El 5 de Mayo contado por Heriberto Farías a los niños mexicanos

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  •      Por Helia Bonilla y Marie Lecouvey (INAH, Veracruz)

En este capítulo reflexionaremos en torno a los fascículos de la Biblioteca del Niño Mexicano en los cuales Heriberto Frías evoca para sus lectores el 5 de mayo, y más precisamente lo que ocurrió en México con la Intervención francesa y el Imperio de Maximiliano.

Como sabíamos que habría otro capítulo sobre este mismo conjunto documental (“Posada y Farías…”), no creímos necesario situar ampliamente al autor, ni la época, ni la naturaleza del relato, ya que Helia Bonilla y Marie Lecouvey lo harían. En este ensayo pretendemos quedarnos “al ras del texto”, intentaremos pensar en ese espacio poco accesible, pero muy interesante para Los historiógrafos, el de la relación que se establece entre un autor, un texto y un posible lector.

 

Niños lectores y algo más.

Si bien se trata de una Biblioteca del Niño Mexicano, estamos convencidos de que los lectores en los que piensan, tanto su autor como su editor Maucci, son también y probablemente en primer lugar, los mentores de esos jóvenes los que comprarán regularmente esa “biblioteca“ y los podrían utilizar como material pedagógico. El estilo pomposo epopéyico, la utilización de palabras a veces muy rebuscadas, el hecho que supone conocimientos políticos históricos previos que no explica en absoluto, muestran que sus lectores potenciales serían más bien los maestros o los propios padres.

Y el estilo general dramático adoptado por Farías, muy declamatorio, nos conduce a la hipótesis de que, más que leídos individualmente, estos fascículos fueron escritos para hacer oídos colectivamente. Lo que no excluye, evidentemente, que los educandos nos pudieran leer, ya fuera en su casa o en la pequeña biblioteca de su escuela, cuando la tenían.

Por lo tanto, más que un documento literario, o un relato clásico sobre el cual los investigadores en pedagogía pueden glosar con toda tranquilidad; lo que nos interesa aquí es repensar su función en un conjunto identitario en formación, es decir, como la manera de contar esas historias por Heriberto Frías, nos pueden ayudar a pensar los derroteros que van tomando la conciencia histórica de algunos individuos y grupos de mexicanos en 1900-1901. Estos fascículos aparecen a principios de un nuevo siglo que solo auguraba para México, visto desde el palacio nacional, un futuro próspero, envuelto en la somnolienta paz porfiriana, y bajo la dirección benevolente y paternalista, pero también férrea, de un viejo dictador. Pero no podemos olvidar que esa “dictadura blanda”, en los meses que presidía a cada reelección de Porfirio Díaz, esa tranquilidad política beata se veía perturbada por manifestaciones diversas de oposiciones a esas nuevas maniobras políticas. Ni que el gobierno sabía muy bien reprimir y ahogar tales suposiciones, enviando a los más reacios de sus oponentes jóvenes estudiantes o periodistas díscolos a la cárcel o al exilio, forzosos o voluntario; o cooptándolos, ofreciéndoles participar de la tomen creatura del régimen. Éste último fue el caso del joven Frías, mandado a Chihuahua, donde escribiría Tomochic.

Antes de ir más lejos, debemos hacer notar que nos parece que le hecho masivo llamado “Revolución Mexicana”, en sus clásicos intentos de buscar antecedentes y orígenes, ha hecho de ese pequeño grupo de intelectuales, que parece se congregó alrededor de la protesta contra la reelección de Díaz de 1892, unos seres revolucionarios y los únicos verdaderos “liberales“ de su tiempo. No es aquí el lugar para retomar las ambigüedades y contradicciones políticas del ”liberalismo mexicano” de los 20 últimos años del siglo XIX: lo que queremos decir solamente es que las protestas de ese grupo de jóvenes se deben a que pertenecen a una nueva generación de individuos que no ha conocido ni la invasión yanqui ni la intervención francesa -Frías nace en 1870 y su amigo Clausell en 1866, ni menos aún, evidentemente, “las guerras de Reforma” que fueron, con el triunfo liberal, el semillero del personal político mexicano durante casi medio siglo. Por lo tanto, esa ”oposición” proviene de una generación que nace a la política con la República restaurada y una cierta estabilidad recobrada,  aun a pesar de las pequeñas crisis abiertas por la voluntad de Juárez o Lerdo de Tejada de intentar mantenerse en el poder.

Paradójicamente, podríamos pensar que esa oposición intelectual nace del éxito mismo del régimen porfirista, y que reclaman que se cumplan los principios republicanos afirmados desde la constitución del 57, particularmente la división de los poderes y una renovación del personal político en acuerdo con las necesidades de formación moral e intelectual que la modernidad, a la cual estaba entrando en México. Pero esas reivindicaciones dominaban la esencia del régimen de días, que descansaba claramente sobre un juego de equilibrio entre los cacicazgos políticos regionales sistema que necesitaba para que siguiera funcionando, y las constantes intervenciones en lo jurídico particularmente para acallar a la prensa inconforme y en lo legislativo totalmente dominado por la presidencia.

Recordemos estos elementos de política general para intentar no pensar en Heriberto Farías en 1901 como el que será después, sino como uno de esos nuevos literatos sin muchos recursos, que intentaban vivir de su pluma, sin capital familiar para sostenerse, y expulsado del ejército por haber publicado por entregas, en el efímero periódico el demócrata de su amigo Clausell, su famosa novela Tomochic.

 

El 5 de mayo y otras batallas de Puebla

El fascículo que contiene el relato de lo que hoy llamamos “la Batalla de Puebla” se llama: “El 5 de mayo de 1862 y el sitio de Puebla”. Es decir, si bien se refiere en una primera parte a eventos que podrían ser nuestra dichosa batalla, que sigue inmediatamente, en el mismo fascículo: “el sitio y toma de Puebla“ del año siguiente. Aparentemente, Farías parece considerar esa segunda batalla por Puebla como mucho más relevante y susceptible de movilizar la imaginación nacionalista de los infantes y sus mentores; el relato de lo ocurrido el 5 de mayo lo hace en una página, y de la segunda batalla de Puebla—perdida-, en más de tres. Pero en el momento en que escribe Farías está omnipresente el relato de otra batalla, una tercera batalla de Puebla, “La toma de la ciudad de Puebla por Díaz”, al final del Imperio de Maximiliano (batalla del 2 de abril de 1867) que se había vuelto objeto de celebración oficial.

Así, si Frías señala en su texto la importancia psicológica de la jornada del 5 de mayo (1862), el relato de ese logro de las armas mexicanas es asimilado a otro evento mucho más propicio para la descripción y demostración de valentía y gallardía de los soldados mexicanos, los 62 días de defensa de Puebla (marzo-mayo de 1863) contra las tropas francesas de regreso en el Anáhuac. Y si no olvidamos la tercera batalla de Puebla -la de Díaz-, podemos entender porque es el conjunto  “batallas de Puebla” perduró en la memoria nacional.

Más que una gran batalla estratégica según el testimonio de un militar como Frías, el encuentro del 5 de mayo debe ser considerado como la toma de conciencia por los franceses de que la aventura mexicana no sería ningún paseo triunfal, y por eso se retiran hasta Orizaba esperando refuerzos. La memoria nacional en su trabajo sobre sí misma mandando al infierno el recuerdo del viejo dictador, se olvidó primero de la batalla de Puebla de Díaz, después de esa otra batalla, que fue más bien perdida para conservar solamente la primera y única batalla, la que conocemos actualmente como “Batalla de Puebla” y que es el objeto contemporáneo de todas las polémicas.

 

Construcción de un escenario heroico: la batalla del 5 de mayo

El tono general de ese doble relato es claramente epopéyico, por eso no debe extrañarnos que empiece con una especie de paráfrasis del himno nacional: “Otra vez más el extranjero enemigo, el invasor audaz venido allende los mares, huella con su planta osada al sagrado territorio de Anáhuac“. El ejército invasor se describe como compuesto de “legiones formidables”, evidentemente “acostumbradas a encontrar la victoria en todos los combates “. Frías utiliza aquí un clásico recurso retórico, que consiste en ensalzar una victoria presentando al enemigo como innumerable o formidable, como lo podía ser el gigante guerrero Goliat armado de fierro y bronce frente al pequeño pastor David armado solo de su honda y su bastón.

El relato del 5 de mayo empieza de hecho en el fascículo número 83, que Frías intitula las ambiciones de Napoleón III. En la portada, vemos a tres zuavos franceses con larga barba y fumando pipa, que parecen pasearse, más que combatir en tierra mexicana: uno de ellos parece estar caminando dormido y otros están mirando al aire, pisoteando un nopal con tunas rojas; mientras un águila emprende el vuelo.

Este relato empieza con un grito de satisfacción: “por fin la República había triunfado”, el ejército de la libertad del “indio sublime“, después de haber trabado terrible batalla contra las tropas reaccionarias, permitió que las fuerzas de la República entraran a la capital, abandonada por Miramón ”que se decía presidente”.

En el triunfo definitivo, explica Frías a los jóvenes, después de una guerra atroz y sin piedad que había durado tres años, y había destrozado al país entero desde el norte ”hasta las montañas del sur, en el heroico Oaxaca donde era popular y querido el nombre de Porfirio Díaz”. Frías se hace el eco del entusiasmo consecutivo a esa derrota, después de tanta sangre derramada. Parecía que fuera tiempo de acallar por fin los odios, que había llegado el momento de la paz y de perdonar a los enemigos del progreso, ya que estos habían sido condenados por la historia y por Dios mismo.

Así el 1 de enero de 1861 entró don Benito Juárez en la ciudad de México, pero esa apoteosis del derecho fue rápidamente empañada por “la división entre los mismos republicanos”, cada quien “proclamaba para presidente a distinta persona”, y no había “quien pudiera ser de aquel caos un gobierno sólido, popular y duradero”. Las tropas sin gobierno fuerte, se entregaban al saqueo.

En aquella noche de tempestad, los únicos en no embriagarse por la emisión eran Juárez, Ocampo y Llave, Francisco Zarco, Guillermo Prieto, Ramírez y el licenciado Mariscal.

Finalmente, el nuevo congreso eligió el 9 de mayo de 1861 a Benito Juárez como presidente, decisión que fue recibida con rabia por Frías no perdonará más, se lanza en una terrible diatriba contra todos los infames, los traidores, los bandidos, los aventureros, ávidos de dinero, de despojos y de rapiña, que acudieron al llamamiento de los ricos amos, como cuervos que ven desde muy lejos la matanza y la carnicería en una batalla y se lanzan en negras bandadas hacia el sangriento lugar, esperando el fin del combate para ponerse a devorar los cadáveres…!

Rabiosos y ansiosos de venganza estos enemigos de la libertad y del progreso juntaron armas y pólvora para incendiar de nuevo al país.

Pero nunca se notó la firmeza del presidente Juárez, quien resistió el ataque con la misma sangre fría de siempre, tranquilo y digno, dispuesto a sucumbir por la patria.

En estos encuentros entre fracciones, Melchor Ocampo será asesinado vilmente, “víctima del fanatismo, del odio, de la venganza y de la ignorancia”.

Algunos días después, en junio, otro mártir, Leandro Valle, era fusilado y añadía su nombre en la lista de los dignos republicanos.

Si bien los reaccionarios fueron batidos “por todas partes en miles de combates”, “una nueva tempestad se iba a desatar sobre la patria aniquilada y agonizante”. El gobierno, extenuado, con las arcas vacías, no tuvo más remedio que decretar la suspensión de pagos, y fue por eso que Francia, Inglaterra y España unieron sus barcos de guerra para arrancar a México “por la fuerza, dinero o territorio“. Fondeados éstos en Veracruz, todo parecía perdido, aunque, explica Frías: ”cualquier nación que no hubiese tenido la energía, el valor y el patriotismo de sus hijos los mexicanos, hubiera sucumbido despedazada por naciones extranjeras, dividida como la infeliz Polonia, borrada del mapa de América“.

Cuando se yergue de nuevo “el genio audaz y poderoso” de Juárez quien, “con esa tenacidad hija de su raza indómita, con ese amor a la patria y a sus leyes, supo hacer frente a todos los enemigos a un tiempo“.

¡Y lo que es más admirable aún, pudo triunfar, impasible y alto, elevado a una majestad que el mundo entero le reconoció atónito!

 

Pero la tradición estaba en el aire: mientras

Juárez y los buenos mexicanos se debatían con heroísmo mientras los liberales al grito de guerra inicua del extranjero se unían para defender la patria, otros malos mexicanos se dirigían al extranjero para suplicar a algún príncipe sin corona ni dominios que aceptara el trono de México.

En Francia, Napoleón III, “tan fatal a la Francia y a la humanidad”, “ambicioso como todos los tiranos”, pretendía aprovecharse de aquella oportunidad para apoderarse de México, enviando un monarca que sería vasallo suyo. Después de muchas propuestas, se fijaron en el archiduque de Austria, Maximiliano de Habsburgo. Entre tanto, “las escuadras formidables se adelantaron por la mar hacia Veracruz a donde llegaron amenazando destruirlo todo, si México no pagaba”. Pobre de México, ¿qué podía hacer frente a tantos barcos, tantos cañones y tres terribles ejércitos, los más grandes del mundo?

Doblado demostró su patriotismo en inteligencia, haciendo prevalecer la causa justa de nuestra nación, de tal manera que ingleses y españoles se retiraron, “comprendiendo que no tenían justicia”.

“¡Solo quedó Francia frente a México, con su gran ejército, relativamente, si se tienen cuenta que nosotros no teníamos fuerzas que oponen o ponerle oponerle”!;

México estaba muy debilitado y anémico por tantas luchas y desgracias que había sufrido, “desde que el gran Hidalgo inició la independencia”.

La tradición francesa.

Las tropas francesas que estaban en territorio mexicano por caballerosidad nuestra y que en caso de guerra debían volver a sus barcas según los tratados de la soledad rompieron su honor, y sobre la palabra y su dignidad, avanzaron hacia Orizaba en son de conquista, llevando sus Águilas siempre victoriosas manchadas con la infamia de faltar a su sangrado o no.

Termina el fascículo prometiendo a sus lectores una de las páginas más luminosas de gloria del heroísmo mexicano: la batalla del 5 de mayo.

Así, esa potencia no solo manchó de manera indeleble su honor militar, ya que violaban los “Tratados de la Soledad”, pero, sobre todo, se comprometió locamente en una aventura que debía costarle mucho de su prestigio, mucha sangre y muchas amargas tristezas.

Estudiante de Psicología. Desde hace 21 años jugando a ser humana.

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