El valor de la crónica

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Dentro del estudio del lenguaje y la literatura, se da prioridad la mayor parte del tiempo a géneros como la novela o la poesía. Esta tendencia suele dejar en el olvido formas de narración como la crónica. La crónica es un híbrido de la literatura, pues implica en su ser la necesidad de presentar hechos verídicos, pero también al tratarse de una experiencia propia, se ve entremezclada con el olvido y la imaginación.

En las palabras de Juan Villoro encontramos una visión acertada, que dejan en claro la transgresión de los límites y el jugueteo que implican este tipo de “literatura”:

“De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes
y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la “voz de proscenio”, como la llama Wolfe, versión narrativa
de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar
y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera
persona.

El catálogo de influencias puede extenderse y precisarse hasta competir con el infinito. Usado en exceso, cualquiera de esos recursos resulta letal. La crónica es un animal cuyo equilibrio biológico
depende de no ser como los siete animales distintos que podría ser”.

Pero, ¿Dónde radica su valor?

Al darnos cuenta de que la crónica es un género mestizo, que perdura en el tiempo y a la vez se modifica en él, nos vamos haciendo concientes de su valor. Se trata de una estrategia para comunicar con imaginación parte de las significaciones de una persona o comunidad.

Un gran ejemplo de este género son los escritos surgidos a partir de la llegada de los españoles a Mesoamérica. Donde a partir de crónicas sobre el Nuevo Mundo como lo fueron las de Fray Toribio de Benavente (entre otros), fuimos construyendo y reconstruyendo parte de nuestra identidad.

Por otro lado, la cónica te da flexibilidad de transmitir de forma diferente y tal vez hasta cierto punto con mayor entrega, los acontecimientos vividos. Es decir el estilo propio de la crónica es no tener un estilo definido, dejando al cronista la posibilidad de crear nuevas líneas narrativas para un suceso.

Además de que sobretodo esta forma descriptiva está ligada fuertemente con la tradición oral, la cual guarda muchos secretos sobre nuestra historia e identidad, no sólo a nivel personal, sino colectivo. Por tanto, la próxima que encuentres algún texto de este tipo no dudes sobre el valor que representa y que perdurará al tiempo.

Referencias

Ardila de Robledo, A. (2015). Redecir la crónica para configurar su sentido. Una lectura desde la hermenéutica.Signo y Pensamiento, XXXIV (66), 114-125.

Rioseco Perry, V. (2008). La crónica: la naracción del espacio y tiempo. Andamios. Revista de Investigación Social, (9), 25-46.

Estudiante de Psicología. Desde hace 20 años jugando a ser humana.

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