Sofía enamorada

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Cuenta la leyenda que Sofía habría recibido sus primeras enseñanzas de parte de su tío Pyotr. Y por alguna extraña razón, a los 11 años, su habitación de juegos estaba tapizada con páginas de un libro que tenía símbolos muy especiales: eran las notas de Ostrogradski sobre cálculo diferencial e integral.

La historia también nos cuenta que Sofia era hija de Vasily Korvin-Krukovsky, un general de artillería, y Yelizaveta Shubert, ambos miembros bien educados de la nobleza rusa y que nació el 15 de enero de 1850. Su abuelo de hecho era príncipe, pero al casarse con una gitana perdío su título.

Desde pequeña se sintió atraída por las Matemáticas, aquellas que le platicaba su tío fascinado.

El significado de estos conceptos, que naturalmente aún no podía entender, cautivó mi imaginación, inculcó en mí una reverencia por las matemáticas, la que veía como una ciencia exaltada y misteriosa que abre a sus iniciados un nuevo mundo de maravillas, inaccesible para los mortales ordinarios.

Los símbolos que veía en su papel tapiz le introdujeron muy tempranamente al cálculo, y con la ayuda de su tutor muy pronto había dominado el álgebra a los 13 años. Estaba tan concentrada en matemáticas que pronto empezó a descuidar sus otros estudios, como poesía que le gustaba tanto.

Cuentan que a su padre “le horrorizaban las mujeres sabias” por lo que le prohibió seguir estudiando las matemáticas.

¿Te das cuenta? Es como un cuento de hadas: la princesa será obligada por su padre a dejar de hacer aquello que en verdad le gusta. ¿Matemáticas?, mejor que platique con el amigo de la familia, Dostoyevski

Este horror a las mujeres sabias ha sido muy extendido. Hasta hay un dicho: “mujer que sabe latín, ni tiene principio, ni tiene buen fin”. En otras ocasiones lo he escuchado como “mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fin”.

Y precisamente del libro “Mujer que sabe latín” de Rosario Castellanos que te traigo esta cita:

Con una fuerza a la que no doblega ninguna coerción; con una terquedad a la que no convence ningún alegato; con una persistencia que no disminuye ante ningún fracaso, la mujer rompe los modelos que la sociedad le propone y le impone para alcanzar su imagen auténtica y consumarse -y consumirse- en ella.

Nuestra heroína encuentra su camino a temprana edad: pide prestado un libro de Álgebra que leía de noche cuando la familia ya estaba dormida.

Muchas personas que no han estudiado matemáticas las confunden con la aritmética y las consideran una ciencia seca y árida. Lo cierto es que esta ciencia requiere mucha imaginación. – Sofía Kowaleskaya

Me acordé de Hermione Grainger: un libro de lectura ligera para dormir.

Siempre se menciona que era hermosa. Pero como dice Ter, en este video que seguramente escandalizaría al papá de Sofía, “ser una cara bonita no tiene que ver con la inteligencia”

Sofía decidió dejar de ser princesa para convertirse en matemática. Fue obligada a casarse para poder ir al extranjero y conseguir educación superior. Su padre no le permitía salir de su casa para estudiar en una universidad, y las mujeres en Rusia no podían vivir separadas de sus familias sin el permiso por escrito de su padre o esposo. A la edad de dieciocho años, entró en un matrimonio de papel con Vladimir Kovalevski, un joven paleontólogo.

Tal vez en ese momento se veía así:

Aunque fue a estudiar a Alemania, resultó que ahí tampoco aceptaban a las mujeres en la universidad. Poco a poco y mediante el seudónimo de M. Leblanc, sus trabajos iban siendo reconocidos, hasta que, bajo la tutela de Weierstrass, obtuvo su doctorado.

Tuvo a su hija, Fufu, que fue siempre un apoyo para ella en medio de las depresiones y enojos que causaba que no la reconocieran como matemática tan solo por ser mujer.

Poco después de que se suicidara su marido y con su hija de 6 años, en 1884 logra una cátedra extraordinaria en Estocolmo y en  1886 gana un premio de la Academia de Ciencias de Francia, pero su trabajo era tan brillante que el monto de 3 mil francos subió a 5 mil.

Muere en 1891 víctima de una neumonía.

Eso es lo que sabía de Sofía, hasta que en 2009, Alice Mounro escribe un cuento sobre ella, dando luz sobre sus últimos días. Recuerda que también fue escritora aparte de matemática, y fuerte impulsora del feminismo: me llevo la sorpresa de que se enamora de Maksin, de apellido Kowaleski, primo lejano de su esposo. Pero Maksin es un intelectual que parece un niño berrinchudo y celoso de la fama e importancia de Sofía, y la hace sufrir.

No es justo, de niña estuvo enamorada del novio de su hermana, Dostoyevski, durante toda su vida de la ciencia y las matemáticas y al final de Maksin. Solo las matemáticas le devolvieron cariño.

Jaime Molina nos comenta este cuento:

“a pesar de ser el relato que da título al libro, creo que es el más atípico y el que rompe más la armonía que existe entre las restantes nueve narraciones, tanto por su extensión como por su temática. El cuento narra, de forma biográfica, la historia real de la matemática rusa Sofia Kovalevski, que vivió entre 1850 y 1891. Ejemplo de mujer independiente y liberada, esta mujer recorrió toda Europa sin renunciar nunca a su independencia. Empeñada en convertirse en profesora universitaria, consiguió gracias a su talento y a su tesón que la contratasen como profesora en la Universidad de Estocolmo. Se trata de un cuento bastante reivindicativo de la que fue, hace siglo y medio, una de las primeras mujeres que pugnaron por la igualdad entre hombres y mujeres, y como ella consigue su propósito, lo que en aquella época debió de ser dificilísimo.”

Wikipedia nos explica que existe el día «Sofia Kovalevsky» sobre Matemáticas, en las secundarias de Estados Unidos; la Conferencia Sofia Kovalevsky  patrocinada anualmente por la AWM; un cráter lunar y un el asteroide (1859) y la Fundación Alexander von Humboldt de Alemania otorga un premio bi-anual a prometedores jóvenes investigadores de todos los campos. Pero Munro nos recuerda que Sofía fue una mujer completa y humana.

Divulgador científico. Matemático de formación, apasionado de la ciencia y la tecnología, sobre todo de los robots.

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