El Lado Bizarro de Andy Warhol

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Andy Warhol (1928-1987) pertenece a esa esfera de artistas integrales a quienes la prensa y la crítica especializada ha dejado pocos rincones sin alumbrar. Sus propios libros Mi filosofía de la A a la B y de la B a la A o sus singulares Diarios, que abarcan casi una década y que redactó hasta dos días antes de su muerte, acaecida el 22 de febrero 1987, se encargaron de moldear al personaje: cínico, excéntrico, arriesgado y visionario de una época que pedía que las distintas disciplinas artísticas, como la plástica, la música, el cine y el performance, se tendieran puentes inéditos entre sí.

Ese hijo de inmigrantes polacos, tímido e introvertido, le hizo flequillo a su pelo blanco, se puso una chaqueta de cuero y unos lentes oscuros y promulgó un principio estético que se volvió, luego, doctrina: si el arte ha respondido siempre al sentir de los tiempos, en la era industrial y en la sociedad de consumo resulta entonces imperativo que se produzca en serie y que llegue a la mayor cantidad de personas. Parodiando a Marinetti, el padre del futurismo: una lata de sopa Campbell’s es, ahora, tan hermosa como la Victoria de Samotracia. Y más si es exhibida no una, sino diez veces, en esa técnica llamada serigrafía que él también ayudó a desarrollar.

            Lo que vino luego es bien conocido por todos: los rostros de Mao y Marilyn Monroe; las portadas del disco homónimo de la Velvet Underground y del Sticky Fingers, de los Rolling Stones; su propia morada/taller/centro cultural/lugar de encuentro bautizada –no podía ser de otro modo– como «The Factory»; el padrinazgo a ciertos artistas que, sin él, probablemente hubieran sido fuegos fatuos, como Jean-Michel Basquiat y Jeff Koons (el de las gigantes esculturas de globo con forma de animales)… En fin, eso que contó mejor que nadie Arthur C. Danto, el apocalíptico crítico de arte, en el libro-biografía que se titula simplemente como el homenajeado: Andy Warhol.

            Todo eso está bien, pero para nosotros Warhol importa particularmente por algo adicional. A principios de la década de 1970, el neoyorquino, que ya había tenido ciertas incursiones en el cine experimental con Chelsea Girls (de 1966, que contaba las peripecias de varias chicas que entraban y salían de aquel mítico hotel) y Lonesome Cowboys (1968, una parodia a la masculinidad vaquera, casi cuarenta años antes de Brokeback Mountain), decidió financiarle al director Paul Morrisey su versión conjunta de dos monstruos clásicos: Frankenstein y Drácula.

Morrisey, que había ayudado a Warhol en sus alocados proyectos de cine durante los ’60, parecía mover la cámara y encuadrar justo lo que el maestro quería. Entre ellos había, sin duda, una suerte de relación telepática, y fue así como en 1973 se empezó a rodar la rarísima Flesh for Frankenstein (conocida también como Andy Warhol’s Frankenstein). La base del argumento es la archiconocida adaptación de la novela de Mary Shelley: un científico loco (interpretado por el actor alemán de culto Udo Kier) está obsesionado con fabricar una criatura ideal (Joe Dallesandro) a base de trozos de otros cuerpos. La innovación está en que Morrisey convenció a Warhol de convertir ese terror clásico en verdadero cine gore, y los pedazos de cuerpos que el barón Frankenstein obtiene no son de cadáveres, sino de personas vivas que, fatalmente, poseen a ojos del científico proporciones perfectas.

Al barón se le ocurre armar, también, a la par una novia para el monstruo (interpretada por la bellisima Dalila Di Lazzaro). El propósito, por el bien de la ciencia, es que procreen para que… quién sabe. Todo se va al traste cuando elige, sin saberlo, como cabeza perfecta para su criatura la testa de un monje. Así que de procreación, rien de rien. No obstante, la esposa del barón (Monique Van Vooren) se interesa sexualmente por el Frankenstein ya armado, lo que deriva en una trágica resolución para todos los involucrados.

La película es 100% warholiana: desinhibida, camp, artera… de esas películas malas que llegan a ser de culto. No contentos con todo ello, y en la lógica de la duplicación como una de las bellas artes, mientras rodaba Flesh for Frankenstein a Morrisey se le ocurrió optimizar el trabajo de Udo Kier y Joe Dallesandro y grabar, paralelamente, Blood for Dracula (1974, o Andy Warhol’s Dracula). La historia va así: el afamado conde Drácula (Kier) está enfermo y agonizante, y para sobrevivir descubre que debe beber únicamente sangre de vírgenes. Por lo tanto, sale de su Transilvania natal y se traslada a Italia, convencido de que en ese país, debido al impacto del catolicismo, encontrará mujeres que, como la Inmaculada, no han conocido varón. A su llegada, el conde se hace amigo de un terrateniente, Marchese di Fiori, padre de cuatro bellas hijas y a quien no le disgustaría tener a Drácula como yerno para salir de la ruina en la que se encuentra.

Cuál será la sorpresa del conde cuando descubra que dos de las cuatro supuestas doncellas dejan entrar a sus aposentos, subrepticiamente por las noches, al criado (interpretado por Dallesandro y donde hay momentos en que uno ya no sabe si está viendo el Drácula de Andy Warhol o el de Mario Salieri, ja). Resultado: al morder sus cuellos, Drácula enferma estrepitosamente, con convulsiones y vómitos dignos de película de Joe D’Amato o del Peter Jackson de Bad Taste (antes que se vendiera al poder).

No más spoiler. Vean Flesh for Frankestein y Blood for Dracula. Los resultados podrían resumirse del siguiente modo: es el padre del pop art que, a través de su director de confianza (Morrisey), juega a ser Mario Bava.

Nota final: en Blood for Dracula, Marchese di Fiori es interpretado nada menos que por Vittorio de Sica y, en una escena de un bar, Warhol le hace un cameo a nada menos que Roman Polanski.

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