Crónica del Estudiante Errante: Una mañana en el Lago Universitario

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(Nota del autor: Al principio tenía la intención de hacer de Crónica del estudiante errante, un pasaje descriptivo de cada recoveco de la universidad. Pero, tras pensarlo un poco, noté que de ese modo resultaba todo muy superficial. Por eso, está es mi propuesta: relatos cortos sobre la vida de un estudiante dentro de la universidad. Un personaje ficticio que no haga otra cosa más que andar dentro de CU vagando. Pero al tiempo que también se cuestione, se descubra, se desarrolle. Considero que de está forma todo puede resultar mucho más atractivo para los lectores. Seria bueno intentar, pues llevo ya casi un año colaborando [cosa que me encanta] y me he dado cuenta de que hay mucha gente que quiere leer algo con lo que se identifiqué.
Les pido su apoyo en esto, seguro que saldrá bien. Cualquier cosa, ustedes tienen mi correo. ¡Saludos!)

La gente pato que hay aquí tiene unas patas monas y planas de color naranja,
como las botas de agua de los niños de primaria,
pero parece que no están hechas para caminar sobre el hielo, todos se resbalan.
Haruki Murakami, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

La clase ha terminado y el estudiante errante recoge sus cosas. Las va guardando una a una, al tiempo en que el profesor borra la pizarra y toma su maletín. Una vez termina, se larga; no sin antes despedirse. ¡Muack! Nos vemos…, le dice a una. Salé, hay mañana, le dice a otro. Luego entonces se marcha.

Es jueves, y no pasan de ser las nueve de la mañana. No hace ya demasiado frío, pero aún con todo camina hasta la cafetería de la facultad de Economía y compra un café sin azúcar. Todos van de un lado a otro, caminan con prisa y sin mucho tiempo. Es una hora sin igual, en un día sinigual, de un mes sinigual, de un cuatrimestre sinigual.


Mira de arriba a abajo los altos edificios, los observa con minucioso encanto. Algunos estudiantes salen, otros entran. Cargan consigo pesadas mochilas, como grandes compromisos. Asistir, escuchar, estudiar y aprobar: cuatro sencillos pasos para sobrevivir en aquella jungla que es la BUAP. Y entonces, como una idea fugaz, se dice: habría que ir al lago.

Puede tomar el Lobobus; o la LoboBici, en el mejor de los casos. Pero decide ir a pie, caminando; y rebuscando, allí entre el destino y el tiempo, algo. Atraviesa Derecho, luego Administración. Cruza por Rectoría y se inserta en la Facultad de Ingeniería, seguido de Arquitectura. Una vez llega, se sienta en el anfiteatro; y vigila entonces cada movimiento, como cada letargo.
¿Será por la mañana, en la tarde o ya en la noche? ¿Será antes, después o entre clases? ¿A qué hora el lago está más lleno?, se pregunta de improviso. ¿A qué se va al lago? ¿Fumar? ¿Comer? ¿Leer? ¿O todo al mismo tiempo?, se dice para sus adentros.


Los patos, como las garzas, ya deambulan de un lado a otro. A veces en línea recta, otras en zigzag. El sol ya ilumina los prados, como las bancas, las mesas y el lago. La temperatura sube ligeramente y en las esquinas ya hay estudiantes arrebujados. Algunos ponen música, otros platican. Algunos tan solo leen, otros apenas contemplan. Él está solo.
Abre su mochila, y al hacerlo suena el tintineo de los cierres. Una vez lo hace, saca un libro, como su teléfono para reproducir Sugar for the pill en Spotify. Se pone entonces los auriculares, no sin antes desenredarlos un poco; y abre en acto seguido el libro en dónde lee lo siguiente: Lo que había entre ellos no era amor, era inmortalidad. Y entonces se detiene un momento, levanta la cabeza, respira profundamente y mira a su alrededor y se vuelve hacia ella, que está apenas unos cuantos metros detrás. La ve de arriba a abajo, la observa y se abstrae en su eterna belleza. El errante ahora está enamorado.
Ella, que fuma un cigarrillo y lee algo de Camus, también en ese momento se vuelve hacia él. Las miradas de ambos entonces se enfrentan y evaden; y entonces le sonríe, y él la devuelve acaso más miedosa, de menos extraña.

Quiere levantarse e ir hasta ella, pero no puede. Por más que lo deseé no puede. Debe quedarse con eso, la inmortalidad de ese momento. Es lo que, para él, los une. Está convencido de ello.

Se vuelve por última vez, pero ya no la ve. Se ha ido. Acto seguido, luego de revisar bien la hora, vuelve a guardar sus cosas. Y lo vuelve hacer una a una, al tiempo en que echa una mirada a su entorno, en dónde ya hay más gente, como soledad inherente. Es entonces cuando siente una mano y una voz melodiosa dirigiéndose hacia él: ¿Qué estabas leyendo?

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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