#RecomiendoLeer Cómo me hice monja de César Aira

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“Mi historia, la historia de “cómo me hice monja”, comenzó muy temprano en mi vida; yo acababa de cumplir seis años. El comienzo está marcado con un recuerdo vívido, que puedo reconstruir en su menor detalle. Antes de eso no hay nada: después, todo siguió haciendo un solo recuerdo vívido, continuo e ininterrumpido, incluidos los lapsos de sueño, hasta que tomé los hábitos.”

Por medio de estas palabras César Aira, escritor argentino, nos transporta a la vida (su vida) de un niño de 6 años y su recuerdo nada fugaz con el helado de frutilla, alrededor del cual se irán construyendo vertiginosos acontecimientos que lo marcarán de para siempre: el enfrentamiento de su padre con el heladero por su culpa, la muerte de este último a manos del primero, el posterior encarcelamiento del padre, la intoxicación de César, la vida después con su madre la cual se torna solitaria, la incorporación tardía a la escuela y el reencuentro con la vengativa mujer del heladero.

¿Suena muy simple? Me temo que no lo es, César Aira logra mostrarnos la fragilidad de nuestra identidad y cómo vamos construyéndola a partir de momentos clave o desde otro punto de vista vamos dejando de ser unos para comenzar a convertirnos en otros, adaptando nuevas formas y medios de expresión. El protagonista adopta un camuflaje particular para hacer referencia así mismo como una ella que aunado al color rosa propio del helado de frutillas, nos da una simbología de inocencia y fragilidad, la cual contrasta completamente con la personalidad de su padre durante la obra.

“Fuimos caminando hasta una heladería que habíamos localizado el día anterior. Entramos. Él pidió uno de cincuenta centavos, de pistaccio, crema americana y kinotos al whisky, y para mí uno de diez, de frutilla. El color rosa me encantó. Yo iba bien predispuesta. Adoraba a mi papá. Veneraba todo lo que viniera de él.”

Así mismo durante la narración se hace patente aquello que Sigmund Freud consideraba como Complejo de Edipo (Nota curiosa: Freud nunca hablo del Complejo de Electra, el cual surgiría después, él mencionaba que el Complejo de Edipo funciona similar en las niñas aunque con sus respectivas variaciones); el amor entre un padre que vela por la felicidad de su hija al acompañarla a lo que sería un apetitoso helado de frutillas y una hija dichosa de mostrarse complaciente pero que  al mismo tiempo se encuentra encerrada entre la difícil situación de expresar lo asqueroso que ocurre ante cada bocado rosado.

Cada cucharada que se posa en su lengua del protagonista solo desata una asquerosidad de sabor, que derivará en una pelea padre-hija  hasta ser una serie de arcadas y culminar en discusiones con el heladero. De esta discusión no sale nada bueno y César termina en hopitalización lo que incluye para el alucinaciones sobre sus padres convertidos en monstruos, pero más allá de eso nos invita a sentarnos a su lado y sentir en su propia piel el proceso de cómo se hizo monja.

“Lo peor es que… eran ellos… ¡Eran papá y mamá, los que llamaban a la puerta! Los dos monstruos habían adoptado la forma de mi mamá y mi papá… No sé cómo los veía, supongo que por el agujero de la cerradura, que alcanzaba poniéndome en puntas de pie… Me erizaba de pies a cabeza, me congelaba”

Leélo aquí: Cómo me hice monja

Estudiante de Psicología. Desde hace 20 años jugando a ser humana.

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