El milagro del agua terapéutica en Puebla

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A lo largo de la etapa colonial en numerosos casos frailes y monjas solicitaban permiso para acudir a baños termales ricos en sales cuyos efectos se consideraban benéficos en males reumáticos y cutáneos, porque “se han experimentado saludable para sarna, pústulas y otras erupciones cutáneas y accidentes en que se necesita purificar la sangre”.

De  hecho, hacía mediado del siglo XVII se conocían los baños de agua sulfurosa de San Pablo como los baños del “Venerable Señor”, pues según se dice ahí los había tomado el ilustrísimo obispo virrey don Juan de Palafox y Mendoza para curar sus dolencias. El concepto de agua que lava el cuerpo fue reconocido tardíamente, hacia la segunda mitad del siglo XIX y continuó asociado con la larga tradición miasmática de la necesaria transpiración de los poros como requisitos de curación mas no con la higiene corporal. Las variaciones de su aprovechamiento dependieron de la temperatura y de las cualidades organolépticas del agua.

Hacia la segunda mitad de ese siglo, el agua adquirió francas cualidades terapéuticas, su empleo se comenzó a recomendar como baños de cuerpo completo o mediante exposiciones o “tomas de agua fría”. Fue hacia 1849 cuando se popularizó como preventivo contra el cólera. Se recomendaba ingerirla cuando se presentaban los característicos dolores violentos en el estómago, calambres en el intestino recto y “desempeños frecuentes, evacuations alvines“; se prescribió usarla alternativamente en las lavativas y los baños de asiento y ” el transpirar con abundancia”, con el objeto de “restituir la energía de los órganos de la piel que la habían perdido”.

El agua fría generaba una irritación que se supone estimulaba devolviendo rigor al enfermo. Especial cuidado debería tenerse de que el fluido irrigara exclusivamente la zona del ombligo, dejando las extremidades fuera y frotándolas para que se mantuvieran calientes. 

Como complemento se recomendó que el agua destinada para beber, al igual que la que se usaba en baños u abluciones, mientras más frescas resultaba mejor. Obviamente estas recomendaciones resultaron muy útiles en caso de fiebres, pero estas recomendaciones resultaron muy útiles en caso de fiebres, pero también esbozaban la preocupación por la deshidratación causada por “vómitos y deposiciones dolorosas”, que comúnmente acompañaban al temible cólera morbo, pues “No hay ninguna enfermedad en que sea más preciso beber agua fría en abundancia.

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Otra modalidad de la utilización del agua con funciones terapéuticas se documentó en la segunda mitad del siglo XIX en el hospital de mujeres dementes de San Roque. En él además de las letrinas y de los baños normales, se localizó la “sala de baños fríos”, su práctica  se recomendó como medida aplicada a las enfermas en crisis y fue un complemento de las camisas de fuerza y de la sala de las epilépticas forradas de cojines, cuyas adaptaciones formaron parte de las prácticas de salud mental implementadas en la modernidad galénica. Se suponía que se aplicaban estos baños a las “violentas” esquizofrénicas y también a las histéricas con el objeto de causarles un estado de shock que les restituyera, si no la salud, al menos la atención sobre el frío que les envolvía su pobre cuerpo.

Estudiante de Psicología. Desde hace 21 años jugando a ser humana.

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