Espacios para dialogar.

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Tener enemigos mediocres, te mediocriza.

Leonardo da Jandra

La luz del amanecer arremete cada mañana y despertamos confusos sobre nuestro destino ese día. No podemos engañarnos, la desconfianza civil se ha incrementado con el paso de los años; recorremos las calles temerosos de las sombras que aparecen parpadeantes sobre nuestra humanidad y rezamos con llegar con nuestras pertenencias al hogar. Atrás quedaron los recorridos reparadores después de una jornada laboral, y erradicados los encuentros casuales entre dos personas que se cruzan en el camino para amarse. A penas comenzamos a notar una coincidencia de rumbo extraña, los hombres se resignan y las mujeres sostienen con fuerza su bolso para convertirla en un arma potencial.

Ante una atmósfera tan poco alentadora, hoy, más que nunca, se requiere del surgimiento de espacios para dialogar de manera crítica y reflexiva los menesteres de una sociedad en decadencia. Por ello, los espacios educativos resulta el recinto indicado para comprender los problemas sociales e instruir las consciencias de los ciudadanos en formación.

Los valores que sostienen nuestra convivencia en colectivo, deben ser enriquecidos en las aulas con materias desde nivel básico de las humanidades. Lo que muchos escritores llaman educación sentimental, yo lo llamaría sensibilización de almas. Lamentablemente, alrededor del mundo ha venido en incremento las políticas educativas que buscan desaparecer de los planes de estudio las asignaturas de impacto ético. Bajo el lema: ésta no es nuestra prioridad.

Sin un sistema educativo que sea capaz de sosegar la barbarie comercial de las grandes corporaciones, la sociedad acumulará personas sin consciencia, carentes de crítica: presa fácil en su vida laboral y personal. Sin embargo, la desconfianza no sólo es producto de la inseguridad, se respira en el ambiente urbano de manera generalizada, pensamientos egoístas de placeres inmediatos y de relaciones sentimentales de nulo esfuerzo afectivo y gran compromiso beligerante y de búsqueda del poder en la pareja.

En las universidades, no podemos cegarnos y reconocer que se implementa una pedagogía que condena al error y al cuestionamiento y que aplaude prematuramente el mínimo esfuerzo. No hay que olvidar que antes que profesionistas, la educación forma personas reflexivas capaces de reconocer los problemas sociales que le rodean y poseen la iniciativa de colaborar con su entorno desde su posición laboral y académica. Tomar el camino del éxito de manera individual y pasando por encima de los demás, enriquece el sentimiento de desconfianza hacia el otro y favorece el engrandecimiento de comportamientos egoístas entre nosotros.

Así que, la educación integral de los estudiantes tendría que ser prioridad de cualquier institución educativa de calidad que busca cumplir su papel en la sociedad. La creación de espacios culturales y de diálogo entre la comunidad universitaria, favorecerá el nacimiento de ciudadanos con una formación que disipe de lo individual a lo colectivo los vicios nocivos del mundo que le rodea.

Recordando al escritor estadounidense E.L. Doctorrow (1931-2015) al ser cuestionado sobre el papel de las humanidades en el mundo globalizado, menciono que la ficción enseña las leyes de la comunidad y distribuye el sufrimiento. Su perspectiva, me parece atinada y, además, valiente. A través de la literatura y el arte en general, descubrimos otros mundos, y aprendemos a cuestionar nuestros actos que le permiten al ser humano tener la capacidad de comprender a sus semejantes y, sobre todo a tolerar la otredad.

El aislamiento y el beneficio personal nunca serán vías del conocimiento saludables, el hombre no es el lobo del hombre como alguna vez musito en su obra Thomas Hobbes (1588-1679) pero de ser cierto, tenemos que negarnos a vivir sin un pensamiento de porvenir.

Licenciado en Relaciones Internacionales. Columnista en Cultura Colectiva. Escritor. Soñador.

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