Crónica del estudiante errante: un día en la Facultad de Administración

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Errante por el mundo fui gritando: 

“La gloria ¿dónde está?” 

Y una voz misteriosa contestóme: 

“Más allá… más allá…” 

Gustavo Adolfo Bécquer 

Existe un número muy pequeño, casi insignificante, de estudiantes buscando su sitio. Pues aún sin importar el área de estudio a la que se dediquen, andan por allí rebuscando entre el conocimiento; y acaso entre sí mismos.  

Ya lo decía Murakami: «A lo largo de nuestra vida vamos descubriendo nuestro propio yo; y, a medida que lo descubrimos, perdemos parte de nosotros mismos» Y es que ese número pequeño, comparte —desde tiempos inmemoriales— un común denominador: no estar de acuerdo. O por lo menos no estar tan a gusto. Y no es precisamente porque no se apasionen, sino más bien porque no se ambientan. Pues en el aire perciben, cuando menos, algo enrarecido; de menos misterioso. 

Dicho esto —como uno de los suyos: errantes—, de manera casi anecdótica, se narrará promisoriamente lo que es pasar un día en la facultad de administración. Y para ello nos han ayudado estudiantes de la misma facultad. De manera en que la comunidad universitaria lo pueda percibir a través de estas líneas.

Administración, del verbo administrar, no es más que una facultad inmensa, como sin nombre. Pues aún teniéndolo, cuando menos esté no se ve. Está oculto, como últimamente está el mundo. Y ubicado a medio tramo, ligeramente al costado, de ciudad universitaria; sí uno se planta al medio, nota en acto reflejo que permanece en una línea divisoria entre el este de la juventud y el oeste del futuro. Pues apenas se llega al acceso, se espera el paso y cruza al otro lado, por ahí de los edificios principales; comienza uno a deambular entre un mar de personas. De aquí para allá caminan, algunos a prisa, algunos con calma, algunos conscientes, algunos perdidos.

El tráfico matutino es inmenso, incontable. Las grandes mesas de fuera, como bancas y salones, permanecen en su capacidad máxima de las ocho a las tres. Pareciera, incluso, que a esas horas algo le da cuerda al mundo. Y al tiempo en que los cafés se preparan, de a poco un humo se levanta y evoca olores rimbombantes, como titánicos. Pues como adictos a las anfetas, se encienden los cigarrillos y se consumen en la solana del tiempo de una mañana invernal.  

Entretanto, mientras tanto, al tiempo o sin tiempo, las clases discurren; y lo hacen con una monotonía pasmosa que bien pareciera detener el tiempo. Y no bien se detiene, cuando menos se alarga. Como alargados; casi encadenados, guarecen los edificios de recodo a recodo cual laberinto indescifrable.  

Habrá a lo sumo seis licenciaturas; poco más, poco menos. Desde los que no paran de crear platillos inmarcesibles como extraordinarios, hasta aquellos que nunca dejan de prevalecer; la facultad se vuelve ya no un instituto, ni un apilamiento pueril del conocimiento, sino más bien una especie de casa moldeada al gusto de los estudiantes. Pues cabe siempre una originalidad pasmosa entre aquellos pasillos, páramos y demás banquetas. El saberse distinto, cuando menos inexplorado; es acaso de uno de los más grandes misterios que de a poco se dejan entrever. Pues, naturalmente, el comportamiento en la facultad de Administración difiere al de sus vecinos. 

Tachados de “flojos” y demás calificativos inexistentes, existentes o por existir; los que a diario deambulan por la facultad, difícilmente caen en una cotidianidad grotesca. Más bien existe un dejo estético de reinventarse cada día, pues se advierte que, de no hacerlo, mucho menos intentarlo, sucumbirá. ¿Quién sabe realmente sí no es que, desde antes de ingresar, la facultad ya tiene un lugar, como una historia, secretamente planeada para el próximo inquilino?  

Un día en administración es acaso una experiencia inefable, pero sólo aquellos que, en lugar de ser visitantes, son más bien residentes, saben cuan inmensos secretos guarecen entre esas paredes.  

¡Pasen un día en la Facultad de Administración! Total ¿Qué más se puede perder?  

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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