El poeta del Rock: Jim Morrison

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“De hecho, no recuerdo haber nacido, debió haber ocurrido durante una de mis borracheras” Jim Morrison

Lo imagino, ciertamente, recostado boca arriba, enterrado cuatro metros bajo tierra, a las afueras de París, hecho huesos, acaso polvo o más bien nada, sino solamente la sombra de lo que alguna vez, en otro tiempo, fue: El Rey Lagarto. De mirada profunda y pómulos salientes, lo imagino cantando con su voz de barítono en los más asquerosos y subrepticios bares del infierno, junto a lucifer, nada más y nada menos que sus ya tan conocidas canciones: Love street, Riders on the storm o People strange.
Lo imagino y no lo imagino, puesto que el solo estado de pensarlo en un lugar fijo para toda la eternidad se me hace demasiado para su tan estrafalaria persona; como si el simple hecho de una fijeza, de un estado de confort no declarado, fuera vomito para su cara.

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Fuertemente influenciado por la literatura de Huxley o la poesía de Whitman, pienso en Morrison como ese ser oblicuo que deambuló por este mundo dejando una profunda huella imborrable en la música. Pues concretamente sus canciones respiraban un aire distinto del resto, se abstenían de lo preestablecido y buscaban más bien miramientos a la posteridad. El hombre tenía, además, una personalidad un tanto salvaje y sus composiciones junto a su particular voz lo alzaron como uno de los más grandes cantantes de la historia.
Por supuesto, no sería correcto hablar de lo que ya todo mundo sabe: qué vivió hasta los 27 años, qué fue el líder de The Doors, qué al final los dejó, qué murió por una sobredosis, qué era un lisérgico, qué era un vago o bien un cantante vago o bien un vago cantando; pues eso no viene a cuento a éste artículo, que se parece más bien a una columna o a un blog personal. Aunque, por supuesto, no se trata de eso, sino solamente de una muestra de mi admiración hacia el hombre y, en modo alguno, de lo que, de menos, he visto en nuestros días respecto a Jim Morrison.
El hombre murió un seis de abril, fue enterrado en París, y posteriormente canonizado como uno de los mejores cantantes de la historia. El hombre fue un genio, uno que ha traspasado corriendo entre las generaciones, pues en cualquier bar de la ciudad —ya sea un sábado por la noche o un martes por la tarde— lo siguen poniendo, en modo alguno escuchando, ciertamente resucitando.

¿Será acaso que aún sigue vivo y nosotros somos realmente los muertos? ¿Quien, que no lo haya escuchado, puede decir abiertamente que sabe de música? ¿Sabían que era poeta?


Era poeta, mismo hecho que lo hizo abandonar The Doors, mudarse a París y dedicarse de lleno a la escritura, a la que alguna vez se refirió como un trabajo difícil que merece todo el tiempo del mundo. Entre sus poemas más notables destacan, por ejemplo, Inmaculadamente drogado, despertar del recién nacido y un banquete de amigos.

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Así pues, mientras escribo todo esto, lo hago un tanto pensando en mí y un tanto pensando en él, pero mayormente en mí, cuando llegué a él. Porque llegué a Morrison cuando aún era demasiado joven para saber de buenos libros, de buenos tragos y de buenos besos. Llegué a Morrison cuando aún ni siquiera estudiaba la universidad, ni me habían roto el corazón, ni yo era yo, sino solamente un chicuelo deseoso de algún día poder ser escritor. Llegué a Morrison cuando solamente escribía en una libreta un tanto vieja, y no había leído ni a Bolaño, ni a Rimbaud, ni a Baudelaire. Es decir, llegué a Morrison cuando aún no sabía nada, pero nada de la vida, y la miraba más bien de lejos con un súbito sentimiento de ternura, cual sí ésta fuera preciosa y no hiciera daño. Llegué a Morrison sin saber quien era Morrison, y mucho menos sin saber quien era realmente yo. Sin embargo, que bueno que fue así.
Así que, al final de los finales, no queda más que seguirlo escuchando: ¡Viva el Rey!

The Breakdown

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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