El río San Francisco, la acequia maestra de la ciudad de Puebla

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El abasto de agua en la ciudad dependía de las bondades naturales de la Cuenca del alto Atoyac. Ésta forma parte de la meseta más Oriental del país está una serie de llanos y valles interconectados altitudes entre los 1600 y 2600 m sobre el nivel del mar (msnm), que se extiende en 150 kilómetros de este a oeste y 140 km de norte a sur También es la más extensa y variada atendiendo a los indicadores meteorológicos y ecológicos. Grandes zonas de la provincia cuentan con riego natural de ríos y arroyos que descienden de algunos de los volcanes más grandes de México: Iztaccíhuatl, Popocatépetl y Malinche.


Sus deshielos formaban parte de los escurrimientos superficiales del gran sistema hidrológico del río Balsas y delimitaban la microcuenca hídrica de la que se abastecía a gran parte de la región poblana. De esta manera las elevaciones, el tipo de suelo, definieron el sistema hidrológico de los afluentes que entraban a la ciudad: el San Francisco, el Atoyac y el Alseseca. Los dos bien representar cartograficamente como una gran pinza abierta que abrazaba el territorio en el que quedó comprendida Puebla y su entorno agroproductivo inmediatamente. De manera directa la ciudad se nutrió de las escorrentías de la montaña la Malinche y de los cuerpos de agua que de ella emergían a nivel superficial y profundo. El tercer irrigaba por su extremo Oriente completamente fuera de la traza.

Cartográficamente desde el siglo XVI ambos afluentes estuvieron asociados tanto a la producción agrícola local de inmediata y corta distancia como al emplazamiento urbano. A nivel visual y superficial había perceptibles diferencias en el recorrido de esta red fluvial, pues mostró diversas características físicas en función de la variabilidad del caudal del grado de inclinación del suelo, de los accidentes topográficos que se fueron formando en su trayecto y de las consecuencias de la erosión. Esto determinó la capacidad de arrastre el tipo de carga y la función que les fue asignada por los poblanos a cada corriente.


La acequia maestra


El río de San Francisco entrada a la ciudad por el norte de los barrios de San Antonio y San José y lo recorría a lo largo de los 4 kilómetros hasta terminar en el sur en el barrio de San Baltazar. En su recorrido mostró variabilidad en su fuerza y composición debido a la diferencia de altura de su caja de contención del tipo de suelo que recorría y de los usos del agua que para la producción y descargas residuales se hicieron a lo largo de su camino.


El río de San Francisco en centrada por el norte se encontraba con un marcado declive, el cual se aprovechó desviando una sección de su caudal al interior de la ciudad adaptándolo de tal manera que funcionó como una gran “acequia maestra” que la recorría de manera paralela al afluente. En principio su objetivo era conducir de manera exclusiva agua limpia para el lavado del trigo y el movimiento de las piedras de los primeros molinos que se establecieron en la ciudad que fueron los de San Francisco y San Antonio en el norte y El Carmen y Huexotitla en el sur.


Esto implicó un proceso de alteración geohídrica qué inició hacia 1537 y continuó conformándose a partir de encantamientos o entubamiento: subterráneos y abiertos, zanjamientos y represamientos. Se genera así un primer sistema artificial de contención y distribución de agua. De su capacidad energética variable dependió la activación de una serie de unidades productivas y el abasto indirecto de las casas habitación del entorno. El río-acequia proporcionaba cantidades de líquido adecuadas para la producción local, pero a lo largo del siglo XVII, el crecimiento de la ciudad y su población y la gran demanda agropecuaria qué Puebla satisfacía, hicieron que se optará por soluciones encaminadas a la diversificación de sus usos.

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Durante el siglo posterior a la conquista el desarrollo de la ciudad la caracterizó como un centro agrícola manufacturero y comercial más importante de la Nueva España. En este una de las actividades productivas más relevantes para la ciudad de Puebla y la región fue la fabricación de bizcocho y jabón, cuya producción estuvo dirigida hacia tres mercados fundamentalmente la Ciudad de México, la misma ciudad de Puebla y el abasto a las islas del Caribe y Filipinas. Esta capacidad de exportación hizo que la urbe se convirtiera en la primera mitad del siglo XVII en la segunda ciudad más consolidada la política y económicamente del virreinato de la Nueva España y que llegará por momentos a competir por su supremacía con la Ciudad de México, para crear esta imagen de gran éxito económico y demográfico, fue una condición necesaria la articulación diferenciada de importantes zonas agroganaderas destinadas tanto a su autoabastecimiento como al fortalecimiento del sector exportador.


A la gran demanda de molienda cerealera que hizo necesario el incremento del caudal del Río San Francisco y de la “acequia maestra” para la molienda se añadió la necesidad de tocineras o casas de “ganado de cerda”, batanes, obrajes y curtidurías o tenerías lo muestra el ejemplo de Alonso Fuentes, quién solicitó se le otorgará “merced de un tostón de agua proveniente de la acequia que va a los molinos para el servicio de su tenería ubicada en la Ribera del río de San Francisco (…) a cambio de pagar 100 pesos de oro común como ayuda para la obra de agua”. Y sí que debió parecerle importante hacerle llegar agua a su casa, pues el costo que proponía equivalía al menos al valor de la mitad de una casa habitación en el centro de la ciudad.


La existencia de la acequia-río y fundamentalmente durante el primer ciclo de vida de la ciudad lentamente y mediante desviaciones provisionales se le hicieron llegar excedentes de agua procedentes de manantiales cercanos. Éstos poco a poco se fueron conectando al largo camino de cañería de piedra que recorría la ciudad. De esta manera el molino del Carmen disfrutaba, además del agua de la acequia, de doce horas semanales de las aguas del “ojo” de San pablo y dieciocho de las de Santiago, y estás serán conducidas desde la esquina de la calle del Gato hasta la del arbolito por atarjea cubierta. Esta modalidad de conducción implicó de manera directa unificaciones en el sistema de recarga y descarga acuífera del afluente.
Idealmente la construcción de la acequia conduciría de manera exclusiva agua limpia para la molienda dentro de la ciudad, pero lamentablemente al igual que el río de San Francisco comenzó a usarse de desaguadero urbano.


El fluido procedente de los manantiales que por escorrentía la urbe, desaguaba de sus aguas ya utilizadas en el primer cause que encontraba a su paso, en este caso la “acequia-maestra”. Por otra parte los tocineros, curtidores y obrajeros, una vez que utilizaban el agua dentro de sus fincas, las acaban ya sucia tanto las calles como la misma acequia y al afluente esperando que por arrastre o por filtración los desperdicios se degradan. De esta manera, además del impacto causado en sí mismo por la derivación del río dentro de la traza, otro problema se presentó en relación con la capacidad de arrastre y depuración del canal, puedes recogía el agua procedente de los manantiales y arrastraba cantidades importantes de residuos minerales y orgánicos. Este generó serios problemas sobre todo en época de lluvias cuando el río mandaba su caudal natural y rebasaba su caja de contención natural. De esta manera se inundaban su ribera y sus derivaciones caminándose por las calles con el flujo de desechos sólidos y líquidos hasta doscientos metros adentro en los tramos donde se encontraba descubierto.


En 1604 la acequia ya estaba totalmente terminada y recorría la ciudad de norte a sur, y aunque para ciertos sectores de la población era muy rentable su existencia, para las autoridades representó un problema, ya que se generaron continuas quejas por el adecuado del conducto, por esta razón se acordó la propuesta de Pedro López Florín, maestro de obras de la ciudad para reincorporar el agua del canal a la “madre” (al río) a la altura del puente, ordenando que “ninguna persona vuelva a depositar agua en la acequia debido a qué causa inconvenientes a las calles reales y entradas de la ciudad, por no haber alcantarillas o puentes para el pasaje de la gente, así de pie como a caballo”. Pero este problema está lejos de solucionarse, como lo muestra el siguiente ejemplo de 1623, cuando se dio “licencia para terminar la tenería de seis pilas a José Núñez, dicha tenería está junto a los obrajes de Cristóbal de Brihuega (…) los vecinos dijeron que no había perjuicio alguno y el 17 de agosto que dio licencia para acabar y usar dicha tenería y que el agua que se tiene de servir vaya a dar a la acequia de los molinos por el desaguadero que tiene hecho.


La sequía y el río de San Francisco continuaba su camino saliendo de la traza de la ciudad por el señalando como límite el pueblo de San Baltazar. A partir de ahí el afluente rodeaba a la urbe irregularmente hasta unirse con su brazo mayor, el Atoyac. Éste propiamente en el Poniente rejilla recargas de mantos acuíferos más profundo lo que coincidía con cambios en el nivel del suelo. Esto originó una elevación del caudal y, con este, de la energía y su capacidad de movimiento, lo que permitió el establecimiento de otro conjunto agroproductivo en esa zona. En el sentido de las manecillas del reloj se localizaban los siguientes molinos Mayorazgo, Amatlán, de Enmedio y Agua Azul.

Referencia:

Loreto López, R. (2010) Agua, piel y cuerpo en la historia cotidiana de una ciudad mexicana. Puebla siglos XVI-XX. México: Educación y cultura.

Estudiante de Psicología. Desde hace 21 años jugando a ser humana.

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