#SinDesperdicio: La velocidad de la luz, una novela de Javier Cercas.

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Fue, precisamente, un profesor de la universidad quien me recomendó La velocidad de la luz, novela con la que Javier Cercas nos cuenta la historia de Rodney Falk: un veterano de guerra del Vietnam que, entre muchas idas y venidas y —sobre todo— huidas, acaba enseñando en una universidad; la universidad de Urbana, Estados Unidos.

La recomendación entonces me pareció acertada, lo recuerdo, porque en ella cabía la posibilidad de saber un poco más acerca de aquella guerra que se libró en el sur de Asia durante los años que transcurrieron entre 1955 y 1975. Una guerra en la que reinaba todo el dolor de todas las guerras, pero en la que no cabía ni la más mínima posibilidad de redención o grandeza o decencia que cabe en todas las guerras, como menciona el autor.

Por supuesto, no me equivoqué: supe, y supe más de lo que hubiera podido imaginar. Supe, por ejemplo, que en ella azotaron la triple cantidad de bombas que durante toda la 2da Guerra Mundial, y que hubo una unidad de élite conocida como Tiger Force, un grupo antiguerrillero y sanguinario que se colgaba al cuello las orejas desolladas de sus víctimas, y, también, que aquella era una guerra de exterminio y fatalidad, donde la muerte o la decisión última de la muerte había sido suplantada por la mano de hombre, por los fusiles y la balas y los cañones del hombre que no era hombre, sino niño jugando a ciegas en medio de la selva sub-tropical.

Pero la historia de la novela no es solamente la historia de la guerra, gira en torno a ella, eso sí, pero no es la historia de la guerra. Es la historia, en todo caso, del fracaso de la guerra, de los estragos que siguieron a ella, y, también, del éxito y la vocación literaria y el mal, sobre todo el Mal. El narrador, un aspirante a escritor, se lo irá preguntando a medida que avanza el libro: ¿qué es el mal? Y también: ¿qué es el éxito, la fama, la crueldad? ¿Qué es la velocidad?

«Nada nuestro que estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada, tú serás nada en la nada como en la nada», es una de las varias referencias directas que se asoman nada más al abrir el libro; referencia que nos remite a Hemingway, por supuesto, quizá una de las figuras más emblemáticas de la Literatura Norteamericana, en Un lugar limpio y bien iluminado. Y que, por cierto, este tipo, Rodney Falk, admira desde el vacío de su espíritu. O no. Tal vez no. Tal vez me esté equivocando, pues el autor advierte que, antes que un escritor admirado, Hemingway era para Rodney un símbolo oscuro o radiante cuyo alcance ni siquiera él mismo podía precisar del todo. Así que puede que me esté equivocando… (O no).

En fin, entre España y Estados Unidos, entre cervezas y tabernas, entre dos vidas desperdigadas a medio camino entre el mal y la ficción o el mal que siempre cabe dentro de la ficción, Javier Cercas da cuenta de una historia sin ambages, precisa y flagrante, que solo habremos de entender mucho tiempo después, mucho-mucho tiempo después. Porque, como él mismo señala, él nunca termino por entenderla del todo.

«—No sé si está acabada. Tampoco sé si la entiendo del todo. Claro que a lo mejor no hace falta entender del todo una historia para poder contarla.»
Javier Cercas, La velocidad de la luz.

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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