Construimos una sociedad que imposibilita lavarnos las manos y quedarnos en casa

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Oscar Rosas Castro*

Estamos ante la segunda pandemia del siglo XXI, la crisis de salud que enfrentamos es mayor que la generada por la Influenza AH1N1, se afirma que la actual es la más difícil que ha enfrentado el mundo en los tiempos donde la fe en la ciencia nos había prometido que nada de la naturaleza nos golpearía con tal contundencia. Hasta ahora, ante la ignorancia sobre el tema desde las perspectivas de las distintas ciencias vinculadas a la medicina, la opción para contener la expansión del virus SARS-CoV-2 ha sido clara y contundente: higiene al mínimo y no salga de casa. Dos medidas sociales urgentes, históricas y que sirven de motivo para evidenciar la racionalidad de responsabilizar a otros de nuestras incapacidades. Tenemos que pensar en el tipo de sociedad que hemos construido donde es todo un reto cumplir con esas dos reglas básicas.

Conviene subrayar la dinámica de polarización con la que construimos la posibilidad de comprender la crisis que enfrentamos. Por muy básico que resulte recordar la alteridad, hoy es importante recuperar esta tesis para analizar el comportamiento humano con el que reaccionamos en los momentos difíciles: el alter, el otro es quien porta el virus, quien se convierte en una amenaza.

Al asumir que la amenaza viene de fuera, que no es propia de los unos, sino que son los otros los que llegan a contagiar, se activa un principio básico de alteridad radical que Lucian Boia o Emmanuel Levinas explicaban muy bien: el alter puede ser fenotípicamente cercano pero basta con una característica que lo distinga o que se le atribuya para que se vuelva una amenaza; por ende, se convierte en repositorio de un sin fin de valores que confirman su condición. La otra cara de esa moneda es que la caracterización que le atribuimos, la construcción del otro, es un espejo donde se evidencia nuestra miseria, miedos, incapacidades, prejuicios, expone esa parte humana que alardeamos de haber controlado a través del proceso civilizatorio.

Así aparecen distintos elementos a los que se recurre para aportar a esa alteridad y la polarización es la primera reacción. Revisar y tomar consciencia de las implicaciones de nuestras reacciones nos permiten mirarnos al espejo e iniciar la posibilidad de salir con buenas intenciones de la difícil experiencia por la que atravesamos. Desde luego es un proceso social donde se expresan formas culturales de concebir al otro y las individualidades se ven rebasadas por expresiones colectivas.

Aún más radical es lo severo del juicio de quienes sí pueden sobre los otros, se emite sin considerar las condiciones en las que viven éstos, que además son los más vulnerables. Por si fuera poco, la inmensa mayoría en el planeta son esos otros para quienes la resignación llega por las obligaciones del día a día y no por elección.

Para poder hacer de las reglas mínimas de sanidad una elección, es decir, tener la posibilidad de cumplirlas o negarlas, incluso desobedecerlas en tanto imposición y no recomendación, es necesario contar con la infraestructura mínima: saber qué es la higiene, tener agua potable y jabón, tener casa, poder garantizar que comerás tú y los tuyos, que el banco te puede posponer los pagos hipotecarios, el arrendador no te amenazará con expulsarte o él mismo pueda prescindir por un lapso del ingreso de la renta, que los hábitos de vida que precedieron a la crisis te permitan gozar de salud, ingresos hasta para evitar que el agua y la luz continúen llegando a tu casa y ya por lujo mantener la red de internet activa para distraerte con las redes sociales o las series de televisión. Solo por mencionar algunas de las condiciones indispensables para mantenerse en casa.

Sin embargo, para la inmensa mayoría de los humanos no se cumplen esas condiciones que pueden ser consideradas garantías constitucionales o derechos humanos. Por poner un ejemplo: ¿hace cuánto tiempo tenemos perfectamente identificadas las zonas donde no se abastece el agua potable con regularidad? En la Ciudad de México hemos aprendido a comprar tinacos rotoplas para tratar de garantizar que al otro día podrás tomar un baño, que podrás hacer la descarga después de las necesidades fisiológicas, lavar los platos de la cena, que te podrás lavar las manos constantemente en periodos de crisis sanitaria. Cualquier fotografía aérea delata la ineficiencia de ese servicio básico de la ciudad. Hoy es más fácil distribuir alcohol en gel para cumplir la regla (está bien porque es una medida de emergencia) pero no podemos negar el cinismo con el que hacemos del agua un privilegio. ¿Quieres lavarte las manos con agua limpia? Paga 5, 10, 40… veces más por metro cuadrado.

Cualquier persona puede contraer el virus, no cabe la menor duda, de hecho se sabe que fue la clase media quien propagó el virus, pero la amenaza es para quien está imposibilitado de tener acceso a condiciones dignas de vida, dignas de tener derechos, de contar con la información suficiente para poder decidir.

Hoy en las sociedades con democracias consolidadas o en proceso de consolidación, con sistemas de partidos que cuestan millones del erario público, con una sociedad civil que participa, hoy en pleno siglo XXI donde el discurso político dice que se basa en la ciencia para tomar decisiones para enfrentar la crisis, en este mundo no tenemos derecho a acceder a la información y tampoco sabemos solicitarla. Cualquiera que haya estado involucrado con la vida académica sabe que en la ciencia no hay verdades absolutas y que existen corrientes de pensamiento y metodologías diversas que generan debates, la ciencia misma se desarrolla gracias a esos debates. Sin embargo, no podemos saber quiénes conforman el consejo de científicos que asesora a la presidencia.

Se exponen datos estadísticos y gráficas que pretenden transmitir confianza a la población, se dan cifras sobre los decesos, se hacen comparativos entre los países, sabemos día a día cuantas personas fallecen en cada lugar del mundo, las noticias se difunden por radio, televisión, medios impresos, internet, redes sociales y creemos que eso es mantenerse informado; pese a ello somos incapaces de decir medias o patrones de quienes mueren. Tememos exponer o recaudar los perfiles clínicos de los muertos, se ha llegado a afirmar que quienes entran al periodo grave de la enfermedad mueren en el día nueve en promedio, aún así no tememos acceso a esa información que es fundamental para crear el perfil de los humanos vulnerables. Afirmar que todos somos susceptibles no implica que todos están en riesgo. ¿Acaso no podríamos organizarnos para enfrentar la crisis a partir de los perfiles que arrojan los datos de los fallecidos? Eso podría ayudar más que el propio temor del Estado de evidenciar a quienes son los que no ha atendido, no solo no ha atendido ahora en la emergencia sino históricamente.

La propia negativa es discriminatoria e irresponsable porque se sabe de investigaciones que en otros casos han demostrado cómo las epidemias afectan de manera distinta a sectores de la sociedad. Por poner un ejemplo: las epidemias como el Ébola o el Zika que requieren de cuidados por largos periodos, impactan de modo muy diferente a las mujeres que cargan con el estigma social de la responsabilidad del cuidado del otro. Hoy se ha comenzado a especular que en Estados Unidos la mayor cantidad de muertos son negros y latinos y quizá nunca podamos confirmar esa información. Ante la escases de respiradores artificiales se evidencia que hay prioridades para acceder a ellos y esa información no es pública.

Así, los problemas que desata la nueva pandemia no se reducen a retos para las ciencias médicas o la carrera de los laboratorios por descubrir la vacuna que los haga multimillonarios. Nos lleva a enfrentar problemas sociales resultado de la forma como lidiamos con el tema, para lo cual es necesario revisar con mucho cuidado las definiciones que hacemos, la rigidez con las que se interpretan, así como las afirmaciones que emitimos y la información que omitimos.

Por cierto, de acuerdo con la periodista Gisela Pérez de Acha, una de esas definiciones fue la que impidió que se realizaran pruebas de Covid-19 a José (nombre ficticio), un paciente que tenía todos los síntomas aunque no cumplía con haber viajado ni haber interactuado con alguien que recién llegara del extranjero. Al no cumplir con todos los requisitos, simplemente no se le realizó la prueba y al poco tiempo se convirtió en el primer caso de muerte en la Ciudad de México por infección de Coronavirus sin contagio externo. Por supuesto que al no ser positivo en Covid-19, el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias no lo retuvo y es incalculable el número de contagios que pudo haber generado.

Quienes se interesan por pensar en medidas de prevención sin los perfiles de los decesos solo pueden recurrir a asociaciones lógicas básicas: sobrevivirán quienes sean más fuertes, se encuentren en mejores condiciones de salud antes de contraer el virus, tiene acceso a dietas más acordes con el cuidado del cuerpo humano, controlan sus niveles de glucosa y colesterol, hacen actividades físicas, tiene la edad biológica que les permite soportar con más recursos, practican la salud preventiva. La sociedad que hemos construido es tan miserable que eso es un verdadero lujo excéntrico.

Lamentablemente la mayor parte del mundo coincide en tal incapacidad, es un problema que se ha expresado en la mayoría de los lugares donde el SARS-CoV-2 ha llegado. De hecho, solo es cuestión de tiempo para que no haya lugar en el planeta que pueda evitar la visita incomoda, pero el problema es que no es el viento o la marea quien lo trae sino alguien quien lo infiltra o esparce. Está claro que en ambos casos, la alteridad se consolidaría aunque definitivamente no sea lo mismo la clásica alteridad de la naturaleza a quien la modernidad ha intentado de dominar desde tiempos mitológicos (de acuerdo con Adorno y Horkheimer), que la alteridad aparentemente más próxima por ser la misma especie humana y trágicamente más radical por concepciones del mundo.

Entre estas formas de asir el mundo destaca el refugio religioso que ofrece alternativas para resignarse a la situación, después de todo cada quien se vale de los recursos que puede para lidiar con la crisis. Pero ello no exime la soberbia con la que se afirma ser poseedor de la verdad que advertía que este tiempo llegaría. Eso es de cuidado porque genera la alteridad y el juicio sobre quienes fueron advertidos y no escucharon el mensaje. Siempre será peligroso que alguien piense y se le hagan sentir que pertenece al grupo de los elegidos. Más peligroso y común que el coronavirus es el racismo, clasismo y xenofobia.

La xenofobia se apodera de nosotros cuando obligamos a que un chino fuera de China use máscara no para protegerse contraer el virus, tampoco para evitar contagiar a otros, sino para evitar ser agredido. No es suficiente con cargar el mote de bárbaro o salvaje por comer murciélagos, hay quienes piensan que es necesario hacérselo saber. Sé de esa discriminación en Nueva York, no imagino lo que padecen en Madrid donde las tiendas de abarrotes son atendidas mayoritariamente por esa población.

No es de extrañar que entre las primeras distinciones y polarizaciones que se han radicalizado con esta crisis sanitaria sea la de lo urbano con lo rural. En este contexto resultó negativa la preciada característica de cosmopolitismo. El tamaño al que se ha reducido el planeta a partir de la velocidad de las comunicaciones y la ágil movilidad de personas a nivel mundial provocaron que en cuestión de meses el coronavirus se encuentre esparcido en la mayor parte de las ciudades del planeta. Las ciudades con flujos internacionales regulares fueron los principales puntos de contagio y de ahí se diseminó a las poblaciones más pequeñas. Desde luego que la mayoría de estas segundas poblaciones aún no están contaminadas pero comienzan a sentirse amenazadas, su reacción comienza a ser violenta.

En México se habla de poblaciones rurales que han decidido impedir el ingreso de personas ajenas a sus comunidades. La medida es tan agresiva y emitida desde el pánico a ese nivel micro tanto como el macro; el cierre de aeropuertos fue de las primeras reacciones sin importar dejar personas varadas en salas de espera; puertos marítimos que ya no permitieron descender a quienes vacacionaban en cruceros y menos aún si habían zarpado de Italia, la solidaridad de algunos cuantos gobiernos permitió el gesto humanitario de tocar tierra nuevamente. En la India se cerraron fronteras entre los propios estados y la cantidad de personas viviendo en la calle se multiplicó rápidamente hasta el desborde, evidentemente en condiciones de indigencia tampoco se puede cumplir la regla de mantenerse en casa y el contagio es inminente.

El reto crece conforme el tiempo transcurre, priorizamos el peso de la economía por considerar que la crisis económica será mucho más larga que la sanitaria y ambas posponen los problemas sociales que comienzan a salir por las alcantarillas: violencia de género al interior de los hogares, romantizamos las cifras de aumento de nacimientos en periodos de crisis por negar las violaciones. Persecución a cuerpos médicos por considerarlos amenazas. Desabasto de alimentos. Aumento en los niveles de obesidad y presión alta debido a la pésima dieta con la que afrontamos la vida diaria y más aún con el encierro. ¿Por qué no revisamos cuáles son los productos que más se consumen en periodos de ansiedad prolongada como el que vivimos?, ¿tememos confirmar que tomamos más coca cola que agua, que comemos más sabritas que fruta, que por cereales entendemos kellogs?, continuamos pensando que cambiar los empaques combate el problema de alimentación. La lista de problemas es larga y acrecienta rápido, evidentemente no son nuevos solo se agudizan en estas contingencias y hay personas que los encarnan.

No son problemas abstractos, hay quienes los padecen y precisamos consciencia del perfil que construimos para atribuir la lamentable consigna de estar en alto riesgo. Es necesario reflexionar el perfil del que alterizamos para esclarecer por qué practicamos ciertas decisiones y no consolarnos con la omisión durante la desgracia. La información es un derecho, superar la barrera del silencio permite aprender a usarla pese a lo doloroso o vergonzoso, puede ayudar en las definiciones para actuar, para decidir el futuro que queremos construir más allá de la normalidad que nos llevó a este punto en que nos vimos obligados a priorizar quienes tienen acceso a un respirador que permita continuar con vida y negando el sueño de la equidad. Sin duda el juicio sería severo, pero también más justo que la acostumbrada práctica cínica del libre albedrío vinculado a garantizar el equipo necesario a quien cuenta con influencias, riqueza o poder.

* Maestro en sociología. Editor de Andamios. Revista de investigación social de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

1 Comment

  • Responder septiembre 10, 2020

    Valentina Sifuentes

    Interesante análisis. La actual pandemia pone los reflectores sobre la vulnerabilidad que los sectores más pobres tienen ante las crisis, una vulnerabilidad histórica y que hasta ahora no ha logrado ser punto central de los proyectos económicos y políticos y que se subraya además con la latente xenofobia de los individuos.

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