#Porlaanécdota: los libros que nunca voy a leer

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No hace mucho tiempo —entonces tenía 17 años; ahora tengo 23—, mientras caminaba por las viejas calles del centro; quiero decir, las viejas calles donde chambean las putas, los matones o traficantes, encontré a un joven que vendía libros. Flaco, el pelo sucio, mal vestido, parecía haber sido arrollado por un auto, y no haber comido nada durante todo el día, o sea, que estaba quebrado. No obstante, terciada a la espalda, llevaba una mochila repleta de libros; mismos que en el acto me ofreció. Como si fueran las auténticas perlas de la virgen, o como si fuera, digamos, a contarme que había matado a alguien, se puso a mi lado; sentí las yemas de sus dedos sujetándome del antebrazo, y acto seguido deslizó el cierre de su mochila y dijo, con voz queda, casi en susurro: mira, mira, esto es lo que traigo. Por descontado —como ustedes imaginarán—, terminé comprándole uno.

El libro en cuestión era bonito —todos los libros son bonitos—, incluso elegante, y pecaba de resistente, como si estuviera hecho para soportar una guerra nuclear; perfectamente encuadernado, la pasta dura, las hojas gruesas, el fuego hubiérase ahogado antes de convertirlo en cenizas. Nunca —ni siquiera en sueños— he visto un ejemplar similar. Vaya, ni siquiera otro parecido a éste. Jamás lo leí.

Traté, pero no pude. Al poco de cogerlo caí profundamente dormido. Años después volví a tratar, pero el resultado fue el mismo; de modo que no tardé mucho en condenarlo al olvido. Cuando un libro no me gusta termino por dejarlo en el librero y san se acabó. Nada más que eso.

Por supuesto, entonces mi biblioteca era pequeña, tanto que daba risa solo verla; apenas cinco o seis libros conformaban mi reducida existencia. Sin embargo, con el correr del tiempo, ésta fue llenándose cada vez más, hasta el punto en que tuve que cambiar de librero, y todos los libros en el acto se trasladaron a su nueva vivienda. En mi fuero interno imaginaba que tenían vida propia, que malhumorados cogían todos sus cachivaches y hacían la mudanza.

Creo que por aquellos días recién había empezado a estudiar la universidad, una ola desbordante de cambios comenzaba a fraguarse secretamente en mi vida, y mi único pasatiempo era visitar librerías. Después de clases, antes del trabajo, entre las pocas horas libres que tenía, me pasaba por la librería del centro, y acto seguido me ponía a cuchichear las novedades que no bien hubieran puesto aquel día. Solo hace falta ir a una librería para ser inmensamente feliz.

Como es natural, no siempre compraba, no siempre había dinero; pero luego algo ocurrió, algo cambió, que tiró abajo todo en lo que creía, y que transformó mi vida para siempre: me enamoré de la literatura, o de los libros, o de las librerías, y a partir de entonces me fue imposible salir de Ghandi con las manos vacías. Como quien va a la iglesia y no escucha la misa, como quien tiene enfrente a la mujer de su vida y no le zampa un beso, no comprar nada era un hecho injustificable —y lo sigue siendo todavía.

En fin, que iba a las librerías, de tin marín de do pingüe, y cogía un libro. Sin embargo, así como había caído en la cuenta de que me era imposible no comprar nada, pronto caí también en la cuenta de que no siempre terminaba leyéndolos.

Como Bolaño, muchos libros los tenía solamente para acariciarlos, como a un gato, ojearlos de cuando en cuando, y a veces ni eso; de modo que pronto pasaban a formar parte de los libros que nunca iba a leer. Así como así.

«Pásele joven, con confianza» «Aquí no mordemos, muchacho», le decían, supongo, los otros libros cuando miraban al nuevo ejemplar desempacar sus cosas e instalarse en su nuevo departamento de tres por diez por diez; y éste asentía cabizbajo, sabedor de que, sino el olvido, la humedad terminaría matándolo.

Entre los olvidados estaba Rayuela de Córtazar, sí ese mismo; el Ulises de Joyce, Abril Rojo de Roncagliolio, Campeón Gabacho de Xilonen, y no recuerdo que otros más. Por supuesto, también aquel primer libro que le compré al joven desarrapado. Al final los regalé.

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strong>Pienso que fue lo mejor, si no los iba a leer yo, ¿para qué tenerlos? Mejor que los tengan otros (sí-sí), que los lean otros. Al final, si todo sale según lo planeado, terminarán enamorándose —como yo— de los libros, irán a las librerías para comprar a destajo como yo cuando joven, y algún buen día me regalarán un libro que nunca han leído.

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