¿Qué podemos decir desde las ciencias sociales sobre el Covid-19?

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Israel Covarrubias

Israel Covarrubias

Pablo Bulcourf e Israel Covarrubias*

 Hace más de siglo y medio, en el Manifiesto del partido comunista, Marx y Engels enunciaban la renombrada frase: un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo. En términos actuales una enorme fuerza social comenzaba a globalizarse traspasando las fronteras y generando cambios inusitados. Lo que fue ya no es, y “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Se daba cuenta del vertiginoso cambio de los tiempos, producto de la modernidad en donde el conocimiento se transforma en poder, como bien ha señalado Francis Bacon. El siglo XIX se convirtió en el ámbito de aparición de nuevos actores sociales colectivos, los movimientos obreros, las mujeres que reclamaban por la igualdad de derechos, y también fuertes procesos emancipatorios en América Latina que trastocaron la geopolítica mundial. Las voces del progreso indefinido, bajo diferentes orientaciones políticas, tuvieron una fuerte desaceleración con la Gran Guerra, aunque significó un avance sustantivo en materia tecnológica. El periodo de entreguerras estuvo marcado por la aparición de la sociedad de masas, pero también de la crisis económica de los años treinta y las experiencias del fascismo y el nazismo que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial, otro momento de aceleración del factor tecnológico, pero de millones de muertos no solo en la batalla, sino en los campos de concentración.

Los conflictos no desaparecieron, tuvimos guerras de menor impacto en Corea y Vietnam, pero la conflictualidad política y social creció, y también lo hizo el Estado de bienestar, permitiendo fuertes políticas redistributivas en muchísimos países. Su crisis trajo un enorme cambio en el campo de las ciencias sociales, el declive de los grandes paradigmas dio lugar a nuevas formas de reflexión. En algunas disciplinas como la ciencia política comenzaron a predominar los enfoques neoinstitucionalistas, y aquellos orientados por las teorías económicas de corte neoclásico y monetaristas, se fue construyendo un mainstream que marcó la distribución del prestigio, denunciado por varias voces disidentes. Gabriel Almond dio cuenta de esto al utilizar la metáfora de las “mesas separadas” para dar cuenta de una disciplina fragmentada e incomunicada. Esto dentro del campo académico tuvo su costado político, en nombre de la objetividad y la cientificidad, muchos sectores del campo permanecieron inmunes y hasta colaboraron directamente en la implementación de un modelo socialmente excluyente. Como han señalado Robert Alford y Roger Friedland, “la teoría posee poderes”, nadie es inocente.

La adopción del modelo neoliberal, o para algunos la “revolución conservadora” generó una nueva mercantilización de las relaciones sociales que se articuló posteriormente con la implosión de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín. Algunos creyeron que se instalaría un mundo extremadamente unipolar en donde esta versión de liberismo terminaría dominando, marcando el fin de la historia con mayúsculas como pregonaba Francis Fukuyama. Sin embargo, nuevas formas de conflictos revivían viejas antinomias. Nos encontrábamos frente a una nueva balcanización signada por un choque civilizatorio donde reaparecían los clivajes religiosos y étnicos articulados con los intereses económicos. El capitalismo estaba dando un nuevo giro frente a un mundo globalizado, donde su faceta financiera se hacía más robusta, cimentada en la cuarta revolución tecnológica.

El siglo XXI se nos presenta por ahora alejado de la colonización de la Luna, o de personas viajando en taxis voladores vestidos de plástico cual astronautas. Sin embargo, un fuerte proceso de individuación marca las perspectivas de los sujetos en los grandes centros urbanos occidentales, mientras en otras zonas también vastas del planeta todavía no ha llegado la pregonada modernidad. Un orbe fracturado y poliédrico es saturado por la globalización y la expansión comunicacional. Las crisis financieras se agudizan lo mismo que un mundo donde la riqueza se encuentra más concentrada y la democracia liberal erosionada y fatigada. Aparecen liderazgos inesperados en medio de una fuerte crisis de representación que también afecta a los países más desarrollados.

En este contexto demasiado complejo para poder ser sintetizado en un par de frases, una aparente mutación viral de una especie de coronavirus comienza a infectar a los humanos y se expande con esta rapidez globalizante por el planeta. Una vieja costumbre culinaria de ciertas regiones de China, consistente en comer una sopa de murciélago, es el vínculo entre el virus y las personas. La apartada Wuhan comienza a ser noticia a pesar del ocultamiento inicial por parte del gobierno totalitario. En paralelo no dejan de circular versiones conspirativas que hablan de la fuga del virus de centros de investigaciones biotecnológicos (precisamente Wuhan tiene un gran laboratorio de investigación viral de renombre global), quizá la faceta de una guerra biológica anticipada.

Miles de personas son infectadas, se instalan rígidos dispositivos sanitarios y la muerte se presenta implacable, afectando principalmente a los adultos mayores. No obstante, algunos países como México expresan que no sólo los adultos mayores sucumben frente al virus, también los adultos jóvenes con diversas comorbilidades (diabetes, hipertensión, obesidad), lo que abre un rico pero urgente debate sobre el rediseño de los sistemas de salud pública en contextos de escasez. Un debate que es en realidad una discusión sobre el papel que deberá adoptar el Estado y sus instituciones en el campo de la salud, pero también en el de la gobernabilidad y la gobernanza en un mundo irremediablemente viral.

Por su parte, la noticia circula y se adueña de la televisión y los dispositivos celulares. Comienza una monotonía informativa concentrada en cantidad de infectados, muertes y contagios. Incluso de ha llegado a hablar de una auténtica infodemia. Este mecanismo de apropiación de los espacios en los cuales la comunicación se desarrolla, así como del lenguaje, de la semántica específica en la que el primero se manifiesta, y sobre todo de su abaratamiento cognitivo, suponen una suerte de intento de monopolización del universo de interpretación en torno a la pandemia. En consecuencia, no es posible sostener desde un punto de vista racional y objetivo, que puede existir una opinión pública completamente desinteresada que aporta información neutral al conocimiento de ella. Lo que hay, en el mejor de los casos, es una opinión que se vuelve la representante de un campo social de fuerza, “de grupos de presión”, dice Pierre Bourdieu, “movilizados en torno a un sistema de intereses explícitamente formulados”.

Llama mucho la atención el margen de reflexividad que tienen las agencias de información, y en general, los medios de comunicación, tanto locales como globales, al cubrir la pandemia, sobre todo a partir del mes de febrero, cuando sonaron las alertas de que la epidemia estaba deviniendo una estructura global ingobernable. Sin duda, la necesidad de tener información fidedigna sobre su evolución ayuda considerablemente a una mejor toma de decisiones, así como a la elaboración de un juicio provisto de información de calidad. Pero el uso escandaloso de la información ha producido un mecanismo en espiral que acrecienta el pánico colectivo, hasta alcanzar a diversos sectores poblacionales que, en realidad, estarían obligados a ofrecer datos, hechos, argumentos empíricos, inferencias causales si se quiere, sobre el desarrollo no lineal del nuevo virus.

El papel que juegan decenas de periodistas alrededor del mundo, pero sobre todo en aquellos donde la democracia es frágil, es preocupante. En particular, cuando en aras de informar, terminan escandalizando y exagerando las cifras del acontecimiento, o magnificando los errores y la tímida reacción inicial de los gobiernos en turno. En este sentido, el Covid-19 deviene un pretexto para la lucha política intestina. Al colocarse como reservorio moral e intelectual de la sociedad, los medios de comunicación, sus testaferros y sus epígonos (entre los que se cuentan académicos e intelectuales de prestigio), pretenden que esta forma de reificación enmascarada sea aplaudida por nosotros en tanto observadores de ese espectáculo (¿acaso satírico?).

En una suerte de capricho kantiano, los medios de comunicación están convencidos de que todo lo hacen en nombre de la democracia, pues asumen el imperativo por enésima ocasión de defensa de la libertad, aunque en su camino algunos exijan el endurecimiento de las medidas de confinamiento, con lo que se llega pronto a un grado extremo de reducción de las libertades. Asimismo, su combate, siempre en nombre de la libertad y la democracia, ha permitido la producción exacerbada de las mentiras, ya que lo que se pretende es obtener un efecto inmediatista en aras de volverse la tendencia del día o de la semana, construyendo climas de opinión y sobre todo estados de ánimo perversos y execrables como las fobias al personal médico o a los enfermos. En este punto, resuena con fuerza la vieja advertencia de Giovanni Sartori: en la vida democrática, solo es posible erigir un muro de intolerancia justo en contra de aquellos que agreden o causan daño, de otro modo el principio del daño no tendría ninguna relevancia jurídica, político, social, para la vida nacional y transnacional de las democracias.

La lejana experiencia en las tierras del dragón se vuelve realidad en Occidente. La rápida transmisión del virus expande la enfermedad en el sur de Europa, afecta primero el norte de Italia, y posteriormente España, Alemania y Francia. Le siguen Reino Unido y como meca del mundo la gran manzana termina contabilizando la mayor concentración de infectados y muertos. El atentando del 11 de septiembre es superado por un pequeño ser vivo, “un enemigo invisible”, que solo puede verse con un microscopio electrónico.

La economía mundial empieza a adquirir un efecto de cámara lenta mostrando su enorme fragilidad y a veces la franca irresponsabilidad de muchos de los grandes capitales que no obstante que han hecho fortuna con el consumo de millones de personas alrededor del mundo, hoy no están dispuestos a ceder un porcentaje de sus ganancias. El interés sanitario como bien común global y el interés económico no hablan la misma lengua. Esto fue claro en la ola expansiva de los contagios en Italia, particularmente en Bérgamo, epicentro de la pandemia en la península, donde las principales industrias de la región se negaron, pese a las advertencias sanitarias del Estado italiano, a cerrar sus fábricas, con lo que los contagios masivos fueron una realidad que luego adquirió tintes dantescos. Evidentemente esos capitales cerraron sus fábricas cuando el daño ya estaba hecho, con lo que se devuelve al Estado la responsabilidad total de una serie de decisiones privadas con una enorme gama de efectos spill-over, que pronto se volvieron en contra de sus creadores.

Por su parte, se suspendieron los vuelos internacionales y las fronteras vuelven a ser vallas prácticamente insalvables. El turismo internacional muere por infarto dejando a cientos de miles varados muy lejos de sus casas, en completa orfandad, pues su regreso a los países de origen tiene lugar de manera muy pausada. Pero al mismo tiempo, es evidente que lo que ha contribuido a la expansión del Covid-19 es la reducción espacial de las distancias por la aceleración del tiempo que garantiza el constante perfeccionamiento del transporte de mercancías y personas (que, en realidad, también son una mercancía para el turismo internacional) más eficiente que conocemos: el transporte aéreo. Utilizando la metáfora clásica de Edward N. Lorenz, hoy evidenciamos con cierta perplejidad cómo pequeñas perturbaciones producen alteraciones significativas en el sistema, particularmente al introducir aquellos cambios que señalan la epigénesis y posterior evolución del fenómeno mismo.

Así, el Estado-nación regresa a la centralidad escénica que le había quitado la economía, todos reclaman decisiones políticas urgentes, y el cuarto poder se transforma en una forma de nueva Inquisición mediática. De repente el mundo parece haber mutado con la rapidez de ese pequeño virus, en donde la incertidumbre se adueña de todos. El terror y el eco del miedo hacen de esto una tragedia planetaria. Dicho en otras palabras, la producción acelerada de entropía a causa del Covid-19 en las sociedades democráticas es un dato empírico, no solo una mera abstracción numérica o teórica, y ante la cual es necesario estar conscientes y además constatar que aquella es uno de los motores que mueven a las sociedades y a los Estados en este siglo XXI. La entropía interactúa en el interior del sistema social rompiendo viejos pactos, desplazando estructuras sociales obsoletas como el carácter prohibitivo de las religiones, las morales o los linajes, inaugurando formas de sociabilidad desconocidas e intermitentes, desestabilizando los nodos funcionales de la sociedad para volverse regla, no excepción. Paradójicamente, es la sociedad democrática la que se adapta mejor a la entropía, gracias a su constante expansión del pluralismo siempre en un arco limitado de tiempo que no permite el inmovilismo. Pero, ¿estamos preparados para vivir plenamente en un mundo democrático entrópico? La respuesta podría estar en singular analogía a la que presenta “Bartleby, el escribiente”, de Herman Melville: preferiríamos no estar preparados.

Las instituciones internacionales desaparecen prácticamente de escena; y las Naciones Unidas es remplazada de facto por la Organización Mundial de la Salud; el Consejo de Seguridad se hace un hiato que parece haber implotado en el agujero negro del coronavirus. Realidad y metáfora se funden en esta nueva amalgama de incertidumbre.

El campo académico e intelectual comienza a esgrimir sus voces, principalmente en los sitios web y en algunos informativos televisivos. Los médicos, principalmente los infectólogos y sanitaristas, pasan a dominar la escena, disputando cámara con los políticos. Pocas veces el Estado ha concentrado tanto poder, y pocas veces se ha visto tan débil.

La situación pone en evidencia las capacidades estatales de respuesta frente a la precipitación de los contagios. La derecha de sesgo populista que ha inaugurado Donald Trump en Estados Unidos debe enfrentar la mayor ola de contagios, habiendo previamente negado la importancia de la pandemia. Una de las primeras medidas que implementó el controvertido presidente fue la disolución de una unidad especial de emergencia para este tipo de crisis que había creado su antecesor Barak Obama.

América Latina no se vio alejada de la pandemia, rápidamente los viajeros internacionales trajeron el virus a la región, el que se expandió principalmente en los grandes conglomerados urbanos. Las clases medias fueron las primeras en ser afectadas e igual que en el resto del planeta sus víctimas mortales son los adultos mayores y no tan mayores. Los Estados tomaron medidas muy diferentes, lo que demuestra la heterogeneidad política e ideológica presente en la región. No se trata necesariamente de las diferencias entre izquierdas y derechas sino de los tipos de liderazgos que encarnan los gobernantes, sumado a la tensión entre salud y economía; una ecuación extremadamente compleja. No tenemos que olvidar que la región presenta elevados índices de pobreza, desigualdad y grandes centros urbanos con cinturones de millones de personas que viven en situaciones de extremo hacinamiento. La expansión masiva del virus en esas condiciones generaría un rápido colapso de los sistemas sanitarios. Pero es inevitable pensar en las formas de administrar la salida de la crisis, la recesión económica también genera muchos muertos, más en situaciones de vulnerabilidad social y precarización laboral.

La ciencia ha vuelto a ser interpelada desde ángulos muy diversos. El campo biomédico ha tomado un protagonismo central. La necesidad de explicar el fenómeno y buscar procedimientos clínicos rápidos y efectivos se ha convertido en la columna vertebral de la sociedad como pocas veces ha sucedido. Los laboratorios de varios países se han centrado en la investigación sobre vacunas y retrovirales específicos para al Covid-19. Las ciencias sociales y las humanidades no se encuentran ajenas al debate y la acción concreta. La necesidad de adoptar, implementar y evaluar políticas sanitarias en tiempo record, nos demuestra la importancia del campo interdisciplinario de la administración y las políticas públicas.

Regresa con fuerza la interrogante por la vida y la muerte: preguntarnos si preservamos la salud inmediata o la economía nos lleva a cuestionamientos de índole teológicos y filosóficos. Las grandes religiones no han estado ajenas a esta crisis. Hemos encontrados reacciones muy diferentes, desde la negación del virus, el verlo como un castigo divino, o acompañar activamente las medidas preventivas y promover la solidaridad entre las personas.

Como hemos señalado el Estado ha regresado a escena comenzando a escribir un nuevo capítulo de la relación entre éste y la sociedad. Como bien han señalado hace décadas Guillermo O’Donnell y Oscar Oszlak, la clave es comprender la “y” que los conecta, el complejo y dinámico vínculo que expresa el campo de la política. De buenas a primeras asistimos a la catalización de procesos de manera vertiginosa. Por un lado la rápida necesidad de respuestas efectivas, y por la otra un cambio sustantivo en la propia forma de gestionar el espacio público. La reclusión domiciliaria de la gran mayoría del funcionariado plantea de manera fáctica la adopción de sistemas integrales de teletrabajo, con todo lo que implica este desplazamiento abrupto desde un punto de vista cognitivo, económico y emocional.

Piénsese, por ejemplo, en el trabajo universitario, donde precisamente la política general de confinamiento ha trastrocado por completo los diversos ordenes que componen las bases de la idea de universidad que aún hoy mantenemos en pie. En particular, se presenta una enorme oportunidad (los griegos lo llamaban kairós) que se abre en esta contracción y expansión del tiempo para debatir sobre la posibilidad de invención de una nueva universidad invisible, que no solo trabaje en el espacio digital obligado por el confinamiento, sino que cambie nuestra operación intelectual y académica. Y para que ello tenga lugar, es necesario construir nuevas metodologías de la investigación, una nueva predisposición al aprendizaje; de hecho, hay que abrir el debate sobre qué significa y si en realidad la no-presencia del aprendizaje en línea suple a la presencia, al salón de clase, y si este hecho puede garantizarnos el mismo nivel de aprendizaje, etcétera. En esta labor, la innovación paradigmática deviene una necesidad de primer orden. No podemos postergar más esta tarea, que pasa por la posición que debe jugar el Estado.

Estamos frente a un Estado “exponencial” como ha expresado recientemente Oscar Oszlak. El paradigma de la complejidad enunciado desde hace tiempo por intelectuales como Edgar Morin o Niklas Luhmann, se hace carne no solo en las instituciones sino en la vida cotidiana de las personas. La complejidad desde que tiene lugar su emergencia exige la identificación de la serie de condiciones micro y macro que permiten su aparición. Condiciones que en el mejor de los casos son una expresión interna a un régimen específico de historicidad caracterizado por un grado elevado de persistente variación en cuanto a su velocidad y a su simultaneidad, por lo que una reflexión conjunta sobre la identificación de las presumibles potencias que empujan a su desarrollo es una tarea que se le exige hoy al análisis social y político, particularmente cuando estamos hablando de las formas de latencia presentes en el comienzo y en desarrollo del Covid-19, y que por el hecho de que no sean visibles, no supone que no existan, y mucho menos que sean desdeñadas por las ciencias sociales. ¿Qué pasará?, ¿qué se puede hacer? Son preguntas que intentan construirse día a día con respuestas que no parecen conformar a muchos. La espera de una vacuna milagrosa parece atentar contra una economía que se desploma y amenaza quizá con más muertes que el virus.

Frente a esto hemos intentando compilar un dossier que exprese algunas voces de Iberoamérica de diferentes disciplinas y orientaciones. Variadas facetas incompletas del pensamiento que comienzan a atreverse a formular algunos interrogantes. Una cartografía inacabada de ideas de un rompecabezas en construcción. Pero debíamos animarnos a comenzar a decir algo, aunque sean pequeñas frases de un vocabulario mutante.

* Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, y de la Universidad de Buenos Aires, Argentina; profesor investigador en la Universidad Autónoma de Querétaro, respectivamente.

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