Clive Barker, el cenobita.

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Jon Landau, el famoso productor musical, dijo alguna vez impresionado por las performances de The Boss: «He visto el futuro del rock & roll y su nombre es Bruce Springsteen». La misma sentencia la parafraseó Stephen King, años después: «He visto el futuro del terror y su nombre es…». Adivinaron.

Además de Lennon y McCartney, en 1952 el puerto de Liverpool engendró a otro hijo ilustre. Se trata de un escritor que en 1986 sacó en edición barata una novelita titulada The Hellbound Heart y que al año siguiente luchó por adaptarla al cine. El resultado fue Hellraiser (Puerta al infierno, en Latinoamérica), película que renovaría para siempre el género del terror.

Tanto Hellbound Heart como Hellraiser fijan definitivamente algo que es posible evidenciar en otros textos de Clive Barker, como El juego de las maldiciones o Tortured Souls: este mundo nuestro está superpuesto sobre otro, que quiere infiltrarlo y dominarlo. ¿Cómo? A través de humanos que se dejan tentar por aquel pecado capital que nos pierde a todos (ándale, ése. No, la gula no. El otro…). La exploración de la sexualidad, entonces, no es otra cosa que la literal «puerta al infierno» por la que se inmiscuyan seres que pertenecen a la mitología personal de Barker, muy compleja y detallada, cuyo intertexto remite a la metafísica griega, la masonería y las mil y una noches.

WEST HOLLYWOOD, CA – NOVEMBER 09: Clive Barker signs copies of his new book “Abarat: Absolute Midnight” at Book Soup on November 9, 2011 in West Hollywood, California. (Photo by Gabriel Olsen/FilmMagic)

Vamos a la historia. Frank Cotton es un bon vivant que lo ha experimentado todo y que, por lo mismo, todo le aburre. Hasta que en Marruecos consigue La Caja de Lemarchand, un antiguo juguete que se abre mediante un hermético acertijo. En el desván de una casa, Frank consigue descifrarlo y contactar a unas criaturas llamadas «cenobitas» (que se autodenominan «teólogos de la Orden de la Incisión» y responden a un líder, llamado El Ingeniero). Ante él aparecen seres constituidos por cuero y metal, piercings, clavos y ganchos, en señal clara al dolor que deberá Frank atravesar para llegar al placer extremo. El más conocido es, por supuesto, Pinhead (interpretado por el actor Doug Bradley), una criatura con clavos incrustrados en un cráneo y un rostro de antemano divididos en cuadrícula, quien le advierte que tras su satisfacción, habrá consecuencias. Frank hace caso omiso a la advertencia y es despedazado en un acto extremo (los maravillosos efectos especiales son de Bob Keen, quien venía de colaborar con George Lucas en Star Wars).

A esa misma casa llega posteriormente a vivir el hermano de Frank, Larry, con su esposa Julia y su hija Kristy. Durante la mudanza, Larry se hiere la mano y su sangre va a dar al piso donde tuvo lugar el ritual de la Caja de Lemarchand, provocando el inicio de la espantosa resurrección de Frank. Como Tom Sorvolo Ryddle en Hogwarts, Frank también necesita más sangre para volver a la vida entero. Lo que Larry no sospecha es que en el pasado Julia había tenido un breve pero intenso romance con su cuñado, y será ella quien le suministre las víctimas para completar el retorno a la vida.

No hago más spoiler. Véanla acá y la comentamos.

Barker dijo alguna vez que el cine que había visto en los años ’70 lo «hizo querer contar una historia sobre el bien y el mal en la que la sexualidad era el tejido que conectaba a ambos». Hellraiser cumple con maestría ese propósito de este escritor metido a cineasta. Y es que además de su producción literaria (no dejen de revisar, por ejemplo, los cuentos que componen la saga Libros sangrientos), a lo largo de estos años Barker se ha afirmado como director en Nightbreed (Hijos de la noche, 1989, una película entretenida aunque poco vista, donde aparece David Cronenberg, otro grande del género, como psiquiatra asesino) y Lord of Illusions (El amor del terror, 1995, un film sobre hechiceros poderosos que se hacen pasar por magos palurdos a lo David Copperfield), y también como guionista (es responsable del script de Candyman, de 1992, dirigida por Bernard Rose, aquella película donde una estudiante invocaba cinco veces el nombre de un fantasma homicida que tenía un gancho en lugar de mano).

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