La Navidad: orígenes mundiales y símbolos mexicanos

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Por: Jorge L. Morales Arciniega

La celebración anual más importante en Occidente, sin lugar a dudas es la Navidad, la celebración del nacimiento de Cristo se ha convertido en la época de los buenos deseos, los reencuentros familiares y amistosos, los regalos y el consumismo. Sin embargo, dicha celebración ha tenido muchos cambios y la forma en que nuestro globalizado mundo los celebra en pleno siglo XXI, poco tiene que ver con su devenir a lo largo de la historia.

Mucho se ha discutido sobre la verdadera fecha del nacimiento de Jesús en Belén, pero la mayoría de las elucubraciones coinciden en la baja probabilidad de que esta haya ocurrido al inicio del invierno, porque apegados al relato bíblico de los pastores en los campos, lo frío de la estación lo hace poco menos que imposible, existe la probabilidad que este hecho haya sucedido en verano o a principios del otoño, pero fijar con exactitud el día, resulta imposible, recordemos que en las sociedades antiguas no existía un registro civil que expidiera actas de nacimiento como ahora, por lo que algún documento oficial que conste el día exacto del nacimiento de Jesús no se encontrará.

Ante tal situación cabe la duda ¿por qué se celebra la Navidad el 25 de diciembre?

La respuesta tiene su origen en el ascenso del cristianismo como religión predominante en el Imperio Romano, sobre todo en los siglos III y IV. Los primeros cristianos tenían como fiesta central la Pascua, es decir: la Resurrección de Jesús, como hito fundacional de la fe, (cabe decir que oficialmente hasta nuestros días, la mayoría de las Iglesias Cristianas históricas coinciden en que es la Pascua y no la Navidad, la fiesta central) y dicha fiesta está relacionada con el calendario lunar, al celebrarse en la primera luna llena después del equinoccio de primavera. El nacimiento de Jesús no tenía mayor eco que el relato de los evangelistas Mateo y Lucas, pero al volverse el cristianismo religión oficial, era necesario que se apropiara del calendario, de las fiestas y volviera religioso el tiempo.

Fue hasta el año 350 que el papa Julio I decretó que la Natividad (nacimiento) de Jesús se celebraría anualmente el 25 de diciembre, la elección de la fecha recayó en que ese día, muchas religiones celebraban el nacimiento del Sol, porque los días previos eran los que menos luz del sol tenían y a partir de esta fecha, paulatinamente, el día le ganaba minutos a la noche, en el severo invierno europeo.

Al no existir una fecha exacta, o al menos pistas que permitieran intuir con exactitud cuando nació Jesús, se optó por cristianizar las fiestas en honor al Sol, recordando que el único Sol de salvación era Jesucristo. Cabe notar que los Evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) poco hablan del nacimiento e infancia de Jesús , la exuberancia de datos, anécdotas y demás peculiaridades que se conocen sobre esta parte de su vida, provienen de aquellos evangelios que, por suponerse exagerados y faltos de inspiración divina, son considerados apócrifos.

La Navidad en México: Posadas, pastorelas y nacimientos

Las fiestas navideñas se implantaron en lo que hoy es México, con la evangelización de los primeros frailes, quienes con el fin de catequizar a los indígenas se valieron de distintos métodos para lograr una mayor aceptación del Cristianismo. A mediados del siglo XVI en el convento agustino de Acolman (en el actual Estado de México), los frailes implantaron un novenario de preparación para la Navidad, el número nueve indicaba cada uno de los meses en los que la Virgen María llevó en su vientre al Niño Jesús, recordemos que en el mundo indígena ese número también remonta a la idea de la vida, por las retenciones menstruales previas al parto.

La celebración era muy sencilla: una Misa diaria, en 1586 el Papa Sixto V, autorizó a los agustinos celebrarlas al amanecer, rápidamente se extendió esta costumbre a todo el virreinato, donde se conocieron como “Misas de Aguinaldo”, el objetivo era recordar las jornadas recorridas por José y María antes de llegar a Belén, a empadronarse en el lugar de origen de él, como mandaba el edicto del César. Este es el origen de lo que, a partir del siglo XIX, se convirtieron en las populares posadas, las cuales salieron de los templos y de la liturgia eucarística, para celebrarse de forma popular: la Misa se sustituyó por el rezo del Rosario con su letanía, el templo por casas, vecindades y calles, se compusieron versos para cantarse al pedir y dar posada y culminaban con comida propia de la época: buñuelos, nueces y los antojitos típicos de cada región, todo acompañado con un ponche de frutas de la estación, convirtiéndose en fiestas de encuentro de las familias, de los vecinos, de los compañeros de trabajo. Es de notar que en Centroamérica, y algunos países sudamericanos, también se celebran rituales similares del 16 al 24 de diciembre.

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Un juguete propio de estas fechas y unido a las Posadas es la piñata: su origen es chino, se hacía una figura barro en forma de toro en las fiestas del Año Nuevo chino y se quebraba para representar el cambio de tiempo. Los comerciantes italianos la adoptaron y la nombraron: “pignatta” que puede significar “olla” o también hace alusión a la piña de los pinos, por la forma que tenía. En la Europa tardomedieval se quebraba este juguete no en la Navidad, sino en la Cuaresma, en particular el primer domingo de dicho tiempo. En la época virreinal llegaron a la Nueva España y, con un fin evangelizador, adoptaron una forma más vistosa: la olla forrada de papel china, vistosa, con siete picos, representando cada uno de los pecado capitales, los cuales eran atractivos al hombre, pero él podía vencerlos con la fe que es ciega, porque se cree en lo que no se ve (de ahí la tradición de vendar los ojos) y con la gracia divina (el palo) se vence al pecado rompiendo la pilata, recibiendo abundantes bendiciones en forma de frutas: mandarinas, naranjas, guayabas, tejocotes, cañas, jícamas, cacahuates, colación, etc. Tan importante es la piñata en la cultura popular mexicana que es un juguete encontrado en todo el año bajo diferentes formas: animales, personajes de caricaturas o películas, pero las propias de la Navidad son las de estrella. Tal es su identificación con la mexicanidad que a nivel mundial se le relaciona con nuestro país y se ha olvidado su origen oriental.

Un género muy ocupado en la evangelización fue el teatro, mediante obras los frailes hacían que los indios aprendieran: pasajes bíblicos, vidas de santos, lecciones de moral cristiana, etc. Las pastorelas ya existían en España, ahí se configuró su principal argumento: gente del campo que representa a la humanidad con sus vicios y virtudes, los cuales siempre serán engatusados por el diablo para evitar su llegada a Belén a adorar al Niño Dios, pero como metáfora que en la vida cotidiana, las seducciones del mal desvían a los hombres de su arribo a la santidad. La primera “pastorela” montada en la Nueva España, se atribuye a fray Andrés de Olmos, quien la llamó: “La Adoración de los Reyes Magos”, traducida totalmente a la lengua náhuatl, y presentada en el convento de la Asunción de Nuestra Señora de Cuernavaca en 1527. La Inquisición prohibió este género, por considerarlo bucólico y burlón, sin embargo se siguieron representando y tenemos la más famosa de todas, escrita por José Joaquín Fernández de Lizardi en 1817 intitulada “La noche más venturosa”.

Otro elemento medular de la Navidad mexicana es la colocación de los “Nacimientos” en templos, casas, centros de trabajo y espacios públicos. Su origen es medieval, atribuido a san Francisco de Asís, quien hacia 1223, dispuso en el Monte Alvernia, una escena del Nacimiento del Salvador, con personas reales. La costumbre arraigó y se convirtió con el tiempo en el conocido conjunto de esculturas “a escala”.

Después, se dotó a dichas estatuillas de un ámbito escénico o panorámico más o menos desarrollado. En una sola escena se reunieron varios episodios de la infancia de Jesús que acontecieron en diversos momentos, porque la adoración de los pastores sucedida a las pocas horas del parto y en el pesebre, se añadieron las figuras de los Magos de Oriente, quienes seguramente visitaron a Jesús uno, dos o incluso tres años después de su nacimiento.

En España los nacimientos son conocidos como “Belén” y se le incorporaron personajes vestidos a la usanza de las épocas contemporáneas, con oficios propios de las diversas regiones. Al llegar a la Nueva España esta costumbre se arraigó y se le colocaron no sólo pastores vestidos de campesinos mexicanos, también fauna propia como guajolotes, así como animales traídos de España como vacas o cerdos, los cuales conviven con beduinos del desierto, pastores cananeos, zagales españoles, palmeras cocoteras, pinos, ocotes, sobre heno y lama propias de los bosques mexicanos, los cuales son presididos por figuras (muchas veces más grandes que las demás) de la Virgen, San José, ángeles, que aguardan a que la noche del 24 de diciembre, la imagen del Niño Jesús sea arrullada, venerada y acostada en el pesebre, como centro de la celebración navideña.

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