Sopor Aeternus: unas tinieblas que se disipan

Compartir

En el campo cultural friki hay cosas hundidas en los inframundos más negros. Y está bien que ahí se queden. El cautiverio feliz de Salinger, por ejemplo; la muerte del «Bonzo», baterista de Led Zeppelin; la verdadera identidad de Thomas Pynchon; o las circunstancias que rodean a la vida y al arte compositivo de Anna-Varney Cantodea, el cerebro detrás de la banda gótica de culto Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows.

El 8 de febrero pasado se editó Death and Flamingos, el nuevo material de Sopor, que sacó otra vez a la palestra –si eso es posible– a Anna-Varney y sus circunstancias. El sonido, eso sí, ya no es el de Les Fleurs du Mal (2007, quizás su disco más logrado) y ni siquiera el de The Spiral Sacrifice, el álbum apenas editado el año pasado, lo que pone a pensar sobre las intenciones de la banda de cara al futuro. Basta con escuchar algunos cortes de la nueva producción, como «Spellbound» o «Coffin Break», para notar meridianamente que el estilo de Anna-Varney se va acercando cada vez más al de Lacrimosa o Theatre of Tragedy, bandas del mismo corte, pero con más intenciones de reconocimiento. Y quizás después de 30 años de trayectoria ésa sea la jugada: disipar las tinieblas, despejar las incógnitas, sacar una mano de la tumba y llamar la atención.

No era ése el propósito inicial. De hecho, de la intrigante Anna-Varney Cantodea aún no se sabe demasiado, salvo que se trata de un ser andrógino, muy doliente, una suerte de engendro nacido en Frankfurt, Alemania, que se ha escondido en catacumbas y que a partir de las presencias que sentía en esa soledad extrema ha construido el Ensamble of Shadows. Llegó a hacerse famosa su sentencia, repetida luego por cada fan pirado, que él/ella no componía canciones para humanos y que, por lo tanto, no tenía contacto con ellos. De ahí que nunca haya realizado una presentación en vivo y las entrevistas que ha dado son objetos de raro culto. El fantasma más importante del ensemble es, sin duda, aquel que toca los teclados, porque una de las características notorias de su música, que la define y la hace conmovedora, es la presencia de clavicordios barrocos, pianos de cola, clavecines y cajas de música.

De los pocos datos que se tienen puede armarse un puzzle interesante. A finales de los ’80, en los circuitos dark de Frankfurt, Varney conoce a un tal Holger, con quien comienza a componer música sin instrumentos, únicamente en su cabeza. Logran editar, sin embargo, tres casetes artesanales que pasan de mano en mano. Cuando Holger abandona el proyecto, el recién fundado sello Apocalyptic Visions se interesa por esta música, creada por y para Varney, y edita en 1994 su primer álbum, llamado Ich Tote Mich Jedesmal Aufs Neue, Doch Bin Ich Unsterblich Und Erstehe Wieder Auf In Einer Vision des Untergangs, abreviado como Ich Tote Mich… y que puede dar la medida de la propuesta y del tema recurrente de Sopor Aeternus: Me mato cada vez, pero soy inmortal y vuelvo a surgir en una visión de la fatalidad. El disco y la propuesta son tan apreciados que Apocalypctic Visions debe sacar una segunda tirada al poco tiempo.

Allí arranca la leyenda, aquella del aislamiento radical («La presencia de la gente es horrorosa y fría», se lamenta en «No one is there», del disco Dead Lovers Sarabande, vol. 2), en donde se hacía acompañar sólo por estas presencias que la empujaban a mostrar la música que creaba para sí misma. Pero también, con ello, arrancan las evidencias de la compensación narcisista: la de componer música como resultado de una neurosis y la de bramar el dolor que siente. Eso, al final, es bueno. Y calma. «The Urine Song», tema del disco A Strange Things To Say (2010), puede ser evidencia de esta interpretación. Una canción que invita a: «You’ll never waste that precious gold/ open your hands and make a bowl», no sólo puede ser asumida como muestra de coprofagia, sino, como le ocurría a Salvador Dalí, la consideración de que hasta los desechos de tu propio cuerpo son preciosos cuando nada más llega a serlo en el mundo.

En realidad, las letras de Sopor Aeternus tienen poco de soporífero: vomitan la pena, el dolor, el lamento por un cierto bienestar perdido. Pero luego, valoran lo único que al final se tiene: la construcción de una identidad particular, decidida por uno mismo; la estética y la performance donde el propio cuerpo se ha moldeado como obra de arte macabra; y, por supuesto, la música inusual y, en varios momentos, sublime que ha surgido de esas experiencias.

Los ribetes a música medieval y renacentista no son gratuitos. De alguna manera, el dark wave y el rock gótico se estaban dando vueltas en círculos en los ’90 y requerían una propuesta nueva. Esta tendencia lúgubremente hermosa, con violines y flautas traversas, sintetizadores y bajos eléctricos, le abre una arista a una música a todas luces (o sombras) bizarras. A ponerle oreja a temas como el conocidísimo «In Der Palästra», de Les Fleurs du Mal (una letra que al propio Baudelaire le hubiera encantado); «Children of the Corn» (del EP homónimo del 2011); «Saturn Devouring His Children» (del disco Songs from the Inverted Womb, una relectura del mito griego sobre el que Rubens y Goya ya habían tenido algo que decir), «Paranoid» (la versión libérrima que hace del clásico de Black Sabbath), «The Oblong Box» (que nos recuerda, de algún modo, a maestro Poe), etcétera.

Después de 15 álbumes de estudio, más otras recopilaciones demenciales aquí y allá, Sopor Aeternus & The Ensemble of Shadows se ha puesto, en el 2019, a rockear. A un mes del lanzamiento de Death and flamingos hay fans divididos, pero suponemos que a Anna-Varney y a sus amigos de las sombras aquello los tiene sin cuidado.

O no.

Quizás sea éste el episodio que haga salir al siniestro y maravilloso personaje de sus catacumbas.  

Be first to comment