Colateral: compilación artística de dos décadas, por Yoshua Okón

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La caída del Muro de Berlín, en 1989, y el Golpe de Estado a la Unión Soviética, en 1991, supusieron el fin definitivo del comunismo, así como de su más acérrimo rival, el capitalismo. Con la inminente muerte de ambos sistemas económicos, que en su momento sirvieron para satisfacer las exigencias del mundo, la sociedad se descontroló con los cambios que trajo. Muchas personas no estaban preparadas para la idea de formar parte de un supuesto grupo homogéneo, donde los problemas que anteriormente habían existido –como la incertidumbre de una guerra nuclear, o bien la constante propaganda de cada bloque por imponerse como el vencedor ideológico– desaparecerían de la faz de la tierra, abriendo paso a un mejor porvenir.

Lo cierto es que, con la culminación de ambas doctrinas, los grandes expertos debían construir un nuevo sistema que salvara a las economías de los países, e impulsara nuevamente el comercio a escalas exponenciales. Para la década de los noventa, el neoliberalismo se impuso como el único sistema a nivel mundial. Los países lo adoptaron como a un mesías, y a él se dirigieron sus encomiendas para que los sacara los problemas políticos, sociales y económicos por los que atravesaban.

El neoliberalismo tomó los preceptos que el capitalismo desarrolló a lo largo de su historia, pero con la extrapolación de algunos de ellos, como lo fueron la producción en serie y la comercialización descomunal de ésta. Con ello, el ser humano se vería supeditado a un ataque constante de propaganda que lo exhortaba a consumir, desmesuradamente, los productos dentro del mercado. Dichos productos resultaban innecesarios para su vida cotidiana, pero el planteamiento estaba tan bien hecho, que nadie lo refutaba. Uno iba adquiriendo más y más baratijas intrascendentales, dadoras de un placer efímero, sin consciencia alguna de las acciones acontecidas.

De todos estos problemas, de la transición que sufrimos como sociedad, Yoshua Okón se percató en todo momento. Vio cómo las personas decaían mentalmente, cómo la empatía por el prójimo se perdía y cómo cobraba fuerza la búsqueda de lo material antes de lo espiritual. El artista mexicano recabó lo suficiente para que, en veinte años de trayectoria, pudiese retratar todos esos paisajes que la vida misma le fue otorgando con el pasar del tiempo.

Colateral es el resultado de lo anterior planteado: una obra que recopila el pasar de la vida a través del arte, que en dos décadas se ha retroalimentado y madurado para ser expuesta a un público que hoy día está más inmerso en comprar el nuevo modelo de celular, de consumir el producto más reciente en el mercado y que terminara por desaparecer en cuestión de meses.

Okón, para aquellos que no lo conozcan, es uno de los artistas visuales más importantes del país. Nacido en 1970, en la Ciudad de México, ha mantenido en práctica constante su obra artística, misma que le da un mayor peso a las herramientas audiovisuales e interactivas de la actualidad, como lo son las instalaciones en museos, las conceptualizaciones fílmicas de una idea y las esculturas miniaturas de ideas con un trasfondo más amplio.

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Yoshua Okón. Foto extraída de Global Corpocracy.

Yoshua emigró a Canadá muy joven. Con veinticuatro años, se recibió como licenciado en Artes, por la Concordia University. En 1994, año donde regresaría a México, fundó, junto a Miguel Calderón, La panadería, uno de los espacios artísticos contraculturales más importantes en la Ciudad de México. Durante los ocho años de actividades, la prioridad del establecimiento era impulsar el arte contemporáneo, corriente donde Okón se volvería referente en los años posteriores. El lugar cesó en 2002. Tras la culminación de aquel proyecto, viajaría nuevamente fuera del país. Gracias a la beca Fulbright, alcanzó el grado de Maestro de Arte, por la Universidad de California en Los Ángeles.

A Okón se le han concedido varios premios y condecoraciones. Ha tenido la oportunidad de realizar estancias, diplomados y estudios en distintos países –como bien lo refleja esta obra–. Del mismo modo, ha recibido becas y apoyos económicos, como es el caso del Sistema Nacional de Creadores, estímulo otorgado por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, entre los años 2010 y 2013.

En su haber, el artista ha expuesto más de una veintena de obras individualmente, más de una treintena en colectividad, y varias piezas forman parte de las colecciones que hacen los museos.

Después de veinte años de carrera artística, Okón consideró pertinente hacer una recopilación de todas las piezas con las que trabajó durante este tiempo. Consciente de las situaciones por las que atravesó –y atraviesa– el mundo en las últimas décadas, Yoshua realizó una obra coherente y acorde a las cosmovisiones que el mundo actual tiene, a la par que critica modelos con los que convivimos día con día.

Dentro de Colateral existe un entramado poético y metafórico que se expone simple y llanamente. Llama al espectador a que se sumerja en las piezas, las analice y tome conciencia de que aquello sólo es un reflejo de las cosas que lo rodean. Hay una voz en off que te susurra los errores que cometemos como seres humanos, pero que preferimos ignorarlos o encontrarle el lado ‘amable’.

El artista mexicano traza una ruta no cronológica –a pesar de que muchas de sus piezas se remonten a sus años de juventud, como, por ejemplo, Chocorrol, de 1997, que es la más antigua–, sino geográfica. Inspirado por una forma en espiral, Okón parte de sucesos que vivió en la Ciudad de México, y atraviesa los mares más anchos del mundo hasta llegar a ciudades cosmopolitas como Chile o Herzliya, en Israel.

La ubicación de las piezas es dispar si se le busca un recorrido temporal, por la razón que ya se planteó. Sin embargo, de cada una, Yoshua tiene una anécdota que impactaría a cualquiera. Por ejemplo: la exposición arranca con HCI, una instalación que, en palabras de Okón, nació después de haber escuchado el rumor de que, en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, las tuberías del baño de mujeres estaban corroídas por el ácido que en todos estos años había acumulado. ¿La razón? Cientos de bulímicas que iban a vomitar a dicho lugar. HCI consta de una caja llena de vómito que tiene, a su vez, tubos trasladando la sustancia a lo largo de la sala.

HCI. Foto extraída de la página oficial de Yoshua Okón.

La obra se divide en tres apartados –o puntos clave– relevantes: el primero de ellos es el peso que Okón pone a los vídeos; giran sobre un concepto básico, expuesto sin problema alguno. El segundo es el interés del artista por las instalaciones, modelo artístico que en años recientes ha cobrado mayor importancia, y que conlleva al espectador a interactuar con la obra. Y el tercero, no por ello menos importante, es el regreso a las formas clásicas del arte a través de la escultura.

De los primeros, habría que resaltar el retrato fidedigno de la irreverencia, absurdez e hipocresía del mundo moderno. Piezas como Freedom Fries (2014), conceptualizador de los problemas de salud que ha traído consigo la comercialización de la comida rápida en México, causan incomodidad en el espectador por la forma tan cruda de abordar el tema. La ironía, aquí, como en el resto de Colateral, es el punto donde reside la magia de Okón. Impacta a primera vista ver a una persona con obesidad mórbida recostada, completamente desnuda, en la mesa de un McDonald’s, al mismo tiempo que uno de los empleados limpia el cristal que está a detrás de ella sin preocupación alguna.

Freedom Fries. Foto extraída de la página oficial de Yoshua Okón.

Otro ejemplo de ello sería Oracle, pieza concebida en 2015. Ésta muestra el radicalismo de la xenofobia en los países. La idea del vídeo muestra a un grupo de ‘autodefensas’ que protegen la frontera entre Estados Unidos y México de los inmigrantes. El concepto parece ser un loop infinito, donde uno de los miembros maneja en círculos una camioneta. A la par de esto, el tipo dispara con un rifle al aire. Los planos apenas y cambian, y, cuando lo hacen, muestran a hormigas andar sobre los casquillos de las balas, y uno que otro cartel que tiene la autodefensa para ubicar su zona.

Las instalaciones –si bien ya mencioné una– son menores que los vídeos. Pero, entre las pocas que se hallan, se puede encontrar un gran placer. Más adelante en el recorrido, con una pieza de separación entre Freedom Fries, se ubica Canned Laughters. Dicho módulo de la obra abarca los terrenos del vídeo y de la instalación, generando una riqueza única en ésta. Al más puro estilo de Cortázar [1], Okón reflexiona sobre las empresas manufactureras y el inminente consumo de algo tan espontáneo y placentero como lo es la risa. ¿Se imaginan que, dentro de poco, se comercialice con la risa y/o alegría, pues nos hemos olvidado de cómo es?, es el cuestionamiento que la pieza te hace.

Casi por último, y a pesar de su escasez, dos piezas resaltan dentro de la obra. Tanto Chiquita Banana, creada en 2004, como Chille, creada en 2009, se posicionan como las esculturas que entran en Colateral. La primera toma influencia –esto como una opinión personal– de las simbologías que las civilizaciones orientales tienen, pero trasladado a un objeto que el mundo moderno utiliza para asesinar: una AK-47 (modelo Carrara Marble). Junto a ella, inmediatamente podría decirse, está Chille, escultura referencial a la caravana funeraria que emprendieron elementos de la milicia tras el fallecimiento de Augusto Pinochet. La intención con la obra, tal y como cuenta Okón, fue demostrar la vacuidad que dicho acto representó. Ningún bosquejo de alma o empatía circundaba a la procesión. Por el contrario: había un sentimiento de incomodidad en torno al momento.

Chille. Foto extraída de la página oficial de Yoshua Okón.

Colateral no sólo funciona como síntesis para el artista que creó la obra. Es un resumen perfecto del ritmo de vida que se adoptó con el pasar de los años. La coherencia y sucesión entre cada pieza sumerge al espectador en un mundo que aparentemente es ficticio, pero que sólo es la puesta en escena del mundo real. Todo lo que ocurre ahí toma sus bases de los hechos y acontecimientos que día a día pasan, pero que preferimos dejar a un lado por la supuesta futilidad que llevan en sí.

En conjunción, la obra funciona como un golpe seco a la cara para que se reaccione y note cómo somos cómplices de una sociedad que va en picada, y que pronto tocara fondo. La decadencia es palpable en el ambiente, pero este tipo de exposiciones intentan exhortar al espectador para cambiar los modelos supuestamente arraigados, e implementar otros que devengan en un mejor futuro, antes de que sea demasiado tarde.

En Radio BUAP, los invitamos a que vayan a la exposición, que estará en las salas del Museo Amparo (2 sur, #708, Col. Centro) hasta el lunes 4 de Junio del presente año. Dependiendo el día, la entrada tendrá un costo diferente. Para más información, visiten las redes sociales y sitios web que el museo tiene.

[1] Véase, específicamente, Instrucciones para llorar, del libro Historia de cronopios y famas.

Me gusta mucho Kendrick Lamar. :)

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