La iglesia durante la época de la Revolución Mexicana

Compartir

Dentro de la historia de nuestro país no se puede entender el desarrollo de movimientos como la Revolución Mexicana sin tomar en cuenta a una de las instituciones más importantes del país, inclusive más que el propio gobierno: La iglesia.

El rencor entre el gobierno y la iglesia no era nada nuevo. Desde el siglo XIX se había dado una disputa por conocer quien determinaría el destino del país. La política porfirista calmó en parte discordia, pero reapareció durante la Revolución al debilitarse el gobierno. De hecho aunque los 

La iglesia, tolerada por el Estado porfirista, vio a Madero como sospecha y lo trató con cautela aunque a fin de cuentas cooperó con el nuevo régimen dado que no tuvo otra alternativa. A su vez el presidente permitió que el partido Católico tomara un papel activo en la vida política ya que necesitaba de su apoyo para fortalecer su debilitada base de fieles.

Esta situación de acomodo mutuo continuó durante el huertismo. La similitud ideologica, la necesidad de apoyarse uno al otro contra una serie de enemigos y los recursos de la intitución religiosa provocarón mayor cooperación entre ambos grupos.

En nuestro estado, gobernadores como Joaquín Mass y Juan Hernández, inclusive participaban en actividades públicas financiadas por los curas de la región. Esto se dio hasta que los eclesiásticos previeron retirarles su apoyo cuando era evidente que los huertistas caerían del poder. Sin embargo fue demasiado tarde para ser etiquetados como constitucionalistas y asesinos de Madero.

Por lo tanto, la iglesia padeció a los norteños muchísimo más que a los poblanos, y quienes vieron en la institución uno de los impedimentos principales para transformar la sociedad.

Por otra parte, la Iglesia y los Zapatistas mantenían una relación de respeto mutuo que incrementó el odio de los carrancistas hacía ambos.

Hay poca duda de que los primeros dos gobernadores constitucionalistas, Francisco Coss y Luis Cervantes, quisieron liquidar a la iglesia en la entidad. Cervantes etiquetó al estado como “fanático” y dijo que a pesar de su odio por Puebla, se quedaría hasta que fuera destruido el Partido Católico.

Ambos funcionarios saquearon, quemaron y cerraron templos y otras instituciones eclesiásticas, convirtiendo muchas en cuarteles, establos y aún en prostíbulos. Ataviaron caballos con vestimentas religiosas, utilizaron confesionarios como leña y organizaron ceremonias en los atrios donde ejecutaban a “bandidos”.

De igual forma arrestaron a varios clérigos, algunos de los cuales fueron asesinados. Prohibieron la confesión confiscaron propiedades de la Iglesia y de los curas, secularizaron el currículo de las escuelas parroquiales y permitieron el divorcio.

Ante tales excesos, la reacción de la gran mayoría de los poblanos fue de un rencor profundo contra en gobierno. Hubo protestas callejeras y ataques contra la policía y los soldados, muchos de ellos liderados por mujeres.

El resentimiento llegó a tal punto que Carranza ordenó al tercer gobernador Constitucionalista, Cesáreo Castro, suavizará la política hacía la iglesia.

Con la toma de poder de Alfonso Cabrera en 1917 se hizo énfasis en ser poblano con sus valores correspondientes. No obstante, si bien no era norteño, en lo profundo era un carrancista con poco respeto  por la institución religiosa y su personal.

Dentro de su estrategia estuvo disminuir los abusos cotidianos más obvios por parte del gobierno y enfocarse en actividades más importantes para reducir a largo plazo la influencia de los eclesiásticos. 

Pese a estas consideraciones, la Iglesia no guardó silencio y aprovecharon la debilidad del régimen cabrerista para continuar protestando y organizándose. Con la caída de Carranza y la inestabilidad que le siguió, la Iglesia en Puebla no sólo trató de recuperar su status quo, sino también de participación en la construcción del nuevo Estado.

Estudiante de Psicología. Desde hace 21 años jugando a ser humana.

Be first to comment