La pandemia del Covid-19: pensar al Estado en un marco de incertidumbre y complejidad

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Pablo Bulcourf

Pablo Bulcourf

Pablo Bulcourf y Nelson Cardozo*

 

A modo de introducción

Fines de 2019. Empezaron las lejanas noticias de la propagación de una nueva neumonía provocada por un virus en la —para muchos desconocida— ciudad china de Wuhan, en la provincia de Hubei. Al comienzo fue una anécdota que esparcía esporádicamente los noticiarios, pero fue incrementando su presencia en los medios como una bola de nieve. En la primera semana de enero se identifica esta nueva variedad de coronavirus, se reportan las primeras muertes en China, el primer caso en Estados Unidos, más tarde en el continente Europeo. A inicios de febrero se alcanza la cifra de 500 personas fallecidas.

Este dominó que va in crescendo acelera la iteración en la prensa. Para la ciudadanía de los países latinoamericanos es visto como algo lejano que causa cierta tranquilidad por estar del otro lado del mundo. Algunos incluso bromean con chistes que refuerzan estereotipos sinofóbicos. A comienzos de marzo se empiezan a registrar los primeros casos en la región y se desata la alarma al calor de la crítica situación que ya se ha disparado en Italia y España. Es en este momento cuando los gobiernos comienzan a tomar medidas. El tercer mes del año ya no deja lugar para otras noticias, y así como una tormenta inesperada y furiosa el mundo de un instante a otro se encuentra en animación suspendida. Toda la movilidad, la actividad económica, es reducida a actividades esenciales, y los ciudadanos de la mayor parte del globo son sometidos a un estricto aislamiento domiciliario. Estas son algunas de las notas de la rapsodia de eventos que explotaron de la caja de la pandemia generada por el Covid-19.

Nelson Cardozo

Nelson Cardozo

¿Cómo podemos reflexionar en torno a este nuevo fenómeno con cierta fecundidad? En primer término es menester mencionar que una correcta reflexión de los hechos sociales, siempre requiere una doble distancia: por un lado, temporal para apreciar con cierta claridad el devenir los acontecimientos, y por otro lado, observacional, dado que una correcta vigilancia epistemológica es necesaria para hacer reflexiones más panorámicas, que muchas veces es complejo hacer “durante la marcha” sin caer en descripciones que lindan con un análisis político de escaso valor científico. En segundo término, existe una gran incertidumbre en torno a la naturaleza y alcances del proceso. Así pues, encontramos una maraña de valoraciones que hacen futurologías de lo más disímiles en voces de los falsos profetas de la postpandemia (Waisbord, 2020). Algunos preludian el momento del inicio de la Historia (con mayúsculas que profesaba la Ideología Alemana) de la comunidad socialista que inaugurará la caída del capitalismo, hasta encontramos a quienes pronostican la profundización de una sociedad totalitaria del control que instalará en forma definitiva un modelo al estilo de la China comunista que nos remite a la película Con V de Vendetta; mientras que otros con una mayor cautela se circunscriben a ver la capacidad de respuesta los gobiernos, los impactos económicos en el mediano plazo o las implicancias epidemiológicas de estos sucesos. Tercero, se debe remarcar que existe una multidimensionalidad del este proceso que estamos atravesando, dado que la principal variable que urge a los Estados a tomar medidas es la globalización de la problemática. Esta temporalidad más arriba descripta tuvo como tónica el hecho que la pandemia ocasionada por el coronavirus estuvo marcada por una velocidad al ritmo de la enorme movilidad de nuestros días —producto de las rutas y flujos de las personas— como así también el entrelazamiento y transnacionalización de los procesos productivos. Esto dejó poco margen a los líderes mundiales para intentar permanecer por fuera de esta problemática. Incluso, el aislamiento como respuesta natural frente a la expansión de las infecciones trae otras implicancias. Finalmente, y vinculado al punto anterior, al ser un issue tan poliédrico y con tantas aristas cualquier “ficha que se mueva”, se escurre al cálculo que una planificación racional intente resolver. Recurrir a la experiencia comparada, que en ciencias sociales y acción pública siempre puede prestar marcos cognitivos y derroteros de programas en suelos más sólidos, es algo que difícilmente es posible realizar en este escenario, en virtud que la situación actual es una “noticia en desarrollo” que en algunas latitudes se encuentra apenas un poco más avanzadas. El largometraje —que parece tener varios rollos de película— recién ha comenzado.

La naturaleza del problema: la pandemia

Los problemas públicos son esencialmente “construcciones sociales” (Edelman, 1991). Esto quiere decir para que sea considerada como una situación frente a la cual las autoridades tienen que hacer algo (Oszlak y O’Donnell, 2007; Roth-Deubel, 2010; Subirats, 1990) deben darse ciertos procesos que se conocen como “publicitación” o “problematización”. No discutiremos sobre la naturaleza de los problemas pero acordamos que estos pasan diversos filtros para poder cobrar estado público y convertirse en algo que requiere atención y respuesta de los gobernantes. Esto es muy contingente, varía de sociedad en sociedad, y escapa cualquier ponderación racionalista que se pudiera hacer. En primer lugar, porque se suele afirmar la resolución de cuestiones por parte de los Estado implica movilización de recursos (políticos, tecnológicos, financieros y logísticos) que son finitos para abarcar infinitas demandas.

No existe ningún gobierno capaz de resolver la totalidad de problemas planteados por una sociedad, razón por la cual se deben dar prioridades.

En el contexto actual podemos una centralidad de las agendas gubernamentales de la cuestión sanitaria vinculada a la pandemia originada por el Covid-19, con una movilización de recursos nunca antes vista, que sorprende por la univocidad en el tratamiento de la temática. Claramente, se advierten que este énfasis en la cuestión sanitaria “descuida” un montón de otros aspectos. Esta fuerza y polifonía gubernamental para atender la pandemia por coronavirus puede pensarse a partir de diferentes aristas. En primer término, ha eclipsado y supeditado todos los diferentes temas de agenda (las otras epidemias, la salud en general, la economía, la educación, la cultura, el turismo, la producción, entre muchos otros fuegos que atienden las administraciones “pueden esperar”). Esto sin lugar a dudas nos recuerda a los grandes momentos de excepción de la historia, como lo suelen ser las guerras. Tendríamos que retrotraernos setenta años para poder ver un estado de movilización total similar como lo fue la Segunda Guerra Mundial. Solamente recordar los esfuerzos que desembocaron en saltos tecnológicos (entre los que podemos nombrar la cabina de avión presurizada, la penicilina, la energía nuclear, el caucho sintético, las computadoras) o la proeza militar de los dos millones de soldados que desembarcaron en Normandía en 1944, nos habla de la acción conjunta de gobiernos, civiles, científicos, industriales de varios países al mismo tiempo. La actual coyuntura parece que nos coloca frente a una amenaza mundial que amerita una acción coordinada, y no solo ello.

El coronavirus es un problema más global que nunca. Esto puede vislumbrarse en varias dimensiones. Primero, sacudió la principal potencia económica del plantea en un contexto de enorme interconexión y transnacionalización de los procesos productivos. No encontramos manufactura de mediana complejidad en su elaboración que implique cadenas de producción globales. Por ello, el “parate” chino a raíz del confinamiento al que fue sometida su población significó ya de por sí una recesión a escala global.

Segundo, a nivel epidemiológico existe mayor movilidad de personas que en otro momento de la historia. Tradicionalmente los sujetos nacían y permanecían toda la vida en el mismo lugar. Hoy en día vemos grandes sectores de la población que se trasladan de un lugar a otro por diversos motivos (migraciones, turismo recreativo, negocios, política, estudios, eventos científicos, por nombrar algunos). Los vuelos que salieron de China —hoy en día el nuevo “centro del mundo” — diseminaron la enfermedad a escala global a semanas de su aparición. Esto es posible debido a que el traslado en avión que se utiliza para recorrer las grandes distancias es mucho más veloz que las antiguas caravanas o los barcos. Recordemos que la gran pandemia de la peste negra que diezmó la población matando a 200 millones de personas, es probable que se haya originado en Asia Central. Luego se extendió por la Ruta de la Seda hasta llegar a la península de Crimea donde desde la colonia genovesa de Caffa viajó en los barcos mercantes alojada en las pulgas de las ratas. Estas travesías tardaban semanas. Sin embargo hoy es posible cruzar de un punto del planeta a otro en 12 horas.

Tercero, existe una mayor interdependencia entre los Estados. La idea de soberanía que rezaba el concepto de Estado-nación, en nuestra coyuntura actual está en una transformación hacia nuevas formas de poder global descriptas como una “neomedievalización” (Held, 1997), el “Estado impotente” (Castells, 1997) o más recientemente como “Estado en crisis” (Ramió Matas, 2017) y hace apenas unos días el “Estado exponencial” (Oszlak, 2020). Esta idea nos sugiere, en principio que los gobiernos tienen menos margen de acción para tomar decisiones y lo hacen condicionados por la influencia de otros actores estatales, que pueden ser nacionales, supranacionales (bloques regionales y organismos multilaterales), subnacionales (estados regionales y locales) y no estatales (grupos de presión, empresas u ONGs) que generan reacomodamientos y respuestas a las medidas tomadas por las administraciones.

Así, se habla que la interdependencia hace que este problema sea una amenaza global que no puede ser abordada por un solo Estado-nación. Para ejemplificar esta argumentación, podemos decir, que poco efecto genera combatir al brote de la epidemia por parte de un país y encerrarse en una frontera si el país vecino no ha tomado ninguna medida frente al crecimiento de la pandemia puertas adentro. Indefectiblemente la expansión de la enfermedad en el país lindante será una amenaza para el propio Estado y requiere más que nunca acciones concertadas y coordinadas dentro de un marco interinstitucional.

En este sentido, quién ha dado más “autoridad”, proporcionando evidencia, legitimidad, y sugiriendo cursos de acción ha sido una nueva suerte de “chamán” moderno que es la Organización Mundial de la Salud.

Básicamente todo el proceso giró en torno a los diagnósticos que esta institución irradió desde Ginebra al orbe: la nominación del virus, la prescripción de tratamientos y cursos de políticas. Esto construyó audiencias expectantes en todo el mundo, que son amplificadas desde los medios masivos de comunicación, y al mismo tiempo evalúan a los Estados en gradientes de acuerdo a cuán buenas son las medidas que tomaron frente a la pandemia y sus resultados. Como corolario, la legitimidad y retroalimentación de las políticas en un contexto de enorme “saturación informativa”, efectos laterales de las políticas, y pánico a raíz de la pandemia en los habitantes, queda en manos de este organismo. Esto transnacionaliza todavía más la problemática del coronavirus, ante públicos perplejos que se preguntan por qué de cara a la evidencia del escaso número de muertes —comparado con la aterradora cantidad de fallecimientos de todas las pandemias de la historia anteriores, algunas en curso como el VIH que se cobró 35 millones de vidas—, o todo el abanico de enfermedades que deben atender los recursos públicos, es tan relevante focalizar todas las actividades humanas a la “guerra contra el Covid-19”. Si algún hereje duda, los medios audiovisuales no dudan en llevar a algún sacerdote sanitario de la OMS a la pantalla, para que nos evangelice sobre el “colapso sanitario” como nuevo Armagedón y de “aplanar la curva” como nuevo sacramento.

Esto es reforzado por los medios de comunicación. En simultáneo, la televisión nos lleva (virtualmente) a Guayaquil, Bérgamo o Nueva York con sus enterramientos masivos como visiones filmográficas de El Triunfo de la muerte de Pieter Brueghel el Viejo, las cuales nos llenan de espanto, y abrazamos la fe a la OMS como camino a la salvación de los cuerpos y las almas. La gravedad de la pandemia como problema es amplificada entonces por los medios de comunicación, en lo que podemos llamar “epidemiología mediática”, donde meros presentadores de televisión se convierten en pastores de la salvación diciendo a los fieles que hacer para combatir la crisis.[1] Reiteran los consejos de los especialistas, difunden información vital, pero muchas veces, lejos de dar conocimientos útiles para la población se focalizan en la parafernalia de la muerte como espectáculo.

Así, podemos ver que gran parte de los atributos del problema son definidos por los medios de comunicaciones globales y actores por fuera de los Estados-nación. En este mundo globalizado los gobiernos no tienen más remedio que sumarse a los autos de fe de la Organización Mundial de la Salud, y combatir las herejías negacionistas que se han visto personificadas en las declaraciones de Bolsonaro y Trump.[2]

La acción pública frente a la crisis. ¿El Estado impotente o el resurgimiento del Leviatán?

Los gobiernos han decidido y puesto en marcha medidas contra la pandemia con una novedosa agilidad. Los Estados del mundo demostraron que lejos de ser “obesos”, “lentos”, “paquidérmicos” como eran vistos por la sociedad, están más atléticos y musculosos que nunca. No solo tienen la capacidad cardíaca para correr con velocidad, sino que poseen la fuerza necesaria para implementar las decisiones gubernamentales. Hace media hora, las administraciones públicas se encontraban empantanadas entre un enjambre de demandas de la sociedad, una reticente opinión pública que las miraba con ojos recelosos, unos políticos que dentro del juego democrático debían someter a largos procesos de consultas y negociaciones con los involucrados las decisiones sobre los problemas públicos, burocracias anquilosadas y autorreferenciadas a espaldas de la ciudadanía, y grupos de presión que siempre manifestaban su descontento frente a los outputs estatales.

En pocas semanas nuestros gobiernos han dejado a la “ciudadanía recluida”, y pusieron en marcha una serie de medidas con inusitada capacidad.

Como no hay vacuna contra el coronavirus la respuesta para “aplanar la curva” ha sido el hashtag #QuedateEnCasa- #FicaEmCasa, que hasta han tomado las publicidades como algo bueno y solidario. El heroísmo pasivo y el aislamiento se han convertido en virtudes cívicas en tiempos del coronavirus. Claro que no todo es una publicidad de un aplicativo de pedidos a domicilio con un precarizado repartidor sonriente: la contracara de este confinamiento es el aumento de la faceta coercitiva del Estado y un mayor control social. Los líderes decretaron el “Estado de alarma”, “Aislamiento social obligatorio” o “Estado de Sitio”. La excepcionalidad de una guerra contra un enemigo invisible ha llevado a los gobiernos a tomar políticas que restringen libertades civiles. Se castiga con multas y causas penales a los ciudadanos que no acaten las medidas del aislamiento social. De la panorámica de Latinoamérica vemos que hay dos aspectos que se reforzaron. Por un lado, se restringió la libertad de movimiento: 14 países de la región dispusieron el confinamiento obligatorio y 19 cerraron totalmente las fronteras. En algunos casos las autoridades locales incluso han puesto limitaciones a la circulación interna entre regiones, estados y provincias, lo que ha traído un sinnúmero de complicaciones a la vida de las personas. Por otro lado, esto estuvo acompañado con un cierre comercial de los países, ya que se limitó el ingreso de mercaderías interrumpiendo el flujo del comercio exterior con sus consecuencias económicas para la población. A continuación, se revistan las medidas tomadas por los países latinoamericanos.

Esto generó un fortalecimiento del Leviatán (Sain, 2008). El ejército realizando tareas de logística, las fuerzas de seguridad haciendo controles en rutas y pasos fronterizos, salvoconductos que nos recuerdan a las situaciones bélicas, ciudadanos varados que no pueden regresar a su país, son parte de las postales que decoran los noticiarios de la región. Para poner en marcha todas estas medidas se debió “despertar” a las desprestigiadas fuerzas armadas y policías de la región, que ahora juegan un rol fundamental en la lucha contra la pandemia. Al mismo tiempo, les sacó el polvo a autores nunca olvidados como Foucault, quien ahora nos proporciona lentes para ver estos nuevos contextos de “encierro” y “vigilancia” (Foucault, 2006 y 2018).

Mientras los ciudadanos están confinados aparecen formas de control civil por parte de los “buenos ciudadanos” que filman y suben a las redes sociales cómo sus vecinos violan el aislamiento obligatorio.

Hechos que llevan a Instagram, Facebook o Twitter escenas interpretadas por la encargada de edificio de un país fascista de entreguerras, tal y como puede rememorarse en películas de denuncia como Sostiene Pereira de Roberto Faenza, o Un día muy particular de Ettore Scola. El terror como justificación del estado de excepción y aumento del control social plantean preguntas a nuestras “erosionadas” democracias contemporáneas que parecen estar siendo seducidas por modalidades de dominación de la esfera pública que van en contra de la libertad individual. La vanguardia de este proceso son las flamantes tecnologías implementadas en China, las cuales recrean las fantasías imaginadas por la serie Black Mirror.

Las administraciones parecen haberse modernizado de súbito. Así como la Segunda Guerra Mundial fue la bisagra del mundo por sus adelantos en medicina, telecomunicaciones, energía nuclear, la crisis del Covid-19 parece ser la crisis que permitió a las burocracias acusadas de cortoplacismo y deformidad (Oszlak, 2020) dar el “salto” que la ciudadanía estaba demandando. A la espera y el hastío ciudadano le siguió una gestión proactiva y anticipatoria. Al calor de la fragua de la decisión política, se comprometieron recursos a gran escala como construcción de hospitales, políticas de crédito, puesta al pago de ayuda a afectados por la crisis por millones de la noche a la mañana. ¿Cómo lo ha hecho? El gran puente para realizar este cambio fue la telegestión o Estado digital. Como las oficinas públicas cerraron las puertas al público quedó en mano de los algoritmos para atender las solicitudes de los ciudadanos. Algo que reactualiza la “tensión” señalada por Weber entre una burocracia maquinal que por un lado democratizaría la vida de los ciudadanos, y por la otra augura la noche polar de la despersonalización (Weber, 1984 y 1991). Ahora, tras bambalinas, en sus casas, ayudados por internet y la conectividad que nos permitió a todos seguir comunicados, los burócratas digitales han podido implementar políticas a gran escala con una enorme celeridad y uniformidad. Solicitudes digitales de subsidio de desempleo, recetas médicas online, audiencias judiciales vía streaming, pago de servicios por homebanking, identificación de ciudadanos por tecnologías biométricas, han zanjado la tan esgrimida falta de orientación al ciudadano y escasez de capacidad de los servicios civiles. Este gran despegue a través de la inteligencia artificial es tal vez una herramienta para mitigar males endémicos de nuestras burocracias como el clientelismo y la corrupción, a mejorar la seguridad jurídica y el trato equitativo, a promover una mayor transparencia e inteligencia institucional y, finalmente, a prestar más y mejores servicios públicos (Ramió Matas, 2019).

Reflexiones finales

Al comienzo de este pequeño trabajo nos preguntábamos como llevar a cabo la construcción del conocimiento sobre un fenómeno reciente bajo un contexto social, político y económico marcado por la rapidez de la globalización. ¿Qué podemos decir al respecto? Los plazos más tradicionales de la investigación científica, solo servirán de epílogo a un fenómeno de esta envergadura. La necesidad de tomar decisiones políticas con extrema premura también presenta un desafío no solo para los gobiernos, sino para las burocracias públicas especializadas, y para el campo científico. Si bien en un primer momento pareciera un tema principalmente sanitario, nos damos cuenta que cruza como pocos todos los campos del saber, en donde se desdibujan las fronteras tanto en las disciplinas biomédicas como en las humanidades y ciencias sociales. La interdisciplinariedad es el elemento central desde la teoría del conocimiento.

Como científicos sociales en general y politólogos en particular, no podemos dejar de reflexionar sobre aspectos que hacen a la dimensión política y social de la pandemia y las políticas públicas que se han venido tomando desde su aparición y expansión (Bulcourf y Vázquez, 2004). La centralidad que ha vuelto a adquirir el Estado ha sido el principal eje catalizador de la toma de decisiones; el hacer o no hacer es el rasgo característico de estos tiempos. Las consecuencias inmediatas se perciben en la forma de diseminación, contagio, muertes y recuperaciones. También esto ha puesto sobre la mesa la política sanitaria existente en los principales países afectados; principalmente la articulación de la salud pública con los sistemas privados. En un primer momento podemos percibir una gran diversidad de modelos que ponen a evaluarse en su eficacia y eficiencia en tiempo record.

Si bien presenciamos un fenómeno global, el análisis parcial que estamos realizando no puede dejar de estar histórica y geográficamente situado. Lo universal se articula con lo particular y es interpretado a la luz de concepciones teóricas y metodológicas diferentes. Las dimensiones ontológicas y epistemológicas que solemos advertir en nuestros estudios siempre están presentes aunque la urgencia las esconda en lo implícito de los comentarios parcializados. Pocos momentos nos permiten contemplar las consecuencias directas sobre la vida de las personas de los enfoques disciplinares y las concepciones políticas e ideológicas, cumpliéndose la máxima de Alford y Friedland sobre el poder que ejercen las teorías (Lukes, 1990; Alford y Friedland, 1991).

Los aspectos filosóficos, éticos y teológicos cruzan este fenómeno y suelen sustanciarse en forma constante en diversas notas que circulan por la web y se reproducen en los celulares.

Es interesante ver la diversidad de lecturas y las proyecciones que realizan sobre el incierto mundo que devendrá con posterioridad a la pandemia. Estar frente al dilema de la vida y la muerte nos obliga a reflexionar sobre lo más profundo de la existencia humana.

Situarnos en América Latina, no deja de generar una gran preocupación adicional dada la enorme desigualdad existente en nuestras sociedades, marcadas por la pobreza y la exclusión. La enorme recesión productiva generada por la inactividad económica se suma como un nefasto amplificador de la emergencia social y la pobreza estructural. Los grandes conglomerados urbanos, y el hacinamiento en el que viven los más pobres se pueden convertir en un polvorín del horror. Como bien ha señalado en una reciente entrevista Rodrigo Zarazaga, donde al corona virus se le suma el hambre (Zarazaga, 2020).

Además, se generan dudas acerca del impacto que tendrá la pandemia dependiendo del régimen de bienestar y la estructura demográfica de cada sociedad. Los casos de China, Italia, España, Francia y Estados Unidos, se desenvuelven en países con un proceso de envejecimiento avanzado combinado con robustos sistemas sanitarios. Esto nos despierta alarmas sobre los posibles impactos en países como el Japón, con un gran porcentaje de sus habitantes dentro del grupo vulnerable. Por otro lado, el caso norteamericano mostró cómo el acceso limitado, la desarticulación y privatización de la salud fue una variable que impidió contener la pandemia, incluso con menos población anciana que los países de Europa del Sur.

En nuestras latitudes, América Latina se encuentra experimentando la segunda transición demográfica (Cardozo, 2019), pero encontramos una gran heterogeneidad en lo que respecta a la protección social. Los países de Centroamérica —a excepción de Costa Rica y Panamá— poseen regímenes de bienestar familiaristas con una escasa intervención gubernamental en la provisión de salud, por lo que la expansión de la pandemia en esa región podría acarrear efectos catastróficos. Lo mismo puede decirse de la situación venezolana que se encuentra en emergencia del sistema sanitario hace ya varios años. Los países de América del Sur poseen regímenes de bienestar más consolidados, tanto en su faceta liberal-privada (Chile y Colombia), como su variante estatal-mixta (Argentina, Uruguay y Brasil), pero las capacidades de respuesta de los sistemas sanitarios depende de cuestiones de decisión política y la articulación de los diferentes subsistemas. Por otro lado, una de las características que no debe dejarse de considerar es que Latinoamérica es la región más urbanizada del mundo, y por lo tanto en muchos contextos —como las villas miseria, invasiones, barrios, favelas o chabolas— el aislamiento social impuesto por las autoridades públicas es virtualmente imposible. Por ello, se debe tener especial atención sobre estas poblaciones, que son las más vulnerables.

Finalmente, no debemos olvidarnos una vez más de África. A pesar de poseer más de la mitad de su población menor de 15 años, sin infraestructuras básicas, con tugurios sin ningún tipo de saneamiento, y un acceso muy limitado al sistema sanitario, el Covid-19 puede ser otro azote más que se suma al VIH-SIDA, que golpea a los adultos en edad laboral, y que se podrían convertir junto a los escasos adultos mayores que posee en su estructura poblacional, en el grupo de mayor riesgo.

La pandemia y la situación de cuarentena tomada por la mayoría de los países, ha generado una enorme concentración del poder por parte de los Estados, algo que es comprensible por el escenario de emergencia, pero esto no deja de plantearnos el problema de la democracia y su gobernabilidad. En los últimos años hemos asistido al “malestar de la democracia” o como han denominado algunos especialistas cierta “erosión” de la institución y también de la cultura política que la sustenta (Levistky y Ziblatt, 2018).[3] Nuevas formas de liderazgo se van separando sigilosamente de este régimen político y sus mecanismos de resolución de problemas. El coronavirus puede incrementar estos rasgos autoritarios y fomentar el mesianismo político.

Las administraciones públicas se han visto obligadas a generar nuevas prácticas para el ejercicio de sus funciones básicas. En algunos ámbitos ya se estaban desarrollando mecanismos de “teletrabajo” como formas laborales más eficientes, lo que ahora se están transfiriendo a diferentes entidades de forma vertiginosa. Los sistemas educativos han acelerado la enseñanza virtual como un sustituto de la práctica áulica presencial.

La urgencia de la situación y la necesidad de tomar decisiones acertadas en contexto de enorme incertidumbre expresa como pocas la tensión entre la racionalidad técnica y la racionalidad política que ponen de manifiesto la complejidad del problema. A esto se le suman los valores contradictorios que se presentan en toda toma de decisiones de tal magnitud. Las consecuencias deseadas y no deseadas, como la imprevisibilidad del proceso son un rasgo que caracteriza a una sociedad del riesgo que se ha potencializado por la catalización que ha generado el coronavirus (Beck, 1998 y 2011).

Este es el presente, en donde los relojes de la historia se han acelerado como pocas veces. Hemos tratado de esbozar algunos de los problemas por los cuales atraviesan los Estados obligados a tomar decisiones de forma urgente. ¿Qué perdurará y que adquirirá un carácter revolucionario? El futuro pareciera tener otros temporizadores, donde el horizonte se proyecta marcado por la incertidumbre. Como nos diría Fellini… Y la nave va.

Referencias

Banco Interamericano de Desarrollo (2020), Impacto del COVID-19 en el comercio exterior, las inversiones y la integración en América Latina y el Caribe, Washington DC, Banco Interamericano de Desarrollo.

Alford R., y R. Friedland (1991), Los poderes de la teoría, Buenos Aires, Manantial.

Beck, U. (1998), La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad, Barcelona, Paidós.

Beck, U. (2011), “Convivir con el riesgo global”, en D. Innenarity y J. Solana, La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales, Madrid, Paidós.

Bulcourf, P., y J. C. Vázquez (2004), “La ciencia política como profesión”. PostData, núm. 4.

Castells, M. (1997), La era de la información: economía, sociedad y cultura, Madrid, Alianza.

Cardozo, N. (2019), “Os desafios da previdência social no mundo: uma polaroide desde América Latina”, Campos Neutrais-Revista Latino-Americana de Relações Internacionais, vol. 1, núm. 3.

Edelman, M. J. (1991), La construcción del espectáculo político, Buenos Aires, Manantial.

Foucault, M. (2006), Seguridad, territorio y población, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Foucault, M. (2018), Vigilar y castigar, Buenos Aires, Siglo XXI.

Held, D. (1997), La democracia y el orden global: del estado moderno al gobierno cosmopolita, Madrid, Paidós.

Levistky, S., y D. Ziblatt (2018), Cómo mueren las democracias, Ciudad de México, Ariel.

Lukes, S. (1990), El poder. Un enfoque radical, Madrid, Siglo XXI.

Oszlak, O. (2020), El Estado después de COVID-19, Conferencia del 1 de abril. Buenos Aires: Instituto Nacional de la Administración Pública. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=uH0DleKxRO4

Oszlak, O., y G. O’Donnell (2007), “Estado y políticas estatales en América Latina: hacia una estrategia de investigación”, en C. H. Acuña (ed.), Lecturas sobre el Estado y las políticas públicas: retomando el debate de ayer para fortalecer el actual, Buenos Aires, Proyecto de Modernización del Estado.

Ramió Matas, C. (2017), “De la administración pública del pasado a la administración pública del futuro”. en La Administración pública del futuro (horizonte 2050). Instituciones, política, mercado y sociedad de la innovación, Madrid, Tecnos.

Ramió Matas, C. (2019), Inteligencia artificial y Administración pública. Robots y humanos compartiendo el servicio público, Madrid, Libros de la Catarata.

Roth-Deubel, A. N. (2010), “Las políticas públicas y sus principales enfoques analíticos”, en A. N. Roth-Deubel (ed.), Enfoques para el análisis de políticas públicas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia.

Sain, M. (2008), El Leviatán azul, Buenos Aires, Siglo XXI.

Subirats, J. (1990), Análisis de políticas públicas y eficacia de la administración, Madrid, Ministerio para las Administraciones Públicas.

Waisbord, S. (2020), “Los falsos profetas de la postpandemia”, Anfibia. Disponible en: http://revistaanfibia.com/ensayo/los-falsos-profetas-la-pospandemia/.

Weber, M. (1984), Economía y sociedad, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.

Weber, M. (1991), El político y el científico, Madrid, Alianza.

Zaffaroni, E. (2011), La palabra de los muertos, Buenos Aires, Ediar.

Zarazaga, R. (2020), “En el conurbano se palpa el miedo al virus, pero también el hambre”, Diario La Nación, entrevista realizada por A. Pikielny. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/biografiarodrigo-zarazagaen-el-conurbano-se-palpa-el-miedo-al-virus-pero-tambien-el-hambre-nid2352629/amp?__twitter_impression=true.

* Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina y de la Universidad de Buenos Aires, Argentina, y profesor e investigador de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) y de la Universidad de Buenos Aires, respectivamente.

[1] Utilizamos este concepto de “epidemiologia mediática” a partir del término “criminología mediática” elaborado en la última década para referir a la forma en que los medios masivos de comunicación exponen los actos criminales (Zaffaroni, 2011).

[2] En el momento de escribir este artículo el presidente Donald Trump cuestionó fuertemente a la OMS, culpándola de no haber informado correctamente el alcance de la pandemia amenazando con retirar la cuota de Estados Unidos a la institución que asciende a unos 500 millones de dólares anuales.

[3] En una reciente conferencia realizada en la Universidad de Antioquia en Medellín en el mes de febrero de 2020, Manuel Alcántara se refirió a la “fatiga democrática” para dar cuenta de este fenómeno.

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