No somos marineros: cómo volver a una canción un himno

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Una de las imágenes que más me impactó cuando pequeño fue el concierto de Fugazi en un albergue para indigentes. En ella, todos los integrantes de la banda estaban sin ropa. Frente a ellos se encontraba un público bastante extenso y cansado, sudado por bailar al ritmo de la música de la banda de Washington (diría que por haber estado en el slam, pero ellos prohibían esas prácticas en sus conciertos).

De repente, alguien en el público grita: “Waiting room!”. El recinto se queda ligeramente en silencio. El bajo irrumpe en esa ola de tranquilidad, y altera a todos los fanáticos. Cinco, seis notas toca Joe Lally a la par que se junta la batería de Brendan Canty y la guitarra de MacKaye. Guy no toca. Él comenzaría con la guitarra meses después. Para animar al público, empieza a bailar, contorsionándose como sólo él sabía.

MacKaye se acerca al micrófono. “I am a patient boy / I wait, I wait, I wait!”, cantaba. Y la gente se unía a él, en coro. Rompían con el silencio del lugar, y sus voces se hermanaban en el aire caliente para generar una atmósfera de desahogo, de catarsis. Fuese porque la canción se acoplaba para ese momento difícil por el que atravesaban, o porque, dentro de ellos mismos, la admitían como parte de sus vidas, Waiting Room se volvió un himno, para ese momento y para los posteriores. La letra, efectivamente, refleja esa esperanza que siente el ser humano cuando una etapa complicada en sus vidas se presenta. Creo, personalmente, que la canción fue un vivo retrato de la basura que los ochentas habían dejado, y la basura que los noventa habían comenzado a recolectar.

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Si hay una banda que pueda decir se ha dedicado con los últimos años a hacer himnos para todo un sector poblacional es No somos marineros.

Existen muchas razones e interpretaciones de por qué sucede esto. Hay dos que me parecen claves y con las cuales podría argumentar mejor. La primera de ellas reside en esa sencillez tan única que tiene el cuarteto capitalino de mostrar sus canciones. Sus canciones tienen letras de dos frases como mínimo, cinco como máximo. Puede que parezcan superfluas, con ideas como: “Tres días sin dormir. / Todavía no termino”, pero dentro de ella va la semilla de la furia, que expande sus raíces cada que en un concierto se grita con ellos. Esa semilla es inherente, impuesta por la misma música que se conjunta con la letra para un único y último fin: el desahogo.

La segunda razón, creo, existe ahí, en ese desahogo que la gente siente cuando escucha y canta las canciones. Es palpable cómo la banda utiliza la música como un vehículo para que ellos mismos se desahoguen de los problemas que los aquejan día con día. Sin embargo, cuando ellos exponen ese trabajo que –a pesar de que el término esté muy usado y a veces parezca sin sentido– resulta honesto, hacen que el escucha se una a ese grito de batalla que emprenden en contra de la ansiedad, tristeza y desesperación que rodea al mundo. La misma sencillez de las letras parece que no se crea de manera fortuita. En realidad, el planteamiento de su idea –formas tan simples– es ambientar con lo menos posible para que la composición se vuelva incluyente. Invita al escucha a adentrarse en ella, en palpar lo poco que tiene para adoptarlo como suyo y que en el futuro sienta que dicha canción sirve para liberar todos los males acumulados con el tiempo.

No obstante que suene obvio, la música, preocupada por envolver a través de una atmósfera densa y oscura, llena de efectos de sonido que, la mayoría de veces, tiene una estética retro, es el otro factor clave en esto. Los fraseos de guitarra están ligados inminentemente a la batería que corta el ritmo de una composición normal, a la par que el bajo cimienta la base por la cual navegará la melodía. Todo ello está impregnado con una fuerza que atraviesa las bocinas o aparato donde se escucha. Hace que uno sienta la furia que orilló a los integrantes a tomar el instrumento, y cómo el rezago de esa furia existe en cada nota que tocan, para llegar hasta nosotros y causar algo, movernos al grado de preguntar “¿por qué me sucede esto?”.


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He ido a varios conciertos de Marineros para afirmar lo que anteriormente dije. Yo he sido de esos que se unen, en unísono, a los coros de la banda. Algo que no me ha tocado atestiguar es verlos como headliners. En una semana estarán tocando en el Forever Alone Fest 2k18, como uno de los platillos fuertes de la noche. Están a la par de Lite, banda japonesa de math rock. Me llama la atención, ya que será una gran congregación de gente que verdaderamente le gusta ese tipo de canciones: aquellas que ayudan a liberar muchas molestias en uno.

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Si bien No somos marineros emigró de su sonido característico y de la línea sonora con la que los conocimos, ahora enfocándose más en música melódica, donde privilegia la introspección a la que nos invita, mas no al desahogo, estoy seguro de que habrá más himnos de ellos en el futuro, ya sea en discos posteriores o canciones de este último (D’arcy). Por el momento, no queda más que disfrutar lo que han hecho, volver parte de nosotros su música.

Soy fan del último disco de Frank Ocean y conduzco un programa de radio que se llama "Ficciones".

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