Gimme the Power (o una mirada a la historia posmoderna en México)

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En una entrevista que Carmen Aristegui le realizó, Olallo Rubio negó completamente las adjudicaciones que se le hacían a su documental, Gimme the Power, de pretender una revolución. Aristegui insistía. Le preguntó si sus intenciones eran influir en las campañas electorales del 2012 –unas que, hasta la fecha, se recuerdan frescas y con amargura–. Rubio jamás se empeñó en realizar una tarea así, y prefería llamar a su obra como una que invitaba a la reflexión en la historia mexicana. Carmen se quedó con las manos vacías. Si le hubiese sacado un “sí”, la noticia y el filme habrían cobrado mayor relevancia. Los medios buscan generar una polémica, una controversia que acerque a más público. Y pensar que Gimme the Power fue concebida para cambiar el curso de la elección de un presidente, hubiese representado oro para el medio.

Pero yo le creo, de uno u otro modo, a Olallo. Hay eventos que nacen espontáneos, fortuitos. Que el estreno de su documental empalmase con las elecciones presidenciales, a la par que sucedían actos de protesta en las calles –el más famoso: #YoSoy132–, estuvo fuera de sus manos. No pienso a un Rubio, en el 2003 –pues en ese año se consideró por primera vez hacer este filme–, pensando en que nueve años después se vivirían momentos tensos en la sociedad mexicana porque se debía elegir presidente. Y que, si se llegase a sacar una película que abordara pasajes históricos, la gente cambiara radicalmente su perspectiva en la política y que se levantaran en armas contra el gobierno opresor del momento.

Lo que sí pienso, es que la balanza está desproporcionada. O, mejor dicho, con más peso de un lado. Olallo usa de pretexto –o vehículo– a una de las bandas que más incómoda desde la primera escucha como lo es Molotov. Plantea un escenario donde resulta inusitado tan siquiera imaginar que un grupo con tales letras, sonido y furia pudiese aparecer. Pero la verdadera intención del cineasta es analizar a la época posmoderna en México y todos los fallos que tuvo durante el siglo pasado, cosa que parecía olvidada en la primera década del siglo XXI.

Poco se ha tocado del tema hasta el momento en que se escribe esta nota; o si se ha hecho, la forma en que abordan a la vida post-revolucionaria en México no ha logrado el impacto deseado. Y lo digo porque el fuerte de Gimme the Power reside en que es incluyente. No está con rodeos. El dinamismo entre las cinemáticas de documentos históricos, las opiniones que gente intelectual y de la cultura en México tiene, y las propias creaciones que grabó Olallo para el filme hacen que transcurre ligera y diáfana como el agua. No deja en ningún momento fuera al espectador, ni lo trata de tonto. Empieza desde un cero.

Su eje de partida es aquél momento en que culmina la Revolución mexicana. Reflexiona sobre ella, como todos los que vivieron en el siglo XX. Se cuestiona como otros artistas –a la mente se me viene Rulfo con su Pedro Páramo, obra que indirectamente hace ver que de nada sirvió la matanza de miles de personas– qué tanto cambió la vida mexicana: qué tantas oportunidades se abrieron y cómo es que las condiciones se transformaron. Parece que al final de este planteamiento, Rubio se desmiente por completo, y lanza una sentencia que bien es connotativa: Porfirio Díaz influyó en el modus operandi en que la política se manejaría en el siglo XX. El estado dejó de llevar el título de dictatorial, pero en el fondo ejercería el mismo estilo del que tanto se quejaba a principios de dicho siglo. Sólo que cambiaría, como bien lo afirma el cineasta, de cara, cada cierto tiempo.

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   Por la televisión pasan rostros conocidos y desconocidos; acontecimientos que el filme se encarga de recordar o esclarecer. De los más famosos fue el 2 de Octubre de 1968. La matanza en la Plaza de las Tres Culturas, que hoy se traduce en el argot simplemente como “Tlatelolco”. De los que yo no conocía y que me interesó de igual modo fue “El Halconazo”, que sucedió en tiempo de Luis Echeverría (el mismo que dio la orden de abrir fuego contra los estudiantes del 2 de Octubre, y que fue la mano derecha de Díaz Ordaz.)

La intensidad crece. Con López Portillo se devalúa el peso. Con Miguel de la Madrid se introduce el modelo neoliberal, que supliría, tiempo después, al bloque capitalista. Con Salinas de Gortari se desaparecerían las empresas nacionales, en favor de los monopolios extranjeros que explotarían de mejor forma las riquezas de esta tierra. Y de fondo, el rock aumenta. La crítica de los grupos se vuelve más reacia. Los Three Souls In My Mind y Botellita de Jerez señalan con el dedo índice, firmemente, lo horrible de los gobiernos. A pesar de esto, no hay un verdadero impacto para la música mexicana.

Salinas de Gortari dejó el banquillo presidencial en el 94. Teóricamente, Colosio tendría ese puesto para guiar al país a un mejor futuro, pero una bala en la cabeza acabó con el progreso de México. Zedillo cumplió su función en salvar al país de ser ahogado: una segunda devaluación ocurrió en su sexenio. Durante todo este revoltijo, Coca Cola impedía que un grupo que contenía dos bajos en su alineación ganara un concurso de bandas que organizaban. Las bocinas del recinto vomitaban groserías que emitían sus integrantes en la música. Pero el país no podía detenerse para voltear a ver a estos chicos. Debía salir delante de todo el neoliberalismo impuesto. Quería crecer y posicionarse a la par de las superpotencias. O si no era así, al menos no quedar mal enfrente de ellas.

Zedillo salió como pudo. Que el Ejército de Liberación Zapatista Nacional hiciera lo que quisiese. A él le valía. No puso el mismo énfasis que su predecesor, Salinas de Gortari, en satanizarlo. Era un movimiento armado, pero que si no transgredía a afectar un sector económico (que más no podía ser afectado), no le importaba. Los medios internacionales ponían su mirada en ello. 94 fue una época rara en México, por lo que veo. Yo nací en 99. No puedo decir más de ello.

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Molotov y Olallo Rubio. Foto: Cine PREMIERE

Vicente Fox fue visto como un mesías en su época. Sacaría al PRI de la presidencia. (¡Setenta años con el mismo partido! ¡Qué te pasó, Cuauhtémoc Cárdenas! ¡Tú eras el gallo!) Cuando lo hizo, la picada fue profunda. Larga. La caída: dolorosa. Fox no hizo mucho, más que abrir paso a otro presidente de su bancada, que todavía hoy se seca la sangre y el alcohol de sus trajes. Para este momento, Molotov había vendido millones de discos. Universal les aceptó el demo y acordó publicar ¿Dónde jugarán las niñas?

Vaciaron el concierto de Massive Attack en España. Le cantaron a Marilyn Manson lo que verdaderamente es gracias a sus canciones. Rusos decepcionados con la Madre Patria encontraron en sus conciertos un efecto catártico a todo lo horripilante que vivían. Entre Randy, Miky, Tito y Paco compusieron otros clásicos que abrieron puertas a que las nuevas generaciones se interesaran en Molotov: Frijolero y Hit Me. Seguían en pie, cantando; luchando. No eran los mismos éxitos, probablemente. La gente no coreaba con la misma euforia no me llames frijolero que dame todo el power. Pero ni modo. La vida es así.

México seguía colapsando lenta y dolorosamente. Se nos recordó que la política no cambiará mucho en los próximos años. Son casi cien de buscar un verdadero progreso, pero es puro yeso el que nuestra garganta recibe y que causa más resequedad.

Aunque podría no colapsar tanto si se pone Gimme the Power en los planes de estudio de las secundarias. O de a perdido la prepa. Es consciente, casi impecable. Una perfecta introducción para la historia posmoderna de México.

Propongo que se ponga desde pequeños para volvernos reflexivos.

¡Viva!

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Portada: Gimme the Power

Soy fan del último disco de Frank Ocean y conduzco un programa de radio que se llama "Ficciones".

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