#Cuento Chanoc y el jaguar

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El humo subía desde la fogata que Nimbus había encendido. Debía calentar agua y darle un brebaje a Tsekub para que pudiera reaccionar. Se había desmayado después del tremendo porrazo que se diera cuando corría por la selva. Iba gritando algo que Nimbus no pudo entender, pero podía imaginarse que buscaba a Chanoc una vez más.

El anciano Tsekub Baloyán despertó, y al ver los símbolos de colores en la cara del esotérico no supo si sentirse agradecido o preocupado.

– ¡Nimbus! Viejo chiflado, ¡tienes que ayudarme! Mi chamaco, mi Chanoc ¡no aparece! –

– Tranquilo Tsekub, recuerda que el sino de Chanoc viene predestinado por sus ancestros mayas. Mira, para que te sientas mejor cuéntame que pasó mientras pienso que hacer.-

Con lagrimones cayendo en sus mejillas, el viejo miraba hacia todos lados, con angustia, en dos ocasiones quiere empezar a hablar, pero algo se le atraviesa en el cogote. Finalmente lo logra

­- Veníamos de la lancha. Chanoc había encontrado algunas perlas y quería venderlas en el puerto. Primero iríamos a Ixtac a dormir un poco, porque el ingrato chamaco decía que yo había tomado mucho. Tu sabes, mi pintarrajeado del alma, que el cañabar nunca es demasiado. –

-Es cierto, en todos estos años nunca te he visto realmente borracho, pero que ¿pasó entonces? –

­- El sol se metía, pero logramos ver a un enorme Jaguar arrastrando un niño. ¡Si no hacíamos nada se lo iba a papear! Ya te imaginas: Chanoc sin pensarlo fue tras él y se internó en la selva. Desde hace horas no lo encuentro y estoy muy preocupado. ¡Ayúdame Nimbus! ­-

El chamán no dijo palabra. Rápidamente fue por tres piedras, leña y hojas. Puso las piedras alrededor de la fogata.

– Le herencia Maya de Chanoc nos ayudará a buscarlo. -Le dijo a Tsekub.  – Estas son las tres piedras del fogón de la tierra. Haremos que el humo suba a las tres piedras del fogón que están en el cielo, para que la gran tortuga, creadora del universo y el fuego nos ayude. ­Necesitaré un poco del cañabar que tienes escondido para hacer una vianda que les agrade a los dioses. –

No se lo tuvo que decir dos veces. Como por arte de magia, de entre sus escasas ropas apareció una botella de aquel licor de alto octanaje: por su muchacho haría cualquier cosa, ¡hasta entregar su última botella de cañabar!

Mientras organizaban todo, Tsekub le recordaba a Nimbus cómo había salvado a Chanoc cuando de niño perdió a sus padres y la serpiente lo picó. Ya desde entonces el chamán vio en el muchacho la vocación por el bien y un maravilloso sentido de relación con el cosmos.

– Ofrecemos estas delicias al fuego que nunca se apaga, a los dioses del cielo para pedir ayuda. Una guía para encontrar a Chanoc. –

Nimbus ponía distintos manjares en el comal, ponía tortillas y lanzaba polvos en las brazas. Cualquiera diría que más que una sesión esotérica era una sesión gastronómica. Tsekub estaba tentado a hacerse un taquito con aquellas delicias, pero no quería tocar nada para todo funcionara. Trataba también de no moverse mientras el hombre tatuado ponía los ojos en blanco o bailaba contoneándose como sus queridas serpientes.

– ¡Ánimo Tsekub! Si hace falta estaremos aquí toda la noche hasta que llegue una señal del cielo. –

– Eso no será necesario. –  Sonó una que voz venía desde la selva. Era Chanoc que venía apoyado en un desconocido. -Recuerda que yo no creo en esas cosas. –

– ¡Cachorro! ¿que te ha pasado? – Tsekub por poco derriba a Chanoc al tratar de abrazarlo. Lo aprieta muy fuerte y luego voltea a ver al desconocido

– Tranquilo padrino, este señor me ayudó a salir de la selva. – Chanoc se sentó cerca de la hoguera, tomó un poco de agua y le pidió al amigo que se acercara.

-Permítanme presentarme. – dijo mientras la luz dejaba ver su semblante sereno, su vestimenta extraña y sus modales exquisitos mientras hacía una reverencia- mi nombre es Mintaka, y tuve la suerte de poder ayudar al gran Chanoc cuando lo vi con el Jaguar. –

-¡Muchas gracias! – dijeron al unísono los tres amigos. El chamán revisaba el cuerpo de Chanoc mientras Tsekub le ofrecía un asiento a Mintaka.

Chanoc empezó a platicar su experiencia.

– Logré alcanzar al jaguar, y lo enfrenté para quitarle al chico. Fue una pelea justa, pero ni yo le pude enterrar mi cuchillo ni el me hizo nada con sus garras o sus colmillos. De alguna manera intuíamos que esa lucha no era a muerte. En algún momento el pequeño logró escapar y no volví a verlo, aunque escuché una risita muy extraña. El Jaguar y yo caímos al río, y ahí es donde ya no recuerdo más. Señor, si usted me ayudó fue en el momento justo porque no sé que me hubiera pasado. Seguramente los yacarés del río se hubieran dado un festín conmigo.

– ¡Escuintle suertudo! – exclamó Tsekub, al que se le iban y venían los colores de imaginarse los peligros que pasó su ahijado. – Si no fuera porque te desmayaste no me preocuparía, tu has salido bien librado en todas tus aventuras, en el mar con las morenas y tiburones, en tierra con el jaguar y los caimanes, pero así nomás no se puede. –

-Su aureola es muy interesante. – Dijo Nimbus. – Pero ¿qué anda haciendo por aquí? Intuyo que su historia tiene más de lo que aparenta. –

– Estimado Nimbus, me he dado cuenta de que eres más que un aissaua, un encantador de serpientes. Veo en ti estudios de los arcanos y de los terranos, de la sabiduría del viejo y del nuevo mundo. Con este fuego sagrado y estas viandas tratabas de llegar a las tres piedras del fogón cielo, que se apoyan en la tortuga creadora del universo. Y eso está muy bien, ¿pero sabes con que otro nombre son conocidas esas estrellas? En mis tierras se les conocen como el “collar de perlas” y son llamadas Alnitak, Alnilam y Mintaka, como tu servidor.

– Los pescadores las conocen como las tres marías. – dijo Chanoc un poco intrigado. – Pero no veo la relación con lo que nos debe contar.-

-Discúlpenme, pero entenderán que algo tienen que ver. Has de saber Chanoc que el Jaguar al que te enfrentaste no era un animal cualquiera, sino que era un nahual –

– ¡Un nahual! – Tanto Tsekub como Nimbus se persignaron, pero Chanoc, que es un poco escéptico miraba preocupado al extraño.

– Sin embargo, no era un nahual común, ese nahual es su amigo. No diré su nombre porque no me es permitido, pero si les diré que los estaba protegiendo.  Las perlas que conseguiste bajo el mar eran tan preciosas que despertaron el deseo de un alushe, un gran tramposo que quería quitártelas. Pero como tu eres escéptico Chanoc, y no permitías que Tsekub tomara más, no tendría otro modo de engañarlos mas que tomando la forma de un niño, al que irían a rescatar de las fauces de un yacaré que tenía encantado. Su amigo nahual, que lo vigilaba desde hace tiempo, se dio cuenta del plan en cuanto el alushe se transformó y encantó al animal. Así que lo atacó y lo llevaba lejos de la lancha. Desafortunadamente ustedes estaban cerca y el honor de Chanoc le hizo ir tras el amigo. Es por eso por lo que el nahual se defendía tratando de no lastimarte.

– ¡Calmantes montes, galopantes pintos! Todo eso me queda claro, aunque me parece increíble. – dijo Tsekub con cara de zorro taimado – Pero aún no explica que carambas pinta usted en todo este lío. –

– Oh, eso es muy simple. Desde que Chanoc es pequeñito Tsekub solo ha tenido un deseo en su alma, y es que crezca sano y sea un hombre de bien. A sus casi cien años, Tsekub,  todavía es un poco galán, pero jamás abusa de los pobres y su alma buena le impide pensar mal de los niños y de la gente, a pesar de su gusto por el cañabar.  Chanoc es un héroe de Ixtac y de muchas otras tierras, es un hombre sincero y sencillo, y en eso, mi querido Tsekub Baloyán, has triunfado como guardián del niño. Pero el hombre que tenemos aquí es valiente y no se detiene ante nada por defender a los desvalidos. Su cuchillo le ha dado la victoria con las fieras y sus puños con los hombres. Su inteligencia le exige ser cuidadoso con lo que ve y buscar explicaciones sencillas y lógicas. Es por eso que, en esta ocasión no iba a ganar, ya sea porque el jaguar, su amigo el nahual, lo hiriera al defenderse, o porque el alushe le hiciera una trampa mortal. Y tu, viejo mañoso, lo intuías, y temías lo peor. Dentro de tu alma crecía el temor y solo tenías algo en tu mente, que repetías con fervor en voz baja mientras a gritos buscabas a Chanoc en la selva. –

– Que vuelva mi chamaco, ¡que regrese mi Chanoc! – rompió en llanto nuevamente Tsekub al recordar ese presentimiento en la selva.

– ¿Sabían que esas estrellas pertenecen a la constelación de Orión, también conocida como la catedral del cielo? –

– ¿Otra vez con las estrellas? ¿nos dirá por fin porqué está aquí? –

– Porque esta noche es la noche del cinco de enero,  esas estrellas, del cinturon de Orión, son también conocidas como los reyes magos. ¡Y a la gente buena los reyes magos les traen regalos! –

Es lo último que dijo Mintaka, sonriendo volteó hacia otros dos desconocidos que estaban en la vera de la selva, subió a su camello y desapareció junto con ellos al primer rayo de sol.

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Este cuento es un pequeño homenaje a uno de los héroes de mi niñez. En este 6 de enero los niños que llevamos dentro aún nos emocionamos por historias y juguetes.

Agradezco al Dr. Agustín Márquez del INAOE el haberme prestado su libro sobre Chanoc, aventuras de mar y tierra, con el que he recordado como era este héroe.  El libro es de Porrúa, y es una antología de historias dibujadas por Ángel Mora y prologado por BEF.

Divulgador científico. Matemático de formación, apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots.

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