Educación como praxis política

Compartir

En verdad, ninguna sociedad se organiza a partir de la previa existencia de un sistema educativo, al que cabría la tarea de concretar un cierto perfil a tipo de ser humana que, a continuación, pondría a la sociedad en marcha. Por lo  contrario, el sistema educativo se hace y se rehace en el seno mismo de la experiencia práctica de una sociedad.

Paulo Freire

Texto de Educación como praxis política de Francisco Gutiérrez

En este ensayo sostenemos la hipótesis de que una de las principales causas de la desvaluación, deterioro, ineficiencia y fracaso del sistema de enseñanza reside en el hecho de que intencional y sistemáticamente no se ha querido reconocer su carácter y dimensión políticas. En efecto, el análisis del contenido y de los resultados de las reformas educativas llevadas a cabo, demuestra el carácter tecnocrático de las mismas, su preeminencia utilitarista y su neutralidad y “apoliticidad”.

Planteamos en este escrito que solo por media de la acción político-pedagógica se puede sacar a la educación deI atolladero en que está sumida. La dimensión sociopolítica, lejos de contaminar el proceso educativo, ayuda más bien a convertirlo en un poderoso agente de transformación de la realidad social. Es evidente que el hombre que tenemos que formar no es ese ser abstracto e incontaminado que se ha venido “formando” hasta ahora. El hombre que debemos formar es ese ser relacional, condicionado política, social y económicamente por una sociedad llena de contradicciones.

Mientras no resolvamos esta “apoliticidad” de la educación, es muy poco lo que puede esperarse del perfeccionamiento técnico-pedagógico del sistema. Es más, la acción puramente pedagógica ha entrado en una espiral de descomposición e irracionalidad tales, que los mismos “responsables” del sistema estás asustados de los pobres míseros resultados del puro y simple traspaso de conocimientos. El deterioro educativo nos está conduciendo a un callejón sin salida. No nos es permitido, por irracional y absurdo, continuar con una “inversión improductiva” de un gran porcentaje del presupuesto de nuestros países. Estas realidades nos obligan a poner en el banquillo de los acusados no a la escuela sino al tipo de educación tradicional, por más remozamientos a que sea sometida, es un imposible pedagógico, un despilfarro económico y un engaño y frustración para un alto porcentaje de la población.

Hacer del proyecto educativo un proyecto político es cariar sustancialmente el concepto tradicional de la educación; es ponerla al servicio del desarrollo social y no solo del desarrollo económico de algunos grupos, y es coadyuvar a la concreción del proyecto histórico nacional.

Si es cierto que el desarrollo educativo es uno de los aspectos medulares de la conformación de la sociedad político-democrática y que en consecuencia la educación es fragua de democracia, es no inválida la hipótesis que estamos planteando, por cuanto es necesario ser críticos acerca del “mito escuela”.

Sin negar la estrecha vinculación entre educación y formación democrática, es preciso dar un paso adelante. No es suficiente esa democracia representativa repleta de vicios. Una democracia que ha reducido “los derechos políticos del maestro y del profesor, como los del gendarme, a la libre emisión del voto personal en el momento oportuno es una pobre democracia”.

La participación política es un derecho que todo ciudadano puede y debe ejercer. Hacer política es inherente al ser mismo del hombre, es esencial a su labor porque es una dimensión de la vida personal y social, y porque, como asegura Garaudy, el hombre todo se siente atrapado en una red social que le condiciona en su forma de pensar, en su trabajo, en sus diversiones, en su familia y en su hogar, en fin, en todas las posibilidades de vivir una vida humana o inhumana.

La política, como una de las más importantes dimensiones del ser humano, ha de formar parte integrante del proceso educativo si es que queremos que se desarrolle su capacidad para edificar su propia personalidad y para realizarse como ser humano en la realización de la sociedad.

Coartar la acción política es hacer del hombre un autómata del servicio de intereses ajenos porque es renunciar a la responsabilidad que nos cabe en la construcción de la sociedad; porque es producir sin llegar a conocer los resultados y el reparto de los bienes producidos; porque es convertirse en objetos de las decisiones políticas de los de arriba; porque es legitimar el orden existente; porque es, en fin, convertirse en un ciudadano pasivo y disminuido, sin capacidad ni posibilidad para participar en la construcción de la república.

En países en donde las decisiones políticas son privilegios casi exclusivo de los partidos políticos y, dentro de los partidos, prerrogativa de las élites, en donde el pueblo solo puede ser oíd y solo puede actuar a través de sus “representantes”, en modo alguno se puede hablar de una real participación político-democrática. Si las municipalidades, los organismo autónomos, los sindicatos, las instituciones -incluida la familia, las escuelas, universidades, iglesias- no tienen participación política, no tardará en deteriorarse la vida democrática y en corromperse el poder político. En una situación así podrá darse, en el mejor de los casos, un gobierno para el pueblo, pero jamás un gobierno del pueblo.

Una sociedad que ha reducido su democracia a la mera representatividad, está políticamente enferma. Según Garaudy la confiscación por parte de las autoridades y de los poderes establecidos de las iniciativas, responsabilidades, creatividad y profetismo de las bases, son síntomas clarísimos de la gravedad de la enfermedad.

Enfermedad que ha sentado sus reales en el sistema educativo, a través del cual se está minando la salud de todo el cuerpo social. Su curación no puede venir de una reforma más del sistema enseñanza, sino de un proyecto social alternativo en el que el sistema educativo social alternativo esté implicado en la gestación de una sociedad, fundamentada en un nuevo orden económico, en la solidaria y progresiva participación del trabajador en los productos del trabajo y en la organización política que posibilite el incremento de las decisiones populares y el control directo del poder por los propios ciudadanos.

Creemos que educar en la comunicación dialógica, en la participación democrática, en la autogestión, en la creatividad, en el trabajo, en la praxis, en la libertad, en la justicia, y en la esperanza es educar políticamente.

Be first to comment