¿Qué tanto sabes sobre la higiene y los servicios públicos en la Puebla antigua?

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Zócalo de Puebla

Autor: Carlos Montero Pantoja

 

LA HIGIENE

La salud pública fue uno de los aspectos más importantes que al finalizar el virreinato ponían atención en los siguientes asuntos: el adorno y limpieza de los pueblos se podía lograr circundándolos con árboles que purifiquen la atmósfera mediante el torrente del aire vital que despiden sus hojas heridas de los rayos del sol; las comodidades de todos; introducir el aseo; establecer buenas posadas; mejorar las cárceles, y ayudar al pobre construyendo hospitales y casas de misericordia. Como política general había la intención de recuperar el espacio público de las plazas, invocando las ideas ilustradas sobre la ciudad limpia, cómoda y be

     Un nuevo enfoque higienista que asociaba insalubridad urbana con enfermedad empezó a modificar la relación secular que existía entre el hombre y su entorno arquitectónico y urbano en el cual los desechos humanos y animales eran parte integral de un mismo paisaje urbano tanto dentro de la vivienda como fuera de ella; en la vivienda coexistían los animales con sus habitantes, tal como suceden en la actualidad en muchas comunidades rurales del país; en la casa se tenían corrales para alguna vaca, chiquero para cerdos, gallineros con gallos y gallinas, jaulas para aves que trinaban, palomares, macheros con las bestias de carga, corrales para cabras y borregos, etcétera; las provisiones y desechos de estos animales también tenían lugar en cobertizos y los patios. Todo esto extendían a la calle porque era habitual que los vecinos sacaran y tirarán allí los desechos producidos, incluidos los de las personas.

“Las aguas” eran el excremento y la orina humanos; las personas defecaban u orinaban en un recipiente llamado bacín o bacinica que en su origen era un recipiente cilíndrico de barro pero con el tiempo modificó su forma hasta parecer una especie de olla y también mejoró su calidad cuando se hicieron de metal pintado con esmalte. Con el paso de los años las casas y muchos recintos de servicio público como fondas, pulquerías, etcétera, tuvieron agua corriente pues los vecinos aprovecharon los derrames urbanos, ya que no había capacidad para almacenar el agua de las pilar, fuentes o resolver técnicamente la manera de controlar el llenado y la pérdida; lo que sí pudieron hacer fue canalizar los derrames, con este principio hidráulico los vecinos se beneficiaron para que las excreciones se hicieran sobre un canal, dentro del recinto, que luego sacaba los desechos hacía la calle, o sea, se mantenía limpio el privado pero se ensuciaba lo público.

     Durante esta etapa, lo limpio se limitó a quitar las montoneras de basura que “afectaban y evitaban el tránsito”. Para resolver parte del problema las autoridades asumieron su papel dictando ordenanzas y participando directamente arrogándose la limpieza de la plaza principal y delegando en el vecindario únicamente la responsabilidad de liberar sus calles de inmundicia, estiércol y basuras en cumplimiento de las ordenanzas que contemplaban multa. También aparece el Reglamento de la Junta de Sanidad (1820).

LOS SERVICIOS PÚBLICOS

Los servicios de agua potable y drenaje no existían. No obstante, unas 150 casas disfrutaban de merced de agua (privilegio que consistía en que el vecino que la pedía la llevaba a su casa a través de sus propios medios técnicos) sin contar las cárceles, el palacio, los cuarteles y las fuentes públicas. Dos servicios fueron fundamentales: el agua potable y la limpieza.

     El tema del agua de consumo diario implica considerar la distribución, consumo y desechos derivados, circunstancias que, a su vez, obliga a ofrecer soluciones e intervenciones necesariamente urbanas.

    A pesar de que las ciudades se establecieron en las márgenes de ríos, de ellos no sólo se aprovechó el agua para producir fuerza mecánica, también para ayudar en la evacuación y limpieza de los desechos dejados por molinos, obrajes y tenerías que se establecieron en curso; además, arrastraban también la basura de la ciudad que los vecinos tiraban a la calle. Entonces, el agua para el consumo humano debía traerse de veneros fuera de la ciudad y conducirse por acueductos hasta contenedores públicos. Desde la fundación de Puebla hubo acueductos a os que llamaron caños; a las reparaciones: “obras de cañería” a los especialistas: “maestro cañero” o “maestro mayor de la obra de cañería”. Las obras de conducción del agua han sido objeto de atención de los funcionarios públicos desde el origen de la ciudad hasta el presente; los proyectos y actuaciones en cada época no son muy diferentes porque simplemente responden a la existencia de nuevos materiales y técnicas de conducción y almacenamiento. La gran diferencia del pasado con la fase que estamos tratando es el concepto de servicio público; es decir, antiguamente, de la cañería oficial y de las pilas, cada persona llevaba el agua a su casa o molino o, desde donde la autoridad lo indicará. Por supuesto quien agua quisiera debía realizar las obras necesarias desde el lugar de la autorización hasta el lugar del destino con cargo al destinatario. Esta situación, en esta fase, se trata de otra manera con objeto de cambiar la maraña de tuberías que cada vecino había construido en las calles, la mayoría de ellas ocultas y otras tantas a cielo abierto; unas y otras causaban daños a las calles por fugas, mala conducción, más los derrames de los cuales los ciudadanos no se hacían responsables.

PAVIMENTOS

La colocación del pavimento sobre las calles también está asociada con la limpieza de la calle, por tanto, su implementación “remedia las inmundicias de la calle”.

   Tiempo atrás hubo empedrados pero en muy pocas calles, claro, en las principales, las cercanas a la plaza principal y en las que se enlazaban con los caminos reales. El material de uso más generalizado para el recubrimiento era la piedra de río; muy pocas calles; al menos en este periodo, se cubrieron con losas de cantería gris.

     Don Tomás de Rivera Santa Cruz intentó empedrar las calles a consta de los dueños de las casas pero no pudo conseguirlo por las muchas oposiciones y encuentros que tuvo con los conventos de monjas y frailes que eran dueños de la mayor y mejor parte de posesiones de la ciudad (1761-1763) y, claro, no querían pagar lo que les correspondiera. El primer proyecto propuesto en forma se expresa el año de 1772 y comprende las calles principales con excepción de loa arrabales. Pero el empedrado y enlosado de las calles de generaliza a partir de 1786, año en que se inicia oficialmente desde el ayuntamiento.

     Las calles más favorecidas a través del tiempo han sido las del perímetro de la plaza (Juan de Palafox y Mendoza, la 3 Oriente (una o dos calles hacía el Carolino), la 16 de Septiembre (zócalo y frente de catedral); uno o dos tramos de la 2 Sur; por supuesto las que tenían la denominación de Calle Real porque en sus extremos periféricos estaban las entradas-salidas de la ciudad; a esta categoría primera corresponden:

(El presente texto es un fragmento del libro: Arquitectura y Urbanismo: de la Independencia a la revolución de Carlos Montero Pantoja, editado en 2010 por Ediciones de Educación y Cultura)

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