De revelaciones, monjas y virus coronados

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Rafael Estrada Michel*

O sea que el tan mono video retuiteado cientos de miles de veces —ese que mostraba al hidrocálido José María Napoleón cantando “nada te llevarás cuando te marches / cuando se acerque el día de tu final” por las calles de Morelia— era en realidad la apertura del séptimo sello. Confieso que no comparto las prevenciones de mi generación en contra de las redes sociales. Por el contrario, me parecen un notable instrumento, no sólo para la catarsis sino para la difusión del pensamiento inmediato que, por complejo y difícilmente expresable, permanecía las más de las veces inédito en la era de Gutenberg. Con todo, ¿han contribuido en algo a procesar el actual apocalipsis?

No me refiero, error frecuente, al Apocalipsis como fin de los tiempos, ni siquiera al libro de Juan que aparentemente se refiere a tal temática, sino a su acepción verdadera, la etimológica: al apocalipsis como revelación, al apocalipsis que implica alejar el velo que cubre a la verdad. Concedamos que en la especie acaso se refiera a la cortina que nos separa de la verdad del fin de nuestros pasos sobre la tierra, pero también que se trata, al fin y al cabo, de un desvelamiento y nada más.

En el sentido que propongo, la confluencia de verdades o mentiras individuales que se han dado cita en la red ha resultado apasionante. Contrasta, por su cercanía con la cotidianidad, y ha desplazado, con mucho, a la confusión en que incurren académica y sistemáticamente los integristas de datos y hechos (sus datos y sus hechos, se entiende) que se niegan, como ha probado Josep Maria Esquirol (2018: 13), a abrirse al misterio, al “hecho desbordante de significación” en el sentido benjaminiano, al dato irreductible a la explicación meramente causal. Así, en los pasados días hemos asistido a la lamentable exhibición de una nada científica “experticia”[1] por parte de una opinocracia azorada ante el hecho de que las curvas de incidencia y reproducción del Covid-19 no se presentan en forma regular (esto es, simplificada, reducida, depauperada) en las diversas latitudes del Globo.

El miedo y la angustia han aparecido entre nosotros, hijos como somos del racionalismo ilustrado, tan pronto como la realidad no se ha ajustado a nuestra reducción codificada.

Como ante el fenómeno criminal, la creatura racional se revuelve desesperada al percatarse de que los hechos no se adecúan exactamente a las descripciones típicas que pueblan los preceptos de sus códigos penales. Le lastima el hecho, complejo donde los haya, de que no pasa el tiempo: sólo pasa ella, inexorablemente, como en el poema del recientemente fallecido (otra señal de la revelación) Ernesto Cardenal: “No pasa el tiempo pero nosotros pasamos. Ah, compañero San Agustín. Son nuestras vidas que pasan lo que parece darle movimiento al tiempo como los postes que desde un tren parece que pasan (postes de aquel tren a Nápoles, a los veinticinco años, que pasaron y nunca más volvieron)”.

Pero, dado que no tenemos respuesta precisa a nuestro primer cuestionamiento, salgámonos un poco de las redes sociales y analicemos opiniones un tanto más “autorizadas”. Hace unos días llevé a mi hijo pequeño al médico, para una revisión de rutina. Me impresionó ver que en el Hospital Ángeles del Pedregal colocaban una cámara (él y yo debemos haber sido los primeros escaneados) que mide a la distancia la temperatura corporal y deja un registro (indeleble, supongo) en la nube. Con ello se actualiza el Leviatán de los datos personales y la privacidad que hace unos días presagió y desnudó el filósofo sudcoreano Byung Chul-Han (2020).

Este hombre, atinado observador, si bien considera que el Occidente “sin mascarillas” está gestionando la crisis en forma mucho menos atinada que los países asiáticos, prevé y lamenta una vuelta a la soberanía del amigo-enemigo, a esa decisión soberana en estado de excepción que proclamó Carl Schmitt para constituirse en el guardagujas jurídico de los trenes que conducían a Buchenwald. Tampoco parece casualidad que al conmemorarse el septuagésimo quinto aniversario de la liberación de Auschwitz, uno de los sobrevivientes, Marian Turski , se haya dado a la tarea de develar los patrones que, en forma aparentemente ordinaria, van conduciéndonos de a poco a los círculos del Infierno: “la idea de que hay gente que es excluida, estigmatizada y alienada se integra en nuestras vidas… (las personas) se acaban acostumbrado a la idea de que (los pertenecientes a comunidades minoritarias) son extraños y extranjeros, es gente que porta gérmenes y causa pandemias. Los orígenes del horror están ahí” (Turski, 2020: 41).

Acaso todo ello ayude a explicar (pero jamás a comprender) los videos en que aparece una multitud enardecida empeñada en apedrear un autobús que conduce ancianos potencialmente infectados desde su casa de reposo a un céntrico hospital en el que, con toda probabilidad, no hallarán respiradores. ¡Y eso en Cádiz, la cuna de las libertades constitucionales iberoamericanas!

Chul-Han y Turski escriben con mucha mayor compasión y empatía que nuestra opinocracia vernácula, dada a declarar lo mismo que Santa Anna y la primera reforma liberal fueron las culpables del brote de cólera en 1833, o de plano que el Estado mexicano no existe porque sólo “se le pensaba retóricamente como una dictadura” (sic) durante la práctica totalidad del siglo XX, o que el presidente de la República rebaja la vida republicana cuando hace eco de las supercherías de un populacho que, de cualquier forma, ha de continuar encomendándose a Santa Bárbara Doncella antes de tomar el pesero o el metro al que lo sigue obligando su criminal empleador, santo patrono de una economía en terapia intensiva.

No faltó quien comparó los días que vivimos con aquellas terribles y oscuras horas de Churchill, no se sabe si ante Dunkerke o ante Normandía, pero para el caso es lo mismo: lo que importa es que el gobierno tiene datos distintos a los míos y, por tanto, se equivoca.

O se equivocará, si logra que nos encerremos con nuestras familias y detengamos la locomotora de la macroeconomía en aras de salvar nuestras vidas. Con contadísimas excepciones (las de Martín Vivanco y Salvador Camarena, por ejemplo), muy pocos editorialistas han considerado siquiera la posibilidad de que México haya adoptado la estrategia adecuada.

Y es que pulula entre nosotros, por supuesto, el verdadero virus insignia de nuestro siglo: la polarización. A la derecha nacional le indigna mucho más que el presidente no se comporte “a la altura” (English spoken, of course) en una reunión virtual del G-20, que las continuas denuncias de asistentes domésticos que son suspendidos en su derecho al salario (de la seguridad social ni hablemos) en tanto no puedan prestar sus servicios: “No tengo por qué pagar a la ‘señora que me ayuda’ (como si no se tratase de un contrato) si no viene a trabajar”. Otra conducta arquetípicamente mexicana: que el gobierno cumpla con lo que yo estimo son “sus obligaciones” y, en cambio, que no se me exija a mí el cumplimiento de legislación laboral alguna.

Y ahora nadie, o casi nadie, quiere pagar a los trabajadores domésticos “por un trabajo que no hacen”. Si se mantienen en sus puestos (el anciano poli que cuida la caseta de la “Privada”, el chofer que debe mantener clorizado el coche en el que se le obliga a permanecer e incluso a dormir, y así un largo etcétera) no tenemos problema. Pero, los otros, que hagan su trabajo (una labor que no pueden hacer porque no les permitimos entrar a nuestras casas). La pirueta retórica hace que asumamos que las clases menos favorecidas sí están obligadas a lo imposible, hecho inédito en la tradición jurídica romano-canónica: como en película de Alfonso Cuarón, las reuniones (ahora necesariamente virtuales) de vecinos en los condominios mexicanos de clases privilegiadas le disputan a la conferencia de Walsee (1942) el primer sitial en la historia universal de la infamia y de la pena ajena.

Más reportes desde una distopía que, por desgracia, no lo es tanto. Entre la confusión prevaleciente hemos terminado por detestar a los murciélagos, animales indispensables, al parecer, para la reforestación del planeta. En el Perú, incluso, se han preparado auténticos progromos contra ellos. Lo peor, en la Nueva España, es que hemos vuelto al estereotipo (Carmen Salinas dixit) del “chinito” ratófago. Nuestras obligaciones hacia el medio ambiente o hacia nuestros semejantes se diluyen en un “individualismo metodológico” que había de conducirnos al desastre, como los más perspicaces supieron ver desde hace años. Un individualismo “que resuelve todo en precisos análisis de costos y beneficios, en modalidad de reacciones a los incentivos. Se afirma en modo tal el perfil de un individuo abstracto e ideal, movido exclusivamente por el impulso de maximizar el propio beneficio, en cuyo comportamiento domina el cálculo racional y la búsqueda de la utilidad práctica… el homo oeconomicus extremo, figura totalizante y totalitaria” (Magris, 2018: 10-11, traducción mía). Parece que ha llegado el tiempo del cumplimiento de la “mitología jurídica de la modernidad”, como la llamó Paolo Grossi en su libro seminal.

Del otro lado, la izquierda no oficial aparece turulata, desconcertada. Como Fuentes al grito de “Echeverría o el fascismo”, los izquierdistas de hoy no saben si criticando al gobierno abonan o no a la reacción. Y como tampoco saben qué es la reacción, se ponen a inventar países e historias. Jamás se cuestionan, muy al estilo de la “nueva izquierda”, si el problema más bien ha sido un exceso de Estado que un Estado fallido o inexistente. Tampoco nos explican qué debemos entender por “Estado” (como si fuese lo mismo Escandinavia que el Cuerno de África) y llegan a dudar de la “leyenda” de 1985 (esto es, de la reacción social solidaria y complejísima frente a la tragedia de los sismos), hesitación que insulta a las víctimas y a los héroes de aquella jornada en que, precisamente, un Estado paquidérmico mostró que no daba para más.

Y sí, es posible que la crisis estalle en forma terrible, pero no por la “gentrificación” de las clases medias y altas (valiente anglicismo), sino porque los privilegiados han empleado siempre a un Estado fuerte, que no sólido, en su exclusivo beneficio, ese que permite que algunos permanezcamos en nuestras casas, cómodas, asépticas y bien surtidas por aquellos que no pueden darse el lujo de dejar de trabajar, cargando y recargando contenedores o camiones de basura, ni siquiera un día a la semana, so pena de enfrentar a otro jinete del Apocalipsis: el hambre.

Y es posible también que el manejo de la pandemia esté siendo pésimo en Occidente: pésimo a partir de premisas estatistas, por cierto. Me temo, sin embargo, que estamos poniendo los resultados antes del planteamiento de la aporía. ¿Que el campesinado no estuvo cooptado por el Estado postrevolucionario? Por favor. Nuestros opinócratas parten hacia lejanas tierras a hacer su posgrado sin pizca de conocimiento histórico con miras a regresar a darnos lecciones de Historia (in) patria. Y de ahí hasta Žižek proclamando, cual venganza, el fin de la historia… pero del capitalismo, cuando de lo que se trata es de replantear urgentemente nuestras relaciones con nuestro hábitat y con la materia que nos circunda y nos seduce al punto del paroxismo.

Volvamos al notabilísimo texto de Esquirol. Si el autor tiene razón en torno al “misterio”, muchos fundamentalistas de los hechos y los datos se van a quedar esperando la peste bubónica: “hay mucha presión para reducirlo todo a simples hechos, y a datos. Pero la vida se resiste a tal reducción. En el fondo, cada persona es un acontecimiento inefable… la pertinente explicación causal no agota la significación. Celebraciones, blasfemias, plegarias y lamentos son la expresión espontánea, pero honda, de que el mundo humano rebasa los simples hechos… Sin embargo, desde hace algún tiempo, los intelectuales y la academia, de espaldas al misterio, se jactan de dar el tema por zanjado. Y el contexto social parece conformarse con ello, como si habiéndonos emancipado del antiguo lastre, pudiésemos por fin presumir de la pulcra, potente y rigurosa reducción a explicaciones de hechos” (Esquirol, 2018: 12-13, 15). Si no se repite en México el Armageddon italiano, ¿se disculparán con la estrategia oficial y con las supercherías populares los conspicuos integrantes de nuestro Círculo Rojo? No lo sé. Eso sí que constituye un misterio irresoluble.

Lo que sí sé es que lo que veremos en los días próximos será determinante para el levantamiento del velo al que me he venido refiriendo. En el terreno práctico, por poner un ejemplo de obvia y urgente resolución, ¿qué interpretación deberemos darle al quinto párrafo del artículo 1º constitucional si es que llega el caso de tener que discriminar entre quienes tendrán derecho a respiradores y quienes no?, ¿es razonable, ponderada y proporcional la discriminación que distinguirá a los derechohabientes en virtud de su mayor o menor edad, y de sus mayores o menores posibilidades de vivir largos y productivos años?, ¿se va diluyendo la dignidad humana en proporción directa a la cercanía con la tumba?, ¿hemos de aplicar la solución italiana y española, con mucho menos capacidades técnicas que las que aparentaba poseer la rica Europa?

Como ha postulado Gustavo Zagrebelsky, frente a este tipo de situaciones es indispensable exigir de los operadores médicos, jurídicos, filosóficos, económicos y políticos, una toma de posición (Zagrebelsky, 2009: 111). En el “derecho por principios” (y el nuestro lo es, cuando menos, desde la reforma constitucional de 2011), no cabe permanecer impasible y mucho menos indiferente, ni queda tranquila la conciencia con la mera aplicación de una “regla”. Hay que oír a Turski, abominar de la indiferencia y operar hasta lograr que el caso concreto (la dotación de camas y respiradores a X paciente) tenga un impacto sobre el orden jurídico, inevitablemente general, abstracto e impersonal: lo malo de la pompa es que suele ir olvidándose, poco a poco, de la circunstancia. Vaya paradoja: justo cuando los más escandalosos proclamaban la llegada de la inteligencia artificial al mundo de lo jurisdiccional nos venimos a percatar de que semejante “inteligencia”, capaz de proclamar que hay vidas humanas prescindibles con base en el procesamiento de una inhumana infinitud de “datos”, es impotente para arrostrar la presente crisis.

Se ha discutido en las últimas semanas, a ambas orillas del Atlántico, si los jueces pueden obligar a las administraciones a tomar medidas sanitarias concretas. Aparece, de nuevo, el reto de la complejidad, a lo Edgar Morin. ¿Debe proceder o no el juicio de Amparo ante la dotación o negación de una cama de hospital o ante la negativa de entrega de un cuerpo inerte contaminado por el Covid-19?, ¿podría establecerse un listado legal de aquellos actos de la autoridad contra los que no proceda el Amparo por considerárselos de orden público e interés social, esto es, de imprescindible cumplimiento? No lo creo. Los “principios”, en el sentido de Zagrebelsky, no pueden dejar de ser conceptos determinables caso por caso. El intento contrario constituye la gran miopía de la codificación y del exactismo legolátrico: no hay más equidad que la del caso concreto. Ni más justicia. El juicio a priori es un prejuicio por donde se le vea, y oscurece los “datos” y los “hechos” incluso cuando nos parecen más evidentes. Y sí, por desgracia, la realidad terminará por imponerse. Ojalá no se empeñe en demostrarnos que no hay camas para todos.

Por eso creo, de nuevo con Esquirol (y con Emilio Mitre [2017: 20-21], que demuestra que en ese despreciado Bajo Medioevo de la peste negra la felicidad fue perfectamente posible y revelable), que la solución, superada la crisis, ha de venir “de las afueras”, dado que nunca hemos sido expulsados de Paraíso alguno (Edén, por lo demás, imposible y al que nos empeñamos en confundir con nuestros barrios de clase privilegiada tan plenos de grandes verjas que impiden la entrada contaminante de los otros). De esas afueras en las que “nada tiene más sentido que el amparo y la generosidad” (Esquirol, 2018: 7), como lo han demostrado enfermeros, trabajadores del servicio de limpia, residentes médicos y pagadores empeñados en que a los prestadores de servicios no les falte nada en estos días de encierro “en cuyo marco puede resultar muy sugerente referirse a la mirada perdida de Adán y al tedioso ademán de Eva que, después de hacer el amor y de comer la fruta de un granate intensísimo, sentían el desasosiego de prever que el mañana sería igual que el ayer” (Esquirol, 2018: 10). El desasosiego del Día de la marmota al que deberíamos habernos acostumbrado hace siglos.

            También creo en contadas cosas de entre todo lo que he leído en los periódicos recientes (eso sí, retuiteado o enviado por Whatsapp): en la superación de la “soberanía insensata” a la que llama Luigi Ferrajoli a través de su enésimo “manifiesto por la igualdad en el marco de un constitucionalismo planetario” (García Jaén, 2020) o en el mensaje, apocalíptico donde los haya, del antiguo consejero de Miterrand, Jacques Attali (2020), en relación con un mundo en el que, por fin, no habrá liderazgo que más valga que aquel que se cimiente ya no en la policía ni en la ciencia sino en la compasión: una transición hacia la empatía, si no definitiva, sí definitoria. Hemos de esperar la revelación del nuevo orbe leyendo los diarios de la peste que dejaron, cada quien en su circunstancia, Camus, Sontag, Sarduy y, por supuesto, Bocaccio, ese incomparable hombre en el gozne de los tiempos. Y los complejísimos, aunque no complicados, romances y sonetos de nuestra sor Juana, el fénix de Occidente que supo morir a los cuarenta y seis años por negarse a desatender una pandemia en su encierro jerónimo, el más creativo y revelador de cuantos ha visto discurrir la tierra media americana. Aguardemos, pues, sin apelaciones precipitadas a nuestros infalibles “datos” y con la esperanza de lograr develar el misterio.

Referencias

Attali, J. (2020), “¿Qué va a nacer”, SDPnoticias, 25 de marzo.

Esquirol, J.o M. (2018), La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana, Barcelona, Acantilado.

García Jaén, B. (2020), “Los países de la UE van cada uno por su lado defendiendo una soberanía insensata. Entrevista a Luigi Ferrajoli”, El País, 27 de marzo.

Han B.-C. (2020), “La emergencia viral y el mundo de mañana”, El País, 22 de marzo.

Magris, F. (2018), Libertà totalitaria, Milán, La nave de Teseo.

Mitre, E. (2017), Desprecio del mundo y alegría de vivir en la Edad Media, Madrid, Trotta.

Ortuño, A. (2020), “Opinar por opinar”, El País, 29 de marzo.

Turski, M. (2020), “No seas indiferente”, Letras Libres, núm. 255, marzo.

Zagrebelsky, G. (2009), El derecho dúctil. Ley, derechos, justicia, Madrid, Trotta.

* Profesor de Historia del Derecho y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel 2), México.

[1] Pensamiento “fast food” le ha llamado Antonio Ortuño (2020).

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