La Cantante Desafinada

Compartir

la-cantante-desafinada-390x260

Cariñosamente a Iris, mi hermana quien no

Siempre ha disfrutado las historias de horror

La época dorada de Esther fue cuando comenzó, antes de los veinte años de edad, sus estudios de canto; pensó que el futuro sería promisorio imaginaba una extensa, eterna, serie de triunfos en la opera. Era inteligente, alta, esbelta, atractiva, con una hermosa cabellera negra y larga y tenía muy grata voz de contralto; no desperdiciaría su talento en funciones secretariales. Su familia no era grande y pronto había emigrado de Colima sin dejar ninguna huella. La ciudad capital parecía brindar un sinfín de posibilidades, cualquiera podía tener un empleo bien remunerado para vivir decorosamente. Cuando las hijas crecieron y comenzaron a trabajar, la economía doméstica les permitía ciertos lujos. Esther los aprovechaba: por lo regular era quien recibía los mayores beneficios; ropa y zapatos de calidad, algunas joyas modestas y un poco de dinero en el bolso. ¡, Era la artista de la familia! La mayor de cuatro hermanas, a ella le dedicaron más esmero cultural que a las tres restantes. Todas secretarias, empleadas en pequeñas empresas, Esther más ambiciosa, hablaba con corrección inglés, algo de francés y en consecuencia había conseguido trabajo en un importante banco, donde prácticamente ocupaba un cargo gerencial y era respetada o temida, según el trato de sus subalternos.

No era fácil averiguar de dónde le venía a Esther el amor por la opera, hija de padres intelectualmente modestos y hermana de tres mujeres que jamás se interesaron por la literatura  y la música culta, cuya predilección por los tríos que interpretaban boleros y por cantantes rancheros como Jorge Negrete y Pedro Infante era evidente. Los gustos de Esther debieron serles aburridos, fastidiosos; poco hablaban de ella para evitar sus sarcasmos e ironías. En el fondo su familia encontraba fascinante y exótico que uno de sus integrantes tuviera vocación artística.

Para sus efectos Esther era peculiar, parecía indiferente al cariño familiar, por su madre sentía algo que nunca se tomó la molestia de definir. Le llamaba la atención que la severa mujer gustara de cierto tipo de música poco común en México como las canciones de Edith Piaf, Tino Rossi y Maurice Chevalier, las que escuchaba y volvía a escuchar sin comprender gran cosa salvo que le daban un tranquilo placer. No había mayor comunicación entre ambas, la madre solía ir los sábados al cine con sus otras hijas y a veces con su esposo, si estaba de buen humor y la película era nacional. Esther, los domingos, charlaba unos raquíticos momentos con ella: pequeñas historias y anécdotas de la escuela de canto, le hablaba con autoridad de cómo avanzaba ella y retrocedían sus compañeros de clase. En ocasiones, le explicaba distintas óperas y daba datos de los autores. A su mamá no parecía interesarle el tema y sólo se conmovió cuando le contó las desgracias e infelicidades  de Madama Butterfly.  Centraba su atención en una impresionante colección de rosales de todos los matices imaginables y en diez o doce canarios cuyas jaulas limpiaba con extremo cuidado, día tras día, sin aburrirse. Quizá por pensarla superior a todos en esa casa, la madre veía a su hija con profunda admiración y un poco más del respeto necesario. Alguna vez, ya viuda, le pidió a Esther que le pusiera sus discos y le explicara que decían las letras. De entre todos ellos, escogió al azar Non, je neregrette de rien de la Piaf y la tradujo tal vez porque no tenía gran cosa que hacer. Su madre la escucho absorta y luego le dijo con voz cariñosa y apenas audible; es hermosa, Teté, pero yo casi me arrepiento de todo, que Dios me perdone. Para los vecinos de la misma calle era una familia huraña, poco sociable, salvo un obligado intercambio de saludos, no se detenía conversar con nadie. Con una palabra, la señora de la casa contigua  la calificó; Rara. En el fondo era una familia común, católica de sentimientos nacionalistas, con los mismos valores tradicionales y fastidiosos que los demás. Su única diferencia radicaba en la ausencia de amistades.

El primero en morir – la inicial tragedia familiar en consecuencia – fue el padre. Un accidente le propinó un fallecimiento casi instantáneo, fue un severo golpe a su esposa e hijas. Todo fue tan rápido que la sorpresa exaltó las típicas escenas que suele traer la muerte. La viuda manifestó su dolor largamente mientras las tres jóvenes se consolaban entre sí, los pequeños nietos lloraban sin saber por qué y sólo Esther fue inexpresiva y ausente, como si estuviera a mitad de una obra operística dramática. El sacerdote con retraso le dio la extremaunción  al cadáver para formalizar un rito que los dejaba satisfechos. En lo sucesivo, la mujer enlutada para siempre se encerraría en un mutismo casi total que le permitía recordar los tiempos de Colima en un lago monólogo interior. Su niñez, el breve noviazgo que desembocó en matrimonio.los primeros años luchando por formar un patrimonio, difíciles por ser los últimos momentos  de la Revolución, cuando el general Álvaro Obregón eliminaba o perseguía a sus enemigos en toso el país, y al fin la salida hacia la ciudad de México, en busca de una mejor situación económica.

De las cuatro, Esther era la de mayor influencia y ésta llegó a tal grado que cuando a su madre, ya viuda y rodeada de los nietos, entre ellos la hija de Esther, Ylia le descubrieron cáncer en la matriz, la convenció, contra la opinión generalizada de familiares y médicos que se sometiera a una costosa, dolorosa e inútil operación y para ello suplantó las funciones, los conocimientos y experiencia de los doctores que la habían atendido a lo largo de la enfermedad. La mujer casi convertida en un despojo, vendió sus modestas joyas, acumuladas en toda su larga vida, y permitió la brutal cirugía. Dos días después, el médico reunió a la familia y dijo que no tardaría mucho en morir y así fue. Durante el velorio, su hermana Elia, la más joven, al frente de las restantes, la encaró:

  • La sometiste a un suplicio horrible y aceleraste su muerte, eres tonta, perversa o ambas cosas.

Esther guardó silencio. Tenía razón a medias. Su presunción seudo científica abrevió la vida  de su madre.

Recién instalados en el Distrito Federal, todos mostraban curiosidad y algún desconcierto. Entonces la ciudad era pequeña y sus aires dejaban aromas provincianos y cursis, todas las hermanas pensaban casarse, tener hijos y ser muy felices, no lejos de la casa de sus padres, en Narvarte.  Una colonia de nueva creación, pero mientras que ellas buscaban al príncipe azul entre un montón de aspirantes a profesionistas en carreras simplonas, Esther ocupaba sus tardes yendo a la Academia de Canto Fanny Anitúa, quien había sido una distinguida soprano y ahora vivía de enseñar a señoritas y jóvenes que imaginaban les sería fácil cantar en el Palacio de Bellas Artes y luego recorrer los grandes escenarios mundiales interpretando Tosca, Madama Buterfly, Carmen, Norma, Nabuco…

En esta academia, Esther conoció a quien sería su esposo: Carlos Cortés, un hombre que parecía destinado a interpretar solamente el papel de Yago. Era barítono y desde que la comenzó a tratar le confesó su amor. Como ninguno de los dos tenía recursos, era necesario seguir los estudios y más adelante, cuando el éxito estuviera  asegurado, podrían casarse. Sus mayores victorias Carlos  las tuvo en radio, en la XEW, en dicha estación era invitado sin remuneración  alguna a cantar villancicos coloniales durante las épocas navideñas y más de una vez le solicitaron que interpretara un repertorio “para todo público”. Poco más adelante, cuando la televisión comenzó y carecía de programación, creyó que podía hacer una carrera apoyado por ese medio de comunicación. La idea era interpretar arias bien conocidas, ligeras. La gordura y su cara mofletuda con una muy pequeña nariz nunca le fueron de gran ayuda. Con sólo intercambiar algunas palabras con él, podía verse su asombrosa capacidad de fracaso. Su niñez había sido obscura y sus padres lo destinaron al canto porque en la iglesia metodista el jovencito era capaz  de interpretar con entusiasmo himnos y alabanzas al Señor. De la secundaria, donde no dejó recuerdos entre sus condiscípulos y maestros, pasó a estudiar música  con profesores particulares. No era, como Esther, un gran lector, ni tenía ambiciones deportivas  o cultivaba algún pasatiempo como la filatelia, por ejemplo, se limitaba a sobrevivir creyéndose un gran cantante  y a veces intentaba la tarea de componer pequeñas piezas que tocaba en el piano y que apenas aplaudían sus familiares  y amigos cercanos. Nunca había tenido novia, es decir, contrajo matrimonio con la primera mujer que tuvo enfrente, dispuesta a hacer el amor. Tal vez eso podía explicar que no siendo Esther y él particularmente eróticos, hayan buscado el placer sexual con una velocidad inexplicable en personas de su educación y estructura moral y ello los haya conducido de manera apresurada al casamiento.

Esther, en efecto, sólo hablaba lo necesario con sus hermanas y carecía de amigas; ni unas ni otras poseían el nivel adecuado para conversar con ella. Era inalcanzable, iba temprano a trabajar y del banco salía para dedicarse con pasión al canto. La maestra le ponía especial cuidado y al salir, la despedía no sin antes recomendarle que no se enamorara de nadie que no fuera “bel canto”. No te dejes ni siquiera cortejar, concéntrate en el arte. Esther fingía seguir los consejos de la vieja soprano, siempre distinguida, elegante y dura con aquellos que no sabían vocalizar de forma adecuada o que no trabajan con la suficiente seriedad y el rigor que el canto exige. A sus alumnos les insistía que en sus triunfos en la Scala de Milán o en la Ópera de París se debían a que sólo le  fue fiel al “bel Canto”. La maestra Anitúa jamás dijo canto sin anteponerle el bel.

Las hermanas se casaron y uno tras otro aparecieron los hijos y aquella casa que había sido silenciosa y un lugar adecuado para los ratos  que Esther estaba de visita ahí, se convirtió en un lugar ruidoso y lleno de regaños y reacciones infantiles que a veces se tornaban en llantos eternos. Entonces Esther comenzó a espaciar sus visitas, llegaba, cuando calculaban que sus hermanas no estaban para conversar con su madre de manera más bien informativa. Cuando era soltera, solía leer u rato antes de dormir; de alguna forma conservó la costumbre a pesar de que Carlos apenas tomaba un libro. Le gustaban las novelas de tema amoroso, quizá para soñarse como alguno de sus personajes femeninos favoritos, todos por cierto, trágico como la Bovar y Ana Karenina. Ella, desde luego, solía darles un final menos ingrato y doloroso.

La cierta belleza de Esther lucía más en el escenario: cuando cantaba, eran los momentos en que las miradas se concentraban en ella, en su poderosa presencia escénica, aunque para su infortunio, muy pocas veces estuvo en una sala de conciertos. Su inteligencia era aguda, sólo que su afecto por los lugares comunes la estropeaba, la hacía parecer una persona aburrida, poco imaginativa y sin cualidades intelectuales.  Por añadidura, estaba a la casa de los errores ajenos para corregirlos y eso la convertía en una persona discretamente rechazada por familiares, amigo y conocidos. O en el mejor de los casos, la toleraban siempre y cuando estuviera a distancia razonable. A los sobrinos que pronto comenzó a tener, los fastidiaba contándoles óperas y poniéndoles no los mejores y más atractivos fragmentos, los tramposos excerpts o highlights, sino las obras completas. Es verdad, aquellos eran tiempos sin televisión y en consecuencia sin tanta degradación cultural;  aún así, no todos estaban hechos para desde muy jóvenes iniciarse en la ópera o en el teatro cantado, como solían decirle Esther y Carlos con más ridiculez que inteligencia.

Formaban una excelente pareja o adecuada; alguien diría que se merecía el uno al otro. A Esther no le importaba que los demás dijeran que su novio era un fastidio, un hombre tedioso y arrogante, un gordinflón que miraba al mundo como si él fuese Mozart, Verdy, Bizet o Wagner. Y Carlos pensaba que Esther era un milagro, que tenerla era una bendición de Dios. Parecían diseñados para compartir su vida y así lo hicieron. Por lo pronto, pasaban juntos la mayor parte del día y en la noche caminaban hacia la apacible calle donde Esther vivía con su familia. Hasta allí llegaba Carlos, quien a su vez sentía desdén por las hermanas y los padres de su novia: consideraba que a diferencia de la suya, la familia de ella era un grupo de personas ignorantes y ajenas al arte, como si fuera poco, visibles practicantes de una religión fallida, el catolicismo.

Carlos y Esther tenían afinidades en el campo de las aversiones. Casi todos los cantantes les parecían detestables e imperfectos. Caruso era sobreactuado, pero tenía voz, Gigli un aceptable actor sin voz, Del Mónaco cantante de arias, no de óperas completas, la Callas excesivamente dramática y tonta por añadidura, destinada más al amor masoquista que al arte, Giuseppe Di Stefano, con nombre de futbolista, apenas servía para interpretar canciones napolitanas, Ezio Pinza no hubiera sido alguien sin la comedia musical South Pacific… Hasta Mario Lanza, que en esa época era objeto de fama, recibió sus dardos afilados: -Es un idiota, como todos en Hollywood, no podría cantar sin micrófono, es un producto comercial –dijo Carlos; Esther reafirmó: -¿Cómo pudo interpretar el papel de Caruso? Su voz era muy importada, artificial; un borrachín con suerte que cantaba para sus admiradoras, ninguna experta en ópera. Ambos: -Sólo exhibía la cara, pocas veces el vientre, la panza de tragón y bebedor.

Como es de suponerse, poco a poco Esther fue subordinando su carrera a la de su esposo y más adelante, cuando el fracaso los rodeaba, dejo las clases y se convirtió en una especie de asesora o asistente musical que ayudaba a Carlos en pequeñas tareas como cargar las partituras, tocar algunas piezas de piano y ponerse al lado del coro (que dirigía el marido) para cuidar que sus integrantes estuvieran bien afinados. No dejaba de ser grotesca aquella figura alta y delgada, decadente, sujetando una bolsa repleta de partituras, al deambular por entre el coro dando el tono con un silbato, mientras un tipo muy gordo vestido con casimires corrientes y una corbata mal anudada esperaba impaciente y energético para dirigir sin batuta a estudiantes universitarios de escaso talento.

Pero mientras llegaba el momento del fracaso rotundo, Esther viva segura de llegar a ser una cantante de fama, codearse – por más que las desdeñaran- con la Callas y otras igualmente exitosas y llenas de glamour como Claudia Muzio, Renata Tebaldi y Luisa Tetrazzini. Cuando hacían proyectos juntos, Carlos y ella se veían en medio de grandes figuras, sin duda por ello practicaban sus conocimientos idiomáticos y solían hablarse en francés o italiano ante el asombro de las personas comunes.

Sólo que una cosa son los grandes proyectos y otra bien distinta lo que realmente se puede concluir en la vida. Cuando Esther resulto embarazada, los años dorados terminaron abruptamente porque en esa época no era fácil abortar o tal vez porque vio en el futuro hijo o hija una manera más de sujetar a Carlos. Las fotografías de la boda religiosa, donde con total desgano cantaron sus compañeros de escuela el Ave María de Schubert, muestran a Esther ya sin la cintura esbelta que la caracterizaba. A su alrededor, un tedioso grupo familiar irritado por lo apresurado de su boda, sus hermanas optaron por cancelar las pequeñas deudas que Esther tenía con todas ellas, su modo de vida más exigente (nunca abordo un autobús o tranvía, viajaba solamente en taxi, ni comió en una fonda o en un puesto callejero), la hizo requerir más dinero del que podía disponer como secretaria ejecutiva. Solamente lo que debía pagarle a la maestra de canto se llevaba más de la mitad de su sueldo.

El nacimiento de la hija de Carlos y Esther trato de ser ruidoso, intentaron recibirla con festejos; pero la falta de posibilidades económicas y la indiferencia familiar lo impidieron. Sin darle mucha importancia, el matrimonio gasto todo lo que tenía a la mano para comprarle ropa costosa y juguetes, pañales, cobijas y sabanas de buena calidad. La niña era realmente hermosa y sana, pesaba casi cuatro kilos y no dejaba de llorar. Carlos aventuró una broma:

-Sera cantante: tiene muy buenos pulmones.

La futura diva de la ópera no recibió más atención que la excesiva de sus padres. Los abuelos apenas la notaron.

Los proyectos maravillosos empezaron a desaparecer para ajustarse a una realidad bastante más parca. Se acomodaron en un departamentito en una zona barata, en Santa María la Ribera, y en tanto llegaba el momento del nacimiento ambos consiguieron trabajo como maestro s de los alumnos de nuevo ingreso a la escuela de Fanny Anitúa, quien, en efecto, como pudo, con un sentimiento de fracaso, los acomodo. Más adelante, Carlos obtuvo una plaza en el Conservatorio Nacional de Música y algunas clases en la Escuela Nacional Preparatoria. En lo sucesivo, no pasarían de enseñar lo que nunca llegaron a aprender cabalmente. Ni él ni ella cantaron en una ópera, ni siquiera como figuras de relleno o en algún coro. Esther consiguió una oportunidad, la llamaron para hacer la prueba para el papel principal de Norma, pero no tuvo el coraje de prepararse exhaustivamente ocupada como estaba atendiendo a su hija, una niña de apariencia encantadora a la que le pusieron Ylia. El director, el maestro Uberto Zanolli, luego de escucharla con atención, la miro largamente y le dijo:

-Señora, lo lamento, aunque su voz es buena, no está preparada para interpretar el papel que es complejo y muy exigente.

Esther apenas respondió aceptando su culpa, no había ensayado lo suficiente para la Norma que María Callas había hecho famosa y establecido parámetros poco imaginables.

Ylia fue una niña sobreprotegida, mimada innecesariamente, grosera e incapaz de enfrentar la vida normal. La mayor parte del tiempo Esther lo pasaba cuidando a su hija, haciéndole un exagerado número de caricias y arrumacos, cargándola cuando aún ya no era sano tenerla en brazos, diciéndole a una cada vez más escasa audiencia cuán inteligente era y  como ya poseía una cultura poco común que probaba a través de comentarios asombrosos.

El fracaso cayó en el matrimonio de manera aplastante. Su carácter se agrio por completo y ambos comenzaron a detestarse. Los pleitos arrancaban de nada con gritos, ofensas y concluían a golpes. Al principio eran desacuerdos musicales, luego cualquier banalidad. Todo ello era visto por Ylia como algo normal, quien frecuentemente tomaba partido por su madre, y a su padre lo insultaba diciéndole gordo, cerdo hipopótamo. Era una niña especial, cuando le daban oleadas de afecto por él, le decía bucéfalo caballo del diablo o ridícula cara de Cyrano al revés mientras que con el dedo regordete señalaba los defectos físicos de su padre o: Papa, eres igual a Rigoletto o a Cuasimodo…

-¡Cuasimodo, mi papa es Cuasimodo, vengan a verlo brincar por las calles de Notre Dame!

Esther se hizo descuidada aunque algo de su antigua educación le quedaba y de pronto solía maquillarse exageradamente (emperifollarse era el termino justo) como si fuera a cantar. Ahora había que poner atención a la hija, porque sería ella la que triunfaría. Comenzaron por hacerla estudiar ballet, pero la niña crecía demasiado rápidamente y además engordaba y no parecía acostumbrarse a los sacrificios y exigencias de la danza clásica. Luego probaron con el canto bajo la dirección del propio padre y de otros maestros; la niña carecía de voz. Más adelante vino el piano: tampoco, lo aporreaba sin pudor y era incapaz de retener en la memoria una obra pequeña de Chopin o de Satie. Definitivamente la rechazaron del conservatorio y de la Escuela Nacional de Música. Como último recurso, Ylia fue inscrita a la UNAM y estuvo en varias carreras de Filosofía y Letras intentando encontrarle el gusto a alguna de ellas, mientras sus padres trabajaban en donde podían para obtener el dinero que demandaba una “buena educación” para su hija. Ylia no tuvo amigos; no los necesita, decían a coro sus padres y a Filosofía y Letras, Esther y Carlos la llevaban y recogían al salir de clases, con tal de evitar que alguien estableciera comunicación con ella. Los mismos profesores evitaban contacto con aquella niña descomunal, taciturna, rara, que vagaba por la biblioteca acompañada de sus padres, una pareja extravagante.

Con un préstamo hipotecario lograron comprar una casa en el mismo y eso les dio una cierta seguridad, la idea de que ahora si podían ser felices los tres, sin ser molestados por nadie. Juntos festejarían diariamente su frustración y rumiarían en soledad su odio. Tenían que estar satisfechos los tres, los padres por su incapacidad para seguir una carrera que exige, como pocas, rigor; la hija porque era justo el resultado de ese fracaso. Para salvarse, Ylia hubiera necesitado al menos cierto coraje para alejarse de padres que disfrutaban su capacidad autodestructiva. Las hermanas recordaban desconcertantes historias sobre el amor de Esther por su hija y la forma en que la educaba. En alguna ocasión, cuando Ylia contaba con cinco años, un par de borrachos se cruzaron con ellas. Esther, de manera improcedente, le dijo en voz alta a la niña que a pesar de la edad y del peso llevaba en brazos:

-Mira hija, unos pobres diablos borrachines. Tipos repugnantes sin dignidad. Evítalos, evita a cualquier tipo que se te acerque…

Los hombres, ofendidos, respondieron una larga serie de insultos. Esther acepto el torneo de leguaje carretonero y de pronto, estimulados por el alcohol barato, los rufianes se abalanzaron sobre ellas para golpearlas. Esther no hizo otra cosa que encorvarse sobre el cuerpo de su hija para ponerla a salvo de la agresión. Los vecinos gritaron, llamaron a la policía y los borrachos se alejaron lo más pronto que pudieron del sitio. Esther no acepto ninguna ayuda más. Ni siquiera dio las gracias. Recuperó el rumbo a su casa y mientras caminaba despacio, le decía a Ylia, tratando de no sentir dolor por los puñetazos:

-Viste, hijita, no debes tener amigos ni conocidos de ninguna clase, la gente es sucia e imbécil. Con nosotros, tus padres, estas a salvo, que nadie siquiera te toque o mancille.

En realidad, antes de enfrentar pleitos gratuitos, ambas tenían que visitar al psiquiatra.

Ylia no sabía distinguir lo bueno de lo malo. Con idéntica naturalidad, lo mismo podía asfixiar a un gato que darse de golpes con su padre en apoyo de su madre, injuriar a la persona que se paraba junto a ella en el autobús que rezar con el entusiasmo de una monja convencida. Nunca nada le fue reprochado, no hubo regaños, no le negaban ninguna exigencia al alcance de sus posibilidades, jamás recibió una palabra severa o una simple explicación, por ello, probablemente, desconocía la ética o la buena conducta, era amoral, ajena a los valores que los demás compartían.

Como toda niña caprichosa, con facilidad se violentaba o asumía conductas desconcertantes. Sus padres se limitaban a tratar de tranquilizarla con mimos y palabras cursis, ramplonas. Recibía un total silencio ante cualquiera de sus lamentables actuaciones. Una vez decidió que su sexualidad era la de una lesbiana y comenzó a seguir por la ciudad a una famosa cantante de música pop, una tal Angélica Edy. El asedio fue intolerable y la familia de la roquera se vio obligada a amenazar a Esther y a Carlos: un día más de acoso y acudirían a la policía. La respuesta fue justificar a la hija y considerar que se trataba de una calumnia que buscaba notoriedad para la “artistilla”.

Tal actitud de la joven Ylia, que cada día era más alta y obesa (y que jamás tuvo relaciones sexuales), hizo a la pequeña familia más encerrada, mas ensimismada. Los padres salían a dar clases y ella se quedaba comiendo enormes fuentes de tocino frito y bebiendo varios litros de Coca-Cola para concluir fumando con desesperación cigarrillos mentolados. Según ella, era una dieta recomendada por “ameritados científicos” para disminuir de peso y eliminar las tensiones y el nerviosismo.

Carlos y Esther languidecían con velocidad. Ambos estaban canosos, ella se había encorvado y solo le preocupaba su cabellera ahora gris y aun hermosa que se peinaba una y otra vez, infatigable. Él, convertido en un globo, plantaba inútilmente, en un pedazo del jardín, tomates y zanahorias y escuchaba discos de Caruso, al que antes había minimizado y a veces bebía una copa de oporto antes de la cena. Quizás para evitar la realidad que lo asfixiaba, invento un mundo de recuerdos gratos. Decía –Sin escuchar las sangrientas burlas de su esposa e hija- que Placido Domingo había sido su alumno y que Herbert  Von Karajan lo había dirigido en Berlín, que cantó Las bodas del Fígaro con Victoria de los Ángeles en Nueva York y El barbero de Sevilla con Teresa Berganza en Roma.  Así transcurrían sus días: en el tocadiscos, la voz del único tenor que él decía apreciar, fantaseando y con los trozos de unas coles que apenas habían podido nacer y desarrollarse en una tierra por completo inadecuada para ello, listos para una lamentable sopa. Nada interrumpía la rutina nada salvo el carácter temperamental de las dos mujeres, Carlos aplacado soportaba todo: bromas pesadas, ofensas agudas… Una noche, por una insignificancia, a Esther le subió el tono de voz.

-A mí no me gritas, imbécil – dijo su esposa en tono violento.

Carlos retrocedió:

-No lo hice, simplemente te dije que ya quiero irme a la cama, estoy cansado…

Esther lo alcanzó y le dio dos o tres bofetadas que el marido no quiso evitar. El ruido trajo a Ylia y sin pensarlo, tomó el partido de su madre. Detuvo al viejo y fatigado cantante y entre ambas le dieron una golpiza. Una vez pasada la furia, ambas lo llevaron hasta la cama, donde sin cuidado le curaron lo mejor posible las heridas del rostro. Carlos sollozaba de manera ridícula. No quiso salir más de la cama ni permitió que lo alimentaran. Se quedó quieto y pocos días después, murió en plena calma, sin decir palabra, acaso reconstruyendo una vida inútil y absurda. A veces abría los ojos y los clavaba en el foco que iluminaba la recamara. Quizá eso en lugar de tranquilizarlo, lo inquietaba, le permitía ver su abominable realidad, su pasado inútil y el futuro que ya sentía llegar. Entonces prefería permanecer con los ojos cerrados, dando la impresión de un sueño plácido y profundo, sin mover un musculo, sin hacer un gesto. Eran sus peores momentos, cuando escuchaba en medio del atroz silencio  las voces de su esposa e hija zaherirlo por haberse propuesto ser don Nadie y haberlo conseguido con tanta facilidad.

Cuando llego el doctor, simplemente escribió en el certificado de defunción: paro cardiaco. No hubo investigación alguna y como los moretones y rasguños habían desaparecido, nadie pensó en que el barítono había sido agredido. Mucho menos podían platear si se había suicidado de manera peculiar o si su esposa e hija habían contribuido a su muerte. Esther estuvo inexpresiva durante el velorio e Ylia, olvidando que el padre estaba en un ataúd de madera corriente, se dedicó a escandalizar a todos sus primos, jóvenes normales que habían jugado juntos en la niñez y en la adolescencia fueron a fiestas y comenzaron a tener noviazgos, con historias macabras repletas de morbosos detalles: asesinatos a puñaladas, cuerpos despedazados, hombres degollados y varias mujeres violadas, golpeadas y ahorcadas. En cierto momento, Ylia suspendió el recuento e hizo un comentario culto que sus primos apenas comprendieron: -Mis padres eran exactamente como los personajes de ¿Quién le teme a Virginia Woolf? De Edward Albe, pero sobrios: todo el día se estaban peleando y gritando, insultándose, a veces llegaban a los golpes.

Uno de los primos, Alejandro, el menor de todos, asustadizo y delgado, la miraba con temor, recordando que en alguna de las escasas reuniones familiares, Ylia dejo a su alcance un pedazo de metal rojo muy atractivo; el no resistió la tentación y lo tomo en sus manos para de inmediato soltarlo con un grito de dolor intenso: había sido puesto al fuego durante largo rato.

El féretro estuvo abierto y el cadáver expuesto; nadie se asomó; solamente acudieron a velarlo unas cuantas personas: de la familia de Carlos, nadie quedaba, de los compañeros de canto y de sus alumnos no había afectos o respeto como para ir a una agencia funeraria sin pretensiones, donde apenas estarían algunos parientes somnolientos y ningún periodista. En resumen el cadáver del cantante solo tuvo la compasión profesional de os vigilantes aburridos que cuidaban la peor sala de “Pompas Fúnebres Hermanos Ramírez”, como advertía el letrero de la entrada.

Luego de la muerte de Carlos, Ylia y Esther, en lugar de regalarlas a un asilo para personas indigentes, quemaron todas sus pertenencias, trajes, sacos, camisas, ropa interior, papeles, anotaciones para mejor interpretar papeles de óperas que nunca llegó a tener y varias fotografías de sus mejores años como estudiante  avanzado de canto. Durante la búsqueda, en un clóset encontraron ropa de niña, vestidos, suéteres prendas sin usar. Estaban empolvadas y con las etiquetas que señalaban el precio.

-Mira, hija, la ropita que no llegaste a usar porque crecías muy rápido.

Para contrarrestar el tono meloso, afectado, Ylia repuso con violencia:

Prácticamente todo vestigio del paso de Carlos  por sus vidas, desapareció. Ylia sólo conservó – dijo que por razones sentimentales- un viejo fusil calibre 22 de un tiro y unos cuantos cartuchos.

Para rehacer su vida, ambas renunciaron a todo trato con el mundo, comenzando con la familia, se ajustaron a la pensión dejada por Carlos como única herencia y a la jubilación de Esther. Ylia seleccionó como vocación el tabaquismo fumando para ejercerla unas cuatro a cinco cajetillas diarias. Para proteger sus pertenencias a todos sus muebles les pusieron plástico transparente y en cada cajón, en cada cómoda, en cada armario, bajo las camas y los sillones, en la cocina y en los baños, entre la ropa y junto a los libros  y discos  colocaron bolitas de naftalina para ahuyentar – concluyeron- a los insectos. Ylia le dijo telefónicamente a una de sus tías que llamó para ofrecerle un  empleo escolar  que “luego de tantos estudios no sería maestrita de primaria”. De este modo, ambas pasaban prácticamente los días encerradas. Los olores mezclados de tabaco y naftalina, hicieron que la casa fuera señalada por los vecinos, como embrujada. Olores chocantes, música extraña y dos mujeres locas que a nadie le hablaban. En un intento de mejorar la situación, Esther habló con Ylia para retomar el tema laboral:

-Ayer llamaron para ofrecerte un trabajo

-No estoy buscándolo, mamá

-Éste podría convenirte. Lo harás en casa. Un escritor desea ordenar sus archivos y sólo tienes que pegar en cartulinas recortes de periódicos que te hará llegar semanalmente. Ganarás tres mil pesos.

Ylia aceptó el ofrecimiento. A partir de entonces y durante cuatro meses o un poco más, Esther con absoluta discreción, reunía recortes de periódicos  y revistas, los modificaba para inventar datos  sobre un imaginario escritor. De su propio bolsillo le daba mensualmente  dinero como pago para que Ylia ordenara esos papeles. Un día, la joven dijo:

-Mamá, ya me fastidié, el dinero me cae bien para cigarrillos, algún libro o revista, pero no es un trabajo para mi nivel intelectual.

Y abandonó la tarea. Como resultado, Esther dejó de buscar artículos viejos diarios y asimismo de tomar dinero de una cajita negra bien oculta en su armario donde guardaba sus ahorros.

Para matar el tiempo, Esther leía y escuchaba óperas e Ylia recortaba fotografías que pegaba por las paredes de recámaras, sala, comedor y baños. De pronto, Ylia rompía su rutina y por la noche se iba a la azotea para desde ahí dispara con mucha cautela el rifle de su padre. Apuntaba a perros callejeros o las ventanas de casas distantes y sonreía satisfecha cuando escuchaba aullidos lastimeros o cuando hasta ella llegaban los ruidos de cristales rotos y los insultos anónimos para el causante del daño, en seguida bajaba y de nuevo a localizar rostros de estrellas cinematográficas. Buscaba, en esos meses, la foto del niño actor Macaulay Culkin, cuyo papel en El ángel malvado la había conmovido. Sin embargo, aquella diversión no duró mucho: los cartuchos se acabaron y más adelante, ante la imposibilidad de comprar nuevos, vendió el arma.

Poco a poco lacas fue convirtiéndose en un silencioso manicomio. La música cesó  cuando los radios y tocadiscos se descompusieron y el piano se transformó en una ruina: no había recursos para repararlos ni ganas de hacerlo. De pronto Esther o Ylia le telefoneaban a los familiares más cercanos: hablaban de sus problemas económicos y al final solicitaban alguna ayuda. Al principio, las hermanas de Esther les hacían llegar apoyo, dinero o comida, pero ellas mismas comenzaron a tener dificultades, sus maridos murierony los hijos emigraron a otras ciudades y para evitar las llamadas de Esther e Ylia, todas cambiaron número telefónico. La soledad intensificó, pero a ninguna de las dos les molestaba, disfrutaban del aislamiento. Sus conversaciones eran, como de costumbre, raquíticas, pero llenas de grotesca intensidad:

-Mamá, cuando te mueras, voy a suicidarme.

Nada me gusta, todo me aburre.

Esther miraba a su hija y parecía no darle importancia al abismo. Se había hecho callada. Cuando escucho la advertencia de su hija por tercera o cuarta vez, en lugar de un intento de disuasión, prefirió preguntar por el único bien inmueble que poseían:

-¿Y la casa, quién se quedará con ella?

-Ylia estuvo pensativa un largo momento.

-Nadie, que pudra todo y que se derrumbe de vieja…

-El gobierno se la apropiará, Ylia…

-No importa, mamá, ya no estaremos para ver la injusticia.

-Pero piensa bien, hija, ¿quién te enterrará?

-¿Y? estaré muerta. Comotú, ¿no pensarás morirte después de mi, verdad? Se objetiva, primero se mueren los viejos, sobre todo si son débiles y achacosos.

Ylia seguía recortando libros, y mordiscos diarios y revistas y la casa en consecuencia iba poblándose de figuras famosas o desconocidas que miraban desde las paredes como Esther contemplaba la tarea de su hija. A veces Ylia salía a la calle, lo hacía para comprar algunos alimentos, traer naftalina o simplemente para pasear. Una tarde regresó con arañazos y mordiscos de cierta gravedad. Esther no pregunto la causa de las heridas, sabía que su hija  no le respondería. Se limitó, entonces, a curarla con pedazos de gasa y algodón empapada en coñac, el único alcohol que les quedaba en casa, u recuerdo de los años en que vivía Carlos y de pronto decidía hacer algún brindis. Ylia pudo haber dicho que al pasar por un taller mecánico dos perros doberman le habían ladrado, prefirió mirar estoicamente como le desinfectaban la piel. La joven se quedó ante la reja observando los hocicos amenazantes de los canes. No había gente en la calle ni tampoco dentro del sitio. Miró que en algún punto la reja podía ser saltada y que a pocos metros estaba una mesa grasienta con llaves de tuerca, pinzas y un par de martillos. Fue una carnicería cercana y pidió con toda humildad y como caridad, algunos pellejos para sus gatos. El carnicero siguió atendiendo a una señora que seleccionaba costilla de cerdo pero les tendió un pedazo de hueso con grasa. Sin trámites, Ylia regresó al taller solitario y les arrojó a los perros el trozo de comida. Los animales se distrajeron y ella rápidamente a pesar de su gordura saltó la reja y tomando uno de los martillos les asestó brutales golpes. El primero lo recibió en la cabeza, el sonido y la pesada caída indicaron que se le habría quebrado. El otro tuvo la oportunidad de reaccionar y fue quien le causó las heridas a Ylia. El perro era de ataque, no obstante su fuerza no era superior a la rabia de su rival y después de varios golpes de martillo también cayó bañado en sangre y en medio de temblores agónicos. Ylia de nuevo saltó la cerca y ya en la calle contempló que tenía innumerables heridas y sangraba de algunas, sonrió satisfecha y regresó a su casa. No recordaba a que había salido, pero estaba contenta, liberada.

Aquella noche, sin sentir ningún malestar por las heridas, Ylia fumó más de lo acostumbrado y luego durmió placenteramente, como de costumbre en la misma cama de su madre, lo que había pasado a ocupar luego de la muerte de Carlos. A Esther no le disgustaba el hecho, siempre habían estado juntas, de muy niña durmió con ella, más adelante quiso tener su propia recámara pero poco la usó, prefería dormir entre sus padres.

Antes de apagar la luz en un ambiente cerrado y sin escape para el humo de los cigarrillos, Esther le preguntó:

-hija, ¿te molestan las heridas?

No tuvo respuesta.

La situación económica se fue haciendo cada vez más difícil, Esther necesitaba medicamentos y ambas comida. Ylia decidió buscar apoyo con una de sus primas más distantes, hizo una cita con su prima Alicia, quien a regañadientes aceptó el encuentro. No había vuelto a verse d los tiempos en que toda la familia se reunía bajo la presencia de los abuelos. Muerto ambos, la familia se había desintegrado para formar nuevos núcleos. Las hermanas, entre ellas mismas, apenas se veían o se telefoneaban. Ylia llegó a la cita, en un café donde ya Alicia aguardaba. Durante ese primer encuentro, la prima fue abrumada con historias tremendas, como de mala cinematografía. Las historias fluían y Alicia comenzaba a ponerse nerviosa, de mal humor. De tajo la interrumpió para preguntarle que coso quería. Con la misma frialdad le dio la respuesta: dinero, ayuda, mamá está enferma…

Los trastornos de Ylia comenzaron a ser visibles, pasaba de una idea a otra, contaba cómo se murieron de hambre sus gatos y los peces que tanto apreciaba, cómo gradualmente habían vendido sus mejores muebles y pertenencias personales para sobrevivir. Alicia pensaba en que su prima podría trabajar o que bien administradas la pensión y la jubilación de su tía podría ser un decoroso soporte. Ylia comenzó a dar muestra de desesperación.

-Mira, sino quieres ayudarme, no lo hagas, no estoy pidiendo limosna sino apoyo de la familia…

Como Alicia comenzó a inquietarse y a buscar la manera de dejarla en plena cafetería tuvo la ocurrencia de decirle estás loca; Ylia la miró con rabia y repuso:

-¿sabes algo? Estoy así porque tu madre abusó sexualmente de mí, me causó un daño brutal y ahora deben pagarlo.

Alicia se puso de pié y salió huyendo del lugar dejando a su prima convertida en un monstruo que vociferaba los peores insultos para ella y su madre y arrojaba vasos y platos al piso. Más adelante, ya repuesta de la atroz impresión, Alicia pensó mejor las cosas: carecía de sentido hacer algún comentario al respecto. Solo por razones de peso y fortaleza, Suponiendo que su propia madre pareciera desviaciones sexuales, hubiera sido imposible forzar a una mujer francamente descomunal,  lo que por alguna razón le recordaba al personaje femenino, la tortuosa enfermera de la versión cinematográfica de Misery, Kathy Bates. En lo sucesivo evitaría todo contacto con Ylia.

Una noche Esther despertó sobresaltada y prendió la pequeña lámpara de buró más cercana para encontrarse con el rostro de su hija que a unos cuantos centímetros de distancia la miraba con odio.

-¿Qué te pasa, hija, que sucede?  –pregunto alarmada.

-Nada, escuchaba la forma estúpida y enferma en que roncas  –repuso antes de abandonar la recámara.

A partir de ese momento, Ylia decidió que no dormiría más junto a una mujer que parecía estar asfixiándose. A diferencia de su hija que, pese a su gordura se movía con cierta ligereza, Esther empezó a tener dificultades para caminar. De este modo Ylia se hizo dueña de la casa, mientras su madre dependía cada vez más de su inexistente buena voluntad. A veces pedía algo de comer, en otras un libro, y lo más frecuente era solicitar ayuda para llegar al baño. El apoyo llegaba dependiendo del humor de la hija. Si estaba de buenas, no había problemas en sostenerla para beber o comer un poco de té, pero de lo contario, los resultados eran por completo impredecibles.

-Hija, ¿podrías darme un pan o galletas?, tengo mucha hambre.

-Perdóname, mamá, no soy tu sirvienta ni tu enfermera.

-Ylia, por piedad, no puedo moverme, me duelen las piernas…

Su hija daba media vuelta y en ocasiones para que su madre comprobara su malestar, la encerraba con llave y allí la dejaba durante horas o días. Esther se quedaba quieta y aguzaba el oído para saber dónde, en que parte de la casa podría estar su carcelera. De pronto, Ylia reaparecía con mejor rostro y saludaba a su mamá como si nada hubiera ocurrido.

-Debes tener apetito, te traje un sándwich de atún, te gusta mucho, y algo de leche. Que feo huele, debemos abrir las ventanas, que entre el viento. Voy a cambiarte las sabanas. ¿Quieres ir al baño?

Los recuerdos de Esther fueron desvaneciéndose con alguna pereza. Sabía que había estudiado para secretaria ejecutiva, pero no recordaba donde lo hizo. Su relación con Fanny Anitúa era más clara, sin embargo las precisiones no llegaban. De pronto se le ocurría que como cantante había tenido grandes momentos de éxito en México y en Europa y hablaba de ellos dándose datos y fechas imaginarios. Pensaba poco en su madre, nada en su padre y un tanto en sus tres hermanas, ya viudas e igualmente deterioradas, pero sin mayores problemas familiares. Las envidias las olvido también porque sus pretensiones desmesuradas como cantante se habían esfumado por completo. Su mundo eran las paredes cubiertas de fotografías que la envolvían como telarañas y, desde luego, Ylia, su mayor devoción. A veces, cuando estaba lucida la miraba con orgullo: fue lo mejor que pudo pasarme. Sin reflexionar en los malos tratos que recibía, ni en las humillaciones a que las sometía. En su vida no estaban más ni la ópera ni Carlos, se habían hundido en algún hoyo invisible. Nada en esa casa, ni siquiera Ylia, se los recordaba. Imaginaba un presente confortable, apenas comía y solo bebía agua. Estaba, como siempre, dispuesta a reaccionar ante los más pequeños caprichos de su hija, a satisfacer sus exigencias, a tratar de apaciguar sus cada vez más frecuentes arranques de furia.

Pero la edad y la pésima alimentación, las enfermedades nunca curadas y el ambiente insano de la casa, agravaron los males de Esther. Tenía una idea vaga de que podía ser lo que más le aquejaba, solo que no tenía la costumbre de buscar médicos, trataba de contrarrestar los dolores con infusiones y aspirinas. Cuando la migraña aparecía rabiosa, Ylia buscaba la manera de hacer ruidos y de molestarla. Gritaba como loca y de pronto se ponía a cantar. Se acercaba y le decía con voz chillona y estruendosa:

-Mamá, nunca fuiste buena cantante, impostabas la voz, tus agudos eran exagerados y tus gestos parecían a los de una mala actriz del cine mudo, pero mi papá no te lo decía por cariño o quizá porque era tan mal músico como tú…

De este modo tan poco convencional, Esther fue dándose cuenta de que tenía en su única hija, su más grande amor, la niña en quien deposito tantas esperanzas artísticas, a su peor enemiga. En algún momento de reflexión, mientras los dolores se habían ido e Ylia estaba de compras, la mujer se dio cuenta de la monstruosidad: estaba cada día más débil y a merced de su hija. Hacía tiempo que el teléfono estaba desconectado y a ninguna de sus hermanas se le ocurría visitarla. De las casas vecinas nunca saldría algún apoyo: ella, Carlos e Ylia siempre habían sido vistos como enfermos mentales, como locos que deberían ser tratados. Esther por vez primera en muchas décadas, comenzó a llorar silenciosamente. No lo hizo cuando murió su padre, tampoco cuando falleció su madre y junto al cadáver de Carlos tuvo que recurrir a sus viejas enseñanzas dramáticas para aparecer ante la escasa concurrencia como una mujer doliente. Ahora lloraba por ella misma y por su hija que se transformaba en una aberración, en un monstruo. Trato de pensar en la religión, buscar consuelo en dios, pero ya no recordaba ningún rezo ni sabía a quién invocar, a quien dirigirse suplicante para que la pesadilla que se presagiaba no se desarrollara y se detuviera en ese mismo momento.

Ylia, a cambio, estaba a salvo de Dios, si alguna vez tuvo dudas sobre su existencia, ahora tenía la certeza de que era un invento de los débiles y ella era una mujer fuerte, poderosa. El mal y el bien eran una misma cosa y solo tendrían que saber utilizarlos en cada caso. Esther –y no le cabía ninguna duda- necesitaba correctivos. No había sido una buena madre y como esposa fue pésima: de muchas maneras contribuyo a hacer de Carlos un hombre infeliz, amargado y a acelerar su muerte. A ella no supo educarla, le arruino la vida, no la dejo estudiar ballet, tampoco concluir Letras Hispánicas, le impidió tener amigos; mucho menos novio o pretendientes, a papá lo hizo vivir en un infierno, donde esté estará mejor que con ella. Pobre diablo. Mamá es una mujer detestable. Hoy no le daré ningún alimento y menos sus medicinas. Por malvada y estúpida merece una sanción.

La modesta casa donde Vivian Esther y su hija era una construcción rara. Tenía un largo garage, donde cabrían varios vagones de ferrocarril, desembocaba en un jardín pequeño, descuidado donde la maleza cubrió la tierra y permitió que una hiedra amarillenta y cansada invadiera las paredes. A un lado estaba la construcción de dos pisos: laberíntica y caótica, parecía obra de un arquitecto demencial, tenía seis habitaciones, sala, comedor, cocina y cuatro baños; todo parecía forzado, por los pasillos apenas podía transitar una sola persona. No es difícil imaginar que un hombre gordo como Carlos tendría dificultades para avanzar o girar y que algo parecido le ocurría a Ylia. La recamara destinada al matrimonio no era la mayor, la más grande le pertenecía a la hija y ahí todo era desmesurado: libreros enormes, una cama kingsize, y mesas cubiertas por toda clase de objetos sin ninguna relación unos con otros, como floreros de estilo mexicano y figuras de porcelana de imitación francesa, caballos chinos, viejos quinqués maltratados y bailarinas de metal, ceniceros de todas clases y tamaños y cajas de cartón con papeles. Era la habitación de una persona desaliñada, la ropa estaba tirada sobre la cama, las sillas y la mesita de centro. El buró tenía un teléfono negro de pasta, un modelo antiguo. Lo único bueno y en buen estado, era una videocasetera conectada a la televisión que parecía trabajar día y noche; de lado, había un gran número de películas. Ylia poseía un escritorio oscuro y rayado, muy lastimado, donde recortaba las fotografías que luego pegaría con engrudo en las paredes. La casa no era oscura y poco corrían las cortinas, el sol no era bienvenido. En todos los cuartos había muebles y libros, discos y pilas enormes de periódicos y revistas en total desorden, cubiertos de polvo y con telarañas. Ninguna ventana daba a la calle, todas miraban hacia el alargado garage y el jardín, de tal manera que de la calle solo podían ser observados enormes muros y un portón negro sólido y alto. La cocina semejaba un muladar, la basura estaba desparramada sobre el piso, desperdicios malolientes y bolsas de plásticos donde trataban de meter las sobras de las comidas, cucarachas y ratones merodeando sin pudor. El fregadero era una colección de platos, tazas, cubiertos y sartenes sucios, servilletas de tela manchadas por distintos alimentos. Por ningún lado había imágenes religiosas, y el único espacio libre de las paredes, alguno de los tres puso copias pésimas de retratos de Verdi, Mozart y Wagner, quienes presidian el indigno escenario.

De alguna manera, parecía una caja fuerte de varillas y cemento. Era una construcción antigua, ligeramente remodelada, atrapada por altos edificios modernos de concreto. La calle donde estaba se llama Cerrada de Fresno y se trataba, en consecuencia, de un sitio aislado, poco transitado y discreto, donde todos se conocían y se saludaban, menos Carlos, Esther e Ylia que jamás miraron a los vecinos; tampoco respondieron cortesía alguna. Iban y venían ignorando a los habitantes de las casas contiguas. Todos eran parte de una gran comunidad llamada “gentuza”.

Ni Esther ni Ylia cultivaron la nostalgia por Carlos, la primera lo recordaba en ocasiones, cada vez más borroso, como una añosa fotografía en blanco y negro que va gradualmente amarillándose, como los cadáveres mientras que la segunda solo lo invocaba para molestar a su madre. Cuando Esther se sentía mejor, caminaba lentamente en busca de su hija, la encontraba, por lo general, inclinada sobre su mesa de trabajo recortando fotografías, la saludaba sin esperar respuesta e iniciaba un dialogo que en realidad era un monologo. Ylia ni siquiera la miraba. Y Esther seguía su camino y se sentaba un rato en la sala, donde había más luz y la mezcla de tabaco y naftalina era menos hiriente.

Hacía mucho tiempo que Esther no veía detalladamente los rostros de aquellos hombres y mujeres que su hija ponía en las paredes. Esa tarde, caminaba muy despacio rumbo a su cama cuando al recargarse en uno de los muros miro las más recientes adquisiciones de Ylia que complementaban sus aficiones macabras: ahora comenzaban a ser fotografías de personas muertas tomadas de las páginas de la sección roja. Hombres y mujeres grotescos, con la cabeza rota o con un balazo en plena cara o con un brutal tajo de machete en el cuello, cuerpos baleados, apuñalados, e inalterablemente destrozados. Personas ahorcadas, fusiladas y ahogadas, rostros atormentados, masacrados, desfigurados. La violencia del país se centró en esa casa de artistas que siempre fueron proyecto. Palideció aún más al mirar que ya no estaban los radiantes artistas de cine o los músicos geniales, ahora su casa se había convertido en una morgue fotográfica y trato de llegar rápidamente a su habitación para sentir que al menos las sabanas y la colcha podrían protegerla del horror de las paredes que estaban cada vez más cerca de ellas.

***

De pronto, como en un filme de suspenso, los vecinos dejaron de ver a Esther. Ylia salía ocasionalmente a comprar algunos alimentos; lo hacía con paso rápido y nervioso como de costumbre sin saludar o mirar siquiera a quienes se topaban con ella. A nadie le preocupó, ninguno pensó en la vieja cantante  viuda que en sus mejores momentos los molestaba con sus vocalizaciones. Más de una ocasión, dijeron oír gritos, tal vez llantos, intercambio de majaderías, pero no eran capaces de precisar de eran de rabia o de dolor. Por último el silencio se adueñó de la casona y los vecinos dejaron de chismosear acerca de aquella extraña pareja sobreviviente. La olvidaron.

Desde que nació, Esther había concentrado su atención en Ylia, al principio era una niña esperanzadora, con alguna gracia, inteligente, risueña, pero poco a poco fue mostrando su desinterés en todo lo que emprendía o le hacían emprender. Sin embargo, el amor enfermizo por su hija no menguó; al contrario, fue intensificándose en la medida que se distanciaba de Carlos. Ya muerto, no tenía obstáculos para adorar desafortunadamente a su hija.

El amor materno fue sufriendo modificaciones. En la adolescencia la quiso con ternura, sus fracasos escolares y la absurda búsqueda vocacional de Ylia la conmovían. Trataba en vano de estimularla, de mostrarle caminos y posibilidades. Más adelante, al sentirse sola, al darse cuenta que la presencia de Carlos de poco o nada le servía, concentro sus capacidades afectivas en la hija. El amor se hizo en consecuencia antinatural. A pesar de los años de ambas, Esther sentaba a Ylia en sus piernas y siempre tenía sus manos entre las suyas. La acariciaba, la besaba, la abrumaba con la mirada y en general todos los sentidos estaban atentos a los deseos y caprichos de la joven. Su esposo no veía nada extraño en aquella relación madre-hija enfermiza, incluso le parecía algo digno de la más exaltada poesía.

Después de los treinta años, Esther ya había podido comprobar una y otra vez que su hija adorada no servía para nada: tal hallazgo no la hizo padecer; al contrario, así supo que la tendría eternamente a su lado, para bien o para mal, y eso la regocijaba.

Al principio, Ylia parecía responder al amor de la madre, era un apoyo formidable en la diaria pugna de Esther con Carlos. Entre ambas lo cubrían de insultos y vituperios y más de una vez el encontronazo fue a golpes: Carlos se veía abrumado por los jaloneos, bofetadas y puñetazos que recibía de su esposa y de su hija, y aunque solía responder de la misma forma, terminaba por retirarse del campo de batalla y refugiarse en el pequeño jardín, siempre tan reacio a brindar algunas legumbres. Atrás quedaban los insultos y los gritos recordándole su incapacidad para triunfar como músico, esposo y padre.

Ahora Esther e Ylia estaban juntas y solas. No había más familia ni amistades, el recuerdo de Carlos se había extinguido fácilmente. Pronto la cantante fracasada sabría lo que era el Infierno y sus miles de castigos. La colección de atroces fotografías llegaba a ella inexorablemente. Un día Esther se encontró sin poder caminar, las piernas le fallaban, no obedecían a las órdenes que su mente les daba. Necesitaba llegar al baño. Le fue fácil llamar a Ylia.

– ¡Hijita, ven, por favor. Ayúdame, no puedo mover las piernas!

Desde la sala llegó la indignada voz de Ylia:

-¡Mamá, por favor no me chingues, estoy ocupada!

En vano Esther insistió en la súplica. Cuando la necesidad fue imperiosa, se arrastró lastimeramente hasta el baño. Al regresar a su cama, se encontró con su hija, que la miraba sonriendo con un profundo desdén.

-¿Ya te viste?, eres patética, una bruja reptante. Una tortuga o una serpiente lenta…

Esther siguió arrastrándose y al mismo tiempo tratando de contener las lágrimas. Al llegar a la cama intentó cubrir su lastimoso cuerpo con las sábanas grises de tanta suciedad.

En lo sucesivo, aquella habitación sería su casa, la cama su mayor refugio y consuelo y el viaje más largo era hasta el baño, cuatro metros o un poco más que hacía con enormes dificultades.

Algunas veces Ylia era amable, le servía los alimentos, le ayudaba a cambiarse y hasta conversaba sobre algún tema trivial. Eran los momentos en que ambas hacían cuentas para poder sobrevivir sin apoyos externos. Creían que lo poco ahorrado y las pensiones serían suficientes. Llegaban a hacer algunos planes para divertirse, algo así como ir al teatro o al cine o quizá a la ópera. Ningún proyecto se haría realidad. Ylia pasaba a la violencia con cualquier pretexto y entonces Esther sufría sus furias. La primera vez que la amarró a la cama, la vieja cantante gritó y gritó inútilmente: nadie acudiría en su ayuda. Los vecinos, en efecto, apenas escuchaban algunos ruidos pero no les interesaba saber si eran palabras de socorro o si la mujer trataba de cantar alguna ruidosa aria. Las voces eran muy distantes, casi sordas, apagadas, como para distinguir las palabras de auxilio.

Ylia recorría la casa como si la estuviera explorando por vez primera. Entraba en las distintas habitaciones, hurgaba en cajones de cómodas y armarios, se detenía ante los anaqueles de la pequeña biblioteca y tomaba un libro y lo miraba absorta; parecía leer, pero no, sólo miraba las letras que formaban palabras y párrafos, capítulos y lo hacía en la noche, la tarde o la mañana; si estaba obscuro llevaba una vela. Por fortuna Esther estaba incapacitada para seguir a su hija en esos extraños recorridos porque eran espantables.

Un día soleado, Esther despertó con algún optimismo: podría sanar de sus males, volver a trabajar, dar clases de canto en su domicilio, hablar con Ylia y llegar a un acuerdo para emprender nuevos proyectos con certeza salvadores. La llamó inútilmente, al parecer no estaba o no quería verla. En realidad Ylia había salido como acostumbraba cada tanto, para llevar a un prestamista cercano algún objeto como la licuadora, el túrmix, un collar de cierto valor, unos aretes de fantasía, un radio inservible, discos, figuras de porcelana… En otros momentos solía llevar a una librería de viejo en el centro de Santa María la Ribera, pilas de volúmenes sin orden. Los tomaba al azar y así los ofrecía a un anciano sucio, que mal pagaba y bien vendía. La casa iba quedando vacía, poco a poco. Era un esqueleto descuidado, donde sólo la recámara de Esther conservaba todos los objetos decorativos que ella y Carlos habían atesorado.

Esther pensó en la fecha: ¿en qué mes estamos, qué día es? Debe ser, pensó, 20 de julio. Es mi cumpleaños. Cumplo ochenta años. Pero no era 20 de julio ni tampoco cumplía ochenta años sino tres más: había perdido la noción del tiempo. Sin radio, sin televisión, sin diarios, sin contacto más que con su hija, Esther ya era incapaz de precisar si era martes o domingo. ¿Cuándo nací y en dónde? ¿En Colima o en la Ciudad de México?¿Dónde están enterrados mis padres? En cuanto mejore de salud buscaré a mis hermanas y les voy a preguntar todo lo que he olvidado.

El ruido de la puerta llegó hasta ella. Con debilidad insistió:

-Hijita,¿eres tú?¿Puedes venir? Te necesito.

No tuvo respuesta. Ylia la escuchó, pero no estaba de humor para acercarse a su madre. Caminaba mirando las paredes cubiertas con recortes de periódicos y revistas. Se sintió satisfecha: era un trabajo formidable que la distraía. Aquellos cuerpos mutilados y los rostros ensangrentados le producían un íntimo orgullo. Pensó en contar cuántos metros cuadrados tendría ya en su haber. La ausencia de muebles mejoraba su “obra de arte”.

En la sala quedaban sillones desvencijados y en el comedor dos sillas en buen estado aún cubiertas con plástico. Las puso en el garage: serían la próxima venta. Los demás muebles eran muy grandes y pesados como para moverlos con facilidad.

A Ylia le gustaba el silencio, así que cuando de pronto surgía la voz temblorosa y suplicante de su madre, se irritaba. Estar con sus pensamientos era algo grato que descubrió cuando Carlos se rindió por completo y dejó de replicar y responder a los reclamos de su esposa e hija. Optó por el silencio. Los discos de Caruso no parecían molestar a Ylia, los escuchaba como hipnotizada, como si fueran (y así habían sido) parte de su vida. La ópera italiana y sus más destacados intérpretes le eran algo familiar, sólo que al final de la vida de Carlos, no escuchaba, a veces fingía cierta atención, estaba tal vez tan acostumbrada a oírla que –decía ella en tono de burla- “le entraba por un oído y le salía por el otro”. No le producía ni placer ni malestar, le era indiferente como casi todo. Si alguna vez algo le importó, no era ya capaz de precisar qué fue y por qué razón.

Esther, como de costumbre, al no conseguir ninguna reacción de su hija, quedó primero adormecida, luego profundamente dormida. Eran los mementos de las pesadillas, de extraños sucesos que no le habían ocurrido sino que estaban por venir. Los sueños no eran el resultado del pasado, de lo visto y lo escuchado, de lo vivido, lo eran de un futuro próximo a punto de abrumarla.

Mientras el subconsciente la llevaba por entre monstruos horrendos y paisajes absurdos, Ylia entraba con un total sigilo y hurgaba aquí y allá sin buscar nada preciso. Quería saber si su madre conservaba algún secreto o un recuerdo que ella desconociera. Vaciaba los cajones y escarbaba en los rincones, no dejaba de mirar en las bolsas y en la ropa. Los resultados eran inalterablemente los mismos: no había algo nuevo. Una vez descubrió que Esther guardaba una fotografía de estudio donde aparecían los tres sonriendo. Aquel recuerdo la puso rabiosa, era algo estúpido, de qué o por qué estaban fingiendo felicidad tres seres condenados por Dios a la total desgracia. Pero decidió no romperla, se la llevó a la mesa donde solía trabajar sus materiales periodísticos y allí con sumo cuidado la retocó para convertir a tres sonrientes personas en tres demonios horrendos. Con el mismo cuidado regresó a poner la foto donde estaba guardada. Tarde o temprano Esther acudiría a ella en busca de apoyo o de un simple recuerdo grato y encontraría la odiosa transformación.

En ella cada casa cada vez más sórdida y enigmática, el sol apenas aparecía. A pesar de que las cortinas estaban raídas y en parte desgarradas, la obscuridad reinaba, dándole un aspecto siniestro y lúgubre.Nunca fue una construcción bonita de ni de buen gusto, era una casa y ya. Quizá por ello lograron que se las vendieran en buen precio. Ellos eran los primeros habitantes, nadie más la había vivido, nadie se había muerto como para que quedara maldita o los espíritus de quienes allí fallecieron insistieran en quedarse entre sus paredes. El único muerto había sido Carlos y ningún rastro quedaba de él. En todo caso, los fantasmas y los monstruos habían llegado con ellos.

Pero ¿realmente no quedaba algún recuerdo de Carlos? ¿Cometió alguna hazaña musical, produjo cantantes de calidad, fue un padre ejemplar y  un marido solidario?Esther jamás se fijó en el trabajo de su esposo, Ylia menos. Sin embargo, la hija encontraba entre sus escasos recuerdos uno que pensaba haber presenciado. Era demasiado pequeña para guardarlo en la mente, lo que ocurría era que se trataba de una anécdota contada treinta, cincuenta, cien veces y la insistencia hizo que se le grabara como si la hubiera presenciado. Regresaban del conservatorio cuando Carlos volteó velozmente pese a su gordura y encontró a un joven mirándole las piernas a Esther que llevaba en brazos a Ylia. Lo cogió de los cabellos y le dio dos bofetadas brutales al tiempo que le decía ¡imbécil, cómo te atreves a ver a mi esposa!

Esther no supo cómo reaccionar. Nunca antes había pensado que sus delgadas piernas fueran capaces de atraer miradas masculinas. Se sintió, entonces, halagada por los celos.

-Déjalo, Carlos, es un niño  -asumiéndose como una mujer delicada y femenina, un tanto indefensa.

-No te metas  –respondió y la jaló con fuerza del brazo mientras que el jovencito huía despavorido sin saber qué había hecho para merecer el castigo.

Esther trastabilló por la violencia, se mantuvo firme abrazando a su hija.

Ylia estaba segura de haber presenciado la ridícula escena, la podía imaginar con bastante claridad, incluso le había dado hora y nombre a la calle donde ocurrió el molesto desaguisado. No había más recuerdos de su padre. Su cara, objeto de mil bromas, comenzaba a ser invisible.

Los pasos de Ylia resonaron toscos, duros, militares, por la espectral casa.

De nueva cuenta:

– Hijita, ¿eres tú?

De pronto su mole cubrió el marco de la puerta:

– ¿Quién demonios podría ser, sino yo?

Esther se había acostumbrado al chantaje como arma para controlar a su hija. Soló que su vejez y las enfermedades la habían transformado en una mujer débil, indefensa ante una Ylia que se convertía visiblemente en una fiera, en una mujer brutal cuyo dominio se hacía sentir en aquel extraño reino.

-¿Podrías ayudarme a levantar? Quiero estar cerca de la ventana.

– Si no puedes caminar, allí te quedas. No voy a andar cargándote por toda la casa.

– Sólo quiero un poco de agua, tengo la boca seca.

– Si quieres agua, ve al baño, no tengo tiempo para traértela.

¿Cómo se alimentaba Esther? Dependía del humor de su hija. A veces, cuando despertaba, Ylia le había dejado una charola con algunos alimentos; entre otros momentos, fruta, pan y leche, según lo que pudiera obtener con pequeñas sumas de dinero. Pero de pronto la rabia se adueñaba de ella y entonces pasaban uno a dos días antes de que Esther probara bocado. Por ello su cuerpo se debilitaba, sus movimientos eran más lentos, la voz apenas le salía para rogarle a su hija que de apiadara, que le ayudara, que no le dejara morir “como un perro”.

Ylia mostraba su lado más oscuro:

-Mamá, si quieres comer, canta. Canta algo de Traviata, te sale muy bien; el brindis, por ejemplo; si lo deseas puedo traer una copa de champaña o de sidra que es más barata.

Esther ya no se defendía más que con el llanto.

– Ah, veo que ya no eres la cantante desafinada, ahora eres la llorona. Sólo te falta asomarte a la calle y gritar: ay, mis hijos…

-Niña mía, por favor, ayúdame, no ves que si me muero te quedarás sola… Llama al médico, llévame a un hospital…

-Mamá, no hagas dramas. Sola quisiera vivir, me hartas, no deseo más cuidar a una arpía inútil. ¿Llamar al doctor, con qué dinero voy a pagarle?

-Vende algo, lo que sea.

-No hay que vender, no tenemos nada de valor. ¿Quieres que robe? En realidad no tienes mayor cosa, siempre fuiste hipocondriaca… Ya sé qué voy a hacer, mamá, te voy a amarrar bien a la cama y voy a taparte la boca para que no sigas diciendo estupideces, quejándote o pidiendo cosas que no tenemos.

Ylia amarró con brutalidad el cuerpo flaco, macilento, tembloroso, sucio, de su madre y enseguida, para apagar las débiles protestas le cubrió la boca con una mascada negra. Al concluir sonrió satisfecha ante su obra: allí estaba Esther con un camisón maloliente, desgarrado, con el cabello por completo cano en desorden, agitándose, con los ojos muy abiertos, desmesurados, sin creer la pesadilla que estaba viviendo.

Ylia, como si hiciera falta, ironizó:

-No te vayas, mamá, regreso en un momento.

Esther se resistía a creer lo que ocurría, lo que estaba padeciendo. Parecía algo antinatural. En todas las culturas, civilizaciones, países y épocas, los hijos respetan a sus padres; los cuidan y protegen cuando llega el momento de la vejez y la debilidad, cuando la muerte se aproxima. Unos diez años antes, Esther le dijo a su hija:

-Los hijos deben encargarse de sus padres, yo siempre estuve cerca de los míos  -recalcando algo falso.

La respuesta inmediata fue:

-No, mamá, no somos seguros de vida. Ustedes hacen su vida y nosotros la nuestra. Si la echaron a perder, ni remedio, pagarán los resultados…

Lo que sí era cierto y no una mentira como aquellas con las que había edificado una vida llena de fracasos, era su amor por Ylia, sólo que no era más la niña que con tanto esmero cuidó, por la que se preocupó al grado de abandonar su vocación artística y desentenderse de su esposo y de todos sus familiares, la razón por la que vivió. Era un monstruo. ¿Qué había sucedido? ¿Por qué razón se había dado esa atroz metamorfosis? Si Dios existía, se había ensañado injustamente con ella. Como toda madre recordaba a la niña muy pequeña, esforzándose por caminar, por decir sus primeras palabras; luego venían sus juguetes iniciales y las escuelas activas donde aprendió a leer y escribir. Las esperanzas de tener a un gran artista en su casa, hecha por ella, modelada por ella, educada por ella, sin ninguna ayuda. ¿Dónde había fallado, dónde se había torcido el rumbo imaginado con ternura y cariño sin medida? ¿Por qué en lugar de una cantante o una bailarina o una pianista, tenía a ser descomunal, obeso y de infinita perversión que se regodeaba sometiéndola a toda clase de indignidades y tormentos?

Por más esfuerzos que hacía no lograba ver a Ylia sonriendo, reflejando felicidad. Lo único que conseguía era recordarla como fue siempre: sombría, taciturna, lóbrega, hosca, arrinconada mientras sus primos jugaban ruidosamente, con la mirada puesta en un punto, buscando pequeños animales como insectos o lagartijas para torturarlos y finalmente matarlos, quejándose de todo y por todo, ajena a los demás, enigmática. ¿Qué la habría hecho de esta manera? ¿Sus conflictos con Carlos, su alejamiento de la familia, los fracasos de ambos o la forma complaciente en que la formaron? Ylia podía hacer lo que quisiera, no había ningún impedimento. Si bien era cierto que tenía choques con la sociedad, en la escuela, en los sitios públicos, en su casa, junto a sus padres, sólo hallaba seguridad, confianza y una entera libertad, una exagerada libertad: donde otros niños conocían límites, ella hacía lo que le venía en gana.

De tal forma, reconstruyendo su vida y la de su hija, Esther se quedaba adormecida, en espera de un milagro que pudiera darle algo de tranquilidad. Ahora que lo pensaba, tenía ganas de vivir un poco más, de caminar por las calles, tal vez ir a un teatro o al cine.

A Esther ya le era imposible distinguir la noche del día, vivía eternamente en penumbra y sujeta a la cama. De pronto Ylia entraba, le daba pedazos de pan, leche o agua, la aseaba un poco y de nueva cuenta le ponía las correas sobre sus carnes magras, casi transparentes. Era un cadáver y como tal no protestaba, no se quejaba, no demandaba piedad, sólo clavaba sus ojos desorbitados en Ylia, quien a veces, le sostenía la mirada y le decía:

-Ay, mamá, mi pobre mamá, cada día pareces más una momia. De no ser por tus ojos demenciales que brillan, serías un cadáver triste. ¿Habrá cadáveres alegres? Vamos a ver.

Y entonces la desataba y sin quitarle la mascada de la boca, la arreglaba, la maquillaba un poco y con sumo cuidado le pintaba los ojos. Con una toalla húmeda le limpiaba los brazos y las piernas y concluía pasándole el cepillo por el cabello una vez y otra vez.

-Lista  -decía admirando su trabajo-, eres un cadáver hermoso y alegre. Te voy a mejorar, sonríe, sonríe… Ah, ya sé, voy a retratarte y a poner tu fotografía en la pared.

Ylia corría cimbrando la casa y regresaba con una cámara fotográfica, una de las pocas cosas de valor que conservaba, y la retrataba una y otra vez, le acomodaba el rostro sobre la almohada, la recargaba en la cabecera de la cama…

-Te quitaré la mascada de la boca para conseguir una mejor toma. No vayas a quejarte ni a gritar, menos a cantar, porque te golpeo.

Le quitaba la mascada, pero Esther no podía siquiera articular palabra, tenía las palabras, los ruegos, las peticiones atorados en la garganta, estaba incapacitada para hablar.

-Eso es, así, muy bien, calladita…

Y le acercaba la cámara para lograr un close-up.

Esther dejaba correr el llanto, sólo eso le quedaba.

En ocasiones, Ylia se sentaba en el borde de la cama y comenzaba a platicarle cosas a su madre; era un largo y tedioso monólogo, había reclamos, preguntas, observaciones, recuerdos, suposiciones de lo que hubiera podido ser si ella y Carlos hubieran sido mejores padres. No esperaba ninguna respuesta. Durante esos momentos, Esther seguía con la boca tapada. Escuchaba a su hija y trataba de responderle con los ojos.

-¡Mamá! Al fin veo a quién te pareces, te pareces a Joan Crawford en ¿Qué pasó con Baby Jane? ¿Recuerdas la película? La vimos juntas. Claro, yo soy Bette Davis, la mujer que enloquece y te tortura y tú la pobrecita víctima.

Poco más adelante, Ylia entró sigilosamente a ver a su madre. Dormía, a pesar de respirar dificultosamente, Esther reflejaba serenidad. Estaba muy pálida. Las manos de su hija recorrieron su cabellera, con delicado cariño le besaba la frente. Le parecía algo extraño acariciar a su madre, a pesar de que durante la infancia y la adolescencia, Esther la besaba con insistencia, ella no era afecta a los mismos de ningún tipo. De pronto el cuerpo de la mujer y la habitación quedaron cubiertos por una espesa nube roja. Ylia se aferró con violencia a la nariz de su madre para asfixiarla. La anciana se agitó con debilidad, trataba de respirar por la boca cubierta por la mascada y muy pronto, con el rostro amoratado, comenzó a ceder ante la falta de oxígeno. Entonces Ylia retiró con suavidad y lentitud la mano aguardó a que Esther se recuperara.

-¿Sabes algo, mamá?  -dijo con voz melosa-.

No conozco más allá del Distrito Federal. Nunca viajamos, nunca me llevaron a ningún sitio. Todos mis primos fueron a diversos países; los más idiotas llegaron a California para ver Disneylandia. Si conocí países y ciudades fue a través del cine. ¡Carajo, no pudieron hacer un esfuerzo mi padre y tú, par de pendejos, para asomarse a Europa! Vi Nueva York en las películas de Woody Allen, San Francisco, con las de Clint Eastwood, París gracias a las de Alain Delon. Me arruinaron la vida con filmes de la segunda guerra mundial porque a mi papá le gustaban. Tenía que soportar una tras otra las películas sobre el merecido holocausto, sólo me gustaban las pilas de cadáveres esqueléticos que aparecían en cada campo de concentración que ocupaban los aliados. Me harté de ver judíos lacrimosos, sufriendo todo el tiempo, chantajeándonos, para luego en nombre de sus sufrimientos, convertirse en verdugos de los árabes. Recuerdo cuando tú y Carlos daban clases a los niños judíos, qué insoportables y arrogantes eran… La víctima soy yo. Por lo visto ustedes nunca ambicionaron nada más allá de dar clasecitas de música y cantar una que otra vez ante públicos indiferentes y llevarme al cine. Comprar esta casa horrenda fue su máxima hazaña. Bravo, mamá, bravo. Viví en un ghetto, en un campo de concentración…

Salió de la habitación. Esther la oyó durante largo rato caminar furiosamente de un lado a otro, a veces los pasos se alejaban, otras se acercaban y eran momentos en que la madre sentía miedo. La ausencia de muebles producían un eco fantasmal y cuando llegaba la noche, la casa se hacía más desagradable aún por la ausencia de luz: los focos se fundían y la instalación eléctrica se deterioraba sin que hubiera alguien para repararla y cambiar los focos, hasta que al fin les cortaron la luz por falta de pago. ¿En qué fracasé?, Esther se repetía una y otra vez la pregunta, ¿Dónde se torció el camino de mi hija? ¿Qué le sucedió?, insistía buscandoculpables de los resultados que ahora padecía. Desde que la niña gateaba, ella y Carlos decidieron que sería músico, artista, pianista, cantante, intelectual de tiempo completo, prima ballerina o primadonna, lo que fuera en tal sentido, y no aparecieron jamás los habituales juegos infantiles ni las incipientes preocupaciones de una muchacha que ensaya lo usual: pintarse, usar medias y tacones para coquetear con los jóvenes e ir a fiestas y restaurantes. En ningún momento reflexionaron sobre algo fundamental: que su amor absorbente había impedido que Ylia tuviera amigos, novios, pretendientes, pensara en casarse, en tener hijos. Lo que Esther jamás supo o le causó alguna preocupación fue la vida sexual de su hija. Alguna vez la encontró en el baño, Ylia tendría unos dieciséis años de edad, con sangre entre las piernas. Quiso ser una madre experimentada y comprensiva:

-Es la regla, hijita, y es algo natural e inofensivo…

Lo que no se enteró fue que Ylia acababa de desvirgarse con los gruesos dedos de la mano, por oscuras razones que ella misma no comprendía. No pensaba en varones ni se preparaba para una vida sexual, simplemente no quería ser virgen.

Esther buscaba la forma de lograr que su hija dejara de ser su carcelera, su verdugo.

-Hija mía, no me lastimes, no seas mala, desátame  -imploraba.

-Tienes razón, mamita linda, perdóname  -respondía amorosa comenzando a desatarle las manos…

En realidad carecía de sentido tener sujeta a una mujer que apenas podía moverse debido a sus enfermedades y al extremo debilitamiento, que comía cuando a Ylia le daba gana y que vivía mirando las siluetas del pasado tratando de encontrar una explicación lógica al infierno que vivía.

Pero aquellos gestos de cordura o de bondad con su madre, apenas duraban unos minutos. Ylia recuperaba la brutalidad:

-Es una lucha entre el bien y el mal, mamá. Y aunque te resistas a creerlo tú eres el mal, lo representas perfectamente, por eso tus hermanas no te buscan, te detestan… No eres buena, mereces ser castigada. Ambas somos malas y padecemos nuestras respectivas condenas: la mía es mantenerte viva, cuidarte, buscar comida, y la tuya es pertenecer el resto de tus días sujeta a la cama, encerrada entre cuatro paredes odiosas.

-Ylia mía, te suplico, llama a mis hermanas, si yo hablo con ellas nos ayudarán, vendrá el médico que necesito y todo mejorará, podemos rehacer nuestras vidas.

-Por lo visto no acabas de entender. Vas a seguir aquí y nadie entrará a la casa. Yo doy las órdenes, tú las cumples te guste o no  -concluía con un gesto malévolo, perverso, que en las tinieblas de la casa se convertía en diabólico y aterrorizaba más a la vieja cantante.

Pero algo había logrado Esther, que su hija no la amarrara más. No tenía caso hacerlo, ya era incapaz de caminar y las necesidades fisiológicas habían disminuido sensiblemente a causa de la falta de agua y alimentos. Esther estaba muriéndose. El final dependía en forma exclusiva de Ylia, quien en efecto era Dios y en ese sitio hacía su voluntad. ¿Cuánto más jugaría con su madre? ¿Días, semanas, meses?

Ylia se daba cuenta de la situación y de la salud de su madre. Quería prolongar la agonía, deseaba seguir disponiendo de aquella vida que estaba en sus manos y la convertía en un ser poderoso. Nada turbaba la tranquilidad de ese reino tenebroso. No llegaban cartas o cobros, los vecinos no buscaban entrometerse aunque sospechaban que algo horrendo sucedía dentro de esas paredes ruinosas, que sólo albergaban silencio y misteriosa obscuridad. A nadie le interesaba Esther. Mejor vistas las cosas, no les importaba aquella casa, pasaban de largo, indiferentes.

-Mamá, hoy te hice sopa de fideos.

Y Esther comía obligada por el entusiasmo y la fuerza de Ylia. Al día siguiente era lo mismo y le daba fuerzas para sobrevivir a pesar suyo.

-Hija, no me des nada, no me obligues a comer, prefiero morir.

-No mamá, come, te sentirás mejor. Yo te diré cuándo debes morir  -añadía con fingida delicadeza.

La comida y el buen trato tenían un sólo sentido: el que Esther sobreviviera. Ylia sabía que cuando muriera no tendría más que hacer, estaría sola por completo y esa posibilidad no le agradaba. Tendría que tomar una decisión.

Esther jamás había fumado, primero por cuidar la garganta, luego por la costumbre de no hacerlo. Detestaba el tabaco, pero nunca se lo prohibió a Ylia. Le pertenecía de cierto mundo, sobre todo porque la hija evitaba que el humo la rodeara. Pero ahora se sentaba en la cama durante horas y fumaba ininterrumpidamente y de nada valían los tosidos y las débiles protestas de Esther. Ylia no pronunciaba palabra, concluía un cigarrillo y prendía en seguida el otro y arrojaba el humo sobre la cara de su madre, quien se limitaba a cerrar los ojos.

Cuando Esther escuchaba la puerta de la calle, respiraba con alivio. Ya no se preguntaba, como antes, a dónde iba su hija. Primero pensaba con miedo ¿y si no regresa, qué hago, quién me da de comer? Pero después reaccionaba: sería mejor que nunca regresara y así morir de hambre, de total abandono y en completa soledad. Al menos sería una muerte tranquila. No, al poco rato el monstruo egresaba, a veces de peor humor, entonces se dirigía a su madre y la abofeteaba y la insultaba de manera soez.

Las salidas de Ylia cada vez eran menos frecuentes y se hicieron nocturnas. Y cuando salía, la adormecida madre no sabía a qué hora regresaba. Ya no era capaza de imaginar las andanzas nocturnas de su hija, por dónde caminaba en una ciudad por completo insegura. Esther dormía la mayor parte del tiempo, la falta de alimentación adecuada y la ausencia de los medicamentos que su organismo endeble exigía se notaban en el estado somnoliento que padecía. Ese estado larvario se rompía cuando Ylia optaba por sacudirla con brutalidad o golpearla o hacerle largas filas de reclamos, de hechos y cosas que ella, francamente, no recordaba y que dudaba hubieran sido sus faltas.

Esther se resignó a su nueva condición de prisionera, no de su hija adorada sino de una cruel carcelera. De esta situación pasó a meditar en lo dulce que sería morir, en no despertar o en despertar sin ver el rostro enfurecido y bestial de Ylia. Sus temores, los temores de cualquiera a la muerte en ella se convirtieron en un ideal, en la obstinada convicción de que sólo su fallecimiento acabaría con aquel tormento. No recordaba más a sus padres ni a las hermanas, mucho menos al marido; apenas si pensaba en la música, en los distintos papeles operísticos que jamás pudo representar o en los muchos libros que leyó para impresionar a los admiradores que nunca tuvo.

Ylia dormía poco, a veces pasaba las noches completas sin cerrar los ojos y soñaba dormida o despierta. Despierta, enfrentaba las miserias de la vida convertidas en seres repulsivos. Cuando conciliaba el sueño las pesadillas eran intolerables. Veía, incapacitada para defenderse, monstruos horrendos resultado de las novelas y los filmes de terror que la habían acompañado a lo largo de su vida. Al despertar, sabía de sus pesadillas, el sudor y la respiración agitada indicaban su presencia, pero era incapaz de recordar algo, precisar cómo eran aquellas extrañas bestias que la acosaban.

Esther, en cambio, vivía ya en permanente letargo, mantenía los ojos abiertos lo que era su única defensa: así al menos podía ver cuando llegaba su hija y comenzaba a satisfacer su mal humor en ella.

Una tarde surgió Ylia ante sus ojos, el rostro se les había dulcificado. Esther trató de sonreír maternalmente.

-Hijita…

-Mami, ¿has pensado en las razones por las cuales me tuviste?

Esther se desconcertó, no sabía que responder, qué decirle para no desatar la rabia de su hija, para mantenerla tan suave como hasta ese momento.

-Por amor…

-¿Amor a quién? ¿A Carlos o a mí que no me conocías? ¿No pensaste que lo mejor hubiera sido abortar? Provocaste un escándalo en tu casa, fuiste la comidilla de tus hermanas y causaste una gran decepción en tus padres. No estabas destinada a ser madre, con dificultades eras una mujer. Los resultados están a la vista, eres una basura y yo soy un aborto nacido. Estamos apestadas, nadie nos soporta, ningún familiar nos tolera, no tenemos amigos  -explico Ylia sin perder el rostro beatífico, pausadamente, con voz baja.

-No, Ylia, no digas eso  -repuso Esther haciendo un enorme esfuerzo y en su defensa recurrió a la cursilería  -: fuiste una hija deseada, te amé antes de que nacieras.

-Por favor, mamá, no quiero oír imbecilidades, no es tu estilo, déjalas para los demás.

Esther volvió a refugiarse en el llanto y en la obsesiva interrogante que se hacía desde la muerte de su marido y comenzó el atroz sufrimiento: ¿Qué hice, qué sucedió, por qué me pasa esto, qué hice…? Responsabilizándose y sin preguntarse por qué Ylia actuaba de esa manera, imponiendo su voluntad y poderío físico sobre el cuerpo indefenso de su madre.

Sin decir palabra, Ylia acarició con delicadeza el rostro de Esther y con sumo cuidado le secó el llanto. Ambas se miraron fijamente. La madre con amor, la hija con un  cariño peculiar, indefinible.

-Tranquila, mamita, tranquila, nada pasa, todo está bien. Pronto dejarás de sufrir.

Ylia mantuvo largo rato esa mirada desconcertada y desconcertante y con ambas manos cubrió la boca y la nariz de su madre. Madre e hija se miraron de distinta manera, la primera interrogando con los ojos: ¿Por qué, por qué, por qué?, la segunda con el rencor disfrazado de acto justiciero. No estaba segura de su fallecimiento. El proceso de asfixia no fue largo. La hija no dejaba de ver los ojos de su madre que fueron de angustia y desesperación hasta que la venturosa muerte le permitió cerrarlos: el cuerpo se aflojó.

Durante varios minutos más, Ylia siguió cubriendo la boca y la nariz de su madre. Aguardaría un poco más. Había leído más de una vez que en los últimos segundos de vida, una persona reconstruye velozmente su biografía, o al menos los mementos más intensos. ¿Esther habría tenido aceleradas visiones del pasado o simplemente utilizó los instantes postreros para buscar una razón poderosa para el crimen que estaba cometiendo su hija: un gravísimo atentado contra la sociedad y un pecado mortal que irritaría profundamente a Dios? Lo cierto es que Ylia sí reconstruyó los momentos en que estuvo bajo el control y dependencia de Esther y Carlos, de ella en especial: todo era ingrato, sólo recuerdos lamentables. Nunca nadie le preguntó si era capaz de enamorarse o de tener relaciones sexuales. Nunca sintió ningún respeto por ellos, al contrario, un profundo desdén que se transformó en odio o más bien en una suma diabólica de resentimiento, envidia, desprecio, rabia, encano, y que, por desgracia, sólo pudo manifestárselo a Esther. Ylia retiró lentamente las manos, cubrió por completo el cuerpo con las cobijas y fue a dormir; sentía fatiga, pero estaba satisfecha, con la sensación de haber cumplido con su tarea fundamental, una suerte de orden venida desde muy lejos, una misión. Explicó para sí misma, sonriendo, con una mezcla de maldad e imbecilidad: -creo que nací para cumplir un designio muy peculiar: contribuir a la muerte de mi padre y matar a mi madre: ambos eran detestables. Tuvieron la muerte que merecen todos los pobres diablos, aquellos que no pueden superar las adversidades y le encuentran justificaciones a la derrota. No cabe duda, soy diferente, distante a todas las mujeres y seguramente superior.

Ylia sentía un nuevo espíritu, ahora de libertad; nunca tuvo una sensación parecida: era libre y eso la emocionaba: pudo conseguir su plena independencia.

Al fin durmió sin pesadillas. Al despertar, después de un largo reposo de unas diez o doce horas  –no era fácil saberlo allí, en esa casa donde no existían los relojes–, tenía hambre. En la cocina no había nada, estaba vacía, desperdicios inmundos y botellas vacías. Buscó entre los objetos que aún conservaba, encontró una lámpara de buró en buen estado y salió a venderla. Era de tarde, comenzaba a obscurecer. Se apresuró para encontrar al hombre que le compraba los objetos que le llevaba y esta vez fue afortunada: le dieron poco más de lo que ella calculaba. Con el dinero adquirió pan, coca-colas, algo de jamón y queso. También pudo comprar dos velas.

De regreso, comió con avidez. A eso de las nueve de la noche volvió a la habitación de su madre. La descubrió, puso las velas a los lados, con cuidado le peinó la cabellera blanca, la maquilló con suavidad y discreción (“¿Vez, mamá?, no necesitabas tanta pintura, con un poco basta”) y le puso la mejor ropa que encontró en el clóset de cuyo interior emanaba un fuerte aroma a naftalina. Se sentó a verla durante toda la noche. Observaba el rostro mortecino de su madre, lo comparaba con el que tenía grabado desde los seis o siete años de edad, cuando comenzó a mirarla con atención y a encontrarle defectos. Dijo en voz alta:

-Está hermosa, parece respetable. La muerte le dio una grata palidez y le quitó las arrugas. La ennobleció. Es distinta a la cara de cerdo que tenía mi papá al morir. Lástima que ya no tengo mi cámara fotográfica, sería fantástico retratar su rostro cadavérico.

Por varios minutos admiró su obra. Pensó maravillada en algo que ahora encontraba fundamental: el silencio. Esther había dejado atrás y para siempre el parloteo de la persona que se siente culta e intenta sin tregua mostrarlo, aquél que Ylia padeció durante sus primeros años, y más recientemente el tono lastimero, penoso, que utilizaba para distinguirse a ella o para solicitar ayuda.

Con la luz matutina, Ylia volvió a la realidad. ¿Qué iba a hacer con el cuerpo de su madre? Notificar la muerte era absurdo: significaría efectuar una investigación y la autopsia del cadáver. Nadie preguntaría por ella, eso era seguro. Lo mejor sin duda sería deshacerse del cuerpo, ¿pero cómo? Tendría que encontrar una solución adecuada antes de que comenzara el proceso de descomposición.

Esther ya no pesaba mucho, su cuerpo se había enjutado, reducido de forma notable y ello simplificaba las cosas si su hija se decidía por meterla en algún costal y buscar la forma de enterrarla o de tirar el cadáver en algún basurero distante. Nadie iba a reconocerla y si no existía denuncia alguna de su desaparición, es obvio que las autoridades no la buscarían. De entre sus lecturas, recordó una: “El gato negro” de Edgar Allan Poe: “Me di cuenta de que no podía hacerla desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteran los vecinos. Asaltaron a mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cuerpo…” ¿Cómo desaparecer un cadáver, cómo? No quiero recibir castigos por la culpa de mi mamá. Ya padecí suficiente.

De cualquier forma, ir de noche por las calles llevando a cuestas el cuerpo de su madre, era un riesgo y sin duda una idiotez. Lo más adecuado sería enterrarla en el jardín, en ese mismo pedazo de tierra que inútilmente había sembrado su padre.

Durante la mañana del día siguiente, Ylia trató de excavar lo más profundo posible, pero el terreno era duro, apretado, y pronto se fastidió de batallar con una enorme pala cuyo mango de madera le sacaba ampollas. Fue entonces que retomó la idea de fragmentar a su madre, considerando como magnífico ejemplo las docenas de películas donde la víctima era cortada en pedazos y éstos destruidos gradualmente con algún poderoso ácido o en un molino para carne. La solución no era factible: no tenía dinero ni forma de obtener las sustancias químicas que destruyeran la carne y los huesos y comprar un molino de carnicería era también imposible. Lo más adecuado, entonces, sería destazar el cuerpo en pequeños trozos e irlos tirando por distintos lugares de la ciudad.

Así lo hizo. Ylia condujo en brazos a su madre hacia el baño y en la tina comenzó la macabra tarea. Sin remordimientos ni sobresaltos comenzó a desmembrarla con la ayuda de los cuchillos que quedaban en la casa. Esther fue desapareciendo por la cabeza, le siguieron los brazos y las piernas y al final, el torso, lo más incómodo y laborioso. Cada noche, Ylia salía llevando bajo el brazo alguna parte de Esther. Caminaba y caminaba, y cuando sentía estar en un rumbo desconocido y escasamente transitado, buscaba un terreno baldío y allí enterraba la parte que cargaba envuelta en bolsas de plástico. Hizo la fúnebre tarea durante varios días, con asombrosa frialdad y al finalizar lavó cuidadosamente el baño; respiró satisfecha. “Fue un gran trabajo y me gustó hacerlo: no de carnicero sino de cirujano”, pensaba orgullosa.

Ahora la casa estaba vacía, era su reino y de nadie más. Podría vivir con cierta tranquilidad pues en la alcoba de su madre quedaban muchos muebles, objetos diversos y ropa de alguna calidad, lo que le proporcionaría dinero para los gastos en comida, cigarrillos y refrescos de cola.

***

Algunos meses después, quizás años, los vecinos notaron que en esa casa desvencijada no vivía más que Ylia, porque ella era la única que se movía, que salía y entraba, porque no había ningún ruido, porque las ventanas estaban condenadas a no abrirse. Pero supieron que Esther estaría en algún hospital o de visita en la casa de alguno de sus parientes. Un diario sensacionalista de poco peso publicó una nota sobre una cabeza femenina irreconocible hallada en un distante basurero; en otros lugares, perros famélicos habían desenterrado un brazo y restos de una pierna, pero eso ya no fue noticia. Autoridades policiacas, plenas de abulia, ni se molestaron en investigar. Nadie se preguntó algo y la vida siguió su curso en aquella discreta calle cerrada, mientras Ylia, vestida desastrosamente, salía a buscar la forma de sobrevivir robando algo de comida o pidiendo limosna.

En las paredes de la casona cada vez más tétrica (galería de rostros muertos y cuerpos masacrados) quedaron algunas fotografías de Esther tomadas unos días antes de morir, confundidas con las que aparecieron en las notas rojas de los diarios.

De su madre, Ylia conservó cuidadosamente, ocultos en una gaveta, un mechón de sus cabellos, pedazos de las largas uñas maternas y una fotografía amarillenta que mostraba a Esther en el escenario, en su mejor momento como cantante, cuando al decir de su hija, no desafinaba.

Casi dos años después, la policía, advertida por los vecinos de la misteriosa ausencia de Esther e Ylia, decidió buscarlas por toda la casa: minuciosamente escarbaron en el jardín y no dejaron habitación sin revisar. A ninguno se les ocurrió mirar el pequeño cofre de cajón donde permanecía lo que quedaba de la cantante, perdida entre cúmulos de basura. Los investigadores supusieron que la casa estaba abandonada desde hacía tiempo y que ladrones ocasionales la saquearon. Se retiraron apenas preocupándose por cerrar la puerta que aquellos mismos forzaron.

Ylia fue encontrada en un jardín público, desmayada. Transeúntes desconocidos se apiadaron de la mujer sucia que vestía harapos y notificaron a las autoridades que la condujeron a un hospital para indigentes y más adelante, al considerarla en abandono grado de locura, la trasladaron a un asilo público. Allí permaneció algún tiempo bajo su descuidado amparo, con la mirada extraviada, sin hablar, hasta que alguna vez, aprovechando la ausencia de vigilancia, pudo salir y perderse en la ciudad. Iba descalza, llevaba el camisón que les daban a las internas y una bolsa de papel con un cepillo para pelo, otro para dientes y unos cuantos pañuelos desechables.

Como en un filme de horror, en algún momento Ylia regresó a su casa. Vacía, llena de basura, mugre, insectos y ratones, descuidada, a no dudarlo la esperaba. No llevaba alientos, sólo cigarrillos que había robado o mendigado. El despojo se acomodó en un rincón y desde allí, fumando incesantemente, su único placer y contacto con el mundo exterior, reconstruyó a su manera la bibliografía de una pequeña familia de apariencia feliz que resultó trágica. Pasaron por su mente las escenas protagonizadas por Nohemí, la tía que había intentado suicidarse cortándose las venas y corría por toda la casa gritando “¡me quiero morir, me quiero morir, mi novio me dejó!” o aquellas en donde estaban incinerando a su primo Andrés, adolecente que logró matarse al tercer intento, luego de varias sensaciones de sicoanálisis de las que los científicos obtuvieron una explicación: necesitaba afecto, era todo, afecto. Asimismo vinieron a su mente enferma los paseos por el campo, donde toda la familia parecía feliz. Ni por un segundo atrajo la imagen de Esther quien llorosa suplicaba por conservar la vida, ni los esfuerzos que hacía para evitar ser asfixiada. Una tarde luminosa, Ylia cerró lentamente los ojos creyendo que dormiría y soñaría con su mamá, cuando la cuidaba con esmero y exagerados mimos, pero en realidad lo hizo para cumplir con el rito de la muerte.

Estación de radio de @BUAPoficial

Be first to comment