Mesa virtual de reflexión: Explicando algunos efectos sociales y subjetivos de la pandemia Covid-19

Compartir

Octavio Moctezuma, Rafael Vázquez García y Ángel Octavio Álvarez Solís

Compilación de Israel Covarrubias

Convocados en medio del confinamiento domiciliario en el cual muchos de nosotros nos encontramos, le hemos pedido a un politólogo, un filósofo y un artista plástico, todos ellos, estudiosos de los fenómenos políticos, culturales y estéticos, que nos compartieran sus puntos de vista en torno a la pandemia del Covid-19, en una mesa virtual de reflexión. El resultado es un pensamiento a varias voces que nos advierten de los efectos negativos de la comunicación, pero también de cómo está operando bajo la forma de dispositivo de plausibilidad para que nuestra sociedad no sucumba al encanto de los difíciles tiempos que se viven en esta hora cero del mundo.

            Octavio Moctezuma es artista plástico. Su obra se ha presentado en más de 80 bienales nacionales, internacionales y exposiciones colectivas. Actualmente colabora como responsable del intercambio artístico-científico en el programa de Arte, Ciencia y Tecnologías de la UNAM y la Secretaría de Cultura Federal. Rafael Vázquez García es profesor titular de la Universidad de Granada, España, adscrito al Departamento de Ciencia Política y de la Administración. Ángel Octavio Álvarez Solís es profesor-investigador de en el Departamento de Filosofía de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

Revista Metapolítica: ¿Qué rol juega el miedo y la angustia como motor de la sociedad actual?

Octavio Moctezuma: El sistema nervioso tiene un mecanismo que se dispara frente a una amenaza que prepara al organismo para la lucha, la huida ó la parálisis como defensa. Este tipo de respuestas varían mucho entre las personas y las situaciones a las que se enfrentan, dependiendo de las herramientas con las que cuentan, capacidad de reacción, preparación, etcétera. Cuando una situación de peligro se prolonga, genera un estrés constante que deteriora tanto las funciones corporales como las capacidades cognitivas y de toma de decisiones.

El miedo y la angustia a nivel social aumentan el sentido de vulnerabilidad y la pérdida de confianza en las instituciones, en las empresas, la economía y los gobiernos, su manipulación en el corto plazo puede ser útil, pero a la larga puede ser altamente contraproducente.

Rafael Vázquez García: El miedo es uno de los principales motores de la historia. La mayor parte de las propuestas ideológicas de cambio han tenido como materia prima una reacción defensiva frente a algún cambio inminente, real y establecido, o tal vez solo imaginario, pero compartido o instigado colectivamente. Así se forjaron la mayor parte de los movimientos contrarrevolucionarios y, claramente, la totalidad de las propuestas nacionalistas. Lejos de otorgar a otros elementos como el orgullo, la común pertenencia o el interés colectivo, las propuestas actuales de extrema derecha tienen en el miedo el principal lubricante, altamente inflamable por otro lado, de su ideario.

Judith Shklar lo dejó escrito en El liberalismo del miedo. De lo que se trata no es de hallar principios de justicia que permitan la convivencia, sino de gestionar el miedo siempre presente e irreductible de los gobernados. Se trata de una acción gubernamental reactiva frente a los temores y una actuación de mínimos centrada en “gobernar” en la mayor medida de lo posible las angustias e incertidumbres de todo tiempo. Bauman lo había presentado en múltiples ocasiones desde Modernidad y holocausto a Tiempos líquidos y en su casi testamentario Extraños a la puerta. Más recientemente Martha Nussbaum ha titulado uno de sus últimos trabajos como La monarquía del miedo.

Las sociedades contemporáneas ya estaban infectadas de virus sociales antes de la llegada del virus. De forma más específica, el retorno al esencialismo nacional ha venido presentando la diferencia y la disidencia en términos de patógenos sociales y, con especial énfasis, la figura del otro ha venido siendo la antesala del Covid-19 actual.

Ángel Octavio Álvarez Solís: El miedo es fundamentalmente una pasión política. Una pasión que, como enseñó Hobbes en el siglo XVII, puede ser un instrumento disciplinador de las conductas, un afecto que puede producir un efecto civilizatorio. En dosis precisas y con el control psíquico adecuado, el miedo permite a la especie estar alerta de los peligros que le circundan y, por tal motivo, evitar la aceleración de la catástrofe, sea de origen civil o natural. Sin embargo, como toda pasión política, el miedo no está exento de usos y abusos por parte de los órdenes políticos para producir un modo de subjetividad escindida, una estructura de existencia precaria. Precisamente, en De Cive —uno de los libros que Hobbes escribió por motivo del miedo a morir—, el filósofo inglés argumentó que el miedo recuerda al individuo lo que realmente le importa y genera en él un sentimiento compartido de huida y precaución, de toma de distancia adecuada para no morir: “es propio del miedo no sólo la huida, sino también la desconfianza, la precaución y las medidas para no temer” (Hobbes, De Cive, 1. 2). Por lo tanto, el miedo es una pasión civilizatoria en la medida que permite tomar distancia del peligro y crear un orden que asegure, como condición mínima de existencia, la vida de los individuos. El problema con lo anterior es que los humanos no se contentan con sobrevivir, salvo en condiciones de peligro extremo. Al mismo tiempo, el miedo como pasión arquetípica supone una antropología negativa de la especie: la idea que el ser humano es un peligro para sí mismo, incluso para el planeta. La política aprovecha estos supuestos exacerbados para justificar un control absoluto sobre los individuos, sobre sus cuerpos y sobre sus imaginaciones. El problema, entonces, es el exceso de miedo, el miedo desmedido, el miedo como ficción, el miedo que deja de convertirse en precaución para convertirse en pánico, en angustia.

La angustia, como ya explicó Freud, causa la represión y la sensación de que el peligro está en el interior, como un virus. La angustia es el fin de la política.

Revista Metapolítica: ¿Qué influencia tienen los medios de comunicación y en general el régimen de comunicación, incluidas las redes sociales, en la formación de las percepciones y en el despliegue de las distintas y contrastantes realidades que el fenómeno del Covid-19 manifiesta, no obstante que algunas de éstas últimas pueden ser falsas?

Octavio Moctezuma: Lo que está generando la pandemia del Covid-19, además de la incertidumbre, es un alto grado de confusión debido al manejo de la información en los diferentes medios. Las fuentes más confiables son las publicaciones científicas especializadas en cuestiones de salud pública y epidemiología como The Lancet, el New England Journal of Medicine, etcétera, que son pocas veces consultadas fuera de los círculos académicos.

En buena parte de los medios de comunicación lo que prevalece es la opinión, carente de fundamento, sobre como abordar el problema.

Una de las pocas gobernantes con formación científica es Ángela Merkel, de ahí que su discurso sea mesurado y objetivo, mientras que el de la mayoría ha sido errático, con cambios drásticos de opinión, inoportunos, con reacciones tardías e ineficaces. En el ser humano la ira, la negación, las delusiones, han venido a sustituir a la lucha, la huida y la parálisis. Los políticos y los comunicadores, qué ahora somos todos gracias a las redes sociales, contribuimos inexorablemente al caos informativo, reaccionando cada individuo a su manera. En las cuarentenas históricas, lo que privaba era el aislamiento en todos los aspectos, ahora, es un aislamiento comunicativo a través de las redes y medios de comunicación. Seguramente la oferta cultural y de entretenimiento se ha disparado, pero también la violencia intrafamiliar, la depresión, el alcoholismo.

Rafael Vázquez García: Las posibilidades de un conocimiento directo de los acontecimientos son muy limitadas pese al incremento de las capacidades de movilidad que han ido concurriendo en el tiempo. En tiempos de confinamiento esta experiencia directa deviene minúscula por lo que la configuración de nuestro conocimiento y percepción de los hechos queda casi en exclusiva en manos de los medios de comunicación. El debate sobre las virtudes y riesgos que cada formato presenta es prolijo y no merece ser más considerado en esta breve intervención, pero parece claro que las promesas de democratización de la interconectividad virtual presentan no pocas trampas. En primer lugar, muchos de los formatos de las redes sociales virtuales no se idearon para presentar información ni mucho menos conocimiento. Tampoco presentan mecanismos idóneos para una deliberación factible. Se trata más bien de lo que denominaría formatos de colisión, pensados para el enfrentamiento acrítico, no ya de ideas, sino de meras posiciones o suposiciones. En segundo lugar, las redes sociales son ideales para el pensamiento autorreferencial, esto es, aquel que de forma unívoca cimenta nuestras propias posiciones sin presentar puntos de vista alternativos. En tercer lugar está el acceso telemático cuasi universal o, al menos bastante extendido y muy mayoritario en algunas zonas del planeta, a la participación directa del sujeto en el pretendido debate. Este hecho pudiera verse como una revolución en el ensanchamiento del demos participativo, en la idea de que “incluso un pueblo de demonios” tiene el derecho al acceso inmediato a la arena pública. Sin embargo, este planteamiento contiene no pocas reservas que exceden las diatribas clásicas en torno a las posibilidades de las teorías participativas de la democracia. Los sujetos en las redes sociales se encuentran ilusoriamente y falsariamente en un ágora que no es tan pública ni abierta ni mucho menos igualitaria como cabría pensar. El control de la redes es más que un evidencia, no sólo en lo concerniente al uso de datos privados con fines mercantilizadores, sino también en manejo y selección de qué temas y cuáles no son objeto de “debate” o, como ya se ha comentado, de mera colisión. Last but not least, está la cuestión de la utilización ideológica de la red por parte de las propuestas más reaccionarias para quebrar cualquier consenso social anterior. La voladura no controlada que se pretende de muchos consensos sociales y constitucionales cuenta con todo un ejército a sueldo de fabricantes de bulos, tergiversaciones, mentiras e insultos.

Ángel Octavio Álvarez Solís: La “realidad” no existe más. La realidad, como una experiencia perceptual compartida, lleva ya tiempo en que dejo de ser un problema de epistemólogos. La realidad es un medio. La realidad es un efecto tecno-estético de los medios, las percepciones sociales y las modulaciones del interfaz: pantallas, redes y mensajes de celular que operan como índices de realidad. Por esta razón, los medios de comunicación no influyen en la realidad ni la representan ni la codifican. La realidad es tal como aparece en los medios, en los soportes, en los aparatos. Existen tantas realidades como medios. No existe más la realidad en sí. Esta consideración no implica que vivamos en una sociedad simulada o una sociedad del montaje como pensaron muchos teóricos años atrás. No estamos en un caso de “posmodernismo epistémico”. Por el contrario, existe una mayor intensificación de lo real sólo que articulado técnicamente.

El gobierno político del Big Data supone que somos, tal como nos ofrecemos digitalmente. La política es, como en tiempo de Aristóteles, producción de narraciones, imágenes y expectativas.

Por ello, para el ciudadano promedio, tiene el mismo efecto de verdad una fake news que un hecho científico con fuentes confiables: la ciencia hace mucho que perdió la legitimidad social que antaño disponía y la política lo sabe; la política aprovecha esta situación y construye un orden simbólico basado en la construcción de historias, con mayor o menor grado de verdad. Por lo tanto, la relación entre la política y los medios —particularmente de las redes sociales— recuerda mucho esos programas de detectives en que se “inventan” las escenas del crimen y, al final, no sabemos mucho ni quién fue el asesino ni por qué los inocentes siguen en la cárcel. Quién sea el “asesino”, la política o las redes, nunca podremos saberlo.

Revista Metapolítica: ¿Será posible que se pueda hablar de una profecía biopolítica auto-cumplida que se vuelve realidad con la aparición de un fenómeno como el Covid-19?

Octavio Moctezuma: La actual pandemia del Covid-19 era algo temido por los sanitaristas desde la gripe española de 1918. Ha habido varias alertas como el ébola, la gripe aviar, el dengue, incluso ya se consideran epidémicas enfermedades no contagiosas como la obesidad y la diabetes. Si bien, siempre ha habido epidemias, esta tiene la característica de que su principal medio de propagación inicial a nivel mundial fueron los aviones y los cruceros, lo que permitió su globalización en unos cuantos meses, provocando el cierre de fronteras y favoreciendo el control migratorio. Internamente en los países se están dando diversos modos de control cívico, un big brother biopolítico donde no sólo la autoridad, si no también los civiles controlan la libre circulación.

Rafael Vázquez García: El confinamiento es presentado como una situación absolutamente excepcional y novedosa. Y ello es así en gran medida debido a que sólo una pandemia extiende la fragilidad de una manera más “democrática” entre el conjunto de la población sin distinción aparente de edades, ubicación geográfica, religión, creencias, lenguas o nivel de ingresos.

Cierto es que no todos los colectivos sufren o se enfrentan igual de cerca a las posibilidades de ser contagiado y, de nuevo, suelen ser clases populares encargadas de mantener los servicios básicos asistenciales (salud y alimentación sobre todo) quienes se exponen de una manera más cercana a la infección.

Pero lo realmente fuera de lo normal, extraordinario, es que haya conseguido detener o paralizar en gran medida el propio modo de producción, el sistema capitalista.

La idea sobrevenida en las últimas semanas de que estamos en guerra justamente pretende hacer coincidir las circunstancias actuales con las de un conflicto bélico armado, única posibilidad histórica anterior de suspensión parcial o total de las actividades (re)productivas. Nos resulta un momento único porque revierte y desafía la actividad esencial del capitalismo que es la compra-venta y obstruye el principio sacrosanto del liberalismo político de la libertad de movimientos. Sin embargo, existen y han existido muchas otras formas de confinamiento que no suelen ser tan reseñables y que han devenido igual o mayormente letales en el sentido más literal, pero sin embargo en ningún modo lesivas para la reproducción del orden biopolítico contemporáneo. Los controles fronterizos del flujo de inmigrantes y el confinamiento físico en campos de refugiados, centros de detención o eufemísticamente de internamiento, y que han venido afectando a un número infinitamente superior de personas que los del virus actual, han sido habituales y masivos en los dos últimos siglos y, de una manera especialmente virulenta, en los dos últimos decenios. Igualmente, la segregación racial ha concentrado no voluntariamente a una gran parte de la población en numerosos países en guetos y áreas poblacionales específicas. El confinamiento más o menos amable, más o menos desgarrador, de parte de la mitad de la población mundial en espacios domésticos predeterminados y en roles designados en conjunción con una violencia física extrema en muchos casos, ha producido igualmente ya más decesos a lo largo de la historia que el conjunto imaginable de muertes por Covid-19.

Ángel Octavio Álvarez Solís: Las profecías auto-cumplidas nunca se han ido de nuestra experiencia colectiva. El imaginario occidental tiene una estructura profética inevitable. Es más, sin profecías, la política y la vida humana como ampliación de expectativas no serían posibles. Lo que cambió es la forma en la que tales autoprofecías organizan los modos de existencia. Cuando el sociólogo Robert Merton planteó la noción de profecías autocumplidas o profecías autorealizadas partió de la idea de que existe una definición “falsa” de una situación y esa “falsa concepción” conducía a producir una situación verdadera. Es decir, Merton partía de una confianza epistemológica en la que, si una situación es definida como real, entonces tal situación tiene efectos reales. Pero esto se acabó. Ya no tenemos escenarios dónde lo falso sea transformado en verdadero. Ahora puedo ocurrir lo contrario: situaciones verdaderas percibidas como falsas. La razón sociológica de esto es que existe una desconfianza, cada vez más acrecentada, en las autoridades políticas, científicas y epistémicas. Nadie está dispuesto a decir que mucho de lo que creemos verdadero está organizado bajo el principio de lo falso. Todo mundo parte de que es mentira que la verdad nunca se sabe. La desconfianza en la autoridad es tal que, sin importar los hechos, las fuentes o los argumentos, el ciudadano sospecha que algo está mal y, por ende, que alguien lo está engañando. Por este motivo antropológico tienen tanto éxito las teorías de la conspiración. Cada uno tiene su propia teoría de la conspiración porque, por primera vez, creemos que somos dueños de una verdad irrebatible. Arrogancia epistémica. En tal caso, fenómenos como la pandemia mundial del Covid-19 incrementan nuestras pulsiones proféticas, las elevan al tono apocalíptico y, por supuesto, producen una sensibilidad milenarista digna de cualquier gnóstico medieval. Quizá, sin querer hacer profecías, la política y sociabilidad por venir dependa de una guerra de autoprofecías, de un conflicto por acelerar o ralentizar las autoprofecías hegemónicas. Lo anómalo, lo distinto, respecto de otras autoprofecías históricas es que, finalmente, estamos viviendo profecías sin profeta, profecías dónde no sabemos quién toca y para qué las trompetas del apocalipsis.

Revista Metapolítica: ¿Cómo calificar a los intelectuales, periodistas y especialistas, que hacen de la pandemia un espacio de exhibición de sus propios intereses?

Octavio Moctezuma: A río revuelto, ganancia de oportunistas, es lo que favorecen las crisis. La pandemia a la larga va a generar otra normalidad. ¿Cuál va ser? Imposible todavía de predecir a estas alturas, pero podemos especular a que las consecuencias políticas en términos de controles migratorios van a ser mucho más estrictas y excluyentes, cambios en la economía, patrones de consumo, estilos de vida, etcétera, se van a ver alterados. Considero que es el momento de empezar a plantear planes y programas a nivel mundial para establecer un nuevo orden económico, menos acelerado, que le permita dar un respiro al planeta, ya que la amenaza de este tipo de pandemias y otros fenómenos relacionados con el cambio climático, no van a desaparecer.

Al menos de que surja una vacuna, la pandemia no se va a disipar rápidamente. Debido a su propagación a mundial, el control va a resultar sumamente complejo y se van a necesitar acciones coordinadas entre la mayoría de lo gobiernos del orbe, algo sobre lo que todavía no se está hablando. Tiene que surgir un nuevo pacto, un nuevo orden internacional, los medios de comunicación y los políticos aún no lo ponen sobre la mesa de discusión. Volver a la normalidad anterior sería un error; es la oportunidad para plantear soluciones para mitigar la desigualdad, la contaminación, el calentamiento del planeta, el impacto negativo que la actividad humana ha producido en la naturaleza y que se está volviendo en contra nuestra. Algo tenemos que aprender de esta experiencia, de lo contrario, el futuro deparará fenómenos similares que afectarán a millones irremediablemente. Es hora de toma de conciencia y reflexión para provocar un cambio en aras del bien común. La responsabilidad es de todos.

Rafael Vázquez García: Tal vez la historia hoy presentada por los medios resulta más impactante y omnipresente porque ha extendido el riesgo, la fragilidad, el miedo a la inmensa mayoría de la población, a un nosotros y no en exclusiva a un ell@s como venía siendo habitual. Y en un segundo momento, lo alarmante y exclusivo del momento, y así viene siendo presentado públicamente, es que la extensión del virus ha conseguido perforar y taladrar parte de las estructuras básicas del sistema productivo.

Ángel Octavio Álvarez Solís: La aparición del Covid-19 es un acontecimiento sin un afuera. Un acontecimiento negativo, catastrófico, incapaz de producir fidelidad o emancipación, como definió Alan Badiou al acontecimiento. En este sentido, nadie está a la altura del acontecimiento. Nadie puede apropiarse de algo que, por definición, es inapropiable, indistinguible, in-metaforizable. Lo interesante es que muchos intelectuales, filósofos, opinólogos y blogueros de ocasión han producido una “escritura de la catástrofe”. Este ejercicio de escritura, en tal caso, es una traición deseable, una petición de principio sobre lo que es mejor guardar silencio y no sacar ventaja de la premura de presente. Por esta razón, una interpretación “optimista” es que la pandemia y los nuevos soportes de escritura han permitido la aparición de una “opinión pública mundial”: cualquiera puede leer a Žižek, Agamben o Butler y “replicarles” o “discutirles” sus disparates filosóficos en sus onanistas muros de Facebook. En cambio, en una interpretación menos confiada, más pesimista, el Covid-19 ha permitido mostrar el lado más mezquino de la república de las letras. Cualquier periodista o especialista —“intelectual” no porque esos murieron con el siglo XX— asume el derecho a la palabra última, el derecho a la interpretación definitiva y, por consiguiente, aprovechan rápidamente para poner en escena sus agendas de discusión, como si el mundo sólo estuviese interrumpido temporalmente.

Vivimos en una sociedad de la exhibición, pero existen exhibiciones de todo tipo: voyeristas, neuróticas, mezquinas, piadosas o incluso altamente ávidas de exigir una demanda histérica de reconocimiento. La república de las letras pasó de ser una jungla contenida a un espectáculo piadoso, como si se tratase de poner en escena quién es el o la más lista, el o la más enferma, el o la más sensible. Esto ha permitido que tanto en la derecha como en la izquierda acontezcan nuevas figuras que, por amor analítico, me atrevería a denominar como “reaccionarios sin comunismo” y “neoliberales de izquierdas”. Los primeros utilizan la pandemia para crear un nuevo enemigo político basado en la crisis representacional de la izquierda tradicional. Estos “jungerianos con sotana” pontifican el fin del mundo como muestra de un saber amo, un “se los dije” y “no me escucharon”. Los segundos, los “neoliberales de izquierdas”, emplean las demandas sociales para obtener un beneficio propio, utilizan el vocabulario emancipatorio y las preocupaciones legítimas de la carencia para obtener una renta de sí. Estos “lukacsianos de Iphone” obtienen plusvalor académico en nombre del proletariado, las mujeres o cualquier comunidad indígena, sin abandonar, por supuesto, su condición intelectual. Por lo tanto, quizá no estemos frente a un “odio a los filósofos” —como sugirió recientemente la prensa argentina—, sino en algo más modesto: atreverse a decir algo del acontecimiento como una salvación de sí. Escribir para sobrevivir, escribir para llevar el confinamiento, escribir para acercarnos con nuestros cercanos, escribir para no (sobre)salir.

Finalmente, debemos estar alerta de que ninguna interpretación triunfe, mucho menos las nuestras, ni la de los fascismos realmente existentes ya que, como saben los lectores de la Edad Media, la hermenéutica como salvación de las almas activa los dispositivos apocalípticos y, por extensión, acortan el tiempo de salvación. Para concluir: evitar una sobredeterminación comunicativa permite un poco de salida al acontecimiento, pues tiempo es lo que necesitamos. El tiempo debe ser nuestro amigo. Modulemos nuestras fantasías hermenéuticas, pues como explicó Hans Blumenberg, en La inquietud que atraviesa el río: “hay demasiadas personas que creen haber hallado el sentido de su vida salvando a los demás como para desistir ante la idea de hacerles creer que están perdidos”.

Be first to comment