Una Puebla afrancesada

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Francia: ya el simple paladeó primoroso y hasta ligeramente estético de la lengua me revela en las paredes de la memoria un especie de sitio inefable. Y aquello se deberá, seguramente, a la influencia decimonónica del cine, la música, las artes, la literatura y la propia gente. Misma razón evidente de que de a poco surjan los mexicanismos exiguos de los cuales uno ya jamás se desprende, ni mucho menos ansía hacerlo.

Porque Chance y sale, se dice el mexicano siempre que tira los dados. Sin saber si quiera que aquella expresión vaga es descendiente directo de la buena suerte: ¡Bonne Chance! Aunque si hablamos claro, del francés al español las palabras sufren una transformación irremisible, porque a pesar de que aquella palabra madre del francés aluda a la buena suerte; en el español aquella palabra alude más bien a un aliento de animo, de motivación: Deberías intentarlo, órale, chance y sale.

Hoy en día nadie sabe con exactitud hasta donde ha perpetuado la influencia francesa en la sociedad poblana, pues día con día está no deja de fluir para ya nunca desaparecer. Y entonces, en el supuesto poco verosímil, una Puebla afrancesada se levanta en una arquitectura prodigiosa e imponente.

Y de cuando en cuando se admira con detenimiento, pues casi siempre se funde con el barullo de la ciudad, se sumerge y esconde, aparece y desaparece, se pierde y esfuma; aunque siempre retorna. Y jamás dejar estar, como tampoco de buscar. Y luego vienen la fotografías: belleza plasmada para la eternidad, esa en la que no caben los irremisibles finales. Después los guías, que a guisos te sueltan la historia y te cuentan cuanta influencia maniática y hasta obsesiva guarece en la capital poblana.

¿Por qué acaso no es cierto que la Puebla le gano a los franceses el cinco de mayo, como también no es cierto que hasta nos dieron un gallito en donde hoy en día se dan encuentros poco más que casuales? Pues sí, claro que es cierto. Y será acaso una simple percepción, pero por lo general siempre que se habla y parafrasea del país galo, los poblanos sueltan una risilla incontenible y sofocada; vanagloriándose el pasado que no cambiará jamás.

Pero por fuera de la arquitectura, el comportamiento de los poblanos y el pasado irrefutable, consideró que las palabras transgreden algo más perceptible, y al tiempo menos evidente, de lo que significa La France para Puebla. Porque cualquiera que pronuncié Francia, el paladeó incesante se plasma en las cuerdas vocales, se acoge de ellas y busca convertirlas en sentidos de orientación. Y no bien se transforman, aparecen vagas imágenes de la Torre Eiffel, El Quai de Conti, Montparnasse y el Arc du Trioumphe.

Pero también surgen inmediatamente otras alusiones como el Volován, que desciende de la palabra vuela al viento: Vol au vent. O Chantaje, que pertenece a la estirpe de Faire Chanter. O Fraiche: perfumes “Frayche”.

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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