Nostalgia Jodorowsky

Compartir

Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, 1929), el mago, el ayo, el antiguo juglar de la tribu, acaba de cumplir 90 años. En sus redes sociales mencionó algo sobre el deterioro de la carne que nadie captó muy bien. Alguien a quien no le importaba haberse hecho pedazos las rodillas por horas y horas de meditación en su primera adultez ahora se lamenta por tener un cuerpo. Igual, hace algunos años, en un pequeño video que se hizo viral, Jodorowsky alegaba el extremo cansancio físico de ir de arriba abajo debido al último rodaje en el que se había embarcado, Poesía sin fin.

            El cuerpo, el físico, siempre la materia. Qué raro viniendo de él. Después de todo este viaje místico, consciente por lo menos desde la adolescencia si se le cree a lo narrado en su libro La danza de la realidad, y que incluía paradas en la meditación zen, el chamanismo y el Tarot de Marsella, el deterioro pareció hacerse evidente. La actual generación, lamentablemente, lo conoció en su peor momento: lanzando frases a lo Coelho por Twitter; con la psicomagia transformada en una religión de puras intuiciones banales y a su sacerdote principal creyéndose Bhagwan Shree Rajneesh o el Maharishi Maresh. Es decir, descontextualizado.

Una lástima: la actual generación ya no conoció al Jodorowsky que ponía todo eso al servicio de la emancipación artística y no como un fin en sí mismo.

            Convertida en sistema terapéutico, la psicomagia no lleva a nada. Como principio energético de creación lo es todo, y eso fue lo que realmente convirtió a Jodorowsky durante al menos tres décadas (de 1960 a 1990) en un foco de atención privilegiado de artistas tan disímiles como Salvador Dalí, Dan O’Bannon o John Lennon.

Alejandro Jodorowsky (2016)

            Me interesa poco cartografiar la caída del ángel aquí. Más me interesa, en esta sección, hablar de lo bizarro y potente que era su propuesta hasta antes de que se creyera el cuento de la psicomagia. Porque Jodorowsky era un visionario. Primero que todo, nació en Tocopilla, Chile, un pueblo perdido en las postrimerías del norte árido y poco amistoso (y que, quizás, de manera inconsciente, fue el que le dio el telón de fondo a los recorridos que, en El Topo, el pistolero anónimo realiza sin cesar por el desierto). Según cuenta, su padre se parecía físicamente a Stalin y su abuelo, a Gandhi. Así que en ese equilibrio raro, donde no sabía bien quién pacificaba y quién castigaba, surgió la chispa que todo artista auténtico tiene a una edad muy temprana: escapar de donde se está.

            Huyó y se fue a Santiago. Allí encontró en la mímica y el teatro de marionetas un modo de expresión particular, todo esto aunado a dos figuras que reemplazarían a Stalin y a Gandhi (pero con las que tampoco sabría bien quién le daba paz y quién castigo): Nicanor Parra, en el auge de la antipoesía; y Enrique Lihn, el grafómano que lo impulsa, mucho antes que aparecieran Bolaño y Mario Santiago en México, a realizar performances delirantes: caminar en línea recta sin importar lo que hubiera delante (lo que los obligaba a pedir permiso a las distintas vecinas para atravesar sus salas y patios, y que me remite a una versión «seca» del cuento «El nadador», de Cheever); realizar un montaje de títeres sobre un hormiguero y luego destruirlo; llevar a cabo acciones catárticas para liberarse de las trabas sexuales, familiares y políticas, etcétera. De todo esto, tal vez lo que nos queda para la posteridad es «Quebrantahuesos», un collage poético muy dadá firmado a tres manos por Jodorowsky, Parra y Lihn. Una obra plástica sin desperdicio.

            Pero Santiago lo asfixia y en 1953 la huida es más drástica. El destino, como era de esperarse, es París. Allí estudia pantomima con Étienne Decroux, el profesor de Marcel Marceau, y viaja con su compañía recogiendo experiencias. Es allí, en Francia, donde decide tomar con seriedad una cámara y rodar «La Cravate», un cortometraje-mimo que le valió el aplauso de Jean Cocteau, mismo que decide prologarle esa primera y rara película. Lo poco del surrealismo que estaba blowin’ in the wind por esa época en París se infiltra hasta la médula en su esencia de creador. No obstante, en 1962 se desmarca, igual que Artaud y otros, de la esfera de influjo de André Breton y funda, junto con Fernando Arrabal, el Movimiento Pánico, que entre sus influencias tiene al dadaísmo, a Alfred Korzybski y a Ludwig Wittgenstein (adelantándose, de hecho, a lo que todo individuo piensa al leer el Tractatus: que es pura pantomima filosófica). Es por esos años que Arrabal le presenta un libreto para teatro con el nombre Fando y Lis. Jodorowsky decide rápidamente adaptarlo al cine, en una película que lo encumbra como un cineasta realmente innovador y freak: una paralítica y un impotente buscan con ahínco una ciudad encantada, Tar, pero en ese bizarro camino de Oz sufrirá la corrupción de su inocencia y un amor sadomasoquista para darse cuenta de que el paraíso es imposible.

            Fando y Lis (1968) es la película que trae a Jodorowsky a México. La leyenda cuenta que en 1970, durante el Festival de Cine de Acapulco, la película fue tan chocante que provocó el abucheo general del público y la persecución, pistola en mano, de Emilio «el Indio» Fernández. En lugar de intimidarlo, a Jodorowsky le pareció de lo más estimulante y se quedó varios años, maravillado por la cultura y aprendiendo de Erich Fromm –que consultaba, por esas épocas, en Cuernavaca– y del maestro Ejo Takata. Produjo un sinfín de obras de teatro y guiones para cine, y dándole curso a su nueva faceta, la novela gráfica. Su primer cómic se llamó Aníbal 5, con ilustraciones de Manuel Moro pero, por supuesto, su legado global se encuentra en la irrepetible y fantástica La casta de los Metabarones, una serie de cómics creada junto al argentino Juan Giménez y que narra la historia de una dinastía de guerreros perfectos. Hay en La casta de los metabarones algo que se potenciará, luego, en El Topo: en cada nueva generación, los «metabarones» acrecientan su poderío debido a que mutilan a su descendiente, luego de haberlo entrenado, para que éste a su vez, les dé una muerte violenta pero honorable.

            Qué es El Topo (1970), el capolavoro de Jodorowsky, sino una prerrogativa de que ante cada derrota infligida a un maestro, hay una pérdida interior. La historia de un pistolero sin nombre que vaga por el desierto con su hijo desnudo encontrando adversarios cada vez más complejos le valió la atención de John Lennon, nada menos. Entusiasmado con el viaje místico hacia la autorrealización, Lennon le sugiere distribuir mejor su película y, además, convencer a su amigo George Harrison para aparecer en la siguiente cinta, la trastornada La montaña sagrada. Harrison dijo nel cuando vio que, en la primera escena, debía someterse a un lavado anal en close-up por exigencias del guion. Así que sin Harrison, Jodorowsky saca adelante esta historia bizarrísima: un vagabundo conoce, con ayuda de un alquimista y su asistente, a siete seres superiores que encarnan los siete planetas del sistema solar. Con su ayuda, sale a buscar la famosa Montaña Sagrada, con el propósito de aniquilar a los siete dioses que en ahí viven y volverse así seres inmortales. En su trasfondo, lo que se puede leer es el sufismo de Georges Gurdjieff y el otrora singular «eneagrama de la personalidad» (un método para el autoconocimiento que describe nueve tipos de personalidad distintos y sus interrelaciones).

            La montaña sagrada es considerada, casi por unanimidad, su obra más lograda. Es decir, la certeza de no seguir huyendo. Aunque faltaría aún un intento definitivo de confirmar si Jodorowsky había realmente encontrado lo que buscaba. Creyó encontrarlo, en 1989, en Santa Sangre, rodada en México, producida por Claudio Argento y protagonizada por sus hijos Cristóbal y Adán. El escenario es un circo, en tanto espacio de ritualización y sacrificio (antes, pues, de Santa María del Circo de Toscana y de Balada triste de trompeta, de Álex de la Iglesia que es, en cierto modo, su reverso cómico). En la película, Fénix, un joven taciturno, explora su relación conflictiva con su padre, Orgo, y con su madre, Concha. Es una historia donde Sigmund Freud y Mircea Eliade verdaderamente se dan la mano, pues tanto las referencias psicoanalíticas como mítico-culturales son evidentes debido a que cada integrante de la familia ha procesado la sangre de un modo particular, ya sea a través de la feminidad, el sacerdocio, la infidelidad o el suicidio.

            Es en los ’90 cuando Jodorowsky se estanca. Y como se estanca, saca el proceso creativo de su lugar de sombras para volverlo su ganapán. Publica La sabiduría de los chistes, El loro de las siete leguas y Cabaret místico, entre otros libros-fórmula, intentando revelar lo que debe, por lógica, quedar oculto para la verdadera iluminación del lector. Y luego, bueno, se vuelve el gurú de las entrevistas, conferencias y encuentros en el café Le Téméraire y en la tele latinoamericana y europea.

            No vamos a prodigar tonterías a estas alturas de la corrida: tomarle el pelo a la gente con el arteterapia puede hacerlo cualquiera. Pero lo que no hace cualquiera es esa tetralogía singularísima del cine bizarro, que va de Fando y Lis hasta Santa Sangre. Y menos, trabajar, como ya lo quisiera Alan Moore, una saga como las de los metabarones.

            Tal y como sucede con personalidades del rango de los Rolling Stones, Darren Aronofsky o el mismo Nicanor Parra, con Jodorowsky es mejor operar desde la nostalgia y hacer retrospectiva, porque lo último que ha salido de su cerebro ha sido lixiviado comparado con el bocado sustancioso que fue su producción entre los ’60 y los ’90.   

Be first to comment