Estupidez, capitalismo y coronavirus

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Enrique del Percio

Enrique del Percio

Enrique Del Percio*

 Algunas premisas previas

Vamos a comenzar este pequeño escrito con unas premisas previas que pasaremos a enumerar, intentando posteriormente desarrollarlas, tratando de orientar algunas palabras finales. Las iremos enumerando para tener una visión más sistemática.

  1. A) Cuentan que a comienzos de la Revolución rusa, Lenin le ofreció a León Trotsky el ministerio de Relaciones Exteriores de la Unión Soviética. Trotsky le respondió que no era conveniente en razón de que, al ser él judío, no iba a ser bien recibido por muchos gobiernos del mundo. Lenin le planteó que no habían hecho la revolución para seguir manteniendo esas estupideces, a lo que Trotsky replicó que habían hecho la revolución para acabar con muchos males, pero no había revolución alguna que pudiera acabar con la estupidez humana.
  2. B) El capitalismo no es sólo un sistema económico, es un sistema productivo: produce cosas, produce dinero y produce, sobre todo, subjetividades. Si bien es cierto que las crisis anteriores fueron endógenas y la actual responde a una emergencia de un factor exógeno, que no sólo no es económico, ni tampoco político o cultural, nada autoriza a pensar que lo que viene no será una variante del capitalismo.

Desarrollo

Hechas estas dos precisiones, paso a desarrollar el tema que se me propuso: ¿qué mundo tendremos después del coronavirus?

Lo primero que respondo es que no habrá mundo “después” del coronavirus, pues todo indica que este virus llegó para quedarse. A partir de ahora, así como convivimos con la influenza, deberemos también convivir con el coronavirus, esperando que aparezca alguna vacuna o tratamiento, así como apareció para la gripe, de modo de controlarlo pero no de erradicarlo. Por otra parte, después de toda guerra y de toda pandemia, la sociedad cambió, pero nunca se pudo (ni se hubiera podido) vaticinar en qué sentido cambiaría. Prácticamente nadie podía imaginar en 1913 que a los cinco años iban a haber desaparecido imperios tan sólidos como el zarista o el austrohúngaro. Sobreabundan ejemplos como ese, lo que me excusa de tener que desarrollar más este aspecto.

No obstante esa incertidumbre en general, hay algunos aspectos que cabe ya considerar como elementos que brindan certidumbres particulares, puesto que no se trata del mundo que viene sino de lo que ya está aconteciendo.

Es evidente que hay una resignación del liderazgo mundial por parte de los Estados Unidos.

Mientras esto ocurre allí, China se da el lujo de suministrar ayuda a Europa, Latinoamérica y África. El gigante asiático no sólo sale mejor posicionado que su rival del Norte en el plano del prestigio internacional con su correspondiente cuota de soft power. También en el terreno económico, según dicen no pocos análisis, la situación les será más favorable al terminar los peores efectos de la pandemia. Pero atención: esto no implica que China esté en condiciones de asumir el liderazgo que tenía Estados Unidos hasta hace poco. No tiene ni el poder militar ni, sobre todo, la influencia cultural necesaria como para establecer una nueva hegemonía. El desarrollo del aparato bélico para poder intervenir eficazmente en cualquier lugar del planeta y en varios puntos a la vez le puede demandar unos años, pero la influencia cultural no se logra en menos de una generación y, si tenemos en cuenta lo complejo que es hoy ese terreno, es al menos aventurado establecer al respecto alguna previsión seria. Tampoco Rusia ni Europa podrán asumir ese liderazgo mundial, por lo que ahí se abre un interrogante: la lógica indicaría que el actual repliegue de los Estados nacionales sobre sí mismos se mantenga de algún modo, interrumpiéndose o hundiéndose el proceso de globalización que ya venía golpeado por distintas circunstancias. Pero, repito, no es posible hacer futurología.

El proceso de globalización implicaba una movilidad altísima y multidireccional para las finanzas (de un mercado a otro en cuestión de horas, según lo fueren determinando los algoritmos), movilidad alta y unidireccional para las ideas (de los centros de producción del saber hegemónico al resto del mundo), relativa y unidireccional para los productos más elaborados (de los países más industrializados hacia los menos desarrollados) así como para las commodities, aunque estas últimas con una unidireccionalidad que va en sentido inverso al de los productos elaborados (de los países productores de materias primas hacia los industrializados), y con respecto a las personas, una amplia movilidad de corto plazo (turismo, negocios) y con crecientes intentos de restricción para la de largo plazo (muros, fronteras rígidas y deportaciones). Sin embargo, en estos días quedó de manifiesto que sin personas que puedan movilizarse, las finanzas entran en colapso. No alcanza con el trabajo virtual desde la casa de cada uno ni pueden reconvertirse todas las ocupaciones productivas en tareas a desarrollar a distancia. Es necesario que muchos cuerpos puedan trasladarse dentro y fuera del territorio nacional. Es harto probable que cambien las modalidades laborales, pero no hasta el punto de eliminar la presencia física en una gran cantidad de actividades de producción de bienes y servicios.

Otro dato a tener en cuenta es que, más allá del tipo de régimen político, lo decisivo a la hora de enfrentar la pandemia pareciera ser la cantidad de camas para cuidados intensivos (y sobre todo con respirador) que tenga cada país. La diferencia radicará no en la tasa de contagios sino en la de muertes y, para bajar las cifras que dan cuenta de esa dura realidad, es fundamental contar con la capacidad hospitalaria suficiente.

Alemania y Bélgica pueden darse una política de aislamiento social más laxo que Italia o España y, a la vez, tener una tasa de mortalidad mucho menor, porque tienen casi tres veces más camas con respirador por habitante. Esas camas no las pone la iniciativa privada: son en su gran mayoría fruto de la inversión estatal. Además, cuando es resultado de la iniciativa privada, sólo tienen acceso quienes pueden pagar, quedando una cantidad de gente afuera del sistema de salud contagiando al resto. Algo similar ocurre con la investigación en materia de virus y epidemias: no son en general investigaciones rentables, por lo que los grandes laboratorios no le dedican el mismo presupuesto que a la cura de otras enfermedades. Otra vez, la inversión estatal es decisiva. Esto significa que ya podemos hablar de una tendencia: pareciera lógico que, una vez superada la etapa más álgida de la pandemia, crezca la inversión pública en salud. Por ende, crecerá también la corrupción en todos los ámbitos ligados al sistema de salud. Por eso, será preciso establecer nuevos mecanismos de control que no ralenticen los avances sanitarios a la vez que permitan controlar el desvío de fondos de sus fines específicos.

Esto último obligará a un replanteo en los términos del neoliberalismo. Para comprender cabalmente las diferencias entre esta doctrina y el liberalismo clásico, debemos tener presente que el neoliberalismo nace como tal en 1947 y sus principales teóricos tenían como telón de fondo la preocupación por el fracaso del liberalismo ante los avances totalitarios. Eso nos permite analizar mejor no sólo cuáles son los dos elementos principales de distinción entre el neoliberalismo y el liberalismo clásico, sino también las razones por las cuales se da esa separación conceptual: mientras para el liberalismo clásico era saludable un cierto equilibrio entre el ágora y el mercado, entre el homo politicus y el homo aeconomicus, para el neoliberalismo el ágora, el espacio de la política, era el espacio librado a la voluntad, siendo la voluntad entendida como lo opuesto a la razón y conteniendo la semilla del totalitarismo: el principal filme propagandístico del nazismo se llamó precisamente El triunfo de la voluntad. En cambio, el mercado era visto como el espacio de libertad, donde cada sujeto interviniente puede manifestar sus preferencias en cada operación mercantil basándose en cálculos racionales de costo-beneficio. Entonces, agrandar el mercado y achicar el Estado era visto como un avance de la libertad y la racionalidad. Por eso, connotados neoliberales como Milton Friedman pudieron asesorar y apoyar a Pinochet sin sonrojarse, pues una dictadura política a veces puede ser necesaria para garantizar la verdadera libertad que es la del mercado: “si el fin no justifica los medios, entonces: ¿qué los justifica?”, dirá Friedman en su célebre obra Capitalismo y libertad.

Por otra parte, en 1947 estaba bien presente la amenaza estalinista. Para el líder soviético, era lícito cercenar vidas y libertades en nombre de la solidaridad. Por reacción a estas aberraciones, para los neoliberales la solidaridad no será un valor políticamente exigible (un Estado capaz de imponer coercitivamente la solidaridad implicaría necesariamente la construcción de un Estado totalitario) sino que, por el contrario, debe reconocerse la naturaleza egoísta del ser humano y construir una sociedad que parta de asumir ese dato empírico, a diferencia del liberalismo clásico de Adam Smith o de John Stuart Mill, para quienes el ser humano era algo más complejo: ni completamente egoísta ni completamente solidario. Para los liberales clásicos, el mercado era visto como el ámbito de los intercambios y el intercambio requiere de suyo una suerte de relación de igualdad: yo puedo dar a quien a su vez tenga algo para darme; para que pueda existir esa necesaria reciprocidad es imprescindible que se den ciertas condiciones de paridad. Por eso, el liberalismo clásico contenía la promesa de igualdad de oportunidades (otra discusión es si podía o no lograrla por el camino trazado), en cambio el neoliberalismo, al partir de una antropología egoísta, entiende al mercado como el espacio de la competencia y la competencia genera de suyo desigualdad. La igualdad no sólo no entra en el horizonte de promesas, sino que incluso es vista como un disvalor.

Con el Covid-19 pareciera que entrará en crisis la primera de las diferencias del neoliberalismo con el liberalismo: dejará de verse al Estado y a la política como el espacio de la arbitrariedad, como una constante amenaza para la libertad. Está claro que sin Estado no hay camas de cuidados intensivos suficientes, ni normativa de distanciamiento social, ni investigación sobre virus y pandemias, ni apoyo a las industrias que dejan de producir, ni reparto de alimentos a los sectores que de lo contrario se morirían de hambre, y un larguísimo etcétera de intervenciones estatales absolutamente imprescindibles para preservar la continuidad de la vida como seres humanos.

Pero esto no necesariamente habrá de incidir en el otro aspecto: el ver al mercado como espacio de competencia en lugar de espacio de intercambios. Con lo que no podemos aventurar nada en términos de lo que pueda pasar con conceptos tales como la igualdad o la justicia social. Tampoco con lo que pueda ocurrir con las libertades individuales, aunque al respecto es posible aventurar que cada sociedad tramitará el tema conforme a sus propias idiosincrasias y conformaciones culturales: las sociedades más estatistas como la China reforzarán el estatismo, las que tienen una organización comunitaria más sólida como el caso de Argentina (sindicatos, movimientos sociales, estructuras barriales, etcétera) es posible que, tal como está aconteciendo en estos días, se consolide esa organización con la lógica resistencia del capital concentrado o que el capital concentrado aproveche la situación de pobreza y necesidad extrema de los sectores populares para lograr su ansiado objetivo de acabar con sindicatos, movimientos sociales, etcétera. En todo caso, se puede aventurar que allí hay en ciernes un nuevo capítulo de un conflicto que lleva ya varias generaciones.

La crisis de 1973 llevó a muchos a pensar que el capitalismo estaba acabado y lo que en realidad ocurrió fue que lo que se acabó fue el consenso keynesiano/socialdemócrata en torno al Estado de bienestar, para dar lugar a la aplicación de aquellas ideas nacidas en 1947 pero que, sin las condiciones materiales que se fueron dando no hubiera pasado de mero un ejercicio teórico realizado un grupo de profesores europeos y norteamericanos. Del mismo modo, la crisis actual lleva a muchos a pensar que por fin (o por desgracia) sus previsiones se están cumpliendo.

Desde Agamben denunciando el estado de excepción hasta Žižek saludando el advenimiento de un nuevo comunismo, la mayoría hace lo mismo: como el caso de ese carpintero que al tener un martillo en la mano, tiende a ver toda la realidad sorprendentemente parecida a un clavo, cada uno tiende a ver lo que viene en función de la herramienta que tiene a mano.

Creo más bien que, como vaticinó Habermas en 1973, lo que vendrá es una nueva versión del capitalismo y no tenemos idea de cuál será. Tampoco cabe ilusionarse con un giro ecológico. Puede darse y hay que trabajar para que así sea, pero por más que en estos días vuelvan a verse los cisnes en la laguna de Venecia, esa variante de jabalí que parecía extinta en la Patagonia, incluso haya quien jura haber visto una pareja de mamuts pastando en la esquina de su casa, difícilmente se pueda dar un cambio en ese sentido por razones que son demasiado largas de explicar acá, pero que tienen que ver con la naturaleza intrínseca del deseo en las sociedades capitalistas.

Por último, también cabe anotar una exigencia de los pueblos hacia los gobiernos que podría sintetizarse en una preferencia por el gobernante-pastor antes que por el gobernante-capitán de barco o general de ejército. El capitán tiene por obligación principal llevar el barco a destino, sin importar tanto qué pase con cada marinero. El general tiene como misión ganar la batalla o la guerra, aunque para ello deba sacrificar muchos soldados. El pastor, en cambio, debe cuidar a su rebaño y estar atento a cada oveja. Las encuestas de opinión y las conversaciones que vengo manteniendo con amigos y colegas de distintas partes del mundo, me llevan a pensar (creo que fundadamente) que las mayorías prefieren en esta hora al que cuida la vida, antes que al que propone no detenerse sin preocuparse demasiado por la cantidad de muertes que ello exija. No sé si esta tendencia se mantendrá una vez que el miedo haya pasado. Pero quizá sea el inicio de un cambio importante.

Rita Segato decía en un reportaje reciente que Alberto Fernández, al optar por el cuidado antes que por la represión, estaba mostrando el camino para pasar de un Estado patriarcal a un estado maternal. Puede ser. Ojalá sea como dice Rita. Pero mucho me temo que aún falte un largo camino para recorrer en ese sentido. Por lo pronto, no imagino un Estado sin las poco maternales fuerzas armadas. ¿Podría un Estado cualquiera desarmarse sabiendo que otro Estado está gobernado por una persona que, ya sea por desequilibrios psíquicos, megalomanía o conveniencia política, puede ordenar una invasión por cualquier causa que fuera? Pareciera que no.

Por cierto, la mera existencia de fuerzas armadas torna poco viable pensar en un Estado maternal, no obstante, es un criterio bien interesante para tener en cuenta y repensar tanto las funciones del Estado como, sobre todo, el modo en que procura cumplirlas.

El mundo que viene

Obviamente sería deseable que el Covid-19 nos haga tomar conciencia como humanidad de la importancia de respetar la vida en todas sus formas, de escuchar el grito de la tierra y el grito de los pobres, de cuidar en lugar de matar. De darnos cuenta de que tenemos que acabar con las guerras, con las injusticias que suelen ser su causa, con las desigualdades obscenas y con la destrucción del planeta, todo ello en el marco de un respeto irrestricto por los derechos humanos. Así, todos y todas podríamos vivir mucho mejor, incluso los sectores privilegiados de hoy, pues podrían realizarse más plenamente: la emancipación de los de abajo conlleva siempre la emancipación de los de arriba, como descubrieron los blancos sudafricanos cuando, gracias a Mandela, dejaron de tener miedo de que su jardinero negro algún día los asesine y pudieron comenzar a vivir más tranquilos en sus casas y en las calles. Hoy la pandemia nos hace ver que compartimos una casa común, que todos dependemos de todos. Sería deseable que esto permita el nacimiento de un mundo mejor. Sería deseable, sí. Pero seguramente el coronavirus acabará con muchas cosas del mundo que hoy conocemos, menos con la estupidez humana.

* Rector de la Universidad de San Isidro (USI). Profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires, Argentina.

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