El escritor que murió como odiaban morir los personajes de sus obras

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Era un 2 de julio de 1961, en los principales periódicos y noticieros de todo el mundo se anunciaba una triste tragedia: el mundo se había quedado sin Ernest Hemingway, y no existiría jamás en toda la historia estadounidense uno igual. Porque incluso hoy a 57 años de su muerte, el premio nobel de literatura sigue influyendo en las nuevas generaciones.

La incógnita que se esconde tras el suicidio del autor de novelas como: Adiós a las armas, El viejo y el mar, Tener y no tener y Por quién doblan las campanas, es apenas inverosímil hasta nos damos a la tarea de revisar sus obras.

Hemingway nació en Oak Park, Illinois, Estados Unidos. Fue hijo de un matrimonio respetado, de una familia medianamente acomodada. Su padre era medico y su madre era música, estas dos profesiones influirían en la vida del escritor para sus futuras obras. Trabajó como periodista para el Kansas City Star, se enlistó en la primera guerra mundial como conductor de ambulancias y años más tarde volvería al periodismo como corresponsal en la guerra civil española.

En sus novelas Hemingway retrataba sus propias experiencias vividas, se caracterizo por un estilo austero, un estilo sobrio, un estilo crudo. Sus aficiones de toda la vida como el beisbol y la pesca también serían plasmadas en innumerables escritos. Desde sus inicios alcanzó el reconocimiento internacional, sus novelas bélicas llamarían la atención de todo el mundo de la literatura. Sus lectores esperaban con ansias sus nuevos títulos, sus nuevas creaciones, querían leer y por tanto conocer a través de los ojos de Hemingway lo que sucedía en las guerras. Luego de escribir una de sus novelas cumbres en su carrera, Por quién doblan las campanas, publicó Al otro lado del río y entre los árboles, fue entonces cuando se consideró que estaba acabado como escritor, y que todos aquellos laureles que le habían dado fama, prestigio y popularidad mundial habían quedado en el pasado. Sin embargo, en 1952, Hemingway conmocionaría nuevamente al mundo entero con El viejo y el Mar, su libro vendería en tan solo 48 horas 5 millones de ejemplares, estaba en la cima. Se hizo acreedor al Premio Pulitzer por dicha obra, y poco después al Premio Nobel de Literatura.

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Había dedicado gran parte de su vida al mundo de la literatura y eso le había traído irrefutables cosechas, sin embargo, un día, quizá cansado, quizá sin nada más que escribir, cogió su escopeta favorita, puso el cañón del arma en su boca y se voló el cerebro.

¿Cómo es que alguien que ha logrado todo termine con su vida así? ¿En donde comenzó el indicio de su muerte? ¿Acaso pudo haber sido algo genético? (Porque su padre y su hermano terminaron con su vida de la misma forma) ¿Cuántas novelas le faltaron por escribir?, estas preguntas sin respuesta han rondado por la cabeza de cientos de biógrafos, lectores, escritores, periodistas, y de todo aquel que ha leído alguna de sus obras. Sin embargo, es hasta cierto punto perceptible de lo que pensaba del suicidio, de la derrota y de la muerte en general.

En El viejo y el mar escribiría: “El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destrozado pero no derrotado.”

En Por quién doblan las campanas escribiría: “La muerte solo es cosa mala cuando tarda mucho en llegar y cuando el dolor es tan intenso que te lleva hasta la humillación.” “Que vengan de una vez. No quiero tener que hacer lo que hizo mi padre. Lo hare si es necesario, pero preferiría no tener que hacerlo. Estoy en contra de esas cosas.”

Sus personajes eran idílicos, hombres fuertes y tenaces de espíritu aventurero, siempre partidarios de la vida por sobre la muerte hasta las últimas instancias, siempre enamorados, siempre retratando a Ernest Miller Hemingway en múltiples facetas de su vida, y paralelamente siempre alejados de aquel Ernest Hemingway escritor. El peso de la fama ofuscaba su vida, lo exasperaba, y por ello siempre consideró (desde mi particular punto de vista) que la libertad puede correr peligro en cualquier parte del mundo.

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Sin duda cuando leemos sus obras podemos entrever que minuciosamente anunciaba como es que iba a terminar su vida. Sin el peso del sufrimiento, sin el peso de estar rodeado de cientos de colegas suyos captando los últimos instantes de su agonía, sin el peso de la fama, sin el peso del Nobel, sin el peso de su puño

y letra, y sin el peso también de ser Ernest Hemingway y morir como Ernest Miller Hemingway. Se liberó y por fin pudo volar hacía las contrariedades del destino.

En Adiós a las armas escribió:

-El cobarde sufre mil muertes, pero el valiente sólo una.

-Sí. ¿Quién dijo eso?

-No lo sé. -Seguramente un cobarde -dijo-. Conozco bien a los cobardes, pero no conozco a los valientes. El valiente sufre tal vez dos mil muertes si es inteligente. Pero no habla de ello.

Hoy a 57 años de su muerte lo seguimos recordando, lo seguimos honrando, y lo seguimos también leyendo.

Estudiante de Comercio Internacional, colaborador de Cultura Colectiva y un empecinado por ser leído. «Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.» -Milan Kundera

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