Philip Roth: el novelista corrosivo

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Por: Ricardo Sevilla

Retirado desde hace algún tiempo de la novela y muerto en mayo de este año, Philip Roth constituye él mismo toda una literatura. Pero no cualquier literatura, corregiría Sevilla: sólo la del ironista, la del escritor que no dejaba títere con cabeza. Éste es, por lo tanto, el mejor retrato de Roth.

Desde pequeño. Philip Roth (1933-2018) tuvo una irrefrenable tendencia hacía la burla y el sarcasmo. Detrás del niño reservado que fue, se escondía un ironista que se reía de todo. Como en el colegio donde estaba inscrito no se impartía la clase de actuación, en casa, el futuro escritor armaba pequeños escenarios donde pasaba horas consagrado a su histrionismo.

Más tarde, durante la adolescencia, Roth se sintió atraído por la llamada comedia de la Restauración. Pero no le agradaba la condición aristocrática que aquellas obras ensalzaban, sino, en todo caso, su índole libertina y el desenfreno sexual que exaltaban. Las comedias “duras” o antisentimentales de John Dryden, William Wycherley y William Congreve —llenas de aventuras disolutas— lo sedujeron tanto que, en la secundaria, se las arregló para que los profesores lo dejaran protagonizar algunas. Pese a que era un joven mordaz, solía contarle a todos —incluso, más tarde, a sus biógrafos distraídos— que en aquella época había sido “un alumno prudente, responsable y diligente”.

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Aunque poco a poco fue dejando la actuación, su ironía se fue acrecentando. Su mordacidad era aguda e ingeniosa, y no dejaba títere con cabeza. A veces iba a la playa y, con las piernas largas cruzadas como cubiertos en un plato, pasaba horas sentado bajo una palapa, criticando a las “personas de plástico que pasaban frívolas vacaciones de plástico con ese horripilante aburrimiento de plástico de los ricos”.

Entre la civilización y la barbarie —según Roth—, por ley natural, siempre habría que esperar la victoria de la barbarie. “En términos animales, los salvajes tienen más fuego en las entrañas”, anotó en su libro Indignación. Pero ¿de verdad pensaba así? ¿Creía realmente que la barbarie se imponía a la civilización?, le preguntó, en cierta ocasión, un reportero del New Yorker tratando de obtener una respuesta distinta. “Por supuesto. No tengo la menor duda de ello”, respondió, tajante, el escritor norteamericano de origen judío. Y eso, para Roth, simplemente, tenía que ver con la debilidad de los seres humanos. Él mismo apuntó en la página 245 de su novela Los hechos: “Las personas civilizadas siempre dejan que las personas no civilizadas las lleven a adoptar actitudes que les repugnan. La gente es terriblemente débil”.

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Si revisamos detenidamente su obra, advertimos que son pocos los temas y los personajes que escapan a su escarnio. Con idéntica aspereza crítica a “los políticos que han derramado la última gota de inteligencia humana que les quedaba”, a “los borregos que se dejan tentar por los movimientos extremistas”, a la “estúpida falacia de la guerra” y a los “hipócritas excesos de la sociedad norteamericana”. Pero Roth no sólo arremete contra los grandes asuntos. Su virulencia aterriza sobre las tramas cotidianas. Se mofa, por igual, de los sobrios y de los alcohólicos, de los groseros y de los educados, de los tontos y de los inteligentes. Hasta la policía de tránsito le arrancan críticas acerbas. Se ríe de aquellos vigilantes infatigables que, vestidos como si estuvieran en un carnaval, pasan “horas dirigiendo el tráfico, sudorosos, pletóricos de enérgica autoridad”.

No hubo festividad ni fecha en el calendario que lo conmoviera. La Navidad era para él como “una aterradora bocacalle donde adolescentes ávidos y deformes, abriendo y cerrando terribles bocas sin dientes, te salen al paso para devorarte”.

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Tampoco le agradaban los turistas. Le disgustaba la presencia de aquellos viajeros perplejos y alelados a quienes observaba fotografiando estatuas de piedra y generales de cobre. Le irritaba observarlos, llevando a cuestas una mochila pesada como una losa y un mapa en la mano, afanándose de un laberinto de travesías devastadora. “¿Cuál es su propósito?”, se preguntaba. Y la respuesta llegaba, como siempre, sardónica: “Me parece incomprensible lo que hacen, siempre acaban regresando, extenuados, a los hoteles, para intentar dormir bajo la claridad embrutecedora de un mediodía perpetuo”.

Aunque muchas veces él mismo cedió a la tentación de viajar, sus excursiones, según él, no le reportaban ningún placer. Todo lo contrariaba. En la calle llegó a toparse con “perros esqueléticos que aullaban con ladridos afligidos de niños” o con “imbéciles que, aferrados a las crines de la vida, intentan cabalgar hacía un mejor futuro que nunca llega”. Cierta noche, en algún hotel remoto, se sintió vigilado por las almas aterradas de sus muertos, “salidas de la tierra, bajo la forma de pájaros”, que tenían el propósito de impedirle el sueño y sumirlo en una vigilia perpetua.

Sus críticos han dicho que su lenguaje es luminoso, pero es exactamente lo contrario: su prosa es tan umbría que muchas veces, adquiere un timbre tan abismal que el lector padece la insondable vertiginosidad de quien se asome a un pozo. Y justo es ahí, en esa profundidad, donde radica lo más elevado de su estilo literario.

Los artistas no le merecían una mejor
opinión. Los comparaba con cualquier
profesionista o trabajador ordinario.

     Su critica demoledora, que sólo sabía avanzar por el carril de la ironía, le hacía referirse a casi todo con un desdén enojoso. Pero esa ironía, en su actitud más descamada, se mostraba todavía más vehemente cuando se refería a “los petulantes escritores que, animados por quién sabe qué estulticia, tarde o temprano, revelan una rara pasión por recibir mimos de todo el universo”. Los artistas no le merecían una mejor opinión. Los comparaba con cualquier profesionista o trabajador ordinario: “pocas veces, como en esta época, se han producido tantos artistas, escritores, odontólogos, contadores y recepcionista”. Sólo detiene su sarcasmo cuando se encuentra ante una figura infantil: “me gusta cómo duermen los niños, con los párpados cerrados sobre la simplicidad de su misterio”.

     En sus últimos libros, con una prosa que electriza, reflexionó, a través de sus personajes, sobre la vejez, el aislamiento, la muerte, la potencia sexual consumida y la decadencia física.

     Roth detestaba a los políticos. Y jamás renunció a ironizarlos. Describió el congreso estadunidense como “un grupo de pelmazos dizque virtuosos que actúan para impresionar al público, locos por culpabilizar, y castigar”.

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Durante sus últimos años de vida, Roth apenas podía dormir. Y sus personajes lo acompañaron en su desvelo. Por aquí y por allá, vemos en sus libros a hombres y mujeres que, poco a poco y debido al insomnio, se van transformando en pálidos espectros ambulantes que tropiezan en las calles en busca de un descanso imposible.

Como el célebre Nathan Zuckerman —su personaje más célebre—, con el paso de los años Roth fue desarrollando un humor más agrio y corrosivo. Los días lo abrumaban y, a falta de objetivos más cercanos, terminó dirigiendo, todo aquel sarcasmo contra si mismo: “Alguna vez llegué a pensar que era diferente a otros imbéciles. Pero ahora la solo idea me parece despreciable. Y me odio. Pero no me entristece odiarme. Para ser honesto, eso de odiarme a mí mismo me resulta bastante novedoso”.

Tengo 20 años y soy estudiante de cuarto semestre de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la BUAP. Me gusta la música y mi mayor pasión es el fútbol.

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