Escribir desde la reclusión: Las celdas rosas, de Sylvia Arvizu

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Por Iván Gómez

Me rehúso a pensar que quienes cumplimos una condena en prisión, estamos aquí por un solo hecho delictivo, por un error, por una mala decisión. Creo firmemente en una serie de sucesos y factores que influyen en la vida de un ser humano y por consecuencia llegamos al cuadro. A encararnos frente a la barda beige, a toparnos con un portón que nos impide mirar la calle y respirar el aire de afuera.

Pág. 65

Al momento de escoger una lectura, es sumamente difícil descifrar qué obras valen la pena cuando se trata de novedades. Yo mismo me he visto en ese aprieto: ¿opto por este libro que se sigue editando a años –décadas, siglos- de su publicación o por esta que salió este año y tiene una trama que me llama? Al final me inclino por el método de varios amigos y escritores que admiro: leer un clásico y un contemporáneo, ya sea simultáneamente o uno tras otro. Como es todo riesgo, varios contemporáneos sorprenden positivamente y otros resultan infumables. Aun con lo anterior, hay obras que con la sola sinopsis –y algunos datos que llegan a uno antes de su adquisición- se puede decir que es un libro que vale la pena. Es ese el caso de Las celdas rosas, de la sonorense Sylvia Arvizu (1978), autora de Breve Azul (Ediciones La Cábula. 2008) y Mujeres que matan (Nitro-Press. 2014).

Para quienes ya la conocen, saben que se trata de una autora que posee una pluma con una característica singular: una fuga de realismo capaz de provocar llanto desde los primeros párrafos. Para quienes no, se trata de una escritora que comenzó a escribir a raíz de su reclusión en el Penal femenil de Sonora.

Sus libros narran las historias de sus compañeras en torno a cómo terminaron en prisión, las historias nos muestran no a criminales arrepintiéndose de sus actos –no se trata de un libro moralista- sino a humanos con historias que van de lo desgarrador e injusto a lo inimaginable y cada vez más difícil de narrar.

En 18 crónicas cortas las historias se resisten a acabarse –característica común de sus libros-, ya que los hechos, uno tras otro, parecen demasiado duros para ser ciertos y al mismo tiempo encajan perfectamente con el México tan desigual que vivimos, de tal forma que la relectura de algunas líneas o del texto completo llegan sin notarlo.

En su imaginación lanza la atarraya al mar con cadencia. Como queriendo hacer realidad aquellos tiempos en los que su papá la llevaba a pescar en su vieja panga. Su ídolo, su ejemplo, su mejor amigo. Por eso la Güera se viene abajo cuando su padre, perdido en el alcohol, no soporta la idea de que su única hija esté en la cárcel y, un día, sin más, se arroja al fondo del mar. ”

Pág. 92

Sylvia Arvizu tiene el tino de grandes cronistas como Svetlana Aleksiévich en un plano internacional o Elena Poniatowska en el plano nacional: cede su voz para que las protagonistas tengas más presencia en lo que es el retrato de sus vidas y al mismo tiempo –pero no en todos los casos- una denuncia social. Pese a tratarse de crónicas bastante apegadas a realidades particulares, los recursos literarios permiten un adentramiento más profundo en su lectura, como si lo que se narra lo viéramos de cerca y más aún: como si los personajes no los contaran de frente. El mérito está no arrojar datos y datos inútiles y en vez de eso escarbar en el alma de los retratados hasta mostrarnos un elemento que hace del libro una lección de humanismo: en el fondo, todas las reclusas son nadie y todas: una madre que extraña a su hija -quien tiene los mismos años que ella en prisión; una señora que cumple una condena que se ganó sólo por estar en el lugar equivocado y ser de una clase baja, sin voz, sin presencia; una chica que finge locura para salir pronto de prisión; dos mujeres con la misma procedencia geográfica y gustos similares que acaban por enamorarse… personajes tristes y al mismo tiempo llenos de matices, como si el libro fuera un oxímoron cuyo tercer significado -producto de mostrarnos personajes con características contrastantes- quedara en manos del lector.

La cualidad –que sólo logran los grandes libros de crónicas- de lograr que sea el lector quien deba llenar de significado al libro lo logra mostrando sólo hechos y características de los personajes sin caer en juicios o acciones sobredetalladas. Así es como la última parte de la construcción del personaje se vuelve tarea del lector.

Las historias nos muestran que la vida sí se acaba en prisión pero al mismo tiempo comienza una nueva.

Para quienes habían leído Mujeres que matan (aquí una reseña), Las celdas rosas es otro atisbo desde el mismo sitio. El acierto es igual de notable: mostrar vidas destrozadas por la reclusión y humanizar a todo aquel que lo lea; sin embargo, Las celdas rosas supera a su antecesor -cosa que, creo, todo autor desea lograr con cada nuevo libro- en cuanto a que la prosa de Sylvia es más variada en adjetivos y descripciones e infinitamente más rica, además, la contundencia que logra con la extensión es impactante. Sylvia nos demuestra que por más llamativo que sea un tema -tal como lo es la vida de prisioneras- hace falta una pluma valiente y al mismo tiempo sensible para que el lector conecte con el personaje retratado.

Ese es otro detalle: los textos hacen suponer que hay un trabajo muy duro de creación de personajes. Quienes nos hemos enfrentado a la elaboración de crónicas (aunque no saliéramos tan bien parados) sabemos que no basta con conocer a la persona de la cual se quiere escribir, pues cuando se traspasan sus atributos al papel, por más reales que sean, si no resultan verosímiles –que no es lo mismo que reales- entonces no funcionan; es ahí donde comienza el trabajo literario –y que pienso que de ninguna manera entorpece las cualidades periodísticas de una crónica- para idear cómo mostrar al personaje, qué sí poner y qué no, qué agregar, qué lagunas tienen sus historias y dónde entra el papel de la imaginación para rellenar dichos huecos, cómo hacer que hable –tampoco no basta con escribirlo a calca-, cuántos detalles son necesarios, las fechas, los lugares y un sinfín de etcéteras. Las mejores crónicas son aquellas que no dicen todo y por el contrario dicen sólo lo necesario, en eso radica la contundencia que logra Sylvia Arvizu.

Además de las cualidades internas del libro, es de admirar el hecho de que resultara ganador del Concurso del Libro Sonorense 2017 debido a que se trata de una autora que escribe desde el encierro y ha hecho de esa etapa de su vida –a la cual aún le restan varios años- una oportunidad para descubrir su arduo talento literario y periodístico. Anteriormente había ganado varios premios interpenitenciarios.

Leerla es también una manera de solidaridad. Basta la primera crónica para conocer las injusticias que se llevan a cabo en los reclusorios por características como el género. En “Taza de café” narra su encuentro con el juez para analizar su posible reducción de condena, al mismo tiempo ve cómo liberan a un preso varón: Juan David, a quien aún le faltaba la mitad de su condena (de 10 años) producto de una violación agravada.

Un delito similar al de los «Porkys» lo trajo a esta cárcel de donde se va con la mitad del tiempo cumplido. Juan David muestra tranquilidad, se sabe seguro en manos de la justicia. Tiene un punto a favor: Es hombre y a los hombres las leyes los acarician. […] Juan David se dirige ahora a la ciudad. Estoy sola frente a la ventanilla. El juez tarda cerca de 20 minutos en si quiera voltear a verme, luego se acerca y sin recogimientos me notifica que mi libertad anticipada ha sido negada, me explica que ni los reconocimientos literarios, ni los premios obtenidos, ni los concursos que he ganado, ni mi buena conducta tienen la suficiente fuerza jurídica para otorgarme un beneficio preliberatorio, que por ser la mujer preparada que soy desde afuera, mi comportamiento aquí no ha marcado diferencia alguna. Que al contrario, mi coeficiente es un inequívoco indicador de mi alto nivel de peligrosidad (que no de reincidencia).

Pág. 8

Algo similar es narrado en “Isela” y “Ella”, textos que nos muestran que el género sí influye en el trato que reciben, aun cuando las prisiones son segmentadas por género y las celadoras son sólo mujeres. La denuncia social no acaba, y leer el libro es una manera de perpetuar esa denuncia.

Las celdas rosas es un libro que roba el aliento.

  • Sylvia Arvizu. Las celdas rosas. Ciudad de México, México: Nitro Press. 2018.

Mientras la vida me lo permita, seguiré escribiendo y escuchando buenas rolas. * De fondo suena 'Two Steps, Twice', de Foals *

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