La otra cara del 5 de Mayo: los barrios pobres durante la Intervención Francesa y el Segundo Imperio. Los casos de Puebla y la Ciudad de México.

Compartir
  •                 Por:  Arturo Aguilar Ochoa

En la abundante historiografía sobre la Intervención Francesa y el Imperio de Maximiliano, destaca el hecho de que los historiadores poco han tocado el tema de la vida cotidiana en esos años, en especial la vida de los pobres en las ciudades y la manera en que enfrentaron la Intervención. Algunos autores, como Torcuato Luca de Tena y Ángeles González Gamio, han descrito las actividades de las clases altas e incluso de la corte en la ciudad de México, pues se tiene abundantes fuentes alrededor de los emperadores, de su arribo al país y el recibimiento que tuvieron con fiestas y celebraciones apoteósicas. A esto ha contribuido que la época misma de la Intervención, tanto en Puebla como en la ciudad capital, se publicaron libros donde se narra el recibimiento a los archiduques, como es el caso del muy conocido advenimiento del SS, MM. II. al trono de México y otros, que contienen importante información sobre la situación social de la época; sin embargo, no se encuentra el aspecto de la lucha cotidiana que enfrentó el pueblo ante los ataques de los ejércitos invasores.

Dentro de esta línea, no olvidemos también a los periódicos extranjeros como El Mundo Ilustrado y La Ilustración, que tienen una visión favorable del ejército y, por lo mismo, exaltan la supuesta alegría con que el pueblo recibió a los soldados intervencionistas que venían a salvarlo de la tiranía y el caos; pero no se habla de la resistencia. En todo caso, la mayoría de las investigaciones se centran en el aspecto militar y la defensa de las ciudades, de lo cual existe abundante bibliografía.

 

Es un hecho que se desconoce casi por completo cómo se trastocó la vida de los pobres de las en la ciudades, para quienes no todo fue alegría y celebración. La visión de las clases y los conservadores no fue la única, y también se puede rastrear la de los grupos populares que, dicho sea de paso, constituían la gran mayoría en las pocas urbes del país. Si bien el mayor porcentaje de mexicanos pertenecía al mundo rural, casi todos ellos campesinos, en las ciudades se encontraba una gran masa de población de la cual se tienen igualmente importantes fuentes apenas utilizadas, como adelante veremos. Sorprende, insistimos, que autores que han revisado la resistencia en la ciudad de México, como Vicente Quirarte y Erika Pani, se centran en la parte festiva o en la colaboración que tuvieron los habitantes a los diferentes grupos en pugna. Pani, por ejemplo, trata de explicar la escasa defensa de los habitantes de la capital ante el ejército francés y el supuesto apoyo que el pueblo daba, “su convivencia“, tanto a republicanos como a imperialistas, pero no registran las voces de los pobres. Existen, no obstante, notables excepciones, como es el caso del trabajo de María Elena Stefanón López: “¿Héroes o víctimas?: Los poblanos durante el sitio de1863”, que abre nuevas perspectivas en ese tema.

Por ello, en este artículo hemos querido rescatar esa parte olvidada de nuestra historia con el testimonio apenas conocido, aunque se trata solo de un esbozo, pues habría que revisar otras fuentes, entre ellas las actas de los archivos de los ayuntamientos, apenas exploradas. Hecha esta aclaración debemos señalar que para entender la situación de los pobres en esta etapa, podemos partir de preguntas fundamentales, entre ellas: ¿cómo vivió el común de la gente los efectos de la guerra? ¿Cómo les afectó la presencia de los ejércitos de intervención? ¿Cuáles fueron los efectos de los sitios en Puebla o la ciudad de México? ¿De qué manera se trastocó la vida cotidiana con los ataques y la lucha de los ejércitos, e incluso cómo vivieron el peligro de perder la vida? encontramos ante todo un mundo de miseria y pobreza, al que estaba condenada gran parte de la población, y que se vio agravada por los hechos de guerra, es decir, el revés del decorado de la imagen de fiestas que prevalece en muchos relatos.

Como se sabe, eran pocas las ciudades con un gran número de población; la más grande e importante era la ciudad de México, con 200.000 habitantes; le seguían Puebla con 70.000, y Guadalajara con 65.000.

Guanajuato, Zacatecas, León y Mérida apenas llegaban a los 40 o 20.000.

En este artículo se tocan los casos de Puebla y la ciudad de México, las más afectadas durante la intervención, amén de contar con mayor número de fuentes al respecto. Para entender sus características, primero veamos cómo vivían estos grupos. Los que consideramos pobres eran aquellos que ganaban no más de tres reales diarios o entre 8 a 12 pesos al mes o menos.

La vida de los pobres entre 1862-1867

Las viviendas de los pobres en la capital, lo mismo que en la ciudad de Puebla, se encontraban en los llamados barrios de la periferia, pero al ser una población abundante, incluso también muy cercanas al centro. Se ubicaban regularmente al norte, al este o incluso al sur. En la ciudad de México, por ejemplo, eran en los barrios de la Candelaria de los Patos (rodeado todavía de ciénagas inmundas por estar cerca del lago de Texcoco), Espalda de la Soledad, Santa Cruz, Tepito, La Merced (con su mercado que generaba basura y ratas), Plazuela del Carmen, la Lagunilla, Mixcalco, San Lázaro (con su viejo hospital que hasta 1862 fue para leprosos),Tarasquillo, etc.

En Puebla se localizaban en los antiguos barrios de indios, también al este y al sur de la ciudad; pero en general en toda la periferia, como los barrios de San Sebastián, Santiago (al sur y Poniente), Santa Ana, San Antonio, San Miguelito (al norponiente); una zona de excepción, pues se encontraba en el centro, era el barrio de La Merced (alrededor del convento del mismo nombre); en cambio el resto estaba en las orillas de la ciudad, como Xanenetla, El Alto y Analco al oriente, y El Carmen al sur. Muy característico de la provincia era que algunos de estos barrios conservaran rencillas irreconciliables; por ejemplo, ninguna persona del barrio del Carmen se atrevía a entrar en El Alto so pena de perder la vida debido a un pleito ancestral. En ambas ciudades las viviendas se encontraban regularmente en las casas de vecindad, ubicadas en una serie de calles irregulares y de callejones que más parecían laberintos, vericuetos en zigzags; no por nada uno de ellos en la ciudad de México se llamaba “Salsipuedes”;y otros tenían nombres tan estrafalarios como La Olla, La Cazuela, La Garrapata o La Pulga. En Puebla existían las calles La Barranca (hoy 14 sur), De Los Cacahuateros (12 norte), Las Ranas (9 Sur), El Piojo Seco (9 norte), cuyas casas parecían más bien marañas de pocilgas.

A medida que se alejaban del centro, las calles iban perdiendo el empedrado y las aceras, o estaban en condiciones pésimas; por supuesto, también carecían de iluminación, y en las noches parecían cavernas profundas, por la oscuridad, y eran peligrosas. Las acequias y atarjeas eran los únicos depósitos de desechos en la ciudad; y aún en los peores barrios, a falta de ellos, abundaban los hoyancos y las zanjas rebosantes de inmundicias, junto con anchos caños sembrados de restos de comida, aguas sucias y negras, ratas despachurradas y jaurías de perros sarnosos y hambrientos que peleaban por un hueso o persiguiendo un gato.

 

En Puebla, a las orillas del río San Francisco, al oriente de la ciudad (actualmente la zona del Alto y de la plaza comercial), estaba el lugar para las inmundicias, la basura  y la mayor parte de los albañales de la población. Como se encontraban en los alrededores varias curtidurías, se utilizaban las aguas del río para limpiar las pieles, lo que provocaba mayor contaminación y, en el extremo de la calle de San Roque  (actualmente 6 norte), se formaban grandes depósitos de cielo, como natas pantanosas y emanaciones putrefactas. No era raro que en algunas casas solas o en ruinas hubiera chiqueros en los patios, y que la pestilencia emanada del excremento de los cerdos y los desperdicios que le servían de comida impregnara los alrededores.

En la temporada de lluvias, en ambas ciudades el lodo impedía caminar a los transeúntes y los atascaba a cada paso. Todo ello hacía que la atmósfera que estos barrios se respiraba fuera, Como muchos escritores habían señalado, pesada, fétida y altamente perjudicial para la salud.

Las epidemias, como el tifo, el sarampión y la viruela, eran muy comunes, y ocasionaban una alta mortalidad, sobre todo infantil.

Las llamadas casas de vecindad eran, al igual que las grandes mansiones, una herencia colonial, y por ello tenían características arquitectónicas comunes. Tanto en Puebla como en la ciudad de México, las vecindades eran regularmente de dos pisos, aunque abundaban las de una sola planta; algunas, con un callejón estrecho que dividía dos zonas de viviendas, con una escalera al centro que permitía en doble rampa conectar dos corredores donde se encontraban los cuartos altos. Lo más frecuente era que tuvieran una planta cuadrada o rectangular con un patio amplio al centro, incluso dos o tres patios traseros, casi todos los lavaderos y ropa tendida en mecates que obstruían el paso de los inquilinos. Alrededor de estos patios se disponía una serie de cuartos numerados en las puertas. En la parte baja habitaban las personas menos acomodadas, que eran artesanos de todo tipo: zapateros, carpinteros, aguadores, carboneros, serenos, Merceros, cocineros, vendedores de flores, albañiles, tamaleras, costureras, lavanderas, cargadores, obreros de alguna fábrica de ladrillos, cajas o textiles, etc; y también se encontraba ahí el cuarto de la casera o encargada de llevarle las cuentas a los dueños de la casa e informar sobre el orden. Regularmente eran de una pieza, y los más baratos llegaban a cobrar el alquiler entre 4 y15 reales por mes, es decir, entre medio peso y dos pesos  (8 reales equivalían a un peso). Ignacio Manuel Altamirano, quien visitó en las vecindades de la Candelaria, describió estos cuartos; sus dimensiones, afirmó, “eran ridículas, más parecidas a mazmorras, en donde hacinados duermen ancianos, madres, niños, sobre un tinglado viejo y negro por entre cuyas aberturas brota el fango de la laguna.

En cambio, en el segundo piso se encontraban las habitaciones de gente con mayores recursos; en algunas vecindades tenían dos o más piezas, entre ellas la cocina, y pagaban de 3 a 6 pesos mensuales. En general, eran ocupados por empleados de gobierno, pasantes de medicina, viudas de militares, maestros de música, cesantes que no recibían paga, empleados de Comercio o de imprentas, sin faltar uno que otro actor de teatro o la amante de algún hombre rico. Durante el Segundo Imperio incluso se utilizaban los antiguos claustros de los conventos de monjas o monasterios masculinos que no habían sido destruidos,  y que se dieron a particulares por las Leyes de Reforma, haciendo, desde luego, las adaptaciones necesarias.

Los materiales de las vecindades eran piedra, tezontle, cantera e incluso adobe, a veces pintados con una capa de Cal, pero siempre desleída y descarapeladas, y frecuentemente sin aseo exterior, sin vidrieras o ventanas. Las vigas estaban siempre descuidadas, tanto por la incuria y pobreza de sus habitantes, como por la resistencia de los dueños a invertir en sus edificios; a estos les interesaba únicamente obtener la mayor renta posible, y por ello alquilaban a mayor precio las llamadas “accesorias” de la parte exterior, utilizadas generalmente para negocios como atolerías, carpinterías, tortillerías, tocinerías, talleres de todo tipo o bodegas. De las tortillería se veía salir una nube de humo y, si con la imaginación pudiésemos asomarnos a uno de estos oscuros cuartos, podríamos ver las paredes negras, cubiertas de telarañas; las vigas evidentemente deterioradas; el suelo de las losas sueltas o madera vieja; los hornos y braseros sostenidos por piedras y carbones para dar fuego; las ollas que contenían la masa, los metates para moler el maíz, y, sobre todo, las mujeres completamente despeinadas, con la blusa suelta por el intenso calor, afanada en hacer las tortillas y acompañadas de una multitud de niños descalzos y semidesnudos.

En las mañanas era común ver a los habitantes de estas viviendas salir a sacudir el polvo y las chinches de sus petates con un palo. Manuel Payno describe una de esas casas en su cuento ”Una Visita” en la calle de zapateros 4.

Después de atravesar la puerta y describir el segundo arco donde se encontraba una virgen de la Purísima de piedra, con unos versos al pie menciona: en la puerta de un cuarto se veía sentado a un sastre cabezón, descosiendo un Petit viejo de artillero; en otro, un zapatero remendón, cosiendo y relujando botas viejas para venderlas por la tarde en el portal; en otro, un muñequero haciendo portales, casitas de popotes y magueyitos de barajas. Una porción de muchachos panzudos y mugrientos gritaban y se atumultaban a una vieja que traía un jarro de atole y una panocha, y el paso estaba interrumpido por las muchas sábanas, pañales, frazadas y calzoncillos blancos, colgados en unos mecates que llaman tendederos; y, finalmente, se escuchaban silbidos, música de jaranita, ladridos de perros, lloros de muchachos y el martilleo de algún carpintero o herrero que vivía en un cuarto.

Subamos la escalera, porque de lo contrario se corre el riesgo de no llegar nunca a casa de mi buen amigo don Jacinto. ”Pregunté a la mozuela, y habiéndome indicado un portón carcomido y destrozado por las injurias del tiempo, me introduje por él, y me vi como por encanto en el comedor de don Jacinto Rebollo, empleado en la oficina de rezagos“.

Los interiores de las viviendas variaban según las posibilidades económicas de sus moradores. Las dimensiones rara vez rebasaban los seis pies de largo; las paredes generalmente lucían llenas de tizne; los envigados, malos y viejos; los pisos eran de tierra. Y contaban apenas con los más indispensable para vivir; brasero, unas cuantas ollas y comales, unos sucios petates, un trastero con vasos y platos y, cuando se podía, alguna silla. Si había niños pequeños, se improvisaban cunas con cajas de madera que colgaban del techo sostenidas por mercantes. También podían observarse los implementos de trabajo como el banco de un zapatero, las planchas de hierro de un sastre o los rollos de tule para los que hacían sillas. En estos pequeños cuartos llegaban a vivir hasta 10 personas, con el consecuente hacinamiento y las molestias que esto ocasionaba, pues no había división para la cocina, recámara o comedor, todo en un mismo cuarto. Desde luego, también podían encontrarse habitaciones menos sucias y con pocos moradores, como la que habitaba una costurera con sus dos hijas, según la descripción de Niceto de Zamacois, y Los mexicanos pintados por sí mismos:

aquí vemos en un rincón de la pieza una cama, pobre pero limpia, en que suele dormir la anciana; en otro extremo un baúl que guarda la ropa de toda la familia, y sobre el cual se ve un colchón envuelto en un petate limpísimo en que suelen descansar de noche los dos jóvenes colocándolo junto al lecho de la anciana; en un tercer ángulo se ve un brasero de limpios ladrillos, en que están la plancha y el puchero: al pie del brasero una gran tinaja llena de agua, y en el único ángulo una rinconera, sobre el cual hay una maceta con albahaca: algunas estampas de a medio real, representando unas a Nuestra Señora de la Soledad, otras a la Virgen de Guadalupe, y algunas a la santísima Trinidad forman el adorno de la pared pegada con engrudo…unas cuantas sillas ordinarias, pero sin polvo se ven repartidas por la estancia; y en medio de una de las paredes del costado, luce un curioso tinajero (trastero), que revela el buen gusto de las que allí lo han colocado.

Como es de suponer, las habitaciones de los pisos superiores tenían más arreglo y eran más grandes, algunas con dos o más recámaras, cocina, sala y un espacio conocido como asistencia, pero no siempre cuarto de baño, como en las casas ricas. En el corredor, imitando las grandes mansiones, no faltaban colgando jaulas de canarios, Zenzontles o gorriones y aros de hojalata con tiras de vidrio que sonaban con el aire. El ajuar de la salas de estas casas era, por lo general, de sillas de canapé de tule pintadas de verde o color café; en medio de las paredes de la sala, en rinconeras y mesillas se veían nichos con santos y desde luego no faltaban estampas de todo tipo en las paredes; en las recámaras, camas con tambor de latón y colchones baratos. Las lámparas de queroseno o candiles con velas eran un lujo para la clase media, que no desdeñaba presumir en cualquier ocasión. En la cocina, además del fogón, alimentado de leña o carbón, no podía faltar el barril para el agua y el tinajero con multitud de chucherías que lo adornaban, como jarros y vasos de Guadalajara y Tonalá, figuritas de Oaxaca, y jícaras y guajes de Michoacán.

Pero más allá de donde terminaban la ciudades de Puebla y México, en los pueblos cercanos, o más bien en los asentamientos irregulares que se extendieron por toda la periferia, se encontraban los más pobres de los pobres, aquellos que construyen su habitación de materiales endebles, como varas secas de árbol, carrizo o lodo para las paredes, y hierbas, tule o paja dependiendo la zona, para el techo, pero siempre de una sola habitación, sin piso y, a veces sin puerta. En el interior se encontraban los utensilios más elementales, como ollas vidriadas para el nixtamal, jarros y algunas jícaras para el agua, piedras que sostenían un comal para calentar las tortillas, metate y, como cama, “esteras del país“ como le llamaban los franceses, que no son otra cosa que nuestros populares petates; y cuando más, una vela o una veladora para alumbrar la habitación, aunque no había muchas razones para usar luz después de la puesta de sol. Eran estos jacales, cuyo único adorno era cuando más una  estampa de la Virgen de Guadalupe, el refugio de una enorme cantidad de habitantes -familias enteras- tanto de la ciudad como del campo, en general indígenas.

Según un censo de 1864, año de la llegada de los emperadores, había en la ciudad de México 6,723 casas repartidas en los ocho cuarteles en que estaba dividida la ciudad, incluyendo 480 jacales diseminados en los suburbios de las jurisdicciones pero, desde luego, el número era mayor, pues este tipo de habitaciones se extendían a lo largo de todo el Valle de México y seguramente no se pudieron contar todas. Las autoridades no se cansaban de mencionar que estas habitaciones eran muy insalubres, ya que no tenía ninguna luz, por falta de ventanas, y se respiraba constantemente el humo de la cocina, además de que se amontonaban en ellas hasta 19 personas.

Algunos críticos sociales señalaban que muchos de estos asentamientos “ofrecen el aspecto más repugnante y más doloroso al observador inteligente que estudia en sus causas la depravación de las costumbres que se advierte en las clases bajas de la sociedad”. Los hombres vivían de actividades como atrapar ranas en los lagos como Texcoco, vendimia en los mercados, pesca de Juiles, lombrices o ahuautle. Las mujeres, a su vez recogían plantas silvestres como el tequezquite, los quelites, los acociles y las verdolagas o semillas de nabo, y aún solían robar algunos elotes o nopales de los ranchos o las haciendas cercanas, o bien, pescaban mosquitos a las orillas del lago, que vendían para alimento de aves, e incluso para consumo propio. Si bien algunos trabajaban como peones de haciendas o ranchos, la mendicidad era una de las actividades más frecuentes de este grupo, que formaba un enorme ejército de limosneros y tullidos -viejos y jóvenes-, llamados plaga de léperos.

Se les veía pedir limosna en las iglesias y las calles, ya por “la santísima Virgen”, ya por “las llagas de Cristo”, etc.

Pues bien, fueron estos léperos, que se calculaban en unos 20,000, los que, a la entrada del ejército francés a la ciudad de México en junio de 1863, ofrecieron una resistencia sorda y velada, a veces más efectiva que la del propio ejército contra lo que han dicho algunos autores en relación con que no se levantó ningún hombre en armas contra la invasión en la capital: quizá no hombres acomodados, pero sí está plebe que ha quedado olvidada. En los primeros días de la ocupación, los léperos ocasionaron emboscadas callejeras, arrojaron piedras y disparos desde las azoteas donde se habían apostado, y no escasearon las peleas con aquellos zuavos temerarios que se habían atrevido a salir de sus cuarteles a tomar algún trago en las pulquerías. El primer saldo fue de 17 soldados heridos y tres muertos, lo que ocasionó duras medidas del general Forey contra la población y un mayor control de sus soldados, a los que les prohibió salir a cualquier hora.El robo fue algo común, por supuesto, a quien se atreviera andar solo o en grupos pequeños.

 

Fragmento tomado del libro “México Francia: Memoria de una sensibilidad común, Siglo XIX-XX, Vol. VI. coordinado por javier Pérez Siller y Agustín Grajales Porras. Editado por el Instituto de Ciencias Sociales “Alfonso Vélez Pliego” de la BUAP

Estación de radio de @BUAPoficial

Be first to comment