Carlota vuelve por la dignidad Imperial

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El salón del Palacio de Gobierno en Puebla (hoy sala de Cabildos del Palacio Municipal) se hallaba esplendoroso; millares de luces, reflejándose en los limpios espejos venecianos; lujosa tapicería, encubriendo las puertas y los balcones, y privando a los curiosos de la Plaza del gusto de ver todos los detalles de la fiesta; las damas principales de la ciudad, con derroche de pedrería; los caballeros aristócratas, únicos puntos negros…  por el frac de etiqueta, doblando la espina a cada ceremonioso saludo; y, en el centro, la gran mesa con rica variedad de vinos y manjares; todo correspondía al objeto de la reunión, organizada por el Muy Ilustre y Patriótico Ayuntamiento Angelopolitano; celebrar la venida de Carlota, Archiduquesa de Hapsburgo y Emperatriz de México, de paso para Veracruz (9de julio de 1866), donde se embarcaría con rumbo a Francia.

     Antes de que su Majestad tomará asiento en la mesa dirigióse cautelosamente al Administrador de Correos don Rafael Miranda, encargándole de investigar si había alguna puertecilla secreta en el Palacio, por donde pudieran salir los dos, al terminar la cena, sin ser observados. El favorecido con tal muestra de confianza desapareció del salón, y hallando una puerta de escape, que daba salida por el angulo del Portal y la calle de Mercaderes (establecimiento actual de “La Primavera”), volvió a penetrar, orgulloso, en el recinto palaciego, no acetando a comprender cuál sería el proyecto de su graciosa Majestad. Apurado el champagne espumoso, así que logró evadirse de los ciudadanos tutelares de sus damas y de la reverencia impertinente de sus caballeros, ocultóse la Emperatriz a las miradas de toda la concurrencia, desapareciendo del salón y del edificio, como por encanto, sin más compañía que la de don Rafael Miranda, cuyo brazo le servía de apoyo. Cruzaron la Plaza, con dirección a la calle del Frente de la Catedral; y, en ese corto trayecto, el acompañante de la Emperatriz pudo darse cuenta que unos trasnochadores, viéndole del brazo de una dama enlutada y con el rostro amparado por el velo oscuro, se detenían para observarlo y hacer conjeturas poco favorables, creyéndole protagonista de algún aventura novelesca. Tostado como suelen decir los narradores de cuento, llegó Rafel a la calle vecina, y cuando tuvieron en frente la majestuosa portada de nuestra Catedral, detúvose la Emperatriz a contemplarla, mientras refería a su compañero la historia fiel y detallada de la erección y la fábrica del templo, con grande admiración del que la oía, pues ignoraba muchos de aquellos detalles , y con marcado regocijo, también, pues la conversación  no interrumpida de Carlota lo aseguraba de que su Majestad no había advertido la audaz sospecha del grupo de paseantes.

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     Avanzaron otra calle más, y la nobilísima dama hizo alto en el zaguán de la casa de don José María Esteva, Comisario Imperial, casa que ocupaba, y sigue ocupando todavía, parte de la calle de Morados y de la Sacristía de la Concepción. El Administrador de Correos, que no llegaba a traslucir el pensamiento de su Soberana, obsequiando la indicación de ésta, llamó a la puerta de la casa, dando su nombre a la encargada, quien, tras larga espera, refunfuño el obligado— “¿quién es?”— con voz que causaba pocas pulgas. No fue obra de un momento convencer a la airada portera de que debía dar vuelta a la llave, alegando su interlocutor la urgencia de ver al señor Comisario para un asunto gravísimo, no tanto como parecía al buen Administrador el que se tuviera a la Emperatriz en la calle, exponiéndola a los peligros de la intemperie, después de la atmósfera sofocante del salón de Palacio. Abrióse, al fin, la puerta, y encontrose su Majestad de manos a boca, con una vieja mal vestida de harapos, gruñona como perro de vecindad, cuyas narices pronunciadas sostenían dobles espejuelos de armazón de plomo; con la cabellera más pronunciada todavía, y empuñando con la diestra un velón de sebo raquítico, incapaz de romper las tinieblas del patio, mientras con la otra mano luchaba por evitar que las enaguas cayeran al suelo, y acabaran de poner el sello de una situación que volvía loco al caballerosísimo don Rafael Miranda. Precedidos de aquella visión, que fue declarada por la Emperatriz “digno Cancerbero de la indigna Comisaria Imperial”, subieron por las escaleras, alumbradas sólo por la luz vergonzante del velón, y tuvieron que hacer otro cuarto de centinela en los corredores, hasta que plugo salir el señor Comisario, con gorro de dormir en la cabeza, batas de colores chillantes ceñida al cuerpo, y mostrando un segundo velón de sebo en una palmatoria.

     A su vista, la infortunada Carlota no pudo contenerse ya, echo atrás el manto que la cubría y, presentándose a Esteva, le dijo: “No es el señor Miranda, es la Emperatriz de México la que buscaba a usted para convencerse por si misma, de que no engañaban al Emperador, quienes le decían que usted ejercer aquí, indecorosamente, su augusta representación ¿Corresponde los que he visto y veo a un Delegado Imperial? Estoy convencida”.  La sorpresa que anonadó al interpelado no es para describirse; balbuceó, apenas, alguna frase de respeto y de excusa; velón y palmatoria estuvieron a punto de desplomarse, por el temblor de la mano que lo sujetaba; y el gorro de dormir, casi, subió al impulso del cabello erizado; trató de disculparse y cambiar, las impresiones de la Emperatriz, pero, ésta, cumplida ya su misión y contestando sólo, “buenas noches”, volvió a tomar el brazo de su acompañante, y salió de esa mansión mezquina que la había sonrojado. El señor Miranda quedó mudo también, y no se atrevió a formular palabra ninguna, por lo cual, el regreso a Palacio no tuvo para él otra satisfacción que la de conducir a su Soberana. Al llegar a su casa, esperábale allí el señor Esteva, y los dos dieron salida a sus impresiones, distintas, pero emocionantes, conviniendo en que estarían, al rayar la aurora, en busca de la Emperatriz, para que Esteva lograra vindicarse, pues la ilustre viajera saldría, a las primeras horas de la mañana camino de Veracruz. Todo fue inútil; Carlota se negó a recibir, al Comisario; y, despidiéndose de sus damas, del Prefecto Imperial, del Ayuntamiento y del señor Miranda, emprendió el viaje funesto cuyo desenlace fatal en la Tulllerías conmovió tanto al mundo…..       

      ¿La razón de tan infortunada princesa estaba obscurecida ya, y a eso obedeció su conducta extraña? ¿Procedió de tal modo por su amor excesivo al Emperador, cuya representación creía realmente ultrajada?

      De todos modos, el señor Esteva, hombre de grandes méritos y alto valer intelectual, fue destituido de su cargo; más, por los vaivenes misteriosos de la política, el Comisario indigno (?) fue agraciado, poco después, con la cartera más importante del gabinete de Maximiliano.

Referencia:

Gómez Haro, E. (1991). Para la Historia de Puebla, episodios desconocidos hasta hoy. Puebla: Museo Amparo.

Estudiante de Psicología. Desde hace 21 años jugando a ser humana.

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