6 discos para entrarle al jazz

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Tal vez decir “entrarle al jazz” es una sobrestimación de toda la música. Hay muchos géneros o subgéneros dentro de él, que varían dependiendo la época en que surgieron. Las diferencias se rigen ya sea por el sonido que abordaron en su momento, o bien el aporte técnico e innovador para dicha etapa. Sin embargo, el jazz también ha sido incomprendido en cierto sector poblacional. No se sabe cómo explicar lo que está pasando, pues son largas las composiciones, las improvisaciones pueden llevar minutos sin que éstas atisben culminar, o a veces tiende a ser caótico para el oído.

Por esa razón, se necesita una guía muy básica de dónde comenzar a escuchar este género tan bello (y me atrevo a decir: espiritual) como lo es el jazz. Uno debe comprender, en estos casos, que existen tiempos y secciones dentro de las composiciones. Cada uno se reparte de tal forma que los instrumentos, las melodías, las armonías o los músicos puedan tener su momento de brillar. Hay crestas y valles. Altos y bajos, pues. Momentos de crescendos y de minuendo, para que la canción termine.

Cronológicamente, se eligieron estos discos, que bien pueden llevar a que el escucha se acerque a otros artistas.

Duke Ellington – Ellington at Newport

En 1956, las grandes bandas (big bands) habían decaído casi por completo en favor del hard bop (género que fungió como sucesor del bebop, con ritmos mucho más variados que éste) y el jazz modal (donde se interesaban más en las improvisaciones basadas en los modos griegos). A la par, Duke Ellington había tocado fondo. Ya no tenía presentaciones ni sello discográfico que distribuyera sus discos. Estaba en el abismo cuando grabó Ellington at Newport, un disco en vivo. La presentación, tal como refiere el disco, fue en el escenario de Newport, donde otros grandes han pasado.

La fuerza y vitalidad que todavía contenía Ellington se ve reflejada en esta presentación. Es una revitalización de la música de las grandes bandas, con acompañamientos de saxofón memorables y que terminan por juntarse para volver del ambiente un momento de fiesta. Hay mucha euforia en el disco, y si tomamos en cuenta que no tiene casi ningún proceso de post-producción (véase: la masterización, por ejemplo, que elimina errores en las grabaciones), se vuelve más fuerte el vínculo entre el disco y quien lo escucha.

Thelonious Monk – Monk’s Music

Monk fue uno de los muchos discípulos de Charlie Parker. Tiempo después, Monk grabó con grandes como John Coltrane. Compitió, y creo están empatados en cuanto a calidad de producción en sus discos, con otro gran pianista, como lo fue Bill Evans. Pero a diferencia de éste, Monk siempre tendió a experimentar con su propio estilo, con la forma en que la armonía y melodía se conjuntaban en las composiciones para crear algo distinto a lo que se hacía en el momento. No se atuvo a las consecuencias. Siempre buscó más.

La discografía de Thelonious es vasta. No se sabe por dónde comenzar. Son muchas grabaciones que dejó en vida.

Monk’s Music es la rendija perfecta para conocer a uno de los más aclamados jazzistas de toda la historia. Grandes nombres aparecen en este disco como colaboradores en las composiciones que hizo en su momento Monk. Coltrane en el saxofón tenor, junto a Coleman Hawkins; Art Blakey, el baterista con más influencia en el jazz; Gigi Gryce en el saxofón alto. El septeto que armó el pianista para este disco deja huella de que tan grande su espíritu fue para el mundo del jazz.

Miles Davis – Kind of Blue

La desgracia siempre acompañó a Miles Davis, de una u otra forma. El trompetista, desde pequeño, recibió severas críticas en su forma de tocar, siendo golpeado por su maestro para que dejara de tocar de manera errónea, según él. De joven, se unió a un decadente y vicioso Charlie Parker, supliendo a Dizzy Gillispie en la banda del primero. Cuando dejó a Parker, fundó su propio grupo, pero al poco rato de tener éxito, cayó en la adicción a la heroína. Decepcionó a muchos.

En su recuperación, Davis se propuso juntar a algunos de los mejores músicos de jazz de la época: Bill Evans en el piano; John Coltrane y Cannonball Alderley en los saxofones; Jimmy Cobb en la batería; y Paul Chambers en el bajo. Con ellos grabó el mítico Kind of Blue, que vio la luz en 1959 y que se volvió uno de los discos más vendidos de jazz en la historia. Fue la introducción perfecta al jazz modal, y a una época en donde Davis sacaría los mejores discos de este género.

Es considerado, probablemente, el mejor disco de jazz de la historia. Como dato curioso, Rolling Stone lo colocó en el número 13 de “Los 500 mejores discos de la historia”.

Charles Mingus – Mingus Ah Um

A Charles Mingus se le negó tocar el cello. La gente de raza negra no tiene oportunidades en la música académica, le dijeron. Era cierto. Eran tiempos tensos para la lucha racial en los Estados Unidos, y se le iba a criticar si participaba en una sinfónica. En compensación, empezó a tocar el contrabajo. El resto, aunque suene cliché, es historia.

Mingus es de los mejores músicos que el mundo ha presenciado. Un tipo virtuoso en su instrumento que comenzó su carrera en la banda de Duke Ellington (quien justamente está arriba). Excepcional, espiritual y comprometido con su trabajo, atravesó por varias décadas de la música y aportó técnicas y sonidos nuevos al jazz. Bosquejó los primeros pasos del free jazz, revolucionó el sonido del bebop, hard bop y post-bop, por mencionar algunos.

Mingus Ah Um es considerada su obra maestra (si dejamos a un lado aquella composición de más de tres mil páginas que la biblioteca de los Estados Unidos preservó y no ha sido presentada en la vida). En ella encontramos clásicos de su discografía como Goodbye Pork Pie Hat. Junto a ella, todas las demás canciones corren a cargo del grandioso Charles.

Algo curioso es que Mingus pasó sus últimos años en México, país donde murió, específicamente en Cuernavaca, Morelos, a la edad de 56.

John Coltrane – A Love Supreme

A Love Supreme marca un punto y aparte en la música de jazz y en la vida de John Coltrane. Para empezar, el Coltrane líder y famoso que hoy en día escuchamos comenzó tarde su carrera.  Antes de eso había sido simplemente (aunque no por eso sea demeritorio) un acompañante en los discos. Pero su vida era tormentosa. Errática. De todas las bandas en las que participó, fue despedido, ya fuese por su temperamento o por sus adicciones (por muchos años estuvo supeditado al consumo de heroína). Fue hasta que superó estas trabas que sacó Coltrane, bajo la Blue Note Records, su primer disco en solitario.

Casi diez años después, Coltrane decidió expresar la conexión espiritual que lo salvó, con su música. Encontró una forma de plasmar aquellos sentimientos (llamémosle religiosos) en su arte. A Love Supreme es aquél punto donde conocemos un acercamiento más profundo de Coltrane a la religión, así como una nueva faceta del jazz.

Para el mundo del jazz, este disco representa un guiño a la vanguardia (avant-garde o free jazz) en una disolución y añoranza bastante accesible al jazz modal. Lo conforman cuatro composiciones, de más de ocho minutos cada una, donde Coltrane se luce con la improvisación del saxofón, Ron Carter aporta algunas de las líneas más densas de contrabajo que el jazz pudo atestiguar, McCoy Tyner hace un trabajo casi virtuoso en las progresiones y modulaciones armónicas, y Elvin Jones puede tocar los solos de batería más poderosos de su carrera.

Ornette Coleman – To Whom Who Keeps a Record

El nombre de Ornette Coleman es de los más controversiales en la historia del jazz. El tipo hizo lo que quiso. Le valió lo que los demás estaban haciendo en el momento, las bases establecidas (que, obviamente, él conocía a la perfección): rompió por completo los esquemas del jazz en su momento, junto a otros grandes como Coltrane, Pharoah Sanders, Albert Ayler y Eric Dolphy. Cuando The Shape of Jazz to Come salió fue un completo escándalo. Qué estaba haciendo Coleman en los discos no se sabía. Eran improvisaciones larguísimas, atonales y a veces sin forma. Pero él nunca se detuvo.

To Whom Who Keeps a Record es el disco más accessible de esta etapa de Coleman. Dentro de él existen composiciones frenéticas que dejan poco para respirar, donde la trompeta y el saxofón salen en un ataque de notas contra cada uno para ver quién se alza vencedor. De fondo, el contrabajo de Charlie Hadden los corretea para que no se escapen de su bellísima armonía; Billy Higgins, junto a Ed Blackwell, aportan aquella base rítmica que deja entrever una sonrisa burlona de la batalla que atestigua.

Si tomamos en cuenta que este disco contiene canciones que quedaron fuera de los discos This is Our Music y Change of a Century, de la etapa más experimental de Coleman, esto se vuelve un viaje completo del que no nos podemos perder.

Soy fan del último disco de Frank Ocean y conduzco un programa de radio que se llama "Ficciones".

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