Del alboroto al silencio: la política en tiempos de incertidumbre

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Manuel Alcántara Sáez

Manuel Alcántara Sáez

Manuel Alcántara Sáez*

Palabras iniciales

Hannah Arendt en su obra de 1968 Hombre en tiempos de oscuridad ve con enorme preocupación el retraimiento de la gente con respecto a la política y al ámbito público. Para ella, su alejamiento, que se asemeja al diagnóstico que hizo José Ortega y Gasset casi cuarenta años antes en La rebelión de las masas, se ha convertido en la “actitud básica del individuo moderno, quien, alienado del mundo, solo puede revelarse verdaderamente en privado y en la intimidad de los encuentros cara a cara”. Pareciera que el momento actual complica aun más ese panorama en la medida en que un rasgo que lo define es el incremento de una privacidad muy contradictoria donde, además, dichos encuentros no tienen lugar y cuando la tienen es de una manera forzada. La contradicción radica en el hecho de que las personas estando radicalmente solas mantienen relaciones en número e intensidad como nunca en la historia. Por otra parte, el hecho de que de vez en cuando ocupen el espacio público, lugar en el que por excelencia se desarrolla la política, no hace sino dibujar un escenario ruidoso que, de manera imprevista, es devorado por el silencio.

Cuando la política institucional es incapaz de gestionar el conflicto, cuando el Estado de derecho se mece al albur de intereses espurios o de agentes desprolijos, cuando la izquierda confunde liberación con hegemonía y ambas con exclusión, cuando la clase política solo mira en términos del corto plazo, cuando un determinado grupo social quiere imponer sobre el resto un rotundo modelo de vida, cuando la alienación de ciertos sectores vislumbra que solo lo heroico tiene sentido, cuando el espacio público es vituperado y concebido como un lugar de abuso, cuando hay personas que no tienen nada que perder porque su vida se mueve entre la anomia y lo lumpen, cuando hay individuos que hacen negocio con los sentimientos de otros, cuando uno estima que su identidad es superior a la del vecino que, además, le inspira desprecio, cuando los medios de comunicación están felices por involucrarse en la fiesta por aquello del consumo de la necesaria y urgente cobertura, entonces hay gente en la calle.

Cuando una pandemia inusitada en la historia reciente de la humanidad se propaga por todo el universo en apenas tres meses, cuando su impacto letal en dicho lapso lleva a contabilizar 120 000 muertes a fecha del 13 de abril de 2020, cuando la sociedad descubre que la gente se muere, cuando los servicios de salud de muchos países se ven colapsados; cuando un número inusitado de gobiernos imponen severas cuarentenas que limitan al máximo la movilidad de la gente con fuertes sanciones a quienes las incumplan, cuando la economía se precipita en lo que para muchos puede ser la crisis más seria del ultimo siglo; cuando la globalización es mirada con recelo y las expresiones nacionalistas reivindican el retorno y la reclusión en el establo al que se refería Nietzsche, cuando el mundo virtual salva del aislamiento a los enclaustrados y da un respiro al trabajo en casa; cuando la solidaridad está en almoneda, cuando se rescata la diferencia de Bergson de la existencia de un tiempo interior y de un tiempo cronometrado, entonces la gente abandona la calle.

Mientras que las masas en Quito o en Barcelona, en Santiago de Chile o en La Paz, en Bogotá o en Port au Prince fueron sujeto-objeto de la violencia del Estado y contra el Estado dando testimonio de cómo lo público se convierte en un erial. Ahora, en estas mismas ciudades los helicópteros sobrevuelan las calles vacías transmitiendo soflamas que llaman al heroísmo, la unión y el necesario acatamiento de las normas. La lucha, antes y ahora, por el relato, por la definición de quien es el enemigo y la instrumentalización de sujetos colectivos que llevan años, décadas, siglos configurándose en una suerte de agonía que ayer creyó que le había llegado el momento de su redención definitiva y hoy se agazapa en el apartamento o en la casucha precaria de la villa.

La probable sinrazón del griterío como del silencio oculta el vacío de individuos aislados que al calor de la masa dan sentido a su existencia. La supuesta épica con la que muchos caminaban con las banderas como capas sacando pecho o con los pasamontañas encubriendo el rostro que reflejaba la banalidad de los que, endiosados, desconocían de quien era realmente la calle, se trastoca, cuatro meses más tarde, en el drama de la separación forzada, de la distancia social que incrementan los tapabocas.

Hoy, sin embargo, son Estados Unidos, Italia y España, quedándose ya atrás China, quienes centralizan la atención. Aunque no por ello la sobreactuación regional deje de monopolizar el relato. Surge una pulsión explicativa que, lógicamente, busca una mirada comparada, aunque siempre haya alguno que quiera verse el ombligo y que considera que su caso no solo es único, sino que es el verdaderamente trascendente por su insólita relevancia. Los artículos de opinión desde diferentes enfoques y con calidades y extensión disímiles se suceden. Todos opinamos. Es difícil, a la vez de estéril, apuntar algo que no repita lo escrito o que no sea un mero resumen.

Se produjo, se produce un ruido mediático que puede confundir más que aclarar. Cada especialista lleva las ascuas a su sardina disciplinaria o ideológica. Explicar lo acontecido desde la ciencia política, la sociología, la economía y la cultura ofrece hipótesis que no siempre se complementan; revelarlo desde la ideología plantea dos extremos, que en puridad no son incompatibles, en clave de conspiración urdida por poderosas fuerzas ocultas o de confrontación inevitable entre las élites egoístas y prepotentes y el pueblo marginado y desesperanzado. La economía frente a la salvación de vidas. La ciencia frente a la política.

Las causas propiamente dichas que se sitúan en el origen, además, son distintas como lo son la naturaleza de las sociedades donde se produce el alboroto. Aquellas apuntan a la globalización, a la crisis de valores como consecuencia del éxito rampante del neoliberalismo, a gobiernos incompetentes, a electores/ciudadanos frustrados; estas traslucen escenarios con niveles de riqueza muy diferentes a los del entorno aparejados con desigualdades lacerantes, sociedades separadas por lo étnico o lo lingüístico, grupos de excluidos con expectativas defraudadas.

De entre todo lo que he leído estos meses y teniendo en cuenta lo que conozco echo de menos tres cuestiones a considerar como son la búsqueda de reconocimiento, la gestión de la confianza y el ordenamiento de las identidades que asolan al yo contemporáneo. Ellas convergen en la arena política cuyas reglas del juego hoy son una antigualla pues están prácticamente incapacitadas para ejercer su tarea. Así, el ámbito donde se dirime el conflicto, que es inherente a la humanidad, está configurado por instituciones de otra época desfasadas para lidiar con un demos que ha dejado de ser el que era. Y es aquí donde se dan cita los tres referidos problemas que, además, quedan afectados por las nuevas Tecnologías de la Información y de la Comunicación (TICS). La gestación en un plazo de tiempo tan breve del nuevo orden mundial virtual en el que nos movemos una gran mayoría y en el que viven todos los menores de 25 años trae consigo el vacío de la representación con su correlato en el descrédito de la intermediación, el falso sentido de empoderamiento y el señuelo de que todo es posible.

La búsqueda de reconocimiento

La política tiene un componente teatral inequívoco.

Los Congresos se construyen como anfiteatros; la oratoria es prevaleciente en el lenguaje donde no son inútiles los gestos; las campañas electorales son todo figuración; el drama, la farsa y la comedia se entrecruzan. Siempre fue así, pero hoy el espectáculo se amplía porque las audiencias son mayores y los canales con que se llega a ellas se han multiplicado mucho. Pero, paralelamente, los individuos hemos crecido como sujetos que conformamos un protagonismo que antes no existía. Se ha pasado del nosotros al yo. Somos espectadores individualizados a los que, como buenos consumidores, se nos ha dicho que el cliente siempre tiene la razón. Hay un implícito proceso de reconocimiento que, si bien al principio era meramente formal, una añagaza publicitaria, termina teniendo consistencia.

A ello se suma el arrogante e irreversible avance de las TICs que, desde la hiperconectividad, permite el aislamiento en la red, el ensimismamiento y el imperio del selfie.

Los demás se convierten en la audiencia, en un público ávido de noticias que llenan la soledad o simplemente entretienen. No se trata tanto de saber cómo de ocupar de manera plácida el tiempo. Pero en su conformación tienen una poderosa e inusitada fuerza ya que se convierten en los grandes árbitros del reconocimiento. Son quienes ratifican con un signo de aprobación o de denuesto lo comunicado, quienes difunden lo recibido a sus contactos, cuyo mayor o menor número es signo de éxito a través de un simple gesto, haciendo que se convierta en viral. Una audiencia globalizada que es juez y parte y que encuentra en su activismo buena parte del sentido de su existencia.

Asistir a una manifestación, enarbolar la bandera o la pancarta, significa salir por una vez de lo virtual y, sobre todo, encontrar un sentido más trascendente al acto que se está llevando a cabo. A la vez, aunque transmitirlo supone no salir del bucle, representa un engarce indudable con la estética. El reconocimiento regresa en forma de propósito colectivo: “estamos aquí”. Quienes han vivido toda su corta vida bajo esos parámetros gozan además de una epifanía. Para los mayores es una forma novedosa por la que, al fin, dejan de ser anónimos para sentir el designio de una fe que nunca creyeron volver a recuperar.

En otro orden, en plena reclusión, las TICS permiten trascender el aislamiento, generar la ilusión de que la vida normal puede trasncurrir por los cauces de cada día. Uno sigue siendo quienes todos saben que es. Incluso el trabajo en casa permite la retribución del oficio que tanto trabajo costó conseguir. El reconocimiento da un giro sobre ese individuo encerrado en su casa que hasta hace poco era alguien porque estaba en la plaza.

La gestión de la confianza

La mayor parte del orden socioeconómico está basada en la confianza entre los individuos. Sucede en las relaciones interpersonales y en el ámbito del mercado. Durante siglos, y en no importa que cultura, el valor de la palabra, el apretón de manos, el abrazo, la reclinación de la cabeza, los escritos firmados, han supuesto las formas de explicitarla. Para afianzarla más se llegó a la figura del fedatario que trascendía lo estrictamente privado al ámbito público. Si bien su naturaleza es fundamentalmente individual también puede afianzarse en el nivel colectivo. Las personas confían o no, pero también los grupos.

Asimismo, en el ámbito político siempre se combinaron formas de confianza entre personas con otras que definían un modo de relación con las instituciones. La interacción en lo acaecido entre los distintos órdenes ha sido una constante de larga data. La confianza interpersonal, como se sabe gracias a Pierre Bourdieu y a Robert Putnam, configura el capital social, algo básico para el funcionamiento de la política, que a su vez requiere de grados de confianza mínima en las reglas que la definen. Para Max Weber sobre la confianza se yergue la legitimidad, pilar fundamental del poder.

En la actualidad la confianza parece estar en horas bajas, sus elementos constitutivos se encuentran en bajo mínimos y, además, se dan factores que la amenazan por doquier que van desde la forma en que se socaba la verdad al abuso de quienes monopolizan el poder. La portada de The Economist (del 19 al 25 de octubre de 2019) se pregunta: “Who can trust Trump’s America?” Por otra parte, el discurso de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU en el Foro de la Paz de París del 11 de noviembre señaló que “We are witnessing a wave of protests all across the world. While the situations are all unique, they have two features in common. First, we are seeing a growing deficit of trust between people and political institutions and leaders. The social contract is under threat. We are also seeing the negative effects of globalization which, coupled with advancing technology, is deepening inequalities in society. People are suffering and want to be heard. They want equality”.

Sin embargo, hay elementos conceptuales nada ajenos que ayudan a entender este tipo de relación de manera precisa. Se trata de la verdad y de la seguridad. La primera supone cierto tipo de adecuación entre la realidad y el conocimiento. La segunda ofrece un nivel mínimo de garantías en torno a la propia existencia. Ambas tienen un fuerte componente subjetivo y se apoyan en un laborioso proceso de construcción sociocultural en el que la comunicación desempeña un papel fundamental. Así las cosas, la implosión irrestricta de las TICS ha cambiado radicalmente el escenario.

Hoy la verdad se convierte en el veredicto de un refrendo constante de audiencias y da paso a la posverdad donde los hechos objetivos influyen menos que los sentimientos o las creencias personales en la conformación de la opinión pública. Por su parte, la seguridad, o la ciberseguridad como asunto fundamental en la agenda global, se haya enredada en un mundo proceloso donde los guardianes encargados de suministrarla se encuentran al albur de grandes corporaciones globales. El resultado es el de un contexto definido por fronteras difusas, contenidos movedizos, relatos alternativos y desconfianza rampante. En él se abre un marco insólito que es el de las “fake news”, no por su novedad, ya que las verdades a medias o las mentiras sin más siempre estuvieron presentes en la política, sino por su impacto por hacerse virales.

Por otro lado, el dominio de los sentimientos ha impulsado aun más la subjetividad que trae consigo la existencia de relatos autónomos. Estos se acoplan a los gustos o inquietudes de cada uno haciendo que la confianza se establezca sobre códigos individuales gestándose una pluralidad de relatos difíciles de coordinar. De hecho, la floración de un sinnúmero de razones espurias es la nota predominante. Aquí la gestión de la confianza se alza como un reto insoslayable sin que haya administrador alguno.

El ordenamiento de las identidades

Woody Allen en Un día lluvioso en Nueva York, ante una situación de desconcierto personal por la que pasa la protagonista que se pregunta quien es ella realmente, pone en boca de su interlocutor, con cierta sorna, que la respuesta la tiene mirando en su permiso de conducir, que es el documento de identificación por excelencia en Estados Unidos. El pasaje no puede ser más ilustrativo de las tribulaciones que asolan al yo contemporáneo, a veces superficiales y otras profundas. Diluidos paulatinamente los viejos lazos comunitarios, quebrados los vínculos con instituciones que creían ser los pilares fundamentales que acompañaban la existencia, la soledad parece conformar hoy el entorno más sólido de cierta parte de la humanidad. Una situación que en los tiempos del Covid-19 adquiere un perfil dramático por su carácter imperativo: hay quienes queriendo estar solos no pueden y quienes deseando estar acompañados están solos

No hay ataduras familiares porque la familia o se ha reducido a la más mínima expresión o se hace-deshace-rehace a una velocidad vertiginosa sin que haya posibilidad de consolidar un sentido de pertenencia y de estabilidad. Los nexos religiosos se deterioran y cuando se construyen, como ocurre en el ámbito evangélico, tan exitoso en América Latina, siguen pautas de una diversidad de sectas que afloran por doquier y, estableciéndose en locales como si se tratara de garajes o de pequeños comercios, producen una atomización con vocación individualista.

En la política, la banalización de la democracia, en afortunada expresión de Peter Mair, ha supuesto el notable incremento del número de partidos en la mayoría de los países, de la volatilidad del voto, porque cambió la oferta del lado de las candidaturas o la demanda por la avidez del electorado en busca de nuevas alternativas. Ni que decir tiene que la identificación “de toda la vida” con algunos partidos ha disminuido a cifras impensables hace apenas dos décadas. Por otra parte, la identidad de clase hace tiempo que, probablemente de modo injustificado, es una antigualla.

Pero todo ello no quita para que se haya producido una efervescencia de identidades plurales que siempre estaban presentes, pero que o bien eran consideradas demasiado íntimas o no tenían el diapasón que las ayudara a proclamarse a los cuatro vientos. Han requerido una venturosa combinación de reafirmación del yo y un soporte inesperado de las TICS. La pulsión narcisista, que venía consolidándose por la expansión de la sociedad del consumo, se aupó en la soberanía individual avalada por la lógica de la competencia. Las innovadoras tecnologías ayudaron para construir cámaras de resonancia donde se encontraban cómodas las nuevas expresiones del yo.

El problema radica a la hora de establecer la prelación de las identidades que las personas pueden estimar que las definen. El listado de campos tiende a ser ilimitado: A los ya señalados se une el que determina el sexo, la(s) lengua(s), la etnia, el empleo, las aficiones, la enfermedad… Ámbitos difusos, precarios, discontinuos. También resulta problemático que los demás no reconozcan la identidad del otro: ¿qué se es primero?, ¿cómo gestionar las identidades múltiples?, ¿hay identidades en uno que son intrínsecamente excluyentes? En definitiva, ¿quién las ordena?

El vacío de la representación y el descrédito de la intermediación

La caída del muro de Berlín parece establecer un escenario de confortable homogeneidad en lo atinente al imperio de la lógica de la democracia como única legitimidad plausible. Sin embargo, apenas una década después, la funcionalidad de la representación comienza a estar cuestionada: “Que se vayan todos”, “No nos representan”, “Lo llaman democracia y no lo es”, son etiquetas que configuran buena parte de la iconografía política del siglo XXI. No suponen sino el recordatorio del hiato entre dos visiones antagónicas de la democracia. Una, muy extendida a lo largo del último siglo, basada en un conjunto de ideas sencillas, pero vigorosas, referidas a la soberanía popular proyectada en la fórmula simple de “un individuo un voto”, a la representación política, a un sistema de pesos y contrapesos entre diferentes facetas en que el poder se divide y al denominado Estado de derecho. La otra, sostenida en expresiones de la acción directa donde el eje de actuación lo incardina la participación, la asamblea, el concepto de la voluntad general y, en muchos casos, la ausencia de coerción alguna. Locke y Montesquieu frente a Rousseau. El liberalismo político frente al socialismo utópico. La democracia representativa frente a la acción directa del anarquismo.

Tras una procelosa andadura, el primer modelo llega a ser preponderante en una notable cantidad de países cuyo número no deja de aumentar. Su pujanza se llega a ejemplificar, en brillantes palabras de Juan Linz, como “el único casino en el pueblo”. Un escenario que casa con el que describe Francis Fukuyama al irrumpir el nuevo siglo, donde más que del fin de la historia de lo que se trata es que la democracia se ha convertido en el único orden político legítimamente posible. En este escenario, la idea de representación, aupada en el acto electoral, cobra una fuerza predominante, aunque no exclusiva.

La preeminencia de esta dimensión con su consiguiente énfasis en la competición por el voto potencia el papel de los partidos políticos cuya funcionalidad no dejó de crecer hasta convertirse en los auténticos amos del poder. Forman gobierno, representan las divisiones sociales existentes, seleccionan personal para la política, agregan, articulan y jerarquizan intereses dispersos, son máquinas de socialización y de información. Pero estas tareas, que pueden subsumirse bajo la idea de la intermediación, han quedado obsoletas entrando en una severa crisis con la revolución tecnológica.

El nuevo mundo virtual aupado sobre la expansión de la telefonía celular supone la desvertebración de una gran mayoría de las tareas de intermediación que han sido fundamentales para la vida corriente. De pronto, la persona-al-otro-lado-de-la-ventanilla deja de tener sentido: telefonistas, recepcionistas, cajeros, se convierten en empleos amortizados. Se vacía el contenido de muchas de las funciones de terciar entre partes, algo que también afecta sobremanera a la representación política que, además, viene sufriendo un severo proceso de desgaste por la mayor conciencia de la gente en torno a la corrupción.

Los políticos, cuya reputación siempre ha estado cuestionada, incrementan su descrédito batiendo records con respecto a la desconfianza que generan en su actuar, incluso en su propia figura, y terminan siendo vistos como uno de los problemas principales de la sociedad. Al hecho de convertirse en personas prescindibles se añade la añagaza de eliminar la traba. Dos aspectos cuestionables, al menos a medio plazo, que la realidad cotidiana se encarga de desmentir con la llegada de nuevos representantes tramposos, soeces y chulescos que hacen de la improvisación y del exabrupto, cuando no del insulto, un modo de hacer política que, curiosamente, recibe la simpatía de cierta parte de la población.

El señuelo de que todo es posible

Hay un relato tan viejo como la propia historia de la humanidad que vincula el deseo con el logro y que, además, santifica este con independencia de su sentido. No se trata de alcanzar bienes materiales concretos, a lo que inveteradamente se refieren la gran mayoría de tradiciones es a llegar. Se vive en un tránsito en el que la voluntad de poder se enseñorea de la existencia. Poder tener cosas, poder ser feliz, poder encontrar el equilibrio, poder confundirse con la naturaleza. Tener conciencia de que no hay límites y si los hay pueden negociarse. Aspirar a todo y asumir que si no se consigue hay imponderables que son ajenos. Detrás puede estar la lógica de la sumisión, la autoconciencia de limitaciones propias insoportables, el peso de legados de diversa índole, genéticos o de la estructura socioeconómica en la que se nace. Son espacios que se canalizan mediante la autocompasión o a través de cauces religiosos.

La tecnología acompaña al ser humano desde sus albores por lo que no se puede deslindar ninguna etapa de la evolución sin tener en cuenta el estado concreto del conocimiento tecnológico de cada momento. Entendida la “tékne” como la fabricación material que refleja la eficacia de la acción transformadora de lo natural en artificial ha pasado por estadios de mayor o menor ritmo de alteración en los que los avances suponen per se un cambio de época. Los mismos han afectado por partes a distintos colectivos generándose grados de desarrollo desigual. De hecho, una manera de entender la historia de la humanidad ofrece diferentes modelos en función de los estadios en dicha evolución.

La mutación tecnológica en que nos encontramos desde hace tres décadas en el ámbito de la información y de la comunicación supone uno de esos hitos trascendentales que, como novedad, conlleva su enorme velocidad en cuanto a su diseminación y, por ende, su carácter universal. Los cambios tecnológicos previos trajeron consigo el empoderamiento de diferentes grupos, pero hoy este es general y ello contribuye a su carácter demiurgo.

Es poco cuestionable que la política dio un salto de gigante al establecer el principio de la ciudadanía sobre la premisa fundamental de la igualdad donde, como señalé más arriba, toda persona tiene un voto, pero el actual escenario lo da sobre la base de que cada individuo tiene al menos una conexión inalámbrica. De pronto, la gente que venía bullendo desde hace tiempo tiene un instrumento multifuncional que, además, por su portabilidad le acompaña permanentemente.

Si Ortega en La rebelión de las masas ya señala en 1930 que el hombre-masa es alguien “cuya vida carece de proyecto y va a la deriva… hecho de prisa, montado nada más que sobre unas cuantas y pobres abstracciones y que, por lo mismo, es idéntico de un cabo de Europa al otro… [que] tiene solo apetititos, cree que tiene solo derechos y no cree que tiene obligaciones”, el momento presente no hace sino agudizar ese diagnóstico. A este individuo egocéntrico que no tiene ideas sino creencias, que es el producto de la exacerbación de la sociedad del consumo y que, como señalaba Nietzsche, le gusta vivir en manada, la revolución tecnológica le hace sentir como nunca que todo es posible, ingenuamente.

El falso sentido de empoderamiento

La construcción de un relato convincente sobre el que articular el sentido de la vida y las bases de la convivencia entre los seres humanos es un arte que acompaña a nuestra evolución. Impregna a la religión, pero también a la política. En esta, ideas variopintas acuñadas en diferentes etapas del desarrollo de las distintas civilizaciones han desempeñado papeles fundamentales en la construcción del orden político. Una de las más fascinantes es la de la soberanía popular. Gracias a ella se entiende que un concepto relacional abstracto como es el poder, pero que tan firme presencia tiene en cada instante de la existencia, tiene su origen y está depositado en el colectivo que formamos. La máxima de una persona un voto y el extraordinario alcance y su significado de los derechos humanos son, sin duda, sus efectos más inmediatos. Los individuos aparecen inequívocamente dotados de un protagonismo superador de diferencias por sexo, raza, lengua y religión. Son demiurgos de sí mismos, pero a la vez de la colectividad en que se mueven.

Este escenario, que culmina un largo proceso decantado en los dos últimos siglos, se enfrenta hoy a la revolución digital cuyas pautas han cambiado radicalmente el comportamiento de hombres y mujeres. En la actualidad la gente está permanentemente conectada y siente que está al alcance de posibilidades impensables para una generación atrás y, a la vez, se mueve en el entorno VUCA (volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad). Se trata de una paradoja interesante puesto que todo resulta virtualmente posible, pero el potencial de internet a la hora de destruir nuestro sentido de la escala es enorme.

Hoy, buena parte del mundo pasa más tiempo frente a una pantalla que mirando a la cara de quienes son sus interlocutores. Existe una gran mayoría envuelta en historias distópicas que, asimismo, estiman que su afán es ilimitado. Es un marco anónimo, de extrema individualidad y de profunda soledad que, además de nihilista, facilita nuevas formas de acoso en las que el poder adquiere otra connotación. La compañía virtual parece satisfacer la necesidad inveterada de socialización de los individuos. Ir a la plaza tiene poco sentido y cuando se sale solamente el reclamo del centro comercial resulta atractivo atizado por el paroxismo consumista. Las nuevas formas de vida en urbanizaciones separadas y la obsesión por la seguridad son acicates para permanecer en la casa y configurar una sociedad líquida en términos de Zygmunt Bauman. Así se gesta una forma de vida.

Sin embargo, por una parte, la incitación a salir a la calle, a recibir en la cara un aire tan diferente al del sombrío cuarto del que se sale poco, a sentir el aroma de la gente, el calor del contacto humano, aquella reminiscencia del recién citado Nietzsche del confort del establo. Escuchar el ruido que hacen las cacerolas y, más aun, los gritos pareados de los otros invitando a unir su voz, tan callada, portar las pancartas con soflamas firmes, determinantes, hacer ondear las banderas. Es una sensación de poder real, virtuoso, que se ensalza, gracias a un subidón de la adrenalina, cuando las fuerzas de seguridad están en frente, bestiales, embutidas en las corazas ninja, impersonales, ocultas tras los escudos.

Pero, por otra parte, cuatro meses más tarde, la gente termina pasando un promedio de 79 horas semanales conectada de una manera u otra a internet. De pronto su vida adquiere un nuevo sentido que no deja de ser el de siempre, pero que ahora llena realmente el tiempo de su existencia. Un virus ha conseguido la transformación casi completa de la vida hacia un costado virtual, o, si se prefiere en palabras de Oscar Oszlak, hacia la era exponencial.

Consideración final

La búsqueda de reconocimiento, la gestión de la confianza, el ordenamiento de las identidades que asolan al yo contemporáneo, el vacío de la representación con su correlato en el descrédito de la intermediación, el falso sentido de empoderamiento y el señuelo de que todo es posible han supuesto el guion de estas reflexiones. Configuran un hexágono de elementos perfectamente interconectados que pueden aportar cierta luz para entender los procesos que se han disparado a lo largo del segundo semestre de 2019 en buena parte de América Latina y que han tenido su transformación por el Covid-19.

La complejidad de lo que acontece requiere, a la hora de su comprensión, incorporar a los análisis más canónicos que ponen el acento tanto en cuestiones institucionales como en otras estructurales los profundos cambios acontecidos en la sociedad como consecuencia del impacto de las TICS. A las transformaciones del comportamiento de los individuos y de sus expectativas, al reforzamiento de viejas cuestiones en clave identitaria a las que se han sumados otras nuevas, se añade la existencia de nuevos actores empresariales. El capitalismo ha modificado su forma de actuar amparado en la profundización del individualismo y en el imperio irrestricto de la lógica de la competencia. Lo cual no ha supuesto merma alguna en su expansión sino todo lo contrario.

Los tiempos actuales son de incertidumbre como rara vez lo fueron en la historia de la humanidad de manera tan generalizada. A los asuntos que componían un largo elenco de cuestiones que siempre debían ser abordadas ahora se añade un nuevo escenario en el que la globalización, la revolución tecnológica y la caída en una crisis económica global sin precedentes han sembrado el terreno de nuevas incógnitas cuyo proceloso significado ha sido la pauta del presente texto.

Referencias

Arendt, H. (1990), Hombres en tiempo de oscuridad, Barcelona, Gedisa.

Ortega y Gasset, J. (1979), La rebelión de las masas, Madrid, Alianza.

* Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Universidad de Salamanca, España.

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