Mictlán: El inframundo de los mexicas

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La Muerte se define como la cesación o término de la vida. En el pensamiento tradicional se proyecta como la separación del cuerpo y el alma. Para otros, una mera destrucción, aniquilamiento, ruina.

La sociedad desde sus inicios ha experimentado fuertes transformaciones, con ellas ha adoptado ciertas costumbres y, con esta misma esencia, ha tratado de descifrar la muerte. Sí, ella siempre nos ha acechado. Con todo, la perspectiva no se establece, no se implanta. La percepción se modifica, se altera de acuerdo a las necesidades de la comunidad y particularmente del mortal. “La forma de reaccionar ante ella nos habla de cómo es un pueblo, una cultura y una civilización, y sobre todo de cómo es el hombre”.

Impresiona la consciencia de los primeros neandertales ante el fin de la existencia. Ellos inhumaban a sus muertos. Sus primigenias creencias se basaron en instalar los cuerpos en posición fetal, orientando la cabeza hacia el oeste y los pies al este. No se reconocen abiertamente sus designios, mas, se distingue una sutil preocupación por la partida de ese ser.

La Filosofía no se queda atrás. Los diversos filósofos han procurado aportar su visión en torno al tópico. Por ejemplo, Sócrates, decisivo a obedecer hasta el último minuto las leyes de la ciudad, bebe la cicuta y afronta “la hora suprema”. Para él, el óbito actuaba como liberador del alma. En definitiva, se encontrarían las contestaciones a todas las interrogantes planteadas. Posiblemente uno descubriría un asentamiento colosal, magnífico, incomparable a este globo. O quizás sólo sería como dormir, sí, cuando se reposa tranquilamente, sin la aparición de sueño o sentimiento alguno.

Séneca aseveró que la muerte se liga íntimamente con el tiempo-vida. Cada minuto es importante. Lo que interesa no es el número de años vividos, sino la plenitud de los mismos. Con esa razón, el sueño eterno nos acompaña, siempre evidente, siempre claro. “La muerte es el pago y la ley del vivir”. “¿Qué va a pasar? Tú no tienes tiempo para nada y la vida corre; entretanto llega la muerte y, para ella, quieras o no quieras vas a tener todo el tiempo del mundo”. 

La muerte para los mexicas

Un elemento sustancial de la cultura mexica fue su entendimiento tan singular del mundo. Ellos comprendían cada uno de sus matices de una manera bastante extraordinaria. La vida, las enfermedades, los fenómenos naturales, los alimentos… cada entidad que los rodeaba incluía una respuesta, no simplista, compleja, magnánima. Por supuesto, la idea de la muerte no se deslindaba de ello.

Primeramente, los mexicas, a diferencia de las concepciones dantescas que aún se mantienen vigentes, no consideraban que ésta se vinculara con los actos ejecutados en la tierra, es decir, todo mal, cada inmoralidad se “pagaba” aquí, en este orbe. Los sitios que surgían posteriormente al fallecimiento eran consecuencia del tipo de defunción. Las acciones no “condenaban” al individuo.

Si la persona había perecido debido al “agua”: ahogados, por gota, hidropesía  o tocados por un rayo, se dirigían inmediatamente al Tlalocan, al paraíso de Tláloc. Por otra parte, los combatientes que caían en plena batalla y las mujeres que sucumbían durante el alumbramiento se encaminaban al Ilhuicatl Tonatiuh o la casa del sol, del gran astro. Asimismo, los niños que fenecían antes de nacer, volvían al Chichihuacuauhco, área en el cual un gran árbol emergía y alimentaba a los pequeños. Finalmente, para los mortales que expiraban de modo natural, el Mictlán se abría con la intención de acoger sus almas.

Un viaje por el Mictlán

Llegado el momento, el difunto descendía a las profundidades, al inframundo; éste se situaba al Norte. Prontamente se hallaba inmerso en una serie de desafíos que dicho territorio presentaba, con el objetivo de conseguir el descanso, la tranquilidad perpetua.

  • Apanohuaia o Itzcuintlan:

Un río caudaloso(1) se manifestaba, por tal motivo, se buscaba el apoyo de un perro(2) a fin de atravesarlo triunfalmente. Sin embargo, si no se había dado un buen trato a este tipo de animales, lamentablemente, el fallecido permanecía en este punto eternamente.

  • Tepectli Monamictlan:

Espacio donde 2 cerros se “estrellaban”, chocaban. Se debía tener precaución al instante de cruzarlo pues se corría el riesgo de quedar aplastado entre los mismos. Con la imagen anterior, los mexicas envolvían al cuerpo con mantas y papeles y éstos servían como especie de amuleto con la finalidad de evitar tal calamidad.

  • Ixtepetl o Iztepetl:

El monte revestido de navajas, cubierto de pedernales.

  • Izteecayan:

Una sierra formada por 8 colinas se percibía y la nieve que caía sobre ellas lo hacía abundantemente.  Tal era el frío que la denominación que se le brindó fue: paraje en el que sopla el viento de navajas. Para que no sufriera del gélido ambiente, sus parientes quemaban todos los atavíos que había vestido en su etapa terrenal.

  • Paniecatacoyan:

Aquí los muertos flotaban como banderas. Se asentaba en la colina final del Izteecayan.

  • Timiminaloayan:

Lugar en el cual un sinnúmero de saetas se orientaban a los viajeros. Algunos especulaban que eran las flechas fallidas, errantes de los guerreros en batallas.

  • Teocoyocualloa:

Las fieras que aquí habitaban se sustentaban de los corazones y para obtenerlos,  abrían el pecho de los sujetos. La familia colocaba en el cadáver, específicamente en la boca, una cuenta de jade con intención de que supliera al órgano. Una vez que la bestia lograba su meta, el difunto caía en un charco y seguidamente, un caimán lo perseguía.

  • Izmictlan Apochcalolca:

La niebla era tan intensa en el sitio que enceguecía los ojos de los caminantes. Además, 9 ríos se exteriorizaban y debían ser vadeados antes de arribar al territorio anhelado.

  • Chicunamictlan:

El área más recóndita, reposaba al interior de la tierra. Después de los arduos, dificultosos obstáculos, los fallecidos se topan con la liberación de su alma, de su “tonalli”, y sin duda alguna, la tregua absoluta. Es la segunda muerte. El ser descansa integrándose a la naturaleza.

El trayecto hacia el Mictlán se observa fácil, pero no lo es. 4 años eran los que duraba la travesía. Al morir, a la persona se le proporcionaba una serie de piezas cruciales: un jarro con agua, mantas, papeles, una cuenta de jade, objetos valiosos que se entregaban como regalo a Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl (el señor y la señora del inframundo)…  el cuerpo se incineraba, sin embargo, esto no aplicaba a los que conservaban vínculo con los líquidos, con Tláloc; ellos simplemente eran enterrados. Las cenizas y la piedra de jade se almacenaban en un tipo de urna y se sepultaba en alguna parte de la vivienda. Las ofrendas no faltaban: a los 80 días y cada año hasta cumplir el lapso de 4 años.

Las veintenas(3) precedentes en la cosmovisión mexica a lo que conocemos actualmente como día de muertos florecieron con los nombres de Tlaxochimaco(4) (se obsequian flores) y Xócotl huetzi(5) (el fruto se cae) y, especialmente, en esta última, los pobladores veneraban a los que ya se habían ido con distintos ritos: ayunos que abarcaban 3 días, sacrificios y en la fecha más relevante de la festividad, la gente subía a los techos de sus hogares; allí, orientándose hacia el Norte, invocaban a sus muertos invitándolos a su morada.

La muerte, esa palabra tan sencilla y complicada. Encierra tanto y nos concede mucho. Una significación que englobe todas sus peculiaridades es imposible. Cada época y sus ideales se reflejan en ella. Cada mortal la concibe conforme a lo que cree y percibe. Cada ocasión que se intenta penetrar en sus entrañas, nos acercamos y nos alejamos. ¿Algún día obtendremos una revelación? Lo desconocemos. Entretanto, deliremos con este concepto que nos relaciona a todos.

(1) El río caudaloso contiene aguas negras y algo interesante es el hecho que simboliza a las pasiones humanas.

(2) Un perro color leonado (castaño claro como los leones) era sacrificado por los familiares del extinto con el propósito de facilitarle esta prueba.

(3) Una veintena era como un mes para la población mexica; en lo que varía es en los días totales: una veintena contenía solamente 20.

(4) Tlaxochimaco, también designado miccailhuitontli (pequeña fiesta de los muertos).

(5) Xócotl huetzi, igualmente llamado huey miccaílhuitl (gran fiesta de los muertos).

Referencias

ABC Ciencia. (2013). Los neandertales enterraban a sus muertos. Recuperado de: https://www.abc.es/ciencia/20131217/abci-neandertales-enterraban-muertos-201312161735.html

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Arqueología Mexicana. (s.f.). Xócotl huetzi. Recuperado de: https://arqueologiamexicana.mx/calendarios/xocotl-huetzi

Barragán, S. (s.f.). Mictecacíhuatl. Señora de la muerte. Recuperado de: https://www.revistabuenviaje.com/conocemexico/rutas/mictecacihuatl/mictecacihuatl.php

Caso, A. (1971). El pueblo del sol. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.

Encinas, M. (2009). Estudio antropológico del comportamiento ante la muerte: Humanidad e inhumanidad. Recuperado de: file:///C:/Users/mayg2_000/Downloads/Dialnet-EstudioAntropologicoDelComportamientoAnteLaMuerte-3082591%20(1).pdf

Frutis, O. (2013). La muerte en el pensamiento de Séneca: una lección moral. Recuperado de: http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_78/Aguijon/7_La_muerte_en_el_pensamiento_de_Seneca.pdf

Haase, C. (2013). La muerte y los mexicas. Recuperado de: http://www.tanatologia-amtac.com/descargas/tesinas/103%20La%20muerte.pdf    

Iturra, C. (2017). La muerte según Séneca. Recuperado de: http://biblioteca.providencia.cl/lectura-sugerida/item/165-la-muerte-segun-seneca

Mendoza, V. (s.f.). El plano o mundo inferior. Mictlán, Xibalbá, Nith y Hel. Recuperado de: http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/revistas/nahuatl/pdf/ecn03/032.pdf

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Socas, F. (s.f.). Séneca y la administración de nuestra mortalidad. Recuperado de: http://www.bibliotecavirtualdeandalucia.es/opencms/lecturas-pendientes/001-sobre_brevedad_vida.html

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