El poder de la conversación

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En una época de zombies que reptan en las calles sin propósito aparente, hacer el mal se ha convertido en un deporte. Una de las valiosas lecciones que me dejó la lectura del extraordinario escritor catalán, Enrique Vila-Matas, fue la de la confianza hacia el lector. Nada menos agresivo que un hombre que agacha la mirada hacia un libro entre el bullicio de la ciudad. Sin embargo, entre aparatos electrónicos y lecturas que enriquecen nuestro espíritu y nuestro individualismo, no podemos olvidar el poder de la conversación. Para Borges (1899 – 1986) la conversación fue una aportación de los griegos, ya que, descubrieron el poder de la digresión, el intercambio de ideas, falacias y hasta estupideces, entre nosotros. Cuando nos piden definir el significado de la lectura, una respuesta inteligente sería su poder de incitar a la conversación. Es decir, la literatura, a través el lenguaje, es un medio para encontrar posibles explicaciones y certezas, donde en su momento no existieron.

La práctica de esta necesaria costumbre, la podemos enriquecer al momento de la comida entre nuestros familiares, amigos y compañeros. En lo personal, nada me genera más placer que conversar con personas que mediante su gentileza y empatía logran sensibilizar mi persona y enriquecen mi subjetividad con sus conocimientos o experiencias. Cuando sostengo una conversación interesante, trato de observar a la persona e intento quedarme callado cuando es necesario; fijo mi mirada en sus ademanes, cierro los ojos cuando resulta imperceptible y trato de jugar aleatoriamente el papel del emisor y receptor de la conversación de manera constante. Los años, después del júbilo de la juventud, nos enseñan que la tranquilidad y la capacidad de escuchar a los demás, resulta más valiosa en prácticamente todas las ocasiones que el bombardeo de nuestras ideas, prejuicios e incluso de nuestros pensamientos más coherentes y argumentados. Aunque, de ninguna manera, debemos perder la capacidad de dar un consejo a alguien que lo necesita o de proporcionar una idea o pensamiento que le puede ser útil a la persona que gentilmente está conversando con nosotros. Para que la conversación sea efectiva, debemos desear que la otra persona siempre tenga la razón sin dejar de compartirle nuestra opinión. Hay que dejar atrás la idea de que la competencia es útil en el diálogo y que un debate tiene que llevar necesariamente la idea de la confrontación. Lo más hermoso que le puede suceder a los seres humanos es descubrir que estamos equivocados.

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Pero no podemos olvidar que la oralidad o la capacidad de expresarse, es muchas veces, la mejor arma de los charlatanes, políticos o personas ventajosas. Siempre nos debe generar desconfianza, cualquier sujeto que se encuentra convencido de sus argumentos y sus ideas, y no permite ningún comentario o sugerencia. El lenguaje tiene un poder muy grande, como acertadamente pensaba el filósofo Wittgenstein (1889 – 1951) e incluso, los seres más despreciables pueden engañarnos cuando hacen un adecuado uso de él. Nunca debemos medir la inteligencia por la cantidad de escrúpulos que es capaz de almacenar un ser humano.

La principal satisfacción que la vida nos puede dar, incluso cuando su fin está cerca, es el de permanecer vivos. Un hombre de avanzada edad, seguramente ha pasado por satisfacciones y desgracias que lo han definido como persona, y aunque la ausencia y la pérdida representan el precio de los momentos inolvidables, aquel sujeto con arrugas debe vivir con dignidad su senectud y sostener el respirador con firmeza. Se puede vivir con dignidad pero nunca se muere con dignidad.

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La lectura por más obscura que pueda ser, es siempre un acto positivo del ser humano. Un ejemplo claro de ello fue el Lobo Estepario (1927) del escritor alemán Hermann Hesse (1924 – 1962) aparentemente nihilista, pero que en su parte final incita a vivir la desgracia con fortaleza y evitar la renuncia. Lo único honorable en el ser humano, es siempre su capacidad de ser consumido por los años con alegría y resignación. La vida se vuelve soportable haciendo el bien a los seres que amamos. Qué mejor sentido le podemos dar a nuestra existencia que el olvido propio y otorgar la mayoría de nuestros pensamientos y empatía hacia los demás. Si lo anterior, nos genera algún reconocimiento o agradecimiento, apenados, asintamos.

Licenciado en Relaciones Internacionales. Promotor Cultural. Columnista en Diario el Popular, Radio BUAP y Cultura Colectiva.

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