Exiliado en el olvido

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“Yo lo había chantajeado con mis poemas, tenía la seguridad de que eran buenos, producto de un desesperado que, salvo esos poemas, no parecía tener nada más”.

Thomas Bernhard

Cuentan que Dostoievski (1821 – 1881), exiliado en Siberia, escribió a su familia: “Envíenme libros para que mi alma no muera”. Cuántas veces, embrutecidos en una sociedad que incita a la desesperación, hemos recurrido al arte, para tener un sentimiento benigno sobre el mundo que nos rodea.

Por ello, uno de los temas más comunes en la literatura y el arte en general, ha sido el olvido. ¿Realmente existe? ¿El ser humano es capaz de remover las fibras de sus más íntimos recuerdos, para un día retornar al camino en el que una vez tropezó? Responder tales cuestionamientos, de manera tajante, sería irresponsable e inocente. Sin embargo, el olvido es de las experiencias más misteriosas en la vida del ser humano. Es decir, al no ser responsable de los recuerdos que se albergan en nuestro cerebro como pequeñas y finas telarañas, nuestra vida se ve condicionada por un aspecto biológico inefable.

No hay duda, que numeras experiencias en la vida trágica que pudo haber tenido un ser humano, el olvido no sólo resulta necesario, sino un premio que sólo llegará con la muerte. El escenario, podría resultar desolador, pero cuando pensamos en el gran número de cambios, transformaciones o milagros sentimentales que puede sufrir una persona a lo largo de su vida, el tema del olvido resulta una consecuencia de nuestra existencia.

Juan Rulfo (1917 – 1986), explicaba en alguno de sus magníficos textos, que no hay recuerdo por más profundo, que el tiempo no apacigüe ni desaparezca; incluso los más horribles infortunios, la vida se encargará de sepultarlos o simplemente, nos permitirá darle vueltas alrededor de nuestra tumba, hasta que un día orgullosos de haber continuado, los podamos observar a lo lejos, con un rostro de satisfacción. Probablemente, sino existieran las decepciones, errores y desgracias, la vida sería un caos absoluto —mayor de lo que es—. Tener en mente que toda convivencia entre dos seres marcados por su mortalidad, es limitada, imperfecta y temporal, nos permitirá apreciar su compañía en nuestra vida y enfrentar el olvido con decoro y resignación.

La vitalidad de los seres humanos, nace desde sus propios misterios; aun los motivos por el que un ser humano se pone de pie todos los días y enfrenta su cotidianidad, es ya un acto que podemos presenciar con curiosidad. ¿Dónde comienza el olvido? ¿Cuál es su misterio? ¿Por qué resulta para la mayoría de las personas tan difícil arrancarse los recuerdos, como si no fueran simplemente accidentes y pruebas de nuestra presencia en el mundo?

La ausencia y sus secuelas, representan la primera prueba con lo que debe convivir una persona que busca olvidar su pasado. Ante un rompimiento amoroso y sentimental, existe un periodo de duelo que convierte a los días en accidentes de nuestros latidos.

Hace unos días, una buena amiga, tenía la mirada pérdida y sus pupilas confesaban el deseo de olvidar. Se acercó a mí, y me pregunto: ¿Cómo puedo olvidar a alguien? Desde mi ignorancia y mi lamentable experiencia, le respondí lo siguiente: Recordándola.

Su reacción, fue de sorpresa, y me pidió explicarle. Hoy, en esta pequeña colaboración te contesto, querida amiga:

Recordar a una persona en todos los escenarios comunes, invoca al llanto porque nuestras emociones se rocían con los olores, sensaciones y pasiones de los cuales fuimos protagonistas. Quizá, lo que lastima a las personas es que en nuestra condición de ser humano, finito e imperfecto, el tiempo representa una de las condicionantes irrefutables. Los días, meses o años, se aprisionan como una jaula y nos confiesan que ese periodo de nuestra vida, jamás regresará.

Invocando a la ausencia, el recuerdo se fortalece, pero al paso del tiempo, nos llevará a darnos cuenta que nuestra memoria comienza a jugar a nuestro favor, y aquel rostro atezado que tanto añorábamos, esas manos suaves y reconfortantes, comienzan a deformarse en un color parecido a la de las ramas de los árboles. El cuerpo que tanto amábamos por su belleza y su capacidad de crear emociones, se descompone como el rompecabezas más desafiante y nuestro presente, —único aliado—, nos llama a cerrar el ciclo y nos cuestiona sobre la verdadera importancia, que en realidad tiene nuestra pérdida.

Al paso de la tormenta, no existirá ningún escenario, situación hermosa o discusión vergonzosa, que no haya pasado el suficiente tiempo en nuestra memoria y que no comencemos a traicionar. Y, es allí donde habremos aprendido a desprendernos del objeto para agradecer el recuerdo y su enseñanza. Por último, te recomiendo, amiga, que nunca confíes en un amor que no sucedió por casualidad.

 

Licenciado en Relaciones Internacionales. Promotor Cultural. Columnista en Diario el Popular, Radio BUAP y Cultura Colectiva.

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