El indigenismo de Saturnino Herrán

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Saturnino Herrán nació en 1887 en la ciudad de Aguascalientes. Su padre, José Herrán, tenía la única librería de la ciudad y durante años fue tesorero del Estado de Aguascalientes, además de profesor de teneduría de libros del Instituto de Ciencias de la capital del estado. La madre del pintor se llamaba Josefa Guinchard y era de procedencia suiza francesa.

No hay mucha información sobre la infancia de Saturnino, pero el contexto familiar era muy enriquecedor.A los 14 años, Saturnino se había inscrito a los cursos superiores de la Escuela Nacional de Bellas Artes (ENBA). No obstante 2 años después su padre falleció lo que puso a la familia en una situación económica difícil, de ahí que haya trabajado en telégrafos.

Posteriormente obtuvo una beca para dedicarse de lleno a la pintura. En ese entonces el Arq. Antonio Rivas Mercado fue nombrado director de la ENBA, quien buscaba impulsar los modelos geométricos, planos y volúmenes en la pintura. Sin embargo el subdirector, el pintor catalán Antonio Fabrés, quien defendía el “realismo” y era muy meticuloso en los detalles de sus cuadros. Saturnino Herrán fue su discípulo, por lo que aprendió a captar a la gente de México en su realidad cotidiana; todo con su sello personal. Así mismo Germán Gedovius, maestro mexicano, extraordinario colorista que enseñó a Saturnino manejar el color.

Herrán recibió premios en 1908, año en que pinta Labor o El Trabajo adquirida al año siguiente por la Secretaría de Instrucción Pública. Al año siguiente pintó: Molino de vidrio y Vendedoras de ollas. Entre 1910 y 1911 pintó unos paneles decorativos para la Escuela Nacional de Artes y Oficios para Hombres.Desde 1909 Herrán trabajaba como profesor interino de dibujo de la ENBA. En 1910 se le ofreció una beca para estudiar en Europa pero la rechazó para no dejar a su madre sola. A partir de 1912 Saturnino ya es un maestro consumado. De este periodo es Vendedor de plátanos, obra que retoma el motivo del trabajador abrumado por el peso de la carga y los años. A partir de entonces sus personajes son del todo mexicanos, por lo que nos encontramos con La ofrenda y El jarabe (1913).

En cada una de sus obras Herrán logra despojarse del canon Europeo, para dar una mirada a la tradición indígena. Así mismo registra la belelza criolla y mestiza. Retoma las historias de México, así como de su mitología, costumbres y tradiciones.

Si bien algunos críticos consideran al pintor un artista de paleta pobre, Herrán desarrolló su paleta propia, así como su técnica, la cual sirvió para plasmar atmósferas tanto prehispánicas como provincianas y urbanas. Gran observador, pincelista de color indigenista nos recuerda la importancia de la diversidad en México.

Estudiante de Psicología. Desde hace 21 años jugando a ser humana.

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