocimiento. Pero lo cierto es que lo sucedido en los últimos años, por no decir que en los últimos meses, nos muestra que el camino tomó una desviación para regresarnos al principio de la trilogía dato-información-conocimiento.

La vuelta nos llevó de regreso a los datos, entendidos estos como la suma de letras y/o números que no tienen el más mínimo significado hasta en tanto no se ponen en contexto, esos que son la base de la información y que han venido adquiriendo un valor particular cuando se analizan y empiezan a interrelacionarse en contextos alternos. Veamos el caso del denominado Gobierno Abierto.

¿A qué se refiere? Pues simplemente a la interpretación de los datos recabados por el gobierno en su día a día y que empiezan a ser colocados en enormes plataformas electrónicas para que aquellos aventurados con ciertas capacidades técnicas puedan convertirlos en áreas de oportunidad para mejorar la vida de las personas. Otro ejemplo de la nueva administración de los datos lo encontramos en el área académica, donde los investigadores ya no sólo se ocupan por publicar los resultados de sus investigaciones por medio de artículos de revistas especializadas, ahora también comparten los datos que acompañan sus hallazgos en plataformas como figshare.com donde los lectores pueden libremente acceder a aquellos “datos” y reutilizarlos para generar nuevos resultados.

Vemos entonces que el salto a la sociedad del conocimiento que nos prometía la sociedad de la información ha tenido a bien tomarse un respiro y voltear a ver a su antecesor más directo: el dato. Me pregunto si esta segunda década del siglo XXI será recordada en el futuro como la era de la administración del dato. No sé la respuesta, pero lo que sí sé es que hay todo un frenesí porque así sea y se sueña porque esos datos sean reutilizables por cualquier interesado para promover la participación ciudadana, la generación de nuevos conocimientos y otras tantas cosas que se buscan en el movimiento “open”.

*Ricardo Villegas Tovar
Jefe de Servicios Especializados de Información
Dirección General de Bibliotecas / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

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