¡Cuánto amo los libros!

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«Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca», Jorge Luis Borges.

No existe, ni existirá, por supuesto, mejor amigo y aliado, que un libro. Pues éstos son ya como cientos de miles de voces pugnando por salir, buscando así no desaparecer. Tienen vida propia, cuya alma resuelta entre ficción es un breve asomo al pasado inasible de un mundo que se fue y no volverá. Abrirlos es volar hacia una tierra lejana, más aún indescifrable. Cerrarlos, saberse un cómplice irreversible, peor aún: adicto.

Ya lo decía Vargas Llosa: la literatura, como todos los buenos vicios, se acrecienta con el paso de los años. Sin embargo, también sepulta a quien, alejado de todo y de todos, clava sus narices entre las páginas. Esto último no lo dijo Vargas Llosa, por supuesto, pero de menos ha sido, de algún modo, lo más cercano a la realidad.

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“Quién busca entre los libros lo que no encuentra en la realidad, no esta de acuerdo con el mundo”


¿Quién lo dijo? No logró recordarlo. Pero, a la postre, habría que preguntarse cuánto es que se aman, o, mejor dicho, cuánto es que se le debe a los libros. ¿A cuánto asciende el valor total de la deuda? Porque seguro que su precio apenas insignificante no vale en absoluto lo que le otorga al alma: ese regocijo anacrónico de traer al presente un momento, perdido para sí en lo más profundo de la memoria, más aún del corazón. Pues éstos nos estremecen, nos prestan llanto, acaso un grito ahogado entre lágrimas puras que de a poco quiebran la voz melodiosa. O, acaso, todo lo contrario: nos divierten, nos sacan de nuestro ensimismamiento, no desnudan ante el espejo para mirarnos dentro.

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Son también como un viaje, no solo del espacio, sino del tiempo. Pues es montarse siempre en la solapa, saltarse el prólogo y encender la máquina; comenzar a leer, impertérrito, mirando así, como la perra Laika, al infinito universo, en cuyas posibilidades apenas se esbozan, menos aún se conciben. Es ir a Tokio junto al señor pájaro que da cuerda, de la mano de Murakami. Es subirse a un Cadillac junto a Kerouac a recorrer el viejo oeste. Es estar en medio de la familia Buendía, enamorándose de la prima. Es olvidarse de la vergüenza de la mano de Violetta, en Diablo Guardían. O rebuscar allí entre Pacheco a Mariana, para saber, una vez más, que el amor es triste, como un domingo por la tarde, cuando todo ha terminado y todos vuelven a sus casas, ligeramente extraños, en 1984.

Es, ante todo lo posible y lo improbable, entenderse, maldita sea, entenderse y saberse ya un esclavo de esas historias, que se irán arrastrando en la penumbra para cambiarnos, no por ello deformarnos, sino construirnos; de pies a cabeza, hasta el último centímetro, como hasta la última peca. Un libro es todo eso, más un más. Un libro es un ser extraño que habita en la repisa, que alguna vez fue un sueño, y que luego se transformó en palabra, para volverse, sin aspavientos, en una historia jamás contada. Un libro no es de quien lo escribe, sino de quien lo lee.
Así que, a fin de cuentas, olviden todo lo que dije y vallan a leer.

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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