El Patíbulo: Rutina de un presidiario

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No les voy a mentir, allá afuera todo se cae a pedazos. O acaso, eso es lo único que podemos sacar en limpio después de varios días de cuarentena. La certeza de que el mundo se está yendo al carajo, cuando no al infierno. Ese otro oscuro pozo sin fondo del que poco o nada sabemos; pero que, creemos, es el fin.

(Vayamos, pues, a ese fin…)

 

Hasta donde yo sé, nunca me gustó estar encerrado, pese a que el ejercicio del escribano requiere, precisamente, pasar la mayor parte del tiempo ahí, dentro de las cuatro paredes de su habitación, solo para imaginar cómo sería su vida (o sus otras vidas) estando allá afuera. Así pues, siempre que veía en la televisión a algún delincuente ‘famoso’ cumplir su sentencia bajo arresto domiciliario, no dejaba de perseguirme la sospecha de que aquello era doblemente peor que estarse pudriendo tras los barrotes de una celda. Encerrado, al menos se sabe de antemano que ese es el único consuelo y la única verdad. Aquí dentro, en cambio, es la falacia del presidiario la que nos sugestiona a seguir creyéndonos libres en tanto termina la pandemia.

Man Wearing Mask Sitting Near Window Panel

¿O no es cierto que apenas nos vimos atrapados en este encierro, sopesamos al azar varias ideas, convencidos de que por fin llevaríamos a cabo aquello que tantas otras veces habíamos pospuesto? Yo, por ejemplo, me dije que terminaría dos o tres cuentos, cuando no el primer capítulo de mi novela, que comería mejor, que haría ejercicio, o, bien, que por lo menos no estaría todo el tiempo en la sala de estar, chutándome el catálogo de Netflix entero. Sin embargo, poco o casi nada (de aquello) he hecho, salvo leer —acaso porque tampoco no hay nada mejor que hacer en este vacío mundo—, dormir, cagar y comer, e, invariablemente después, intentar no morir, como no sea de nostalgia a lo perdido, cuando, a través de la pantalla del teléfono, aparecen la imágenes desoladoras de esas otras ciudades que no he conocido, pero que sueño con algún día conocer.

 

¿O es que acaso todavía vemos en esa ciudad vacía a París, Nueva York, México?

 

«Desde el avión, ¿qué observas? Sólo costras,
pesadas cicatrices de un desastre.
Sólo montañas de aridez, arrugas
de una tierra antiquísima, volcanes.»
José Emilio Pacheco, México: vista área.

 

Así pues, mientras que allá afuera todo se nos cae a pedazos, y aquí adentro nada queda ya para no pegarnos un tiro, yo me arrastro nuevamente al televisor, a ver si por ahí aparece la noticia de que realmente seguimos vivos.

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