¿Qué imaginaban los mexicas al ver llover?

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No se trata de un fenómeno atmosférico más; su presencia siempre deja mucho a su paso: empapadas, aburrimiento, felicidad, calma, un aire de desánimo, agobio, alegría, tristeza, impaciencia, apatía, es decir, distintos sentimientos y emociones ante este evento extraño que se mezclan obedeciendo a los acontecimientos que acaecen en la vida de quien las observa.

Han sido muchísimas personas que han tomado inspiración de las mismas (pintores, compositores, poetas, músicos, escritores…) o tal vez, toda la humanidad. ¿Quién no ha experimentado ese pequeño dejo de nostalgia al contemplarlas? Sea cual sea la causa.

Continuando con lo anterior, las lluvias, para las diferentes y antiguas comunidades, concretamente el pueblo mexica, tampoco transcurrían como un suceso desapercibido e insignificante. Ellos veían llover y sus mentes se inundaban con diversos pensamientos, con variadas imágenes; cada gota, cada trueno, cada relámpago les “contaba” algo. Interesante, ¿no?

Bueno, para la explicación es necesario conocer su percepción del mundo. Partamos del hecho de que ellos coexistían como una colectividad agrícola. Por supuesto que todos los asuntos vinculados con el tópico de sus cosechas eran bastante primordiales. Y, aunado a lo preliminar, las deidades del agua también cobraban importancia: Tláloc (para los mexicas), Cocijo (en relación con los zapotecos), Tajín (con respecto a los totonacos), Chac (para los mayas) y Tzahui (en correspondencia con los mixtecos).

Como se mencionaba, para la gente mexica, Tlalocatecuhtli (Tláloc) y Chalchiuhtlicue (la de la falda de esmeraldas) se percibían como las divinidades más centrales del preciado líquido. Se dirigían a ellos en caso de carencia o para venerarlos, precisamente, en su festividad Etzalcualiztli (se come etzalli: una deliciosa mezcla de maíz y frijoles) donde las ofrendas, las danzas, los ayunos, las penitencias y los sacrificios jugaban un papel sustancial en pro de la abundancia.

Y así, cuando arribaban las precipitaciones, los mexicas agradecían y, de igual manera, narraban a los demás acerca de lo que eso simbolizaba:

Antes de ellas, fuertes ventarrones y polvos se levantaban; lo antepuesto era sinónimo de la manifestación de Quetzalcóatl (señor de los vientos). Él “despejaba” los caminos a los dioses de las lluvias. Tláloc, en las alturas, poseía con una especie de “alojamiento”, ése se ramificaba en 4 habitaciones; a la mitad del mismo, un gran patio se localizaba y ahí 4 jarrones repletos de agua: el primero incluye el líquido magnífico, en otras palabras, los buenos frutos provienen de aquél. El segundo envuelve el agua perjudicial, aquí se “añubla” y la humedad produce “telarañas” en los alimentos. Con el tercero, todo se congelaba. Finalmente, con el cuarto, los alimentos no fructificaban y se secaban.

Los Tlaloques (ayudantes o ministros) moraban en los cuartos anteriormente nombrados. En el momento que era ordenado, ellos salían con una especie de alcancías y las llenaban con el líquido decretado. Entonces, se dirigían a ciertos lugares y las vaciaban. Los truenos apuntaban que los Tlaloques con unos palos rompían las mismas. Y un rayo equivalía a un trozo del recipiente o lo que se hallaba dentro (sí, como una especie de piñata).

Como comentaba en un principio: no se trata de un fenómeno meteorológico más. La sutileza de su existencia ha proporcionado demasiado a nuestro orbe. Cada gota se lleva consigo una lágrima, un suspiro, una plegaria o quizás un pensamiento. Nadie se escapa de su aparición. Pero, aquí, la interrogante es la siguiente: ¿Qué hacer con ella?

Referencias

Arqueología. (2014). Etzalcualiztli. Recuperado de: https://arqueologiamexicana.mx/calendarios/etzalcualiztli

Caso, A. (1971). El pueblo del sol. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.

Sahagún, B. Historia General de las cosas de la Nueva España. Edición de Ángel Ma. Garibay K. Ciudad de México, México: Porrúa.

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